Fue al poco de cumplir diez años
cuando resolví matarle. Y a los 10 años y una semana lo llevé a cabo.
Le trajo mi madre el día que
enterramos a tía Consuelo.
—A partir de ahora Paquito vivirá
con nosotros—me dijo ella. Era evidente que Paquito no podía vivir solo.
Yo nunca había conocido un ser
tan simple como insufrible. Nunca me había gustado, aunque cuando vivía con mi
tía era feliz y hasta divertido, pero ahora había envejecido y no soportaba el
vacío que había dejado la mujer. Se pasaba todo el día llamándola a gritos o
chillando y diciendo palabras sin sentido. Pero mi madre se desvivía en
cuidados por hacerle la vida feliz y placentera.
Cuatro años más tarde seguía aún
con nosotros.
Esa noche me acerqué donde él dormía
con mi almohada en las manos. Abrí la puerta en la oscuridad y me sorprendí encontrándolo
despierto, mirándome. Estuve a punto de echarme a atrás, pero pronunció un
“¿Consuelo?” chirriante y agudo que me terminó de decidir.
No se movió apenas mientras se
ahogaba y si gritó no entendí ni una palabra. No tardó en morir. Yo volví a mi
dormitorio y me dormí, ya tranquilo.
A la mañana siguiente mi madre me
dio la fatídica noticia sentándose ceremoniosamente sobre mi cama:
—Cariño —me dijo acariciándome la
cabeza—ha muerto Paquito.
Contuve una risilla que mi madre
confundió con un sollozo.
—Sé que le tenías mucho cariño —continuó
diciendo —¿quieres que compremos otro loro?
No hay comentarios:
Publicar un comentario