Las hojas de los árboles susurraban a mi paso acompañando el traqueteo de las ruedas de la maleta. Yo sentía que todos me juzgaban, la gente que se cruzaba conmigo me miraba y condenaba. ¡Mentira! Yo era la única en hacerlo. En cada escaparate observaba el reflejo que me vigilaba sonriendo inquisitivo, crítico. Me reprendía continuamente persiguiéndome a toda prisa de una a otra vitrina; llegando antes para esperarme con esa mirada de “sé lo que vas a hacer” .
—¡Déjame en paz! ¡No voy a hacer nada malo! ¡Sabes que no es
la primera vez! Deja ya de mirarme así. ¡No me juzgues!—Le replicaba yo en
silencio.— En realidad, me comían los nervios y cada paso que daba en dirección
a su casa aumentaba mi ansiedad.
Llegué al portal y ahí estaba de nuevo
mi otro yo, riéndose. “En el fondo lo
estás deseando, Sara. ¡Llama!”—Le escuchaba decir en mi cabeza.— ¡Déjame en
paz, te lo suplico!—me quejé a mi reflejo en la puerta sin levantarle mucho la
voz.
Contemplaba indecisa el telefonillo mientras
mi mano temblaba.— ¡Coño, Sara, cálmate! —Yo llegaba más temprano de lo
acordado y dudé si llamar. Di un pequeño toque, casi imperceptible deseando que
no lo escuchara y quedarme un rato más en la calle alimentándome de mis miedos
irracionales, pero justo en ese momento salió una señora con su caniche y
sujetó, sonriente, el portón obligándome a entrar. Confiaba al menos que Rafa
no hubiera oído el timbre y poder esperar junto a su puerta.
En el ascensor me apoyé contra la
pared evitando, adrede, mirarme en el espejo. Cerré los ojos y resoplé,
tratando de tranquilizarme. ¡Es como las
otras veces, es como las otras veces...!—me repetía como un mantra. —Pero
yo sabía que para mí no lo era; quizá para él sí… pero no para mí.
Mierda. Estaba esperándome apoyado en
el umbral, llevaba ya dos copas de vino en la mano y, cediéndome el paso, me
tendió una. Qué guapo estaba y qué bien olía.
—Yo no bebo vino.—objeté.
—Lo sé, pero te vendrá bien— me dijo, sonriendo,
cerrando la puerta de un golpe de talón— He notado nervios en tu voz cuando me
has llamado.
—Gracias Rafa. La verdad es que esta
vez me resulta diferente. —Evitaba mirarle a los ojos.
—No deberías sentirte así. No va a ser
distinto, ya verás. Te relajarás y disfrutarás como siempre.—me dijo, mientras
se encaminaba hacia la cocina. —Le seguí.
Había preparado unos aperitivos: jamón
del bueno, una tortilla de patata, un poco de pan…. Me senté sobre la encimera,
dejando colgar las piernas. Irremediablemente comencé a balancearlas como hacen
los niños pequeños mientras atacaba el plato de jamón. Me moría de nervios,
pero Rafa sabía cómo hacer que lo olvidara.
—¿Prefieres una cerveza? — preguntó
sin esperar respuesta porque ya estaba vertiendo una belga tostada en un vaso
bien frío.
Sonreí. Definitivamente sabía lo que
me gustaba. No en vano hacía más de 20 años que éramos amigos, aunque apenas
hacía 10 meses que de verdad habíamos empezado a conocernos. Diez meses desde
que nos veíamos los dos solos, separados del resto del antiguo grupo de la
facultad.
Le llamaron por teléfono y, para
respetar su intimidad, salí de la cocina cerveza en mano, mordisqueando unos
picos. Paseé por ese apartamento que tan bien conocía, Y me acerqué al estudio a
cotillear. Los objetivos, trípodes y flashes se encontraban, como siempre,
cuidadosamente colocados cual utensilios sobre la mesa de un cirujano. Las
cámaras elegidas para ese día situadas sobre la mesa baja y el trípode
instalado en una estratégica posición central. Frente a mí, tras la mampara que
me ocultaba la visión al entrar, fue apareciendo el decorado: un diván antiguo de
terciopelo azul oscuro, unas cortinas y telas formando el telón al fondo de la
pieza y, delante, sobre el suelo, varias almohadas aterciopeladas sobre un gran
cojín cuadrado, de lo que parecía ser algún tipo de seda, color rojo sangre.
Recordé la maleta que había dejado en
la entrada, pasé rápidamente al lado de Rafa al recogerla y me sonrió sin dejar
de hablar. Parecía que negociaba otra sesión de fotos con alguna agencia. No
sabía dónde dejar las cosas, así que opté por colocarla abierta, sobre una de
las mesitas del estudio, que él decidiera.
Por fin acabó la llamada y entró donde
yo me encontraba. Miró la maleta y su contenido.
—Qué lencería más bonita, Sara. Van a
salir unas fotos estupendas.—dijo sonriendo. Yo me mordí el labio. Me imponía
bastante la perspectiva de mostrarme ante Rafa en ropa interior. Nos llevamos
muy bien y hay mucha confianza, pero realmente nunca me ha fotografiado de esa
guisa.
Cuando comencé con mi página de moda
en Instagram era tan solo un hobby, me hacía yo misma las fotos y lo cierto es
que no quedaban del todo mal. Para un insta amateur eran aceptables, salía del
paso. Pero se fue poniendo de moda, empecé a tener muchos seguidores y
comprendí que necesitaba más calidad. No ganaba un euro con ese hobby, pero
parece que una página de moda de una cuarentañera cualquiera que habla de lo
que les sienta bien a las mujeres, a las mujeres normales, con sus defectos,
sus carnes no tan prietas y que ya no eran niñas, o modelos famélicas, se salía
de la norma. Por ese motivo comenzó a tener mucha aceptación. En el dilema de
cómo mejorar la calidad de mis fotos recordé que Rafa, mi buen amigo, era un
gran aficionado a la fotografía y quizá podría ayudarme.
En esa época apenas hacía nada de mi
divorcio y, en los últimos años de mi matrimonio me había alejado un poco del
grupo. Cuando le contacté me contó que la afición había pasado a ser profesión
y aceptó encantado mi súplica de ayuda. La verdad es que estaba sin un duro y
no podía permitirme pagar a un fotógrafo profesional. Lo que comenzó siendo un
favor se acabó convirtiendo en una rutina y en una relación de negocios. Rafa
se convirtió en mi fotógrafo. Durante varios meses trabajó para mí de manera
gratuita. A veces fotografiaba las combinaciones de ropa que yo elegía y, las
más, me fotografiaba a mí con ella puesta. Cuando comenzaron a contactarme
firmas de moda para que les reseñara pude empezar a ganar algo de dinero que él,
muy educadamente, empezó rechazando con la excusa de que me pagaban poco y
estaba empezando. Luego vio que si seguía negándose corría el riesgo de que me
buscara a otro fotógrafo y fue en ese momento cuando logré que se convirtiera en
el fotógrafo, oficialmente poco remunerado de mi Instagram. La verdad es que
tiene un talento artístico increíble. Sabe sacarme provecho de una manera
maravillosa; logra que aparezca estupenda, guapa y radiante en todas las fotos,
sin artificios pero sin dejar de ser yo misma en ninguna de ellas. Es un
fotógrafo extraordinario.
También nuestra relación como amigos
ha evolucionado. Si bien cuando trabaja suele permanecer concentrado y muy
callado, tantas horas juntos en el estudio, o en las calles cámara en mano, nos
han hecho compartir muchas confidencias. Está al corriente de todos los
detalles de mi fallido matrimonio como yo lo estoy de sus innumerables
conquistas. Es realmente un hombre
increíble. Sí. Lo reconozco. Me gusta, no voy a negarlo. Quizá por eso me
suponga tan mal trago tener que mostrarme semidesnuda ante él. El caso es que
me pongo a hablar de Rafa y
acabo yéndome por las ramas...
Hoy he venido a su estudio para
realizar una nueva sesión de fotografía. En este caso se trata de la última oferta
que me han hecho. Una muy conocida marca de lencería me contactó hace unas
semanas porque quiere llegar a un abanico más amplio de mujeres y me
propusieron que yo “modelase” sus piezas. “Necesitamos
que se vea que hacen igual de bellas a todas las mujeres; tanto a las modelos
como a las mujeres de verdad como tú”. No lo decían de manera despectiva,
más bien lo contrario. “Queremos que las
muestres en un reportaje tipo boudoir”. Me gustó la propuesta, aunque no me
entusiasmaba la idea de mostrarme semidesnuda en mi blog. Me parecía que rozaba
un poco el límite, pero Rafa me animó. “Las
fotos que te voy a hacer serán muy elegantes, en ningún momento ordinarias”
sentenció cuando se lo conté, “confía en
mi criterio y acepta la propuesta. Además, es económicamente muy interesante y
disparará tu popularidad”. Así que acepté. Pero a día de hoy ya me
arrepiento, estoy muerta de nervios y creo que, también, de vergüenza.
En eso, Rafa coge la maleta y la lleva
a su dormitorio, mientras yo
le sigo, silenciosa. Cuidadosamente va sacando las diferentes
piezas de lencería y las coloca delicadamente ordenadas sobre su cama,
concentrado. Supongo que decidiendo en qué orden me las tendré que poner para
la sesión de fotos. Con los brazos cruzados, nerviosa, le miro apoyada en el
marco de la puerta.
Yo ya conozco el contenido de la
maleta y la lencería es preciosa, pero también muy atrevida. No toda, pero
algunos sujetadores y braguitas son muy transparentes, otros diminutos, hay
ligueros, corpiños, tangas. Rafa me había pedido que trajera también todos los
zapatos y sandalias de tacón que tuviera, aquellas que me parecieran más
elegantes y sexy. Tacones más lencería es, claramente, una combinación
incendiaria…
Él sonríe mientras coloca los
minúsculos tangas sobre las sábanas y me mira de reojo con cierta guasa apartando
uno de sus morenos rizos de la frente. Está secretamente disfrutando de lo que
se me viene encima. Pero caigo en que yo también lo hago. Por una vez también soy
yo la que observa y no sólo él. Admiro esas manos fuertes colocando la lencería
con suma delicadeza, esa mirada de concentración combinando las piezas. Y su
cuerpo… Me pregunto si se habrá vestido así por mí. Supongo que sabe lo
muchísimo que me gusta un hombre en camisa blanca y vaqueros, con la camisa a
medio arremangar.
Al terminar se vuelve hacia mí:
—Bueno, todo listo. Venga, comamos
algo más y bébete esa cerveza de una vez para que se te pase ese rictus tenso
de la cara. Así no voy a poder hacerte ninguna foto. ¡Que parece que has
chupado un limón!
Yo sonrío, tratando de relajarme. Al
fin y al cabo, peor sería ponerme en manos de un extraño con tan poca ropa
sobre el cuerpo.
Nos dirigimos de nuevo a su cocina y
damos buena cuenta de lo que él ha preparado en animada conversación sobre
multitud de temas. Creo que ambos evitamos mencionar la sesión de fotos. O
quizá solo yo. Él está más que acostumbrado a fotografiar modelos en ropa
interior, incluso ha realizado dos o tres reportajes de desnudos. Reconozco que
la cerveza me ha relajado un poco más y hasta comienzo a verle un punto
simpático, tirando a sexy, a la sesión.
Rematamos con un café bien cargado.
Rafa comenta que la sesión será larga porque quiere hacer muchas fotos
incluyendo todas las piezas de lencería para luego tener más dónde elegir,
quizá haga también algún video corto. Piensa que la firma saldrá muy satisfecha
del resultado. Yo confío mucho en su talento y está claro que él también sabe
lo que vale. Sigo pensando que a mí me cobra muy por debajo de lo que realmente
se cotiza, pero ya no se lo voy a discutir más veces.
Con el café aún en la mano pasamos a
su habitación a elegir modelito. Pero al entrar, me quita la taza de la mano y
me manda directa al baño.
—Pasa y dúchate. – Antes de que yo
replique, añade, a modo de explicación – quiero que estés recién aseada y con
la piel fresca. Maquíllate y además quiero que te extiendas esta loción
corporal, es la que usan las modelos para los reportajes de lencería y desnudo.
Realza el tono de la piel, lleva algo de color y matiza muy bien los brillos.. Supongo
que has traído todo lo necesario. Quizá vayamos alternando tonos más naturales
con alguno más atrevido, según te fotografíe en color o en blanco y negro.
Pero, ten cuidado y no te mojes el pelo, llevas la melena perfecta.
Obedezco y, neceser en mano, entro a
su baño donde me desnudo lentamente. Ya he estado allí muchas veces y algunas de ellas en ropa interior, pero totalmente
desnuda, nunca. Al verme sin ropa y reflejada en su espejo, un escalofrío me
recorre todo el cuerpo. No sé si siento que invado su intimidad o más bien me
siento invadida yo, en mi desnudez, por todo lo que ese baño rezuma de él.
Incluso su olor me rodea, me dejo llevar, cierro los ojos y aspiro
profundamente empapándome de él.
Definitivamente, la cerveza se me ha
subido a la cabeza y mis hormonas se han debido de bajar a los ovarios
provocándome un cosquilleo claramente sexual. Sonrío como una boba y veo que los colores me
han subido a las mejillas, así que me meto en la ducha y me enjabono
usando agua más bien fría. Quiero que se me pase el efecto de la cerveza y la
sensación de excitación que por momentos me ha asaltado. No me parece adecuada ni
profesional. Tras secarme y aplicarme la loción hidratante caigo en la cuenta
de que no me he traído ninguna prenda de lencería para ponerme. Enfundada en
la toalla, abro la puerta y…
—Ponte esto.
Me tropiezo con Rafa esperándome al
otro lado de la puerta. Sonriendo me tiende la ropa elegida y los zapatos.
Vuelvo a sonrojarme, me cubre una toalla más
bien pequeña y como no esperaba encontrármelo de narices, casi se me cae de las
manos
—Gracias— musito, azorada, cerrando
rápidamente.
La combinación elegida por Rafa es
bastante modosita, al menos en lo que a piel cubierta se refiere aunque es
muy atrevida en transparencias. Se trata de un body de encaje negro, con tiras
de liguero, medias claras, zapatos de tacón negros y una bata de seda con
encaje a juego. Me visto despacio, dejando que las prendas se amolden a mi
cuerpo y acabo de maquillarme sentada en un taburete frente al espejo. Me
quedo, apoyada sobre la encimera del lavabo mirándome en el espejo tras
soltarme la melena. Me veo muy bien , me siento guapa y sexy, definitivamente
arrebatadora, otra vez las hormonas o la cerveza. Me retoco el brillo de los
labios y me dirijo al estudio, atravesando el dormitorio, notando el roce del
encaje y la seda sobre mi piel excitada.
Rafa está colocando las cámaras y los
paraguas pero al verme entrar se queda mirándome fijamente. Creo que ha evitado
repasarme de arriba abajo para no intimidarme, pero he notado claramente que se
ha descolocado un poco cuando me ha visto. Ha durado dos segundos y enseguida
ha retomado ese aire serio y profesional que usa habitualmente. Me han dado
ganas de menear un poco el culo, pues esperaba que me echara algún piropo que
no ha llegado.
—Siéntate en el diván y mira hacia la
ventana. — me ordena,
en tono profesional.
Me siento como me pide, pero se me
nota tensa y un poco incómoda. Rafa se ha dado cuenta y me pregunta si estaría
mejor con un poco de música. Sonrío y él pone una suave música de piano. Eso ayuda
a que me relaje un poco, al menos así no nos rodea un silencio embarazoso. Cierro
los ojos tratando de calmarme y me concentro en la música. Mientras, él termina
de ajustar las cámaras, los sensores de luz y los focos. Los abro cuando le
siento tomarme la mano con ternura. Se ha arrodillado a mis pies y comienza a
hablarme suavemente.
—Relájate, Sara. No va a ser una
sesión diferente a otras. Sabes que conmigo estás en total confianza, puedes y
debes relajarte, porque la tensión se notará en las fotos, pero si realmente no
te encuentras cómoda y no quieres que sigamos, me lo dices y lo dejamos. Ya lo
intentaremos otro día.
Le miro a los ojos y desvío la mirada
con cierta timidez aunque respiro hondo sintiendo de nuevo su olor... Ufff.
—No, Rafa. Sigamos. Se me va a pasar. —Le contesto y él
sonríe, mirándome dulcemente.
—Sara, no te preocupes por nada y
déjalo todo en mis manos. Te aseguro que en minutos estarás tan a gusto que te
olvidarás de que estoy aquí.
Yo sabía que eso es complicado. Su
presencia se me hace imposible de obviar y menos estando yo, medio desnuda
posando en lencería. Me siento observada a pesar de serlo con sus ojos de
fotógrafo y me niego a reconocer que lo que yo quiero es que me mire con algo
más que con esos ojos profesionales.
Empieza colocando la bata. Deja que
caiga ligeramente por mi hombro descubriéndolo un poco. Para hacerlo tiene que
acercarse a mí y desde esa escasa distancia me pregunto si, de reojo, habrá intentado
imaginar mis pechos bajo el encaje. Desde luego nada en sus acciones ni en su
respiración le delata. Vuelve tras la cámara y de nuevo a mí un par de veces
más, recolocando un mechón de pelo, un pliegue de la tela o alzando un poco más
mi barbilla. Cada vez que me roza me pone más nerviosa, y el hecho de apenas
poderme mover no ayuda mucho. Tras varias tomas con la cámara colocada en el
trípode pasa a tomar planos más cortos con ella en la mano. Me pide que me
recueste ligeramente en el diván dejando caer la bata hasta los codos y me
inclina la cabeza hacia atrás.
—Cierra los ojos.—dice. Y durante un par de minutos
le siento revolotear a mi
alrededor en una nube de clics. Yo trato de adivinar donde está por el sonido y
por su olor que va y viene. Aún con los ojos cerrados le siento recolocando mi
ropa, mis piernas, ayudándome a subir la derecha al diván apoyada en los
tacones, retocando los cojines que me rodean. Tengo que reconocer que sus
atenciones me hacen sentir como una diosa.
—Bueno, Sara, pasemos a otro conjunto.
—Le escucho decir de repente, sacándome de mi ensoñación.
Abro los ojos. Rafa se encuentra a
menos de un metro de mí, de pie revisando las fotos en la cámara. Me levanto y
me voy al baño con el nuevo conjunto de lencería que me ha señalado en las
manos. Al entrar al servicio miro y le veo absorto en la cámara, sin moverse de su sitio. Esperaba
que, al menos, me hubiera echado un vistazo al culo.
El conjunto siguiente es más atrevido.
Ya no incluye una bata tras la cual esconderme y consta de apenas dos piezas:
un sujetador y una braguita, ambos en encaje gris perla con detalles en blanco.
No lleva ningún tipo de relleno y la tela es casi transparente, los pezones se marcan
plenamente y la forma de mis glúteos se dibuja a la perfección bajo la fina
tela. Al menos el pubis queda oculto bajo unos dibujos del encaje. Rafa ha
completado el conjunto con unas sandalias altísimas color plata que no son
mías, pero no quiero preguntarle de dónde han salido.
Al menos esta vez él no ha podido
evitar que se le notara que mi imagen le gusta, pues al verme aparecer ha
dejado caer una media sonrisilla. Creo que no quiere ser demasiado evidente
para que no esté incómoda, pero me gusta sentirme ligeramente deseada. La
temperatura sigue subiendo y con ella mis ganas de exhibirme. A pesar de ir
menos vestida que antes, me siento más segura y me coloco frente a él, brazos
en jarras.
—Bueno, moreno ¿cómo quieres que me
coloque?— le pregunto, desafiante.
Mi salida le provoca una carcajada.
—Venga, rubia. ¡Al diván! ¡Y, a cuatro
patas! —me contesta decidido.
—¿En serio? —le pregunto ligeramente
descolocada, con el aplomo que segundos antes mostraba, cayendo en picado hacia
el suelo.
—Noooo, boba— carcajea— es que me lo
has puesto a huevo. Siéntate en el diván, pero esta vez quiero que lo hagas
sobre una pierna, y sujetando este libro como si lo leyeras. –Obedezco —Sí,
así… Muy bien. Saca un poco el hombro. Arquea un poco la espalda. Saca pecho.
Que saque pecho, dice, pues parece que
a mis pechos les gusta la situación porque mis pezones, desvergonzados, han
decidido que es momento de hacerse valer y comienzan a marcarse bajo la ya de
por sí, muy transparente tela.
Rafa parece que no se ha dado cuenta y
comienza con las fotos. A los pocos minutos para y se pone a revisarlas.
—Buf... Así mejor no.—masculló.
—¿Qué ocurre, Rafa?
Me mira con cara de no saber cómo
contestarme.
—Tenemos un ligero contratiempo—
murmuró – las fotos que te acabo de hacer no podremos usarlas.
—¿Han quedado mal? —le pregunto un
poco inquieta.
—En absoluto. Han salido preciosas.
Pero…, creo que no son muy adecuadas para tu página. Mira…
Me acerca la cámara y veo un primer
plano de mis pechos con los pezones tan marcados que resulta casi indecente.
—¡Dios mío! —exclamo tapándome
instintivamente los pechos. Incluso bajo las palmas de mis manos, los dos
descarados se rebelan duros y desafiantes contra mí.
—No seas boba. Las fotos son preciosas
y tus pechos están estupendos, pero esos pezones nos han convertido las fotos
en algo más erótico de lo que debería ser… Al menos para tu Instagram.
Se queda mirándome intensamente y le
sostengo la mirada mientras, lentamente, aparto las manos y me apoyo sobre el
borde del diván. Mis pechos se han convertido en el centro de su mirada y
mientras mis pequeños descarados siguen desafiándole Rafa, tomando de nuevo la
cámara, se pone a hacerme fotos, pero esta vez sin reparar en si mis pezones se
muestran mucho o no y yo…, yo me dejo fotografiar, consciente del cariz erótico
que está tomando la situación.
—Túmbate sobre el diván, boca abajo;
toma de nuevo el libro y simula leer. —Me ordena.
En esa posición no se marcan tanto y
mi melena los oculta ligeramente, así que él vuelve a tomar algunas fotos algo
más recatadas, desde diferentes ángulos a mi alrededor. Me pide que doble una
pierna y alce un poco el trasero y le siento fotografiarme desde mi espalda,
aunque no vea nada. Soy perfectamente consciente de estar exponiendo mi culo en
todo su esplendor, apenas tapado por la tela transparente, pero está empezando
a importarme poco.
—Toca cambiar de modelito. — Sentencia
Rafa.
Esta vez me tomo mi tiempo para
incorporarme, e incluso tardo unos segundos en recolocarme la braguita que se
ha desplazado hacia el interior de mis nalgas, haciendo como si no fuera
consciente de su mirada, cada vez más brillante, pendiente de todos mis
movimientos. Me quito las sandalias despacio y, cogiendo el nuevo conjunto, me
dirijo a pasos lentos y de puntillas hacia el baño, con ellas en la mano. Sintiendo, esta vez sí, sus ojos clavados en
el culo que había fotografiado segundos antes.
En el último instante le miro de reojo pillándole en falta, sonrío y
como envuelta en un halo mágico, cierro la puerta del baño.
Una vez dentro me quedo apoyada en la
puerta con la respiración entrecortada y el ritmo cardiaco acelerado. El reflejo de mi rostro en el espejo muestra
un tono sonrosado que ya nada tiene que ver con la vergüenza. Llevo las manos a
mis pechos y acaricio mis pezones sobre la tela. Cabrones hipersensibles… Gimo
muy suavemente no queriendo ser oída. Empiezo a estar realmente excitada por la
situación, pienso mientras me despojo del conjunto lentamente, disfrutando de
cada caricia que los dedos dejan sobre mi piel, reactiva a cualquier roce.
Desnuda, entreabro la puerta:
—Rafa, toma. En cinco minutos estoy
vestida. —Le comunico mientras le tiendo el conjunto, aún templado por el calor
de mi cuerpo. Tú juegas, yo juego. Y continúo, provocándole—Prepárame algo de
beber, ¿quieres? Tengo cada vez más sed…—le pido, insinuante.
Cierro la puerta sin dejar que me vea
directamente, pero a sabiendas de que
ha captado mi mensaje: «Rafa, ahora mismo estoy desnuda al otro lado de la
puerta». Hubiera dado algo por ver su cara, pienso mordiéndome ligeramente el
labio.
Comienzo a vestirme con el nuevo
conjunto. Si el anterior era atrevido, este lo supera. Se trata de varias piezas, todas en
negro: sujetador y tanga minúsculo, completado con un liguero precioso. Lo más
llamativo de todo son las tiras de satén negro que se entrecruzan por todo mi
cuerpo, cerrándose con unas preciosas hebillas doradas. El sujetador consta de
dos triángulos de cinta de raso con una pieza central de encaje que apenas
oculta nada. Un collar en suave y flexible cuero con un broche brillante se une
al cierre delantero y trasero del sostén por sendas cintas y dos tiras más
enmarcan las costillas. El tanga es pequeñísimo, a juego con los triángulos del
sostén, y apenas tapa el pubis. S se sujeta a la cadera mediante una especie de
fino cinturoncillo con dos hebillas ajustables en los lados y una mínima cinta
entre los glúteos. La pieza reina es el liguero. Se trata de un entramado de
tiras ajustables y elásticas, mezcla de cuero y raso con seis cintas de liguero
que se cierra con corchetes en la parte de atrás… Y yo no soy capaz de
ajustarlo como es debido…
—Vayapordiosquépena—pienso, sonriéndole de medio lado al
espejo—Rafa—llamo entreabriendo la puerta del baño—Necesito ayuda, por favor.
Rafa acaba de servirme una copa, por
el color parece un whiskey con hielo. Entra en el baño y le arrebato el vaso
pegando un buen sorbo.
—Este conjunto tiene muchísimos
broches y tiras ajustables. Yo sola no logro que quede bien. —Le digo colocando
los brazos sobre la cabeza, sujetándome la cabellera e invitándole a ayudarme.
El trago de whiskey me quema la garganta y un hormigueo bulle en mi vientre,
más precisamente entre mis piernas y en mi estómago. Rafa se agacha,
colocándose en cuclillas a mi lado. Lenta y suavemente comienza a ajustar las
piezas del conjunto. Intenta no rozarme, es evidente, pero también imposible.
Las involuntarias caricias erizan la piel que toca provocando un aumento
exponencial de mi frecuencia cardiaca a cada contacto. Yo no me había colocado
aun las medias, pero Rafa las coge
y abre entre sus dedos invitándome a calzarlas. Apoyada en el lavabo, alzo mi
pierna derecha y él, con sumo cuidado, toma mi pie con su mano y lo introduce
dentro de la media, acariciándolo suavemente, haciendo amago de alisar el
nylon, pero la forma en que lo hacía me transmite un placer inusual. Cierro los
ojos, disfrutando ese momento de delicioso fetichismo y los segundos que le
siguen mientras siento deslizarse lentamente la media por mi pierna. Me apoyo
en su cabeza, guardando precario equilibrio y acaricio distraídamente su suave
cabello. Él ha dejado mi pie apoyado en su muslo mientras engancha, con
indecente parsimonia, las tiras del liguero al encaje de la media colocándolas
milimétricamente paralelas. Tanta precisión le obliga a rozar, “sin querer”, la
franja de mi piel limitante con la tela acercándose peligrosamente a mi pubis
al acariciar el interior de mi muslo y yo siento que comienzo a licuarme.
Suavemente hace descender despacio
ambas manos por mi pierna y me calza un zapato de tacón vertiginoso, negro,
acharolado y me mira esperando. En ese momento soy consciente de haber
contenido la respiración y dejo escapar una bocanada de golpe. Sonriendo le
ofrezco el otro pie que sufre el mismo nivel de mimo y atenciones. Cuando acaba
de abrochar la hebilla, se incorpora lentamente, más cerca de mi cuerpo de lo
que una simple amistad aconsejaría y sin mediar palabra me gira sobre mí misma
para acabar de colocarme bien todas las tiras de las nalgas. Creo que no era
necesario, ya estaba todo ajustado, pero me dejo hacer pues su respiración en
mi cuello está nublándome el sentido.
—Venga, preciosa, al salón— me susurra
acompañando sus palabras con un inesperado cachete en el culo, que acaba por
ponerme a mil.
Sonriendo para mí, salgo del baño
caminando despacio y sin prisas, contoneando el culo como si no hubiera un
mañana. Los hielos tintinean en el vaso a cada paso que doy acompañando al
bamboleo de mis glúteos y a la música de jazz que suena de fondo.
—Ahora quiero que te coloques sobre el
cojín cuadrado. —me indica.
Me siento en el borde. Aunque amplio, no
es tan alto como el diván y los taconazos elevan mucho mis
piernas, casi puedo abrazarlas. De hecho, lo hago tras beber otro trago,
cerrando los ojos y paladeando el licor en mi boca, disfrutando en su paso por
mi garganta de esa sensación ardiente al llegar a mi estómago. Me estoy
desinhibiendo por momentos y no todo es culpa del alcohol.
—Píntatelos de rojo—ordena mientras me
tiende una barra de labios.— Y…—esboza una sonrisa malévola—. Espera un momento
que se me acaba de ocurrir una idea... Y le veo dirigirse a su dormitorio.
Tarda, le oigo trastear. Mientras, me
pinto los labios y espero, mirando como en mi vaso el líquido ámbar lanza
reflejos hipnotizantes y los hielos bailan al son del jazz. Cierro los ojos y
doy un sorbo pequeño sacando la lengua y jugueteando con uno. Traviesa. De
repente, escucho a Rafa pararse a mi lado sacándome de mi ensoñación. Trae una
tela negra en sus manos.
—Este conjunto tiene una cierta
inspiración BDSM…
—¿Bedese...qué? —le pregunto intrigada.
—Ja, ja ja…, yo me entiendo. Levanta —
me exige, tendiendo su mano.
Y obedezco. Él se acerca y puedo
observar que la tela es como una cinta ancha de raso o quizá, seda.
—Te voy a vendar los ojos, por eso
quería los labios bien resaltados en rojo, el contraste va a ser increíble y
las fotos, con los ojos vendados, van a tener un toque muy sensual.
Le miro sorprendida. Tengo que
reconocer que este giro no lo esperaba. Rafa se coloca detrás de mí y firme,
pero con mucha delicadeza, me coloca la cinta. Noto como la ajusta con cuidado
para no despeinarme. Y, a partir de ese momento, ya no veo nada y sólo siento. La
ausencia del estímulo visual hace que las sensaciones se multipliquen.
—¿Apuras el vaso o te lo guardo? — me
pregunta.
—Guárdamelo — le contesto decidida.
El vaso desaparece de mis manos y dejo
de sentirlo a mi lado. No sé si la temporal ceguera, el whiskey o la suma de
ambas cosas, hacen que me encuentre de repente un poco inestable e indefensa.
—¿Rafa? — pregunto inquieta,
extendiendo una mano.
—Tranquila, estoy a tu lado —. Le
escucho muy cerca. Sus manos cogiendo la mía me tranquilizan. Su voz, calmada y
grave, transmite seguridad y cada palabra se cuela en mi cerebro como un dardo
ardiente. Me gusta sentir el tacto de su
piel, la suavidad firme con la que me acompaña. El calor de su cuerpo se transmite
al mío igual que cada imperceptible roce de cualquier parte de su anatomía. Su
seguridad baila en perfecto tango con la torpeza de mis inseguros
movimientos. Su aroma…, soy más
consciente que nunca de él y constituye el caldo perfecto para esa marejada de
sentidos y sensaciones, absolutamente sublimados ahora a causa de la ceguera.
—Tenía que haberte vendado cuando estuvieras
ya sentada—musita para sí, invitándome a agacharme mientras coloca una mano en
mi espalda y acompaña mis movimientos.
—Mientras no me pongas la
zancadilla...—bromeo..
—Descuida— dice riendo.
Me quedo sentada sin saber qué hacer
con las manos y vuelvo a abrazar mis piernas. De nuevo siento a Rafa pululando
a mi alrededor, pero ahora ya no le puedo ver.
—Sara, túmbate sobre el colchoncillo y
levanta las manos por encima de tu cabeza cruzando las muñecas. Déjalas
apoyadas simulando una atadura inexistente con los pies hincados en el suelo y
las rodillas levantadas. Separa un poco las piernas…. Así… Sí… No… Un poco más…
¡Quieta!.
Contengo la respiración, concentrada
en sus palabras y sus órdenes, cautivada por su voz. Inmóvil. Atenta,
agudizando el oído. Me sé observada y soy capaz de sentir su mirada acariciando
mi piel. De repente la música se para y el silencio comienza a tensar el
ambiente unos segundos hasta que otra suave melodía de piano vuelve a
escucharse. Respiro hondo. Joder… Su olor, casi puedo masticarlo.
Nuevamente está a mi lado.
Recolocándome el pelo, las
cintas, moviendo almohadones, situando todo de forma perfectamente
casual. Le escucho respirar profundamente y de inmediato vuelvo a oír el sonido
del disparador de la cámara a mi alrededor. La diferencia es que no sé qué
parte de mí estará fotografiando y eso dispara mi imaginación… Mis sentidos están
maximizados, como los del animalillo que sale de noche pendiente de los
depredadores. Bebo de su aliento, palpito con el roce de su ropa, me aguijonean
los chasquidos del disparador, y su aroma, envolviéndome, aumenta mi
temperatura y humedad. Sin poderme mover, trato de adivinar dónde está o cómo
estará tomando la foto. Lo siento cerca, quizá arrodillado a mi lado. ¿Estará
fotografiando mi rostro? ¿Mis piernas? ¿Mis pechos...?
Mis pechos…, están duros, siento mis
pezones disfrutando con esta situación. Erguidos, desafiantes, bien marcados
bajo el encaje, claramente visibles. ¿Los estará mirando? Deseo que lo haga.
—"Quiero que los muerdas ya,
joder" — musito para mis adentros.
Lleva un buen rato fotografiando, no
soy capaz de calcular el tiempo pero cuanto más tarda más estimulante me parece
la idea de estar inmóvil, expuesta y ofrecida. Siento claramente subir la
excitación y cómo se acelera el ritmo de mi respiración, pero mantener la misma
postura empieza a cansarme. Me muevo
ligeramente, quizá más por impaciencia que por incomodidad, pero Rafa entiende
que es por esto último.
—¿Cambiamos de posición? —pregunta.
—"Sí. Ahora tú debajo." — pienso
para mí, mientras mi boca le contesta:—Como tú quieras, eres el que manda.
—Muy bien, haz lo que te voy diciendo
mientras fotografío —Y comienza a darme órdenes. Suave, pero firme.— Gírate, así….
Ahora ligeramente de lado y un poco boca abajo…; sube la pierna; mueve el culo;
curva la espalda... Abraza tus piernas tumbada, de lado. Boca abajo. Sepáralas
ahora. Baja del cojín y arrodíllate en el suelo, vientre pegado a la tela,
piernas juntas, brazos estirados. Quieta, no te muevas…. Vuelve a girarte,
muévete al ritmo de la música… No, no te levantes aún…Sigue así.
Ya casi no sé dónde está él y menos aún
en dónde me encuentro yo, pero me muevo, felina, y bailo, y me imagino voluptuosa
a sus ojos. Sin duda estoy excitada y el roce continuo de la seda sobre mi
cuerpo contribuye más a ello. Tengo la piel erizada y viva mientras los clics
continúan sin cesar, algunos los escucho cerca, otros más lejanos. Son como
pequeños pellizcos virtuales en mi carne ya estimulada.
Y, de repente, paran.
—Mmmh, está saliendo perfecto— murmura.
—Incorpórate. Te ayudo.— dice Rafa, mientras sujeta mi mano, ayudándome a
ponerme en pie. Supongo que por llevar rato tumbada y quizá a causa de whiskey siento
un leve mareo y me fallan las piernas. Rafa me abraza a él.
—Espera, no me sueltes aún. — le pido.
Me aferro a su brazo y hundiendo el rostro en su pecho, aspiro hondo. Su olor
me marea más aún que el whiskey. Me sujeta fuerte, abrazándome, acariciándome
descuidadamente la espalda desnuda y el pelo. Joder, qué ganas me están
entrando de besarle.
—¿Paramos un momento? —sugiere.
—Un minuto solo. Para que me enseñes
las fotos.— le digo.
Me separo despacio mientras me quita
la venda de los ojos, parpadeo varias veces acostumbrándome a la luz que Rafa ha bajado quedando la estancia en una ligera
penumbra. No ha quitado su mano de mi cintura, pero la aparta deslizándola
ligeramente por mi culo en un sutil movimiento en absoluto inadvertido para mí.
Nos miramos fijamente y nuestra mirada desciende lentamente a nuestros labios
que ansiosos esperan entreabiertos. Pero no nos atrevemos. Es un momento beso
desperdiciado.
Bebo un nuevo sorbo del whiskey ya
aguado y me siento en el diván.
—Enséñamelas. —le pido con la voz
todavía entrecortada por la excitación del casi beso.
Rafa me tiende la cámara quedándose de
pie a mi lado y comienzo a pasar fotos. Las primeras son simplemente bonitas,
elegantes, con un punto adecuadamente sexy, pero al continuar empiezan los
primeros planos: mi boca entreabierta; mi piel erizada; un escorzo de pezón
bajo el encaje; un primer plano de uno de los zapatos en fuga hasta mi pubis
difuminado; mis manos cruzadas y ofrecidas; otro pezón, claramente duro y
erecto escondido bajo la sombra de la tela; de nuevo mi boca, capturada en
algún morder de labios involuntario; las redondeces de mi culo en primer plano,
apenas dividido por una casi inexistente tira de tanga; mi sexo apenas tapado
por la tela pero de formas perfectamente identificables, marcando una
reveladora humedad. Fotos eróticas. Muy eróticas. Sensuales y voluptuosas.
Alzo la vista de la pantalla sin
articular palabra, Rafa me mira expectante, supongo que midiendo si en mi
mirada hay algún rechazo. Yo le tiendo la cámara sin dejar de mirarle a los
ojos, me llevo las manos a la espalda y desabrocho el sujetador, sin
quitármelo. Me apoyo en el respaldo del diván, pero ahora el sostén apenas sostiene
nada, si bien tampoco muestra.
—Continúa. —Le ordeno con voz, ahora
decidida.
Sonríe, se acerca y comienza a
fotografiarme, destacando mis pechos, mi rostro. Con delicadeza, hace caer uno
de los tirantes y luego el otro… Yo me dejo hacer, observando excitada. Colaboro
moviéndome y la prenda acaba en el suelo. Mis pechos, coronados por esos
pezones rebeldes, le apuntan directamente y esta vez ellos son los
protagonistas. Dos, tres, cuatro, cinco fotos más... Rafa para y me mira
alargando la mano y acariciando uno suavemente con la palma en lentos círculos,
endureciéndolo más aún, si es que eso es posible. Resoplo. Lo pellizca. Gimo.
Me muerdo el labio. Coge todo el pecho con la mano libre, sopesándolo. Haciéndolo
suyo. Yo no me muevo y él tampoco mueve nada más que esa mano. Nuestras miradas
están fijas en ella, acaparándome. Rafa jugando, lo suelta y se bambolea
ligeramente. Luego desplaza su palma por el pecho hasta mi cuello subiéndola
hasta mi rostro, sin dejar de rozar mi piel, con una cierta ansia que contrasta
con su aparente tranquilidad. Acaricia mi mejilla y yo entrecierro los ojos,
dejando caer ligeramente la cabeza. Repasa mis labios con su pulgar y no puedo
evitar atraparlo en un mordisco. Le miro cual gata traviesa. Joder, qué sexy me
hace sentir. Él aparta la mano y apoya la cámara sobre el diván, y creía que se acercaba a besarme, pero no. Lleva
las manos a ambos lados de mis caderas enganchando las tiras del tanga y tira
de él, levanto el culo exhibiéndome todavía más y facilitando la maniobra, lo
desliza lentamente por mis piernas mientras se va enrollando y acaba en mis
tobillos. Alzo uno de mis pies y luego el otro para que termine de quitármelo. Mantengo
las piernas juntas, mi pubis liberado a sus ojos, pero nada más. Se lleva el
tanga al rostro y lo olfatea profundamente. Joder, qué gesto más terriblemente
sexual y primitivo. Me encanta. Suspiro. Se queda mirándome mientras yo mantengo
las piernas cerradas. Rafa coge de nuevo la cámara y espera, paciente. Yo
sonrío y recostándome con los brazos apoyados en el diván, separo lentamente
las piernas. Y me expongo por completo.
Él comienza a fotografiarme. Primeros
planos, planos generales, planos medios, primer plano… Se arrodilla entre mis
piernas, cámara preparada y se acerca aún más. Plano detalle de mi sexo, varias fotos, a apenas
centímetros.
—Rafa…—susurro
—Dime – contesta sin mirarme,
enfrascado en la fotografía de mi sexo.
—Continúa…
Él alza la mirada del visor.
—Sin la jodida cámara…
No tengo que repetirlo…
Sonriendo, la aparta y fija su mirada
en mi sexo, extiende la mano y roza la parte interna de mi muslo con el dorso
de su mano, acariciando de manera sutil los labios de mi sexo. Con malicia, se lleva
los dedos a la boca y los lame mientras se separa e incorpora para dejar la cámara
en la mesa. Vuelve a mi andando despacio, sabiendo que domina la situación y
sin duda, también a mí, se inclina hasta situar su rostro a milímetros del mío,
sujetando mis muñecas con sus manos, inmovilizándome. Me mira fijamente… Y por
fin me besa. Es un beso pequeño y suave , demasiado para lo que yo ansío. Abro
los labios, invitándole. «Joder, bésame más»—pienso, pero él se separa
eludiendo mis ganas y yo no puedo alcanzarle. ¡Cabrón!. No llego a pillarlo y
mi quejido desesperado le hace sonreír.
—Jooodeeeeer – murmuro frustrada.
—Shhhhh —Me ordena sin soltarme las
muñecas mientras vuelve a arrodillarse entre mis piernas.
Yo gimo anticipándome conteniendo el
aire, viéndole mirar fijamente el sexo que fotografiaba segundos antes:
ansioso, caliente y húmedo, deseoso de atenciones, ávido de su boca. Y él
responde lamiéndolo lentamente en toda su extensión, dejando que su lengua se vaya
amoldando a mis pliegues, saludando a mi clítoris con un suave chupetón que me arranca
nuevos gemidos. Sin parar, vuelve a mi cara y me besa dándome a probar mi propio
sabor, hundiendo su lengua en mi boca con fuerza, devorándomela, apretando mis
muñecas. Mientras tanto yo serpenteo tratando de soltarme, sin éxito
alguno.
Se separa, sus manos me sueltan pero
levantan mis piernas y me agarran del culo tirando hasta el borde del diván.
Mis dedos se pierden en esa cabeza llena de rizos mientras ataca de nuevo mi
sexo sin compasión. Lamiendo intensamente, introduciendo la lengua, lo abarca
todo y no me da respiro. Besa, absorbe, chupa el clítoris con fuerza o lo tortura
con la punta. Se aparta un segundo para acariciarme entera con ella plana, de
abajo hacia arriba y el momento de coronar el duro botón es el detonante del
primer orgasmo. Me estremezco y arqueo la espalda, gimiendo fuerte. Cuando creo
que subirá a besarme retoma de nuevo las lamidas sobre mi pobre coño que trata
de recuperarse. De nuevo me engulle con ansia, y ¡sorpresa!, dos dedos se
introducen en mí, moviéndose hábilmente comienzan a masajear la pared frontal
de mi vagina causándome una excitación brutal que nunca había sentido antes. Enarco
mi cuerpo y le miro sorprendida, tremendamente excitada, él me mira desde su
hambrienta posición y sonríe con los ojos invitándome a disfrutar. Empuja en
esa zona, la frota con fuerza, con dos dedos profundamente introducidos en mi
sexo, es una sensación nueva la que me invade. Percibo; como si fuera a
derramarme, una presión húmeda en el bajo vientre mezclada con una tremenda excitación,
al intuir algo que no puedo controlar, avergonzada, trato de separarle de mí.
—Rafa, yo…. —jadeo sin saberme
explicar.
— Shhhh, déjate llevar, siente…, no te
preocupes por nada.
Noto como apoya su mano en mi abdomen,
apretando mientras sus dedos comienzan a moverse más deprisa dentro. Una marea
de sensaciones empieza a nublarme la mente, mis piernas tiemblan, mi cuerpo se curva
y tensa empujándome hacia la boca de Rafa, buscando aún más intensidad y esas
ganas irrefrenables de todo, y estallo en un orgasmo bestialmente intenso que nos
empapa a ambos y a mí me deja semiinconsciente jadeando, totalmente desmadejada,
inundada de placer. Rafa se incorpora siendo yo apenas consciente de ello,
aparta los cojines y me abraza llenándome de besos. Me recorren sacudidas por
todo el cuerpo, soy una muñeca inerte, caliente, húmeda y temblorosa.
Él coge mi mano y la lleva a mi sexo
empapado y todavía palpitante. Me dejo hacer con los ojos cerrados. Incapaz de
oponer resistencia alguna, me acaricia deslizando mi mano por él, recorriéndolo
y finalmente conduce mis propios dedos en mi interior, me noto terriblemente
húmeda y caliente.
—Siéntete. —susurra en mi oído,
clavando su voz en lo más profundo de mi inconsciente.
Desliza su mano por mi humedad y sin previo
aviso ni resistencia por mi parte, introduce uno de sus dedos en mi culo. Suspiro
profundamente..
—Siénteme. —Su voz volviendo a
atravesar mis arrasadas neuronas.
Con delicadeza comienza un lento y
creciente movimiento. Siento su dedo rozando los míos desde mi interior y comienzo
a acompasarme con sus caricias. Retomo el ascenso a la cima, sin apenas pausas,
tomando un nuevo camino.
Su otra mano sube hacia mi cuello y
sujetándome de la nuca me besa con una pasión desenfrenada, invadiendo mi boca
con lujuria, robándome el aire. A la
vez, acelera el movimiento en mi culo y la intensidad de sus besos mientras mi
mano se mueve sola. En el último instante abro los ojos con asombro y nos
miramos fijamente mientras mi cuerpo se comba de nuevo y otra oleada de placer,
diferente a cualquiera que hubiera sentido hasta hoy, me estalla dentro.
Aferrada a él, sin aire en los pulmones, vibro incrédula, incapaz de gemir
siquiera, sintiéndome marioneta en sus manos.
Floto en esa sensación y mi yo
incorpóreo comienza a fluir por mi piel, colándose entre los resquicios de
nuestros cuerpos fundidos en un abrazo. Me veo desmadejada sobre el diván y a
Rafa envolviéndome y acariciándome con su ternura, acompañando los estertores
de mi último orgasmo con sus mimos. Mi “alter
ego” cabrón que siempre me acompaña me sacude violentamente: «Sara, zorra egoísta, ¿todo el placer solo
para ti? ¿Has subido al cielo varias veces y ahí te quedas, tirada?». Rafa,
Rafa, Rafa… Pobre.
Abro los ojos y nos miramos, cuando un
nuevo cosquilleo comienza a bullir en mi estómago.
—Rafa, joder…—intento protestar.
—Shhhh, sigue disfrutando…—susurra
acariciándome el pelo.
¡No, joder, no!. Quiero sentirle
temblar de placer en mis manos, deseo escucharle jadear, gemir. Ansío ser la
fuente de su placer, ahora pretendo ser yo la que le haga tocar el cielo.
Incorporándome busco su boca y mis
manos comienzan a acariciarle sobre la ropa hasta llegar a su pene que rozo
levemente por encima del pantalón comprobando su estado. Él responde a mis
ganas devolviendo el beso y dejándose hacer. Busco y logro liberarlo comenzando
a acariciar su polla que ya tiene un buen tamaño, está hinchada, semierecta.
Noto que responde rápidamente, palpitante, juguetona, a mis mimos. Me separo
obligándole a sentarse en el diván y esta vez tomo yo la posición entre sus
piernas, arrodillada en el suelo. Rafa se acomoda y me observa con una media
sonrisa iluminando su rostro.
No le quito el pantalón, ¿para qué? abro
lo suficiente para que su miembro sea mío y comienzo a acariciarlo suavemente
con la yema de los dedos sintiendo cómo se endurece por segundos. El glande brilla
húmedo por el deseo contenido y me llama de forma irresistible. Lo acaricio
mojando mis dedos en sus fluidos e instintivamente me los llevo a la boca,
mientras Rafa resopla al verme. Salado y sabroso, jugueteo un rato esparciendo
ese líquido por su capullo, mientras mi otra mano acaricia distraídamente el
tronco de su polla. Palpita. Siento que quiere más, y yo también. Abro del todo
el pantalón y bajo a olisquearle. Cuando soy un ser sexual me vuelvo muy
primaria, necesito olores, ruidos, fluidos…
Y deseo el aroma de su sexo caliente, sus gemidos y esa esencia, hundo
mi nariz en sus testículos, suaves, depilados, y su polla rebota sorprendida sobre
mi cara. Los lamo, chupo y mis ansias de devorarle aumentan a cada gemido que escucho.
Mi saliva empapa su sexo y mi cara mientras
yo devoro nuestros jugos. Lo deseo demasiado como para dejar nada y lo engullo
de golpe, lo más profundo que puedo, agarrándolo de las caderas y empujándolo
hacia mí. Su polla dura atraviesa mi garganta con dificultad y tengo una
pequeña arcada. Rafa sale de mí y baja a besarme y a lamerme la cara. Sonrío, y
me dejo besar pero le aparto porque quiero más. Le vuelvo a alojar en mi boca y
comienzo a comerle con codicia, culebreando con mi lengua dentro, chupando,
sorbiendo, acompasando los movimientos con los de mi mano por su mástil duro ya
como el mármol y por sus huevos. Su mano intenta ayudar mis movimientos empujando
mi cabeza y yo me dejo guiar, a veces…
A ratos, me canso y subo a besarle.
Dejar que chupe un pezón, o que juegue con mi lengua, pero anhelo seguir
comiéndole, esa polla candente me gusta demasiado.
Trato de comerle de nuevo hasta el
fondo y vuelvo a empujar agarrándole fuerte ya que disfruto esa curiosa sensación
de no poder respirar cuando invade mi garganta, aunque no sea capaz de evitar las
arcadas. Debo de hacerlo bien porque Rafa me sujeta la cabeza con fuerza
introduciéndose más, yo apenas respiro pero mi lengua sigue moviéndose y continuo
chupando como una posesa. Él empieza a
moverse dentro de mi boca, follándola y le dejo hacer. Gime fuerte, resopla,
gruñe, murmura mi nombre mezclado con unos cuantos «joder, joder, sigue… joder».
Mi otra mano decide perderse entre mis muslos. Sentirle disfrutar me excita
horrores y vuelvo a chorrear, tremendamente excitada. Hundo mis dedos y comienzo
a masturbarme furiosamente, a la vez que intensifico la cadencia de mi boca y
masajeo sus testículos o masturbo su polla cuando sale de mi boca, con mi mano
libre. Comienza a tensarse y le atrapo lo más dentro que puedo. Sus manos aprietan
mi cabeza contra su pubis y levanta el culo del diván mientras un sordo rugido sale
de su garganta y yo siento la potencia de sus espasmos en mi boca. Al
derramarse, mi orgasmo se ha unido al suyo y mi grito mudo saluda a su polla
ahora agotada. Aguanto hasta que me suelta y puedo respirar un poco, pero no le
dejo salir. Jadeando, excitada aún, continuo lamiéndolo muy suavemente mientras
pierde su dureza, observándole recuperar el aliento poco a poco saboreo hasta
su última gota, mientras él me acaricia el pelo con suavidad aún sin bajar del
séptimo cielo.
—Joder. Maravilloso… —alcanza a
murmurar mientras me invita a subir hasta sus brazos.
Me acurruco en su regazo,
relamiéndome, y le abrazo. Me acaricia suavemente y me llena de besos.
—¿Sabes una cosa, Sara?—Alzo la
mirada—Quería que esto sucediera y secretamente esperaba que la sesión de hoy
pudiera acercarnos a algo parecido, pero ni por asomo hubiera imaginado tal
compenetración. Me gustas mucho y ahora todavía me gustas más.
Me besa y mi boca le pide más. Joder,
¿no me he saciado todavía?. Esto no me había pasado nunca…
Rafa, atento, me mira con esa media
sonrisa pícara tan suya adivinando mis ganas.
—Ven, vamos a ducharnos. Nos vendrá
bien.
—Olemos a sexo—sentencio.
—Sin duda.
—Me encanta—musito tímidamente.
—¡Joder, y a mí!—Se incorpora,
recolocándose el pantalón, me envuelve con su brazo y nos dirigimos andando muy
pegados al baño.
—Tienes frío. — me dice.
—Sí, un poco.—es cierto, me estoy
quedando helada.
Pone el agua de la ducha a correr y
pronto el vapor comienza a caldear la estancia. Me quedo apoyada en el lavabo
abrazada a mi cuerpo, con una ridícula sensación de vergüenza. Rafa se acerca a
mí, me besa y se agacha. Es como volver a vivir la situación de unas horas
antes, cuando me vestía ese mismo liguero pero a la inversa aunque ahora las
sensaciones son diferentes. Mi piel se eriza de la misma manera al contacto de
sus manos que, lentamente, me desabrochan las tiras del liguero. Pero ahora yo,
cierro los ojos. Me asaltan constantemente flashes de su boca devorando mi sexo
que me producen sobresaltos de excitación repentinos, esos destellos van
acompañados de gemidos que resuenan en mis oídos, vívidos recuerdos de esas
sensaciones. Rafa se toma la tarea de desnudarme con la misma calma que al
vestirme encendiéndome, si cabe, aún más. Mi sexo se va humedeciendo por
momentos —¿acaso había dejado de estarlo en algún instante?—, e incluso soy
capaz de notar óomo se hincha entre mis piernas, la respiración me traiciona,
pero él disimula estupendamente.
Desabrochado el liguero, lo deja caer.
El zapato y la media de mi pierna izquierda corren la misma suerte. Pero no me suelta
el pie liberado. Lo toma entre sus manos, iniciando un suave masaje acompañado
de caricias. Gimo y esa respuesta le anima. Se lo lleva a la boca comenzando a
lamer y chupar, uno a uno, los deditos regordetes, mordisqueando levemente las
mollitas de todos ellos. Me siento sobre el mueble del lavabo dejando escapar
un jadeo y me descalzo el otro pie, el cual, mucho más intrépido que su
compañero, se sitúa directamente sobre su paquete, bastante abultado. Yo
empiezo a masajear todo el duro tronco de su polla al ritmo de sus chupetones.
Con una mano, Rafa se desabrocha el
pantalón y de un tirón va a parar al suelo. La seda acaricia la delicada piel
de su polla, arañándole un poco quizá, pero no por eso dejo de hacerlo. Noto
como su lengua se desplaza ahora entre los dedos de mi pie, produciendo unos
latigazos de placer ascendentes directos a mi coño que se moja más y más.
En un movimiento rápido tira de mis
piernas tumbándome un poco más, colocándolas sobre sus hombros y poniendo al
alcance de su boca el manjar que adora devorar. Hunde su boca entre mis piernas
y comenzando un nuevo ataque. Mis gemidos se convierten en pequeños grititos al
sentir un par de dedos invadirme sin aviso, un espasmo y mi cuerpo arqueándose le
informan de que ha logrado su objetivo… otra vez más, pero sin darme tiempo a
recuperarme continúa más fuerte hasta que logra que vuelva a correrme de manera
escandalosa una segunda y una tercera vez. ¿O quizá han sido cuatro...? Ya soy
incapaz de llevar la cuenta.
Caigo desmadejada sobre el lavabo
jadeando, temblando. Me alza en brazos deshaciéndose de cualquier rastro de
ropa que aún pudiera cubrirnos y me mete en la ducha con él. Las piernas no me sostienen
y me sujeta mientras deja que el agua recorra mi cuerpo y me abraza a él casi
colgándome de su cuello. Su polla se clavaba en mi vientre pero Rafa no muestra
ninguna prisa en follarme. A mí ya todo me da igual, que me haga lo que quiera
que yo me dejo.
Se echa un buen chorro de jabón en las
manos y comienza a lavarme por la espalda, enjabonando a conciencia hombros y
brazos. Despacio, restregándome bien, recorriendo todos los recovecos de mi
cuerpo. Alza mis brazos sujetándome contra la pared bajo la ducha, el agua me cae
por la cabeza y no me deja ver bien, se me mete incluso en la boca pero cierro
los ojos y me dejo hacer. Su mano libre enjabona mis axilas, frotando y
limpiando, me produce cosquillas. Sigue hacia mi pecho y mis tetas reciben el
mismo trato, aunque esta vez se entretiene masajeándolas. Abro la boca, cojo un
poco de agua y se la tiro encima. Nos reímos.
—¿Me vas a dar un respiro en algún
momento?—protesto, con la boca muy, muy pequeña, mirándole entre los chorros.
—Ni lo sueñes. ¡Ahora que te tengo a
mi merced pienso aprovecharte a tope!
—Joder, Rafa, que no puedo más…
—Sí que puedes. Ya lo verás.
Sigue enjabonándome y limpiándome y
como ve soy capaz de sostenerme de nuevo —a saber por cuánto tiempo—, se agacha
para lavarme las piernas y los pies. El roce constante de sus manos sobre mi
cuerpo, acariciando, pero a la vez restregándolas bien, deja a mi piel
hipersensible y ligeramente enrojecida. Evita mi sexo adrede, estoy segura. Y
yo casi lo agradezco porque no podría ser capaz de soportar que me masturbara
de nuevo. Sin embargo, puedo sentirlo palpitar, así que el jodío quiere guerra
a pesar de que yo crea no poder más. Entonces Rafa, como si hubiera leído mis
pensamientos, me gira apoyándome contra la pared, inclinando levemente mi
espalda, coge la alcachofa de la ducha, un buen chorro de jabón y comienza a
enjabonar mi sexo. Sin excesivo mimo. Como una enfermera en el hospital. Maldigo,
quejándome.
—Shhhhh. —Me ordena él.
—«Joder con los “shhhh” »— pienso
Enchufa el chorro a mi sexo y limpia
el jabón. El agua me estimula y él, sabiéndolo muy bien, lo dirige a su antojo
. Gimo cuando alcanza mi clítoris, entonces vuelve a coger jabón y comienza a
frotarme entre las piernas, mientras el surtidor sigue excitándome. No puedo creerlo.
¿Me voy a correr de nuevo?
Pero no, me deja a las puertas de un nuevo orgasmo
para volver a enjabonarme. Esta vez va directo a mi culo, lo lava bien por
fuera estrujando mis glúteos y refregándolos con fuerza, cercando poco a poco
el agujerito.
—No, no, no…—protesto en voz baja pero
audible.
—Shhhh, a callar. —me ordena tajante.
Finalmente lo invade, como estaba
temiendo, pero con un mero objetivo higiénico. No se entretiene en estimularme
mucho, aunque las intenciones me están empezando a quedar muy claras. Remata
con la ducha de nuevo bien enfocada, dejando que sea el agua quien me penetrara
excitándome y me vuelve a girar.
—Le toca a usted, señorita—dice
cediéndome la alcachofa y colocando los brazos cruzados tras su cabeza.
Entonces caigo en la cuenta de que es
la primera vez que le veo completamente desnudo.
Me acerco a besarle:
—Por supuesto caballero. Es su turno.—
contesto sonriendo traviesa.
Paso el chorro por todo su cuerpo,
humedeciéndole, pero sin atreverme aún a tocarle. Me lleno las manos de gel y comienzo
a lavarle. Voy deleitándome con su cuerpo: los hombros prominentes, bíceps
fuertes, el torso sin apenas vello,
marcado pero no en exceso. Sus pezones se endurecen con el roce de mis dedos, que
disfrutan como locos. Bajo masajeando su vientre y, con toda la intención, evito
rozar el erguido mástil que me llama ansioso. Rafa no dice nada, pero su respiración
acelerada me indica su gado de excitación. Bajo por sus piernas y me arrodillo
para poder lavarle mejor, así su polla queda a la altura de mi boca y, aunque
me estaba apeteciendo horrores volver a comerle, tomo un poco de gel y comienzo
a acariciar su falo.
Esta vez el gemido ha sido claramente
audible. Miro hacia arriba y ha echado la cabeza hacia atrás y el culo
ligeramente hacia adelante en inconsciente invitación. Un poco de agua y otro
chorrito de gel. Atrapo sus testículos abandonando la polla y los limpio a
conciencia, mi mano se introduce entre sus piernas y lavando también su
agujerito como antes él había hecho conmigo. No me atrevo a darle el mismo
trato, pero no percibo ningún signo de rechazo.
Más agua y vuelvo a su polla y esta vez sí que la atrapo entre las manos
y mi boca. Comienzo a comerle con fruición y le escucho suspirar hondo. Oírle
disfrutar me está excitando de nuevo, siento como su placer me enloquece.
Pero él no me deja continuar.
—Para, niña…—me suplica.
Me alza en volandas para comerme la
boca con furia. Algo ha hecho clic en su cabeza, sus manos reptan por mi cuerpo
con ansia y su lengua serpentea con la mía. Me aprieta contra él, atrapando su
polla entre nuestros cuerpos.
—Te voy a follar.—me advierte duro.
Me gira y poniéndome con la cara
contra la pared, separa mis piernas con su pie y pega su cuerpo a mí, situándose
entre ellas. Sus manos agarran mis tetas masajeándolas con ansia y cierta
rudeza, pellizcado los pezones con fuerza. Quiero quejarme pero me tapa la boca
con la mano introduciendo dos dedos dentro, casi hasta la garganta, robándome
el aire y tirando de mí hacia él.
Sin preámbulo alguno y con un solo
golpe brusco de cadera, me penetra, pero se queda quieto unos instantes dejando
que me amolde a su miembro, mi coño le recibe y atrapa, egoísta. Jadea.
Jadeamos los dos. Le siento palpitar y
crecer en mi interior. Joder qué sensación…
Me giro a mirarle desafiante y sus
ojos, brillantes de deseo, se clavan en los míos, sus dedos abandonan mi boca y
puedo respirar de nuevo.
—Pide, niña.—me ordena en un gruñido
sordo.
Gimo sintiendo palpitar al animal
enfurecido en mis entrañas…
—Fóllame Rafa.—le ordeno y, a la vez
suplico, apoyándome contra la pared y ofreciendo mi grupa, anticipando la
embestida.
—Como desees… —contesta, y comienza a
bombear mi coño con fuerza.
Con una mano me sujeta la cadera
acompañando cada embate y con la otra me propina un sonoro azote en el culo,
que enseguida son dos y luego tres... Después para y acaricia la zona
enrojecida con delicadeza. Pero la tregua dura poco. Su pulgar se coloca a la entrada
de mi estrecho ano, acariciándolo en círculos y yo le miro con los ojos muy
abiertos, pero antes de que pueda decir nada, Rafa mirándome y sonriendo
maliciosamente, inserta la falange entera de un golpe. Protesto por el dolor,
pero él comienza rápidamente a alternar sus embestidas en mi coño con los de su
dedo en el ano y el dolor da paso a una extraña e intensa excitación. Yo estoy
fuera de mí, pero Rafa no lo está menos. La mano libre me agarra del cuello con
fuerza, aunque sin ser amenazante, el bombeo se intensifica y yo comienzo a
jadear fuerte, hilillos de baba me caen por la barbilla.
Soy un puto animal en celo, al borde
del paroxismo y nada me importa, concentrada únicamente en las sensaciones de
mi cuerpo y en Rafa que sale y entra en
mí a una velocidad casi imposible, sus manos me aferran y su pelvis choca
furiosa contra mi culo con sonoros golpes.
—Joder, joder, Saraaaaahgg….—le escucho
gruñir.
Está en el punto de no retorno, su
cuerpo comienza a tensarse y su dedo abandona mi culo dejándolo huérfano, me
agarra fuerte de las caderas y baja el ritmo flexionando las rodillas
intentando penetrarme con mayor intensidad haciendo
que le sienta chocar en lo más hondo de mi ser cada vez que me ensarta.
—Joderrrrrrrrr.
Sus
palabras se transforman en un gemido ronco, primitivo, gutural, mientras estalla
en un orgasmo brutal. Sentir esa potencia animal brotar dentro de mí,
invadirme, llenarme, inundarme ardiendo el interior, desencadena también mi
orgasmo que se une al suyo entre las convulsiones involuntarias de nuestros cuerpos
poseídos por los demonios del deseo. Quedamos unos segundos temblando, carnes
ardientes desprovistas de conciencia, fusionadas en un solo ente. Electricidad
desbocada chocando contra las paredes de la razón. Lentamente resbalamos desmadejados hasta
quedar arrodillados en suelo de la ducha, entre sacudidas y temblores en unos
cuerpos exhaustos.
Permanecemos acoplados y resoplando
como bestias tras el coito unos instantes, mientras el agua baila con los
fluidos de nuestro encuentro hasta que conseguimos salir de la ducha empapados,
casi gateando y logramos envolvernos en unas toallas y alcanzar el diván sobre
el que caemos extenuados, comiéndonos a besos, riendo y buscándonos esa suave
dulzura de la piel recién follada. El tiempo se ha detenido en ese instante en
el que nos encontramos, agotados y sonriendo. Tumbada a horcajadas sobre su
cuerpo sigo sintiendo su sexo, ahora laxo, presionar mi vientre mientras le acaricio
la cara y me pierdo en su mirada. Me divierto besándole dulcemente y lamiendo sus
labios con mi lengua.
De repente, escuchamos un click y un
mensaje robótico salido de alguna parte:
—Battery
low. Please plug device...PIP...PIP...PIIIIIIIIIIIIIIIIIP
Ambos nos miramos, estallando en una sonora
carcajada.
Una de las cámaras ha estado grabando
todo el rato y se estaba apagando. Su batería está casi tan agotada como
nosotros.
—Quizá podamos sacarnos un extra en
alguna web porno amateur, Sara. Creo que aún te vas a quedar aquí un rato,
tenemos un video interesante para visionar, verdad?. —bromea Rafa.
— Perdone usted, pero si no me
equivoco, aún queda lencería en la maleta, señor fotógrafo. —Le replico.
—Y mucha tarde y toda una noche por
delante.
—Y días…—musito tímidamente.
—Y días—confirma Rafa— todos los que
tú quieras.
Y me abraza, comiéndome de nuevo la
boca, con esa inmensa dulzura que sucede tras la tormenta.
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Hola, Korai. Vengo desde tu cuenta de tw, así que me he decidido echarle un ojo a esto. Necesito más tiempo, del que no dispongo, para centrarme más en tus escritos pero poquito a poco me iré pasando.
ResponderEliminarSigue escribiendo, es algo muy bonito y que hace sentir bien.
No importa si viene poca gente a comentar, tú no te desanimes, sigue adelante... Es tu mundo y siempre llega a alguien.
Un beso y nos vamos leyendo.
Muchísimas gracias. No voy a dejar de escribir. Disfruto haciéndolo y es, como dices, mi mundo.
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