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domingo, 29 de octubre de 2023

Chillidos

 Andas a ritmo ágil, como siempre, como tantas veces has caminado por esos mismos pasillos. En la noche, las luces fluorescentes sobre tu cabeza apenas iluminan y el reloj muestra una hora en la que nadie debería estar despierto. Todo huele a café rancio y a prisa. Tus oídos amortiguan los sonidos del entorno, filtrando los agudos y devolviéndote ecos de conversaciones lejanas como situadas al otro lado de una membrana viva y cartilaginosa. El aire, caliente, pesado y cargado de humedad aumenta esa sensación.

En tu cabeza, sin embargo, todo silba, mil sonidos chirriantes, estridentes y constantes, bombardean tu cerebro y es en lo único que puedes concentrarte.

La textura fría y metálica de la barandilla hoy parece asquerosamente pegajosa, el ruido distante de autobuses frenando y algún que otro bocinazo se cuelan en tu cerebro como pequeños ratones intentando escapar de una trampa. Quizá el viaje ha afectado a tu audición y por eso sientes todo amortiguado, almohadillado, casi ahogado, como oprimido por una alteración de la realidad. O por un estallido de certeza.

Continúas andando a paso rápido, mecánicamente, por las pasarelas y los pasillos de este aeropuerto mil veces recorridos ahora tan extraños. Cada paso que das resuena contra tu cráneo y la maleta parece tener vida propia, arrastrándose como una criatura famélica tras de ti.

Te duele la cabeza. Demasiadas horas despierta, demasiados aviones. Demasiada irrealidad.

Te duele el alma, negra y agónica.

No encuentras tu corazón.

Finalmente llegas al parking, y los olores de gasolina y caucho se entremezclan en esa sopa de aire. Pagas el ticket y la máquina escupe con desprecio las vueltas y el recibo, también chillando. ¿Todo tiene que hacer tanto ruido?

Arrancas el coche y comienzas a conducir sin rumbo, mientras las voces siguen martilleando. Callaos de una vez. Callaos de una puta vez. Los coches te adelantan, vociferan insultos que ni oyes. Les observas atónita y sin ver, seres atravesados por una mirada vacía. Ojalá matara. Otras personas con vidas llenas de prisa cuando tú ya no tienes ninguna; ni prisa ni vida.  Tu mundo ha muerto esta tarde en París, desangrado sobre una cama junto a su amante. Los oídos sordos y las cabezas de la maleta no callan.

No deberías haberme pedido que las metiera allí. Tú y tu manía de llevarte recuerdos de todos los hoteles. Pisa el acelerador más fuerte. Matémonos. Matémosles de nuevo.  

3 comentarios:

  1. Hermosa travevesia! Me hizo recordar viajes! Cuando un texto emocionales porque lo escrito cumplió su misión! Gracias Saludos desde Arg

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