La cafetera todavía humea. La mujer cierra los ojos y aspira profundamente el aroma que invade la cocina aún en penumbra. Quieta, junto a la ventana, abraza con sus largos dedos la taza ardiente. Lleva el pelo cuidadosamente recogido en una coleta y su camisón de suave y familiar algodón reposa sosegado sobre su cuerpo. La luz del amanecer colorea sutilmente sus mejillas calentando la fina piel.
La rodea un silencio excepcional,
una calma inmóvil que ella no osa romper consciente de la fugacidad del instante.
Lentamente lleva la taza a sus
labios y bebe un sorbo pequeño, casi diminuto y se concentra en el camino que el
caliente y amargo líquido recorre por su boca, su garganta, su esófago y se
expande despacio por su interior reconfortando sus entrañas.
Los rayos de sol recorren
inexorables por su rostro, avanzando hacia su cuerpo y acariciándolo como mil
lenguas de amantes olvidados.
Sin abrir aún los ojos, una
tímida sonrisa se dibuja en sus labios; pero no está en su poder hacer eterno
lo efímero pues sabe que cuando él despierte su fugaz felicidad desaparecerá.
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