13h44. Frío. Eso es lo primero que siente Clara al despertar, quizá es lo que le hace abrir los ojos. Le sigue un agudo dolor en la sien. Vuelve a cerrar los ojos y los reabre parpadeando lentamente y tratando de enfocar la visión, la mirada se pierde en un horizonte revuelto de azulejo blanco. Se levanta despacio y siente el cuerpo anquilosado y dolorido. Ha dormido en el suelo del baño y viste todavía la ropa de ayer. Está helada. Se ancla al lavabo y se levanta con dificultad, se mira en el espejo (¿desde cuando está roto?), tiene los ojos hinchados. Un reguero de sangre seca le ha pegado los pelos a la cara. La brecha sigue abierta y roja, no recuerda haberse golpeado, pero bebió demasiado como para hacerlo. Puta borracha, piensa. Se lava la cara y se mete directamente en la ducha dejando que el agua moje la ropa sucia y los recuerdos difusos de la noche anterior y de paso caliente su cuerpo helado por fuera y quizá también por dentro. Cualquier vacío es fácil de calentar cuando lo llenas de algo. La herida se queja. En cuanto se vista irá a la farmacia, necesita curarla. También tiene hambre, mucha. Son casi las dos de la tarde.
14h05.
Mientras se viste a trompicones con un jersey rojo y unos vaqueros, saca una
pizza del congelador y la mete en el horno apagado, ya lo encenderá después
cuando vuelva de comprar las cosas que necesita.
El sonido de unas llaves la
sobresalta. No espera a nadie y menos a su madre que es la única que tiene una
copia. Alcanza la puerta justo cuando se abre y se queda petrificada. Frente a
ella se encuentra… ella…ella misma…, Clara, con la bolsa de la farmacia en la
mano, mirándola con la misma cara de sorpresa. Ninguna es capaz de articular
palabra. Atónitas e inmóviles se observan en silencio. Sí, definitivamente la
otra también es Clara, con la misma cara de cansancio y la misma brecha abierta,
aunque con distinta ropa. La Clara de rojo alarga tímidamente una mano hacia el
rostro de la otra, la roza y siente un toque electrizante tanto en la yema de
sus dedos como sobre su propia mejilla. Instintivamente retrocede mientras se
lleva la mano a su cara. Es ahora la otra Clara quien avanza y le ofrece la
mano, como si de un mimo tocando un cristal se tratara y Clara de rojo apoya su
palma sobre la suya. También tiene la mano fría. Entrelazan los dedos sin saber
muy bien por qué.
14h17.
Un sonido proveniente del baño las sorprende y se vuelven hacia la puerta. Una
tercera Clara las observa atónita desde el umbral, aun en vestido de fiesta y
los pelos pegados.
14h36.
La Clara de rojo y la Clara de la puerta se sientan juntas en el sofá mientras
el salón se va llenando de Claras que salen del baño a cada poco. Un murmullo
de silencios y de tímidos saludos invade la sala.
—¿Qué
está pasando aquí? —dice por fin la Clara
de la puerta.
—No
tengo ni puñetera idea—
contesta la Clara de rojo — Pero
no hay pizza para todas.
Clara de la puerta sonríe
nerviosa e incómoda. Clara de rojo se levanta y va a encender el horno. El día
no tiene sentido, pero no le ha quitado el hambre. Desde la cocina observa a
las Claras en el salón. Solo la de la puerta la mira insistentemente. Por fin
se levanta y se acerca a ella, no sin antes coger la bolsa de la farmacia. Con
cierta ternura comienza a curarle la brecha. No hablan, pero se sienten a gusto
juntas.
15h00.
Clara de la puerta deja dos pizzas sobre la mesita del salon y se reúne con
Clara de rojo de nuevo en la cocina.
—Parecemos
reflejos—comenta.
Clara de rojo la mira
sorprendida.
—Ven— y la toma de la mano mientras casi la arrastra
al baño de donde parece que ya no salen más Claras.
Se quedan ambas quietas frente
al espejo fracturado. Una grieta principal lo divide desde el centro dejando múltiples
fragmentos rotos.
—Somos
reflejos—sentencia Clara de rojo paladeando
la frase.
— Parece
una broma pesada de un dios perverso — murmura
la otra.
Se miran asustadas, se rozan
la brecha con la punta de los dedos. Son conscientes de que solo una es la
original y la otra es copia, o quizá están todas muertas. Las de salón ya no
importan.
15h15.
Clara de rojo se queda observando el espejo roto, tratando de encontrar en su
reflejo alguna señal que le diga quién es realmente. Pero todo lo que ve es una
versión quebrada de sí misma, múltiples Claras observándola desde los fragmentos.
Clara de la puerta da un paso
hacia adelante, quedando frente a frente con su reflejo en uno de los
fragmentos más grandes. Su respiración se vuelve más pesada, como si un peso
invisible empezara a apretarle el pecho.
—Si
solo una de nosotras es real — murmura
Clara de la puerta, con voz apenas audible—,
¿cómo lo sabremos?
Clara de rojo siente una
punzada de angustia en su interior. Ella es la segunda y no quiere ser la
copia. Instintivamente, toca de nuevo el borde de la grieta en el espejo,
sintiendo el frío del vidrio y la aspereza de la fractura. Pero en lugar de
respuestas, solo encuentra su propio miedo reflejado.
—No lo
sé—responde finalmente, con la
voz trémula—. Pero lo que sí sé es que no
quiero desaparecer …o morir.
Las palabras caen entre ellas,
pesadas y sombrías. Ambas sienten que, de alguna manera, están al borde de un
abismo.
El silencio se rompe con un
susurro apenas perceptible que parece emanar del espejo mismo. Las dos Claras
retroceden, atemorizadas, pero incapaces de apartar la vista del espejo.
Entrelazan sus manos. Los fragmentos empiezan a vibrar levemente y la grieta
principal se ilumina con un tenue resplandor.
—¿Qu..qué?
— el pánico impide a Clara de la puerta
completar la frase.
Clara de rojo no tiene tiempo
para responder. El espejo comienza a emitir un golpeteo bajo, como el latido de
un corazón, y el reflejo de ambas empieza a distorsionarse, como si estuvieran
siendo absorbidas.
—¡Corre!
—grita Clara de rojo, tirando de la mano de
la otra Clara para alejarla del lavabo. Pero justo cuando ambas intentan
escapar, sienten un tirón en sus cuerpos, como si una fuerza invisible las
estuviera arrastrando hacia el espejo.
Las dos Claras luchan por
mantener el equilibrio, y logran aferrarse al marco de la puerta. Se agachan
abrazadas y desde ahí observan a las otras Claras volar hacia el baño y
desvanecerse entre chisporroteos en el espejo. Ellas se aferran la una a la
otra, resistiendo con todas sus fuerzas. El latido se intensifica, y por un
momento, parece que el espejo va a tragarlas a ellas por completo también.
Pero entonces, tan
repentinamente como comenzó, el zumbido pulsátil cesa. Las Claras caen al
suelo, jadeando y temblando, pero intactas. El espejo se queda en silencio, sin
emitir más vibraciones. El resplandor desaparece y las grietas parecen menos
pronunciadas, casi como si hubieran comenzado a cerrarse por sí solas.
15h25.
Ambas se quedan en el suelo, respirando con dificultad, sin atreverse a moverse
o a hablar. El baño parece el de siempre, pero ellas ahora son dos. Dos en la
vida de una.
Finalmente, Clara de la puerta
se pone de pie y extiende una mano hacia Clara de rojo, ayudándola a
levantarse. Se miran, con mil preguntas en los ojos. Ninguna tiene respuesta,
pero se sienten unidas de manera inexorable.
—¿Qué
hacemos ahora? —pregunta Clara de la
puerta, con una voz que apenas es un susurro.
Clara de rojo la mira, todavía
asimilando lo que acaba de ocurrir.
—No lo
sé —responde, sincera—Pero estamos juntas en esto, ¿no?
Las dos asienten, como si esa
fuera la única certeza que les queda. No saben cuál de ellas es la real, o si
alguna de ellas lo es. Tampoco saben qué significa el extraño suceso del
espejo, o si volverá a suceder. Pero lo que sí saben es que no están solas.
Salen del baño y se quedan
ambas de pie en medio del salón, rodeadas por el silencio. Se sientan en el
sofá, una al lado de la otra, con la sensación de que el apartamento les
resulta extrañamente más pequeño. Tienen demasiadas preguntas en sus cabezas, pocas
respuestas y ninguna certeza. Se quedan ambas pensativas, con las manos
entrelazadas.
15h45.
El horno suena, indicando que otra pizza está lista. Clara de rojo se levanta a
buscarla y sonriendo piensa: ahora sí hay pizza suficiente.
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