Páginas

miércoles, 30 de marzo de 2022

Paquito

 

Fue al poco de cumplir diez años cuando resolví matarle. Y a los 10 años y una semana lo llevé a cabo.

Le trajo mi madre el día que enterramos a tía Consuelo.

—A partir de ahora Paquito vivirá con nosotros—me dijo ella. Era evidente que Paquito no podía vivir solo.

Yo nunca había conocido un ser tan simple como insufrible. Nunca me había gustado, aunque cuando vivía con mi tía era feliz y hasta divertido, pero ahora había envejecido y no soportaba el vacío que había dejado la mujer. Se pasaba todo el día llamándola a gritos o chillando y diciendo palabras sin sentido. Pero mi madre se desvivía en cuidados por hacerle la vida feliz y placentera.

Cuatro años más tarde seguía aún con nosotros.

Esa noche me acerqué donde él dormía con mi almohada en las manos. Abrí la puerta en la oscuridad y me sorprendí encontrándolo despierto, mirándome. Estuve a punto de echarme a atrás, pero pronunció un “¿Consuelo?” chirriante y agudo que me terminó de decidir.

No se movió apenas mientras se ahogaba y si gritó no entendí ni una palabra. No tardó en morir. Yo volví a mi dormitorio y me dormí, ya tranquilo.

A la mañana siguiente mi madre me dio la fatídica noticia sentándose ceremoniosamente sobre mi cama:

—Cariño —me dijo acariciándome la cabeza—ha muerto Paquito.

Contuve una risilla que mi madre confundió con un sollozo.

—Sé que le tenías mucho cariño —continuó diciendo —¿quieres que compremos otro loro?

No hay comentarios:

Publicar un comentario