Andas a ritmo ágil, como siempre, como tantas veces has caminado por esos mismos pasillos. En la noche, las luces fluorescentes sobre tu cabeza apenas iluminan y el reloj muestra una hora en la que nadie debería estar despierto. Todo huele a café rancio y a prisa. Tus oídos amortiguan los sonidos del entorno, filtrando los agudos y devolviéndote ecos de conversaciones lejanas como situadas al otro lado de una membrana viva y cartilaginosa. El aire, caliente, pesado y cargado de humedad aumenta esa sensación.
En tu cabeza, sin embargo, todo silba, mil sonidos
chirriantes, estridentes y constantes, bombardean tu cerebro y es en lo único
que puedes concentrarte.
La textura fría y metálica de la barandilla hoy parece
asquerosamente pegajosa, el ruido distante de autobuses frenando y algún que
otro bocinazo se cuelan en tu cerebro como pequeños ratones intentando escapar
de una trampa. Quizá el viaje ha afectado a tu audición y por eso sientes todo
amortiguado, almohadillado, casi ahogado, como oprimido por una alteración de
la realidad. O por un estallido de certeza.
Continúas andando a paso rápido, mecánicamente, por las
pasarelas y los pasillos de este aeropuerto mil veces recorridos ahora tan
extraños. Cada paso que das resuena contra
tu cráneo y la maleta parece tener vida propia, arrastrándose como una criatura
famélica tras de ti.
Te duele la cabeza. Demasiadas horas despierta, demasiados
aviones. Demasiada irrealidad.
Te duele el alma, negra y agónica.
No encuentras tu corazón.
Finalmente llegas al parking, y los olores de gasolina y
caucho se entremezclan en esa sopa de aire. Pagas el ticket y la máquina escupe
con desprecio las vueltas y el recibo, también chillando. ¿Todo tiene que hacer
tanto ruido?
Arrancas el coche y comienzas a conducir sin rumbo,
mientras las voces siguen martilleando. Callaos de una vez. Callaos de una puta
vez. Los coches te adelantan, vociferan insultos que ni oyes. Les observas
atónita y sin ver, seres atravesados por una mirada vacía. Ojalá matara. Otras
personas con vidas llenas de prisa cuando tú ya no tienes ninguna; ni prisa ni
vida. Tu mundo ha muerto esta tarde en
París, desangrado sobre una cama junto a su amante. Los oídos sordos y las
cabezas de la maleta no callan.
Hermosa travevesia! Me hizo recordar viajes! Cuando un texto emocionales porque lo escrito cumplió su misión! Gracias Saludos desde Arg
ResponderEliminarTravesía *
ResponderEliminarEmoción *
ResponderEliminar