.... poco importa lo que pasó antes, como poco importa lo que pase después...
Fragmento rescatado de una colaboración con @netbookk hace ya muchos años: el polvo salvaje que él necesitaba para su relato y que yo escribí para sus personajes.
A Lobo le brillaban los ojos. El whisky, la pastilla y
las maniobras de seducción de Lulú iban surtiendo efecto y reía desenfadado las
tonterías que decía Lulú. Era el momento de sacar el armamento pesado.
Despacio, casi a cámara lenta, Lulú se levantó. Rodeó la mesa deslizando
suavemente la yema del dedo por el borde del vaso, bailando los pocos hielos
que quedaban al compás de sus caderas. Se sentó en el trozo de mesa sobre el
que se apoyaba Lobo, obligado a pegarse al respaldo de la silla para que ella pasara,
encaramándose sensualmente a la mesa.
-Lobo…- dijo Lulú en apenas un susurro, mientras se
quitaba lentamente el zapato de tacón, dejando ver, durante la maniobra, el
encaje de sus medias sujetas por un delicado liguero negro.
Lobo bufó.
-Lobo… - repitió Lulú, apoyando el pie, enfundado en
la suave seda, sobre el muslo de Lobo y ascendiendo lentamente hacia su
entrepierna.
Lobo no quitaba ojo a esas uñas rojas, que, bajo la
trasparencia negra de la media, subían como pequeñas diablesas en dirección a su
paquete.
-¿Sabes, Lobito?-Continuó Lulú, alzando la falda del
vestido, un poco, solo un poco, lo suficiente para alcanzar la cinta del
liguero y soltarla con maestría. – No sabes lo cansado que es llevar estos
zapatos taaan altos….
El pie rodeo la entrepierna de Lobo, evitándola adrede
y escalando por su vientre hasta apoyarlo en su pecho. Lobo, desde su
perspectiva distinguía apenas una tentadora oscuridad bajo la falda que le
tentaba sin dejarse ver. Siguió con la mirada las manos de lulú que, ceremoniosamente,
iban enrollando la media, descubriendo la sedosa y blanca piel, hasta descubrir
los sonrosados deditos con su perversa pedicura roja. Lobo deslizaba su mirada
a lo largo de esa pierna deseoso de tomarla en sus manos. Lulú alzó el otro
pie, aún calzado, robre la rodilla de lobo, clavándole el tacón. Lobo ni se
percató, hipnotizado por el encaje recién descubierto entre los muslos de Lulú.
-Lobo- ronroneó Lulú- Seguro que esas fuertes manos
saben dar masajes. ¿Mimarías un poco mis cansaditos pies?
Lobo no tardó en obedecer, y tomó ese piececillo entre
sus manos, comenzado a acariciarlo y masajearlo. Lulú gimió. Sus pies eran su
debilidad y una de las pocas partes de su cuerpo que no tocaba cualquiera. La
respuesta de lulú le animó y se lo llevó a la boca, comenzando a lamer y chupar
uno a uno los deditos regordetes de Lulú, mordisqueando levemente las mollitas
de todos ellos.
Lulú dejó escapar un jadeo y se descalzó el otro pie,
el cual fue mucho más intrépido que su compañero y se situó directamente sobre
el paquete, bastante marcado, de Lobo, comenzando a masajear al ritmo de los
chupetones de Lobo, todo el duro tronco de la polla de éste.
Con una mano, Lobo de desabrochó el pantalón y de un
tirón los pantalones cayeron al suelo. La seda acarició la delicada piel de su
polla, arañándole un poco, pero los movimientos expertos de Lulú sobre su polla
no le dejaron pensar en ello mucho rato. Miró a la mujer. Lulú se había
recostado sobre la mesa y su vestido casi se le enrollaba en la cintura. Gemía
suavemente con los ojos cerrados y la cabeza inclinada. Disfrutando. El
diminuto triangulo de su tanga mostraba casi más que ocultaba la excitación de
la mujer. De un movimiento rápido tiró de las piernas de lulú, colocándolas
sobre sus hombros y tirando a la vez de esta, colocando al alcance de su boca
el manjar que estaba deseoso de probar. Hundió su boca entre las piernas de
Lulú, separando telas y sedas para facilitar los ataques de su lengua. Los
gemidos de Lulú se convirtieron en pequeños grititos al sentir un par de dedos
de lobo invadirla sin aviso. Sería un animal derrotado, pero sabía dar placer a
una mujer. Un espasmo y el cuerpo arqueado de Lulú, informaron a Lobo de que
había logrado su objetivo una primera vez. Sin darle tiempo a recuperarse, la giró
sobre la mesa y sin preámbulo alguno la penetró. Se quedó quieto unos instantes
dejando a Lulú amoldarse a su miembro, ciertamente mayor que el de la media.
Instantes que aprovechó para despojarla del vestido y agarrar sus tetas.
Masajeándolas con ansia y con cierta rudeza. Pellizcó los pezones con fuerza y
Lulú quiso quejarse, pero Lobo tapó su boca con su manaza, introduciendo el
pulgar dentro casi hasta la garganta, robándole el aire y tirando de ella hacia
él. Lulú giró la cabeza y miró a Lobo, casi se asustó, parecía un animal más
que un hombre. Lobo comenzó a bombear el coño de Lulú. Con fuerza. Con una mano
la sujetó del pelo, tirando en cada embestida. El dedo abandonó la boca de
Lulú, quién, con lágrimas en los ojos, respiró de nuevo. La manaza le azotó el
culo; una, dos, tres veces. Y luego Lobo paró un instante, acariciando la zona
enrojecida con algo parecido a delicadeza. Pero duró poco. El pulgar humedecido
se colocó a la entrada de estrecho ano de la mujer que miró a lobo con los ojos
muy abiertos. Lobo la miró y sonrió maliciosamente, insertándole la falange
entera de un golpe. Lulú gimió de dolor, pero Lobo comenzó a alternar sus
embistes en su coño con los de su dedo en su ano y el dolor dio paso a una
extraña e intensa excitación. Lulú estaba fuera de sí, pero Lobo no era menos.
La mano libre la agarró del cuello, con fuerza, aunque sin ser amenazante. Y el
bombeo de lobo se intensificó. Lulú comenzó a jadear fuerte. Hilillos de baba
le caían por las mejillas, mezclados con el carmín. Pero estaba al borde del
paroxismo y nada de eso le importaba. Lobo salía y entraba de ella a una
velocidad casi imposible, y ambos estallaron en un orgasmo brutal que les dejó
tirados encima de la mesa, resoplando, sudados, acoplados como animales.
Es curioso como manejas diferentes tipos de sexos. A este, como en la música clasica, le hubiera hecho falta un maravilloso crescendo
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