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jueves, 7 de enero de 2021

El Rata - Capítulo 1 -


Tres y media de la tarde. Examen de electrofisiología. Examen muy jodido de electrofisiología.  Carla llevaba machacándose con ese examen varias semanas y aun así no es capaz de entender la asignatura. Mal médico va a ser si no es capaz de aprender a leer bien los electros. No ha faltado a ninguna de las clases, ha cogido todos los apuntes, copiado y recopiado ejemplos, los de los libros y los que encuentra en internet y, a pesar de todo, cuando tiene un electrocardiograma delante se quedaba en blanco y es incapaz de ver las alteraciones que presenta  y mucho menos, aventurarse a un diagnóstico. Su padre es un eminente cirujano cardiaco y ella no es capaz de leer un electro. Mierda. Lo peor de todo es que el imbécil de David, que nunca va a clase, que nunca coge una sola nota en clase cuando se digna a asistir, el que siempre le pide los apuntes (y ella no se los deja, claro) y siempre los consigue por otro lado y siempre saca luego mejor nota que ella…, ese “David” está sentado una fila más abajo y se le ve en su salsa leyendo los electros del examen. Maldita sea. Si, al menos, Carla fuera capaz de copiar lo que David responde, si se atreviera, por una vez, a copiar en un examen…

Carla se incorpora levemente e intenta mirar por encima del hombro de David. Mira furtivamente al “Rata”, el profesor, que está leyendo tranquilamente el periódico mientras los alumnos realizan su examen.

Le llaman “el Rata” porque es el profesor que dirige el animalario de la facultad, donde crían a las ratas y ratones que usarán los alumnos y los investigadores. Y porque es feo y mezquino como una rata: pequeñajo, barrigón, calvo, de orejas peludas y bigote amarillento. Y es un pervertido y un salido. Siempre saca a las niñas guapas y de faldas más cortas a que le ayuden a colocar la pantalla del proyector, o a que escriban por él en la pizarra (él no se movería del raído sillón ni en un bombardeo) o a que la borren, ya que el vaivén de sus cuerpos jóvenes al borrar enérgicamente la pizarra le pone cachondo. Más de una alumna jura haberle visto tocarse bajo la mesa mientras ella borraba la pizarra. Un ser bastante abominable en conjunto, y encima, un pésimo profesor. Al menos Carla quiere pensar que no entiende los electros por culpa del “Rata” y no por su falta de capacidades.

Carla se incorpora un poco más pues no logra leer lo que ha escrito David. Pero David la pilla.

—Vaya, Carlita, ¿copiando? —susurra David —, ¿desde cuándo te rebajas tú a copiar? Pues creo que no te voy a dejar, guapa, ¿recuerdas que no me dejaste los apuntes de esta asignatura? —. David se gira tapando la hoja del examen.

“Cabrón”, piensa Carla. David le saca de quicio. Es listo y lo sabe. Y encima se cree guapo. La mayoría de las chicas de la universidad beben los vientos por él y se derriten ante sus atenciones de conquistador. Sabe cómo piropear sin ser vulgar y todas comen de su mano. Excepto Carla. Carla tiene muy claro que su prioridad es estudiar y no se permite distracciones. En la facultad tiene fama de empollona, una a la que todo el mundo pide los apuntes, y a la que nadie invita después a fiestas. Justo al contrario que David, que es el alma de todos los saraos. Pero claro, las pocas veces que ha sido invitada a alguna fiesta tampoco ha acudido, así que no es tan raro que ya ni la inviten.

David sabe que ella es de las más listas y que no falta a ni una sola clase y por eso le pide invariablemente los apuntes a Carla a pesar de que ella siempre se niega. Ante su constante negativa, se las ingenia para engatusar a cualquier otra chica para que se los pida a Carla. De una manera u otra siempre se sale con la suya: logra los apuntes de Carla y, habitualmente, los favores añadidos de la alumna engatusada.

Lo realmente jodido es que ese día es Carla la que necesita aprobar ese examen. No puede permitirse que en su expediente figure ni un suspenso. Ni uno.

Se desliza lentamente por el banco hacia su izquierda, buscando el mejor ángulo para copiar el examen de David. Está de suerte, David se ha recostado ligeramente sobre la mesa contestando las preguntas del último de los electros, pero ha dejado al alcance de Carla todos los electros previos así como sus respuestas. Carla se incorpora y estira la mano, lentamente para que David no se dé cuenta y logar coger los papeles. Triunfante, retira la mano cuando…

—De qué vas, rubita— susurra David cogiéndola de la muñeca con fuerza.

—Suéltame, David—se queja Carla.

—Ni lo sueñes, guapita. Si quieres mi examen me tendrás que ofrecer algo a cambio— contesta David en tono chulesco.

—Pues dime qué quieres — replica Carla, desafiante.

—Un beso, y con lengua —insinúa socarrón David.

—¡Ni lo sueñes, pervertido!.

—Oye, rubia, que te he pedido un beso, no un polvo. Aunque pensándolo mejor, no es mala idea — ríe David, quien no ha soltado aún la muñeca de la chica.

—No flipes, no me acostaría contigo ni aunque fueras el último hombre de la tierra—contesta Carla, con aires altivos.

—Tú no te acostarías ni conmigo ni con nadie. Seguro que no sabes ni lo que es el sexo, tienes pinta de estrecha y frígida—. Carla le lanza una mirada asesina.— Pues tú te lo pierdes, guapa, el beso y el examen— sentencia David, cogiendo su examen y girándose.

—Noo, David…. Pídeme otra cosa, necesito aprobar este examen.., por favor…—suplica Carla.

—Bueno, me pillas de buen rollo hoy, Carlita. Me dejarás todos los apuntes que te pida…—Se gira de nuevo hacía ella, sabedor de su situación de superioridad.

—Vale, todos los que quieras.—Carla suspira aliviada y sonríe, satisfecha, tomando los apuntes que le alcanza de nuevo David. Logra su propósito a un precio irrisorio. Hace ademán de retirar la mano pero David se lo impide.

—Espera, no he acabado… — David se deleita en una pausa dramática— …y vendrás a cenar conmigo este viernes.

—¡Ni de coña!

El tono de Carla ha sido un poco más elevado de lo conveniente.

—¡¡Qué narices está pasando ahí arriba!! — grita el “Rata” desde su sillón.— Señor Rupérez, Señorita Campos, bajen ahora mismo a la tarima.

—Mierda—murmuran al unísono Carla y David.

—¿Qué se creen ustedes dos? ¿Qué mis exámenes son para tomárselos a pitorreo?. ¡Están ambos suspendidos! ¡Y castigados!—chilla el profesor, en su poltrona haciendo aspavientos con los brazos.

Carla intenta protestar…

—Pero Don Rodrigo, yo…

—Me importa un carajo que usted no estuviera haciendo nada, señorita Campos, ya sé cómo se las gasta el señor Rupérez. Ya le he dicho que me importa un carajo, ¿me ha oído?, un “ca-ra-jo”. Vayan ambos al final de la tarima —ambos se dirigen dónde les indica el profesor —sí,  ahí. Frente a frente, que dado que no se aguantan se me apetece el mejor castigo. Y los demás…, ¡continúen con su examen, coño!—Y se apoltrona de nuevo en su sillón, que cruje, dolorido.

Carla y David se ven ahora castigados como dos niños pequeños, no frente a una pared, pero sí uno frente a otro, mientras sus compañeros entre risitas ahogadas continúan el examen que ambos tienen ya suspendido.

—Ay, Carlita, si hubieras aceptado mi primera proposición no estaríamos aquí— susurra David…

—Y una mierda la iba a aceptar. ¿Pero tú quién te crees que soy yo? ¿Cualquiera de las gilipollas que daría un brazo por un beso tuyo?.—Susurra airada la chica.

—Y si hubieras aceptado la segunda, encima nos lo habríamos pasado teta.—David se divierte sacando a Carla de sus casillas. Será una mojigata, pero está buena. Y no es tan imbécil como todo el mundo piensa.

—Mira guapo, cállate, que por tu culpa he suspendido el examen.— afirma Carla.

—De eso nada, preciosa, el examen lo tenías ya suspendido. Te recuerdo que estabas intentando copiar mi examen, y yo lo tenía de sobresaliente. Has sido tú la que me ha jodido a mí, bonita—. Un ligero tono de reproche se le adivina en la voz.

—Vete a la mierda, David. Y deja de llamarme “bonita”, “preciosa”…

—¡Esos dos! ¡Calladitos!—cacarea el “Rata” en un insufrible tono agudo. — ¡Se me van a quedar ustedes otra horita castigados tras el examen! ¡Por listos!.

Un murmullo de risitas recorre el aula. Carla y David se callan, sumiéndose cada uno en sus pensamientos, pero tremendamente conscientes de la presencia del otro, que por muy cercana físicamente, resulta invasiva, pero no como hubieran imaginado.

A David le mola poner nerviosa a Carla. Le exaspera esa actitud altiva y condescendiente e intuye que es una coraza que ella se ha creado en defensa de no se sabe muy bien qué. Intuye que tras esa apariencia de niña mojigata, empollona y borde en el fondo hay una mujer dulce y quizá hasta explosiva. Su cuerpo acompaña más a este último perfil que al de niña ñoña, por mucho que ella se empeñe en disfrazarse bajo diademas, perlitas, camisas blancas cerradas hasta el cuello y falditas de tablas por debajo de las rodillas. Bajo esas ropas se intuyen  formas rotundas y sensuales, y, quizá precisamente por no mostrarlas claramente, resultan aún más atractivas. Añadiendo a esto el picante de la manifiesta animadversión, David se ha fijado como objetivo conseguir algo con Carla, lo que fuera. Aunque solo sea un roce a una teta, incluso seguido de un guantazo.

Y efectivamente Carla se recubre de mucha fachada. Se esconde bajo su caparazón de empollona porque le salva de participar en cualquier actividad que la aparte de los estudios y, por extensión, de cualquier posibilidad de acercamiento por parte de los chicos. Sí que ha tenido novio, alguno por ahí, hace ya algunos años y según recuerda (de manera algo nublada eso sí) ya no es virgen, o quizá sí. Lo malo es eso, que no lo recuerda. Un verano, en el pueblo, en el baile, con algunos vasos de sangría en el cuerpo, mucha alegría y mucha tontería, se dejó engatusar por uno de los veraneantes guaperas y se despertó en sus brazos, desnudos ambos, sin recordar nada de lo ocurrido. No quiso saber nada más de él, avergonzada, a pesar de que él intentó verla más veces y de que nadie se enteró de nada. Y decidió que no quería saber de chicos. Y se centró en los estudios. Le aterraba la idea de perder el control de nuevo y hacer cosas de las que arrepentirse y avergonzarse después.

Y a Carla también le mola David, aunque se esfuerce horrores en ocultarlo. Y es que le molesta mucho caer en sus redes como cualquiera de las otras chicas y le fastidia muchísimo no lograr permanecer inmune a sus encantos. Aunque nunca le deja los apuntes, le encanta ser la primera a la que se los pide, y secretamente sabe que se ofendería mucho si alguna vez no llega a pedírselos. Cuando otra alumna se los solicita, se los deja sabiendo que son para él, y envidia secretamente a esa chica que obtendrá un magreo de David, o quizá un polvo. Más de una noche en su cama se ha imaginado lo que le pediría a David a cambio de esos apuntes que nunca le dejará.

Y cerca como lo tiene ahora, la coraza se derriba poco a poco. Es rematadamente guapo, o quizá no guapo pero sí atractivo. Y no deja de mirarla fijamente, a los ojos, casi sin pestañear, con una media sonrisa cautivadora. Carla no se atreve a sostenerle la mirada y apenas le mira de reojo. Los nervios la estaban consumiendo. O.., quizá esté excitada. ¡Madre mía!, ¡le están entrando ganas de comerle la boca a David!. Tenerle así, tan cerca, a apenas unos pocos centímetros le está poniendo cardiaca. Es perfectamente capaz de sentir como retumban sus latidos en el pecho y está casi segura de que David también puede oírlos.

David, por su parte, está disfrutando de lo lindo. Sabe muy bien manejar su carisma y es perfectamente consciente del efecto que está logrando en Carla. Está atento a todos y cada uno de los casi imperceptibles gestos de Carla y a las ligeras variaciones en su respiración y en el tono de su piel, ligeramente más sonrosado desde hace rato. Cuando salgan del aula, no se va irá sin lograr una cita con ella. A solas. Quiere desperezar a esa fierecilla adormecida.

Ya quedan pocos estudiantes en el aula y apenas media hora de examen. Llevan quietos más de cuarenta minutos. Carla intenta acomodarse meciéndose de una pierna a la otra. Justo en el momento en que David hace lo mismo. Chocan las rodillas y Carla se tambalea, perdiendo el equilibrio. David es lo suficientemente rápido como para sujetarla de la cintura y evitar que caiga, pero al sujetarla la aprieta contra sí mismo sintiendo sus formas acoplarse perfectamente a las suyas. Carla se separa, intimidada al sentir el cuerpo de David pegado al suyo. Y roja como la grana.

—¡Las manitas quietas, ponedlas a la espalda!— les grita el “Rata”.

Al obedecerle, los pechos de Carla avanzan desafiantes hacia David clavándose en su pecho. Tras el pequeño traspiés, han quedado más cerca y sus cuerpos se rozan imperceptiblemente. David nota como dos pequeñas protuberancias se van formando en la cúspide de los pechos de Carla, arañándole suavemente el cuerpo. Carla mantiene los ojos cerrados y la respiración contenida pues todos sus sentidos se concentran en el roce de sus pezones contra el pecho de David, endurecidos, estimulados y tremendamente receptivos. “Joder”, piensa Carla, comenzando a notar la mente nublada. Y qué bien huele David, a colonia fresca y a otra cosa que no sabe identificar, pero supone que serán sus feromonas jugándole una mala pasada. Gira la cabeza a un lado, tratando de librarse de sus ensoñaciones y las sensaciones que recorren su cuerpo. David mueve una pierna, imperceptiblemente para el resto pero para ella como un latigazo de sensaciones. Los muslos de David aprietan ligeramente uno de los suyos, y siente como aumenta la temperatura entre sus piernas. David olisquea suavemente a Carla, huele a mujer excitada. Roza suavemente su apéndice nasal con el de ella, olfateándola, acariciándola, respirándola. Ella se deja hacer, incapaz de oponer resistencia. David susurra algo que ella no entiende y gira la cabeza para escucharle mejor.

—Nunca una mujer me ha puesto así sin apenas tocarme, Carla —le susurra de nuevo David al oído de Carla rozando el contorno de la oreja con la punta de la lengua. Carla se estremece. Respira entrecortadamente. También se está excitando…, mucho. Demasiado.

—Vamos a ver, pareja de dos. Voy a ir un momento al despacho a dejar los exámenes. No quiero que se muevan ni un pelo, ¿de acuerdo?—El examen ha finalizado y los alumnos se han ido ya; ellos ni se han percatado sumidos como estaban en su mundo. El Rata recoge los exámenes y se arrastra pesadamente hasta la puerta del aula que cierra al salir.

Según desparece el Rata, David rodea a Carla con sus brazos y la atrae hacía sí. Los labios de ambos a apenas unos milímetros. Sin mirarle, ella se deja hacer, indefensa. David se sonríe, la chica parece un cervatillo asustado y tembloroso. La coge de la nuca y la besa. Ella responde al beso con un gemido que da luz verde a un beso más profundo y húmedo. Se besan unos segundos durante los cuales Carla se va relajando y termina por atreverse a responder, tímidamente, al beso y al abrazo. Una de las manos de David desciende lentamente por la espalda de Carla y su costado acariciando su piel por encima de la camisa y se aventura bajo la falda de la chica, acariciándole el muslo en dirección ascendente y alcanzando el terso glúteo.

Pero en ese momento, se abre la puerta del aula y se escucha una risita sardónica…

—Vaya, vaya, vaya… los dos que no se aguantaban—ríe el Rata mostrando una dentadura amarillenta y dejando escapar gotitas de saliva.— y vaya con la empollona modosita, resulta que es una zorrita en toda regla. ¡Menudo culo gasta la niña!.

(Continuará)


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