Páginas

martes, 16 de junio de 2020

El fotógrafo



Las hojas de los árboles susurraban a mi paso acompañando el traqueteo de las ruedas de la maleta. Yo sentía que todos me juzgaban, la gente que se cruzaba conmigo me miraba y condenaba. ¡Mentira! Yo era la única en hacerlo. En cada escaparate observaba el reflejo que me vigilaba sonriendo inquisitivo, crítico. Me reprendía continuamente persiguiéndome a toda prisa de una a otra vitrina; llegando antes para esperarme con esa mirada de “sé lo que vas a hacer” .

—¡Déjame en paz!  ¡No voy a hacer nada malo! ¡Sabes que no es la primera vez! Deja ya de mirarme así. ¡No me juzgues!—Le replicaba yo en silencio.— En realidad, me comían los nervios y cada paso que daba en dirección a su casa aumentaba mi ansiedad. 

Llegué al portal y ahí estaba de nuevo mi otro yo, riéndose. “En el fondo lo estás deseando, Sara. ¡Llama!”—Le escuchaba decir en mi cabeza.— ¡Déjame en paz, te lo suplico!—me quejé a mi reflejo en la puerta sin levantarle mucho la voz.

Contemplaba indecisa el telefonillo mientras mi mano temblaba.— ¡Coño, Sara, cálmate! —Yo llegaba más temprano de lo acordado y dudé si llamar. Di un pequeño toque, casi imperceptible deseando que no lo escuchara y quedarme un rato más en la calle alimentándome de mis miedos irracionales, pero justo en ese momento salió una señora con su caniche y sujetó, sonriente, el portón obligándome a entrar. Confiaba al menos que Rafa no hubiera oído el timbre y poder esperar junto a su puerta.

En el ascensor me apoyé contra la pared evitando, adrede, mirarme en el espejo. Cerré los ojos y resoplé, tratando de tranquilizarme. ¡Es como las otras veces, es como las otras veces...!—me repetía como un mantra. —Pero yo sabía que para mí no lo era; quizá para él sí…  pero no para mí.

Mierda. Estaba esperándome apoyado en el umbral, llevaba ya dos copas de vino en la mano y, cediéndome el paso, me tendió una. Qué guapo estaba y qué bien olía.

—Yo no bebo vino.—objeté.

—Lo sé, pero te vendrá bien— me dijo, sonriendo, cerrando la puerta de un golpe de talón— He notado nervios en tu voz cuando me has llamado.

—Gracias Rafa. La verdad es que esta vez me resulta diferente. —Evitaba mirarle a los ojos.

—No deberías sentirte así. No va a ser distinto, ya verás. Te relajarás y disfrutarás como siempre.—me dijo, mientras se encaminaba hacia la cocina. —Le seguí.

Había preparado unos aperitivos: jamón del bueno, una tortilla de patata, un poco de pan…. Me senté sobre la encimera, dejando colgar las piernas. Irremediablemente comencé a balancearlas como hacen los niños pequeños mientras atacaba el plato de jamón. Me moría de nervios, pero Rafa sabía cómo hacer que lo olvidara.

—¿Prefieres una cerveza? — preguntó sin esperar respuesta porque ya estaba vertiendo una belga tostada en un vaso bien frío.

Sonreí. Definitivamente sabía lo que me gustaba. No en vano hacía más de 20 años que éramos amigos, aunque apenas hacía 10 meses que de verdad habíamos empezado a conocernos. Diez meses desde que nos veíamos los dos solos, separados del resto del antiguo grupo de la facultad.

Le llamaron por teléfono y, para respetar su intimidad, salí de la cocina cerveza en mano, mordisqueando unos picos. Paseé por ese apartamento que tan bien conocía, Y me acerqué al estudio a cotillear. Los objetivos, trípodes y flashes se encontraban, como siempre, cuidadosamente colocados cual utensilios sobre la mesa de un cirujano. Las cámaras elegidas para ese día situadas sobre la mesa baja y el trípode instalado en una estratégica posición central. Frente a mí, tras la mampara que me ocultaba la visión al entrar, fue apareciendo el decorado: un diván antiguo de terciopelo azul oscuro, unas cortinas y telas formando el telón al fondo de la pieza y, delante, sobre el suelo, varias almohadas aterciopeladas sobre un gran cojín cuadrado, de lo que parecía ser algún tipo de seda, color rojo sangre.

Recordé la maleta que había dejado en la entrada, pasé rápidamente al lado de Rafa al recogerla y me sonrió sin dejar de hablar. Parecía que negociaba otra sesión de fotos con alguna agencia. No sabía dónde dejar las cosas, así que opté por colocarla abierta, sobre una de las mesitas del estudio, que él decidiera.

Por fin acabó la llamada y entró donde yo me encontraba. Miró la maleta y su contenido.

—Qué lencería más bonita, Sara. Van a salir unas fotos estupendas.—dijo sonriendo. Yo me mordí el labio. Me imponía bastante la perspectiva de mostrarme ante Rafa en ropa interior. Nos llevamos muy bien y hay mucha confianza, pero realmente nunca me ha fotografiado de esa guisa.

Cuando comencé con mi página de moda en Instagram era tan solo un hobby, me hacía yo misma las fotos y lo cierto es que no quedaban del todo mal. Para un insta amateur eran aceptables, salía del paso. Pero se fue poniendo de moda, empecé a tener muchos seguidores y comprendí que necesitaba más calidad. No ganaba un euro con ese hobby, pero parece que una página de moda de una cuarentañera cualquiera que habla de lo que les sienta bien a las mujeres, a las mujeres normales, con sus defectos, sus carnes no tan prietas y que ya no eran niñas, o modelos famélicas, se salía de la norma. Por ese motivo comenzó a tener mucha aceptación. En el dilema de cómo mejorar la calidad de mis fotos recordé que Rafa, mi buen amigo, era un gran aficionado a la fotografía y quizá podría ayudarme.

En esa época apenas hacía nada de mi divorcio y, en los últimos años de mi matrimonio me había alejado un poco del grupo. Cuando le contacté me contó que la afición había pasado a ser profesión y aceptó encantado mi súplica de ayuda. La verdad es que estaba sin un duro y no podía permitirme pagar a un fotógrafo profesional. Lo que comenzó siendo un favor se acabó convirtiendo en una rutina y en una relación de negocios. Rafa se convirtió en mi fotógrafo. Durante varios meses trabajó para mí de manera gratuita. A veces fotografiaba las combinaciones de ropa que yo elegía y, las más, me fotografiaba a mí con ella puesta. Cuando comenzaron a contactarme firmas de moda para que les reseñara pude empezar a ganar algo de dinero que él, muy educadamente, empezó rechazando con la excusa de que me pagaban poco y estaba empezando. Luego vio que si seguía negándose corría el riesgo de que me buscara a otro fotógrafo y fue en ese momento cuando logré que se convirtiera en el fotógrafo, oficialmente poco remunerado de mi Instagram. La verdad es que tiene un talento artístico increíble. Sabe sacarme provecho de una manera maravillosa; logra que aparezca estupenda, guapa y radiante en todas las fotos, sin artificios pero sin dejar de ser yo misma en ninguna de ellas. Es un fotógrafo extraordinario.

También nuestra relación como amigos ha evolucionado. Si bien cuando trabaja suele permanecer concentrado y muy callado, tantas horas juntos en el estudio, o en las calles cámara en mano, nos han hecho compartir muchas confidencias. Está al corriente de todos los detalles de mi fallido matrimonio como yo lo estoy de sus innumerables conquistas.  Es realmente un hombre increíble. Sí. Lo reconozco. Me gusta, no voy a negarlo. Quizá por eso me suponga tan mal trago tener que mostrarme semidesnuda ante él. El caso es que me pongo a hablar de Rafa y acabo yéndome por las ramas...

Hoy he venido a su estudio para realizar una nueva sesión de fotografía. En este caso se trata de la última oferta que me han hecho. Una muy conocida marca de lencería me contactó hace unas semanas porque quiere llegar a un abanico más amplio de mujeres y me propusieron que yo “modelase” sus piezas. “Necesitamos que se vea que hacen igual de bellas a todas las mujeres; tanto a las modelos como a las mujeres de verdad como tú”. No lo decían de manera despectiva, más bien lo contrario. “Queremos que las muestres en un reportaje tipo boudoir”. Me gustó la propuesta, aunque no me entusiasmaba la idea de mostrarme semidesnuda en mi blog. Me parecía que rozaba un poco el límite, pero Rafa me animó. “Las fotos que te voy a hacer serán muy elegantes, en ningún momento ordinarias” sentenció cuando se lo conté, “confía en mi criterio y acepta la propuesta. Además, es económicamente muy interesante y disparará tu popularidad”. Así que acepté. Pero a día de hoy ya me arrepiento, estoy muerta de nervios y creo que, también, de vergüenza.

En eso, Rafa coge la maleta y la lleva a su dormitorio, mientras yo le sigo, silenciosa. Cuidadosamente va sacando las diferentes piezas de lencería y las coloca delicadamente ordenadas sobre su cama, concentrado. Supongo que decidiendo en qué orden me las tendré que poner para la sesión de fotos. Con los brazos cruzados, nerviosa, le miro apoyada en el marco de la puerta.

 

Yo ya conozco el contenido de la maleta y la lencería es preciosa, pero también muy atrevida. No toda, pero algunos sujetadores y braguitas son muy transparentes, otros diminutos, hay ligueros, corpiños, tangas. Rafa me había pedido que trajera también todos los zapatos y sandalias de tacón que tuviera, aquellas que me parecieran más elegantes y sexy. Tacones más lencería es, claramente, una combinación incendiaria…

Él sonríe mientras coloca los minúsculos tangas sobre las sábanas y me mira de reojo con cierta guasa apartando uno de sus morenos rizos de la frente. Está secretamente disfrutando de lo que se me viene encima. Pero caigo en que yo también lo hago. Por una vez también soy yo la que observa y no sólo él. Admiro esas manos fuertes colocando la lencería con suma delicadeza, esa mirada de concentración combinando las piezas. Y su cuerpo… Me pregunto si se habrá vestido así por mí. Supongo que sabe lo muchísimo que me gusta un hombre en camisa blanca y vaqueros, con la camisa a medio arremangar.

Al terminar se vuelve hacia mí:

—Bueno, todo listo. Venga, comamos algo más y bébete esa cerveza de una vez para que se te pase ese rictus tenso de la cara. Así no voy a poder hacerte ninguna foto. ¡Que parece que has chupado un limón!

Yo sonrío, tratando de relajarme. Al fin y al cabo, peor sería ponerme en manos de un extraño con tan poca ropa sobre el cuerpo.

Nos dirigimos de nuevo a su cocina y damos buena cuenta de lo que él ha preparado en animada conversación sobre multitud de temas. Creo que ambos evitamos mencionar la sesión de fotos. O quizá solo yo. Él está más que acostumbrado a fotografiar modelos en ropa interior, incluso ha realizado dos o tres reportajes de desnudos. Reconozco que la cerveza me ha relajado un poco más y hasta comienzo a verle un punto simpático, tirando a sexy, a la sesión.

Rematamos con un café bien cargado. Rafa comenta que la sesión será larga porque quiere hacer muchas fotos incluyendo todas las piezas de lencería para luego tener más dónde elegir, quizá haga también algún video corto. Piensa que la firma saldrá muy satisfecha del resultado. Yo confío mucho en su talento y está claro que él también sabe lo que vale. Sigo pensando que a mí me cobra muy por debajo de lo que realmente se cotiza, pero ya no se lo voy a discutir más veces.

Con el café aún en la mano pasamos a su habitación a elegir modelito. Pero al entrar, me quita la taza de la mano y me manda directa al baño.

—Pasa y dúchate. – Antes de que yo replique, añade, a modo de explicación – quiero que estés recién aseada y con la piel fresca. Maquíllate y además quiero que te extiendas esta loción corporal, es la que usan las modelos para los reportajes de lencería y desnudo. Realza el tono de la piel, lleva algo de color y matiza muy bien los brillos.. Supongo que has traído todo lo necesario. Quizá vayamos alternando tonos más naturales con alguno más atrevido, según te fotografíe en color o en blanco y negro. Pero, ten cuidado y no te mojes el pelo, llevas la melena perfecta.

Obedezco y, neceser en mano, entro a su baño donde me desnudo lentamente. Ya he estado allí muchas veces y algunas  de ellas en ropa interior, pero totalmente desnuda, nunca. Al verme sin ropa y reflejada en su espejo, un escalofrío me recorre todo el cuerpo. No sé si siento que invado su intimidad o más bien me siento invadida yo, en mi desnudez, por todo lo que ese baño rezuma de él. Incluso su olor me rodea, me dejo llevar, cierro los ojos y aspiro profundamente empapándome de él.

Definitivamente, la cerveza se me ha subido a la cabeza y mis hormonas se han debido de bajar a los ovarios provocándome un cosquilleo claramente sexual.  Sonrío como una boba y veo que los colores me han subido a las mejillas, así que me meto en la ducha y me enjabono usando agua más bien fría. Quiero que se me pase el efecto de la cerveza y la sensación de excitación que por momentos me ha asaltado. No me parece adecuada ni profesional. Tras secarme y aplicarme la loción hidratante caigo en la cuenta de que no me he traído ninguna prenda de lencería para ponerme. Enfundada en la toalla, abro la puerta y…

—Ponte esto.

Me tropiezo con Rafa esperándome al otro lado de la puerta. Sonriendo me tiende la ropa elegida y los zapatos.

Vuelvo a sonrojarme, me cubre una toalla más bien pequeña y como no esperaba encontrármelo de narices, casi se me cae de las manos

—Gracias— musito, azorada, cerrando rápidamente.  

La combinación elegida por Rafa es bastante modosita, al menos en lo que a piel cubierta se refiere aunque es muy atrevida en transparencias. Se trata de un body de encaje negro, con tiras de liguero, medias claras, zapatos de tacón negros y una bata de seda con encaje a juego. Me visto despacio, dejando que las prendas se amolden a mi cuerpo y acabo de maquillarme sentada en un taburete frente al espejo. Me quedo, apoyada sobre la encimera del lavabo mirándome en el espejo tras soltarme la melena. Me veo muy bien , me siento guapa y sexy, definitivamente arrebatadora, otra vez las hormonas o la cerveza. Me retoco el brillo de los labios y me dirijo al estudio, atravesando el dormitorio, notando el roce del encaje y la seda sobre mi piel excitada.

Rafa está colocando las cámaras y los paraguas pero al verme entrar se queda mirándome fijamente. Creo que ha evitado repasarme de arriba abajo para no intimidarme, pero he notado claramente que se ha descolocado un poco cuando me ha visto. Ha durado dos segundos y enseguida ha retomado ese aire serio y profesional que usa habitualmente. Me han dado ganas de menear un poco el culo, pues esperaba que me echara algún piropo que no ha llegado.

—Siéntate en el diván y mira hacia la ventana. — me ordena, en tono profesional.

Me siento como me pide, pero se me nota tensa y un poco incómoda. Rafa se ha dado cuenta y me pregunta si estaría mejor con un poco de música. Sonrío y él pone una suave música de piano. Eso ayuda a que me relaje un poco, al menos así no nos rodea un silencio embarazoso. Cierro los ojos tratando de calmarme y me concentro en la música. Mientras, él termina de ajustar las cámaras, los sensores de luz y los focos. Los abro cuando le siento tomarme la mano con ternura. Se ha arrodillado a mis pies y comienza a hablarme suavemente.

—Relájate, Sara. No va a ser una sesión diferente a otras. Sabes que conmigo estás en total confianza, puedes y debes relajarte, porque la tensión se notará en las fotos, pero si realmente no te encuentras cómoda y no quieres que sigamos, me lo dices y lo dejamos. Ya lo intentaremos otro día.

Le miro a los ojos y desvío la mirada con cierta timidez aunque respiro hondo sintiendo de nuevo su olor... Ufff.

—No, Rafa. Sigamos. Se me va a pasar. —Le contesto y él sonríe, mirándome dulcemente.

—Sara, no te preocupes por nada y déjalo todo en mis manos. Te aseguro que en minutos estarás tan a gusto que te olvidarás de que estoy aquí.

Yo sabía que eso es complicado. Su presencia se me hace imposible de obviar y menos estando yo, medio desnuda posando en lencería. Me siento observada a pesar de serlo con sus ojos de fotógrafo y me niego a reconocer que lo que yo quiero es que me mire con algo más que con esos ojos profesionales.

Empieza colocando la bata. Deja que caiga ligeramente por mi hombro descubriéndolo un poco. Para hacerlo tiene que acercarse a mí y desde esa escasa distancia me pregunto si, de reojo, habrá intentado imaginar mis pechos bajo el encaje. Desde luego nada en sus acciones ni en su respiración le delata. Vuelve tras la cámara y de nuevo a mí un par de veces más, recolocando un mechón de pelo, un pliegue de la tela o alzando un poco más mi barbilla. Cada vez que me roza me pone más nerviosa, y el hecho de apenas poderme mover no ayuda mucho. Tras varias tomas con la cámara colocada en el trípode pasa a tomar planos más cortos con ella en la mano. Me pide que me recueste ligeramente en el diván dejando caer la bata hasta los codos y me inclina la cabeza hacia atrás.

—Cierra los ojos.—dice. Y durante un par de minutos le siento revolotear a mi alrededor en una nube de clics. Yo trato de adivinar donde está por el sonido y por su olor que va y viene. Aún con los ojos cerrados le siento recolocando mi ropa, mis piernas, ayudándome a subir la derecha al diván apoyada en los tacones, retocando los cojines que me rodean. Tengo que reconocer que sus atenciones me hacen sentir como una diosa.

—Bueno, Sara, pasemos a otro conjunto. —Le escucho decir de repente, sacándome de mi ensoñación.

Abro los ojos. Rafa se encuentra a menos de un metro de mí, de pie revisando las fotos en la cámara. Me levanto y me voy al baño con el nuevo conjunto de lencería que me ha señalado en las manos. Al entrar al servicio miro y le veo absorto en  la cámara, sin moverse de su sitio. Esperaba que, al menos, me hubiera echado un vistazo al culo.

El conjunto siguiente es más atrevido. Ya no incluye una bata tras la cual esconderme y consta de apenas dos piezas: un sujetador y una braguita, ambos en encaje gris perla con detalles en blanco. No lleva ningún tipo de relleno y la tela es casi transparente, los pezones se marcan plenamente y la forma de mis glúteos se dibuja a la perfección bajo la fina tela. Al menos el pubis queda oculto bajo unos dibujos del encaje. Rafa ha completado el conjunto con unas sandalias altísimas color plata que no son mías, pero no quiero preguntarle de dónde han salido.

Al menos esta vez él no ha podido evitar que se le notara que mi imagen le gusta, pues al verme aparecer ha dejado caer una media sonrisilla. Creo que no quiere ser demasiado evidente para que no esté incómoda, pero me gusta sentirme ligeramente deseada. La temperatura sigue subiendo y con ella mis ganas de exhibirme. A pesar de ir menos vestida que antes, me siento más segura y me coloco frente a él, brazos en jarras.

—Bueno, moreno ¿cómo quieres que me coloque?— le pregunto, desafiante.

Mi salida le provoca una carcajada.

—Venga, rubia. ¡Al diván! ¡Y, a cuatro patas! —me contesta decidido.

—¿En serio? —le pregunto ligeramente descolocada, con el aplomo que segundos antes mostraba, cayendo en picado hacia el suelo.

—Noooo, boba— carcajea— es que me lo has puesto a huevo. Siéntate en el diván, pero esta vez quiero que lo hagas sobre una pierna, y sujetando este libro como si lo leyeras. –Obedezco —Sí, así… Muy bien. Saca un poco el hombro. Arquea un poco la espalda. Saca pecho.

Que saque pecho, dice, pues parece que a mis pechos les gusta la situación porque mis pezones, desvergonzados, han decidido que es momento de hacerse valer y comienzan a marcarse bajo la ya de por sí, muy transparente tela.

Rafa parece que no se ha dado cuenta y comienza con las fotos. A los pocos minutos para y se pone a revisarlas.

—Buf... Así mejor no.—masculló.

—¿Qué ocurre, Rafa?

Me mira con cara de no saber cómo contestarme.

—Tenemos un ligero contratiempo— murmuró – las fotos que te acabo de hacer no podremos usarlas.

—¿Han quedado mal? —le pregunto un poco inquieta.

—En absoluto. Han salido preciosas. Pero…, creo que no son muy adecuadas para tu página. Mira…

Me acerca la cámara y veo un primer plano de mis pechos con los pezones tan marcados que resulta casi indecente.

—¡Dios mío! —exclamo tapándome instintivamente los pechos. Incluso bajo las palmas de mis manos, los dos descarados se rebelan duros y desafiantes contra mí.

—No seas boba. Las fotos son preciosas y tus pechos están estupendos, pero esos pezones nos han convertido las fotos en algo más erótico de lo que debería ser… Al menos para tu Instagram.

Se queda mirándome intensamente y le sostengo la mirada mientras, lentamente, aparto las manos y me apoyo sobre el borde del diván. Mis pechos se han convertido en el centro de su mirada y mientras mis pequeños descarados siguen desafiándole Rafa, tomando de nuevo la cámara, se pone a hacerme fotos, pero esta vez sin reparar en si mis pezones se muestran mucho o no y yo…, yo me dejo fotografiar, consciente del cariz erótico que está tomando la situación.

—Túmbate sobre el diván, boca abajo; toma de nuevo el libro y simula leer. —Me ordena.

En esa posición no se marcan tanto y mi melena los oculta ligeramente, así que él vuelve a tomar algunas fotos algo más recatadas, desde diferentes ángulos a mi alrededor. Me pide que doble una pierna y alce un poco el trasero y le siento fotografiarme desde mi espalda, aunque no vea nada. Soy perfectamente consciente de estar exponiendo mi culo en todo su esplendor, apenas tapado por la tela transparente, pero está empezando a importarme poco.

—Toca cambiar de modelito. — Sentencia Rafa.

Esta vez me tomo mi tiempo para incorporarme, e incluso tardo unos segundos en recolocarme la braguita que se ha desplazado hacia el interior de mis nalgas, haciendo como si no fuera consciente de su mirada, cada vez más brillante, pendiente de todos mis movimientos. Me quito las sandalias despacio y, cogiendo el nuevo conjunto, me dirijo a pasos lentos y de puntillas hacia el baño, con ellas en la mano.  Sintiendo, esta vez sí, sus ojos clavados en el culo que había fotografiado segundos antes.  En el último instante le miro de reojo pillándole en falta, sonrío y como envuelta en un halo mágico, cierro la puerta del baño.

Una vez dentro me quedo apoyada en la puerta con la respiración entrecortada y el ritmo cardiaco acelerado.  El reflejo de mi rostro en el espejo muestra un tono sonrosado que ya nada tiene que ver con la vergüenza. Llevo las manos a mis pechos y acaricio mis pezones sobre la tela. Cabrones hipersensibles… Gimo muy suavemente no queriendo ser oída. Empiezo a estar realmente excitada por la situación, pienso mientras me despojo del conjunto lentamente, disfrutando de cada caricia que los dedos dejan sobre mi piel, reactiva a cualquier roce. Desnuda, entreabro la puerta:

—Rafa, toma. En cinco minutos estoy vestida. —Le comunico mientras le tiendo el conjunto, aún templado por el calor de mi cuerpo. Tú juegas, yo juego. Y continúo, provocándole—Prepárame algo de beber, ¿quieres? Tengo cada vez más sed…—le pido, insinuante.

Cierro la puerta sin dejar que me vea directamente, pero a sabiendas de que ha captado mi mensaje: «Rafa, ahora mismo estoy desnuda al otro lado de la puerta». Hubiera dado algo por ver su cara, pienso mordiéndome ligeramente el labio.

Comienzo a vestirme con el nuevo conjunto. Si el anterior era atrevido, este lo supera. Se trata de varias piezas, todas en negro: sujetador y tanga minúsculo, completado con un liguero precioso. Lo más llamativo de todo son las tiras de satén negro que se entrecruzan por todo mi cuerpo, cerrándose con unas preciosas hebillas doradas. El sujetador consta de dos triángulos de cinta de raso con una pieza central de encaje que apenas oculta nada. Un collar en suave y flexible cuero con un broche brillante se une al cierre delantero y trasero del sostén por sendas cintas y dos tiras más enmarcan las costillas. El tanga es pequeñísimo, a juego con los triángulos del sostén, y apenas tapa el pubis. S se sujeta a la cadera mediante una especie de fino cinturoncillo con dos hebillas ajustables en los lados y una mínima cinta entre los glúteos. La pieza reina es el liguero. Se trata de un entramado de tiras ajustables y elásticas, mezcla de cuero y raso con seis cintas de liguero que se cierra con corchetes en la parte de atrás… Y yo no soy capaz de ajustarlo como es debido… 

—Vayapordiosquépena—pienso, sonriéndole de medio lado al espejo—Rafa—llamo entreabriendo la puerta del baño—Necesito ayuda, por favor.

Rafa acaba de servirme una copa, por el color parece un whiskey con hielo. Entra en el baño y le arrebato el vaso pegando un buen sorbo.

—Este conjunto tiene muchísimos broches y tiras ajustables. Yo sola no logro que quede bien. —Le digo colocando los brazos sobre la cabeza, sujetándome la cabellera e invitándole a ayudarme. El trago de whiskey me quema la garganta y un hormigueo bulle en mi vientre, más precisamente entre mis piernas y en mi estómago. Rafa se agacha, colocándose en cuclillas a mi lado. Lenta y suavemente comienza a ajustar las piezas del conjunto. Intenta no rozarme, es evidente, pero también imposible. Las involuntarias caricias erizan la piel que toca provocando un aumento exponencial de mi frecuencia cardiaca a cada contacto. Yo no me había colocado aun las medias, pero Rafa las coge y abre entre sus dedos invitándome a calzarlas. Apoyada en el lavabo, alzo mi pierna derecha y él, con sumo cuidado, toma mi pie con su mano y lo introduce dentro de la media, acariciándolo suavemente, haciendo amago de alisar el nylon, pero la forma en que lo hacía me transmite un placer inusual. Cierro los ojos, disfrutando ese momento de delicioso fetichismo y los segundos que le siguen mientras siento deslizarse lentamente la media por mi pierna. Me apoyo en su cabeza, guardando precario equilibrio y acaricio distraídamente su suave cabello. Él ha dejado mi pie apoyado en su muslo mientras engancha, con indecente parsimonia, las tiras del liguero al encaje de la media colocándolas milimétricamente paralelas. Tanta precisión le obliga a rozar, “sin querer”, la franja de mi piel limitante con la tela acercándose peligrosamente a mi pubis al acariciar el interior de mi muslo y yo siento que comienzo a licuarme.

Suavemente hace descender despacio ambas manos por mi pierna y me calza un zapato de tacón vertiginoso, negro, acharolado y me mira esperando. En ese momento soy consciente de haber contenido la respiración y dejo escapar una bocanada de golpe. Sonriendo le ofrezco el otro pie que sufre el mismo nivel de mimo y atenciones. Cuando acaba de abrochar la hebilla, se incorpora lentamente, más cerca de mi cuerpo de lo que una simple amistad aconsejaría y sin mediar palabra me gira sobre mí misma para acabar de colocarme bien todas las tiras de las nalgas. Creo que no era necesario, ya estaba todo ajustado, pero me dejo hacer pues su respiración en mi cuello está nublándome el sentido.

—Venga, preciosa, al salón— me susurra acompañando sus palabras con un inesperado cachete en el culo, que acaba por ponerme a mil.

Sonriendo para mí, salgo del baño caminando despacio y sin prisas, contoneando el culo como si no hubiera un mañana. Los hielos tintinean en el vaso a cada paso que doy acompañando al bamboleo de mis glúteos y a la música de jazz que suena de fondo.

—Ahora quiero que te coloques sobre el cojín cuadrado. —me indica.

Me siento en el borde. Aunque amplio, no es tan alto como el diván y los taconazos elevan mucho mis piernas, casi puedo abrazarlas. De hecho, lo hago tras beber otro trago, cerrando los ojos y paladeando el licor en mi boca, disfrutando en su paso por mi garganta de esa sensación ardiente al llegar a mi estómago. Me estoy desinhibiendo por momentos y no todo es culpa del alcohol.

—Píntatelos de rojo—ordena mientras me tiende una barra de labios.— Y…—esboza una sonrisa malévola—. Espera un momento que se me acaba de ocurrir una idea... Y le veo dirigirse a su dormitorio.

Tarda, le oigo trastear. Mientras, me pinto los labios y espero, mirando como en mi vaso el líquido ámbar lanza reflejos hipnotizantes y los hielos bailan al son del jazz. Cierro los ojos y doy un sorbo pequeño sacando la lengua y jugueteando con uno. Traviesa. De repente, escucho a Rafa pararse a mi lado sacándome de mi ensoñación. Trae una tela negra en sus manos.

—Este conjunto tiene una cierta inspiración BDSM…

—¿Bedese...qué? —le pregunto intrigada.

—Ja, ja ja…, yo me entiendo. Levanta — me exige, tendiendo su mano.

Y obedezco. Él se acerca y puedo observar que la tela es como una cinta ancha de raso o quizá, seda.

—Te voy a vendar los ojos, por eso quería los labios bien resaltados en rojo, el contraste va a ser increíble y las fotos, con los ojos vendados, van a tener un toque muy sensual.

Le miro sorprendida. Tengo que reconocer que este giro no lo esperaba. Rafa se coloca detrás de mí y firme, pero con mucha delicadeza, me coloca la cinta. Noto como la ajusta con cuidado para no despeinarme. Y, a partir de ese momento, ya no veo nada y sólo siento. La ausencia del estímulo visual hace que las sensaciones se multipliquen.

—¿Apuras el vaso o te lo guardo? — me pregunta.

—Guárdamelo — le contesto decidida.

El vaso desaparece de mis manos y dejo de sentirlo a mi lado. No sé si la temporal ceguera, el whiskey o la suma de ambas cosas, hacen que me encuentre de repente un poco inestable e indefensa.

—¿Rafa? — pregunto inquieta, extendiendo una mano.

—Tranquila, estoy a tu lado —. Le escucho muy cerca. Sus manos cogiendo la mía me tranquilizan. Su voz, calmada y grave, transmite seguridad y cada palabra se cuela en mi cerebro como un dardo ardiente.  Me gusta sentir el tacto de su piel, la suavidad firme con la que me acompaña. El calor de su cuerpo se transmite al mío igual que cada imperceptible roce de cualquier parte de su anatomía. Su seguridad baila en perfecto tango con la torpeza de mis inseguros movimientos.  Su aroma…, soy más consciente que nunca de él y constituye el caldo perfecto para esa marejada de sentidos y sensaciones, absolutamente sublimados ahora a causa de la ceguera.

—Tenía que haberte vendado cuando estuvieras ya sentada—musita para sí, invitándome a agacharme mientras coloca una mano en mi espalda y acompaña mis movimientos.

—Mientras no me pongas la zancadilla...—bromeo..

—Descuida— dice riendo.

Me quedo sentada sin saber qué hacer con las manos y vuelvo a abrazar mis piernas. De nuevo siento a Rafa pululando a mi alrededor, pero ahora ya no le puedo ver.

—Sara, túmbate sobre el colchoncillo y levanta las manos por encima de tu cabeza cruzando las muñecas. Déjalas apoyadas simulando una atadura inexistente con los pies hincados en el suelo y las rodillas levantadas. Separa un poco las piernas…. Así… Sí… No… Un poco más… ¡Quieta!.

Contengo la respiración, concentrada en sus palabras y sus órdenes, cautivada por su voz. Inmóvil. Atenta, agudizando el oído. Me sé observada y soy capaz de sentir su mirada acariciando mi piel. De repente la música se para y el silencio comienza a tensar el ambiente unos segundos hasta que otra suave melodía de piano vuelve a escucharse. Respiro hondo. Joder… Su olor, casi puedo masticarlo.

Nuevamente está a mi lado. Recolocándome el pelo, las cintas, moviendo almohadones, situando todo de forma perfectamente casual. Le escucho respirar profundamente y de inmediato vuelvo a oír el sonido del disparador de la cámara a mi alrededor. La diferencia es que no sé qué parte de mí estará fotografiando y eso dispara mi imaginación… Mis sentidos están maximizados, como los del animalillo que sale de noche pendiente de los depredadores. Bebo de su aliento, palpito con el roce de su ropa, me aguijonean los chasquidos del disparador, y su aroma, envolviéndome, aumenta mi temperatura y humedad. Sin poderme mover, trato de adivinar dónde está o cómo estará tomando la foto. Lo siento cerca, quizá arrodillado a mi lado. ¿Estará fotografiando mi rostro? ¿Mis piernas? ¿Mis pechos...?

Mis pechos…, están duros, siento mis pezones disfrutando con esta situación. Erguidos, desafiantes, bien marcados bajo el encaje, claramente visibles. ¿Los estará mirando? Deseo que lo haga.

—"Quiero que los muerdas ya, joder" — musito para mis adentros.

Lleva un buen rato fotografiando, no soy capaz de calcular el tiempo pero cuanto más tarda más estimulante me parece la idea de estar inmóvil, expuesta y ofrecida. Siento claramente subir la excitación y cómo se acelera el ritmo de mi respiración, pero mantener la misma postura empieza a cansarme.  Me muevo ligeramente, quizá más por impaciencia que por incomodidad, pero Rafa entiende que es por esto último.

—¿Cambiamos de posición? —pregunta.

—"Sí. Ahora tú debajo." — pienso para mí, mientras mi boca le contesta:—Como tú quieras, eres el que manda.

—Muy bien, haz lo que te voy diciendo mientras fotografío —Y comienza a darme órdenes. Suave, pero firme.— Gírate, así…. Ahora ligeramente de lado y un poco boca abajo…; sube la pierna; mueve el culo; curva la espalda... Abraza tus piernas tumbada, de lado. Boca abajo. Sepáralas ahora. Baja del cojín y arrodíllate en el suelo, vientre pegado a la tela, piernas juntas, brazos estirados. Quieta, no te muevas…. Vuelve a girarte, muévete al ritmo de la música… No, no te levantes aún…Sigue así.

Ya casi no sé dónde está él y menos aún en dónde me encuentro yo, pero me muevo, felina, y bailo, y me imagino voluptuosa a sus ojos. Sin duda estoy excitada y el roce continuo de la seda sobre mi cuerpo contribuye más a ello. Tengo la piel erizada y viva mientras los clics continúan sin cesar, algunos los escucho cerca, otros más lejanos. Son como pequeños pellizcos virtuales en mi carne ya estimulada.

Y, de repente, paran.

—Mmmh, está saliendo perfecto— murmura. —Incorpórate. Te ayudo.— dice Rafa, mientras sujeta mi mano, ayudándome a ponerme en pie. Supongo que por llevar rato tumbada y quizá a causa de whiskey siento un leve mareo y me fallan las piernas. Rafa me abraza a él.

—Espera, no me sueltes aún. — le pido. Me aferro a su brazo y hundiendo el rostro en su pecho, aspiro hondo. Su olor me marea más aún que el whiskey. Me sujeta fuerte, abrazándome, acariciándome descuidadamente la espalda desnuda y el pelo. Joder, qué ganas me están entrando de besarle.

—¿Paramos un momento? —sugiere.

—Un minuto solo. Para que me enseñes las fotos.— le digo.

Me separo despacio mientras me quita la venda de los ojos, parpadeo varias veces acostumbrándome a la luz que  Rafa ha bajado quedando la estancia en una ligera penumbra. No ha quitado su mano de mi cintura, pero la aparta deslizándola ligeramente por mi culo en un sutil movimiento en absoluto inadvertido para mí. Nos miramos fijamente y nuestra mirada desciende lentamente a nuestros labios que ansiosos esperan entreabiertos. Pero no nos atrevemos. Es un momento beso desperdiciado.

Bebo un nuevo sorbo del whiskey ya aguado y me siento en el diván.

—Enséñamelas. —le pido con la voz todavía entrecortada por la excitación del casi beso.

Rafa me tiende la cámara quedándose de pie a mi lado y comienzo a pasar fotos. Las primeras son simplemente bonitas, elegantes, con un punto adecuadamente sexy, pero al continuar empiezan los primeros planos: mi boca entreabierta; mi piel erizada; un escorzo de pezón bajo el encaje; un primer plano de uno de los zapatos en fuga hasta mi pubis difuminado; mis manos cruzadas y ofrecidas; otro pezón, claramente duro y erecto escondido bajo la sombra de la tela; de nuevo mi boca, capturada en algún morder de labios involuntario; las redondeces de mi culo en primer plano, apenas dividido por una casi inexistente tira de tanga; mi sexo apenas tapado por la tela pero de formas perfectamente identificables, marcando una reveladora humedad. Fotos eróticas. Muy eróticas. Sensuales y voluptuosas.

Alzo la vista de la pantalla sin articular palabra, Rafa me mira expectante, supongo que midiendo si en mi mirada hay algún rechazo. Yo le tiendo la cámara sin dejar de mirarle a los ojos, me llevo las manos a la espalda y desabrocho el sujetador, sin quitármelo. Me apoyo en el respaldo del diván, pero ahora el sostén apenas sostiene nada, si bien tampoco muestra.

—Continúa. —Le ordeno con voz, ahora decidida.

Sonríe, se acerca y comienza a fotografiarme, destacando mis pechos, mi rostro. Con delicadeza, hace caer uno de los tirantes y luego el otro… Yo me dejo hacer, observando excitada. Colaboro moviéndome y la prenda acaba en el suelo. Mis pechos, coronados por esos pezones rebeldes, le apuntan directamente y esta vez ellos son los protagonistas. Dos, tres, cuatro, cinco fotos más... Rafa para y me mira alargando la mano y acariciando uno suavemente con la palma en lentos círculos, endureciéndolo más aún, si es que eso es posible. Resoplo. Lo pellizca. Gimo. Me muerdo el labio. Coge todo el pecho con la mano libre, sopesándolo. Haciéndolo suyo. Yo no me muevo y él tampoco mueve nada más que esa mano. Nuestras miradas están fijas en ella, acaparándome. Rafa jugando, lo suelta y se bambolea ligeramente. Luego desplaza su palma por el pecho hasta mi cuello subiéndola hasta mi rostro, sin dejar de rozar mi piel, con una cierta ansia que contrasta con su aparente tranquilidad. Acaricia mi mejilla y yo entrecierro los ojos, dejando caer ligeramente la cabeza. Repasa mis labios con su pulgar y no puedo evitar atraparlo en un mordisco. Le miro cual gata traviesa. Joder, qué sexy me hace sentir. Él aparta la mano y apoya la cámara sobre el diván, y  creía que se acercaba a besarme, pero no. Lleva las manos a ambos lados de mis caderas enganchando las tiras del tanga y tira de él, levanto el culo exhibiéndome todavía más y facilitando la maniobra, lo desliza lentamente por mis piernas mientras se va enrollando y acaba en mis tobillos. Alzo uno de mis pies y luego el otro para que termine de quitármelo. Mantengo las piernas juntas, mi pubis liberado a sus ojos, pero nada más. Se lleva el tanga al rostro y lo olfatea profundamente. Joder, qué gesto más terriblemente sexual y primitivo. Me encanta. Suspiro. Se queda mirándome mientras yo mantengo las piernas cerradas. Rafa coge de nuevo la cámara y espera, paciente. Yo sonrío y recostándome con los brazos apoyados en el diván, separo lentamente las piernas. Y me expongo por completo.

Él comienza a fotografiarme. Primeros planos, planos generales, planos medios, primer plano… Se arrodilla entre mis piernas, cámara preparada y se acerca aún más. Plano detalle de mi sexo, varias fotos, a apenas centímetros.

—Rafa…—susurro

—Dime – contesta sin mirarme, enfrascado en la fotografía de mi sexo.

—Continúa…

Él alza la mirada del visor.

—Sin la jodida cámara…

No tengo que repetirlo…

Sonriendo, la aparta y fija su mirada en mi sexo, extiende la mano y roza la parte interna de mi muslo con el dorso de su mano, acariciando de manera sutil los labios de mi sexo. Con malicia, se lleva los dedos a la boca y los lame mientras se separa e incorpora para dejar la cámara en la mesa. Vuelve a mi andando despacio, sabiendo que domina la situación y sin duda, también a mí, se inclina hasta situar su rostro a milímetros del mío, sujetando mis muñecas con sus manos, inmovilizándome. Me mira fijamente… Y por fin me besa. Es un beso pequeño y suave , demasiado para lo que yo ansío. Abro los labios, invitándole. «Joder, bésame más»—pienso, pero él se separa eludiendo mis ganas y yo no puedo alcanzarle. ¡Cabrón!. No llego a pillarlo y mi quejido desesperado le hace sonreír.

—Jooodeeeeer – murmuro frustrada.

—Shhhhh —Me ordena sin soltarme las muñecas mientras vuelve a arrodillarse entre mis piernas.

Yo gimo anticipándome conteniendo el aire, viéndole mirar fijamente el sexo que fotografiaba segundos antes: ansioso, caliente y húmedo, deseoso de atenciones, ávido de su boca. Y él responde lamiéndolo lentamente en toda su extensión, dejando que su lengua se vaya amoldando a mis pliegues, saludando a mi clítoris con un suave chupetón que me arranca nuevos gemidos. Sin parar, vuelve a mi cara y me besa dándome a probar mi propio sabor, hundiendo su lengua en mi boca con fuerza, devorándomela, apretando mis muñecas. Mientras tanto yo serpenteo tratando de soltarme, sin éxito alguno. 

Se separa, sus manos me sueltan pero levantan mis piernas y me agarran del culo tirando hasta el borde del diván. Mis dedos se pierden en esa cabeza llena de rizos mientras ataca de nuevo mi sexo sin compasión. Lamiendo intensamente, introduciendo la lengua, lo abarca todo y no me da respiro. Besa, absorbe, chupa el clítoris con fuerza o lo tortura con la punta. Se aparta un segundo para acariciarme entera con ella plana, de abajo hacia arriba y el momento de coronar el duro botón es el detonante del primer orgasmo. Me estremezco y arqueo la espalda, gimiendo fuerte. Cuando creo que subirá a besarme retoma de nuevo las lamidas sobre mi pobre coño que trata de recuperarse. De nuevo me engulle con ansia, y ¡sorpresa!, dos dedos se introducen en mí, moviéndose hábilmente comienzan a masajear la pared frontal de mi vagina causándome una excitación brutal que nunca había sentido antes. Enarco mi cuerpo y le miro sorprendida, tremendamente excitada, él me mira desde su hambrienta posición y sonríe con los ojos invitándome a disfrutar. Empuja en esa zona, la frota con fuerza, con dos dedos profundamente introducidos en mi sexo, es una sensación nueva la que me invade. Percibo; como si fuera a derramarme, una presión húmeda en el bajo vientre mezclada con una tremenda excitación, al intuir algo que no puedo controlar, avergonzada, trato de separarle de mí.

—Rafa, yo…. —jadeo sin saberme explicar.

— Shhhh, déjate llevar, siente…, no te preocupes por nada.

Noto como apoya su mano en mi abdomen, apretando mientras sus dedos comienzan a moverse más deprisa dentro. Una marea de sensaciones empieza a nublarme la mente, mis piernas tiemblan, mi cuerpo se curva y tensa empujándome hacia la boca de Rafa, buscando aún más intensidad y esas ganas irrefrenables de todo, y estallo en un orgasmo bestialmente intenso que nos empapa a ambos y a mí me deja semiinconsciente jadeando, totalmente desmadejada, inundada de placer. Rafa se incorpora siendo yo apenas consciente de ello, aparta los cojines y me abraza llenándome de besos. Me recorren sacudidas por todo el cuerpo, soy una muñeca inerte, caliente, húmeda y temblorosa.

Él coge mi mano y la lleva a mi sexo empapado y todavía palpitante. Me dejo hacer con los ojos cerrados. Incapaz de oponer resistencia alguna, me acaricia deslizando mi mano por él, recorriéndolo y finalmente conduce mis propios dedos en mi interior, me noto terriblemente húmeda y caliente.

—Siéntete. —susurra en mi oído, clavando su voz en lo más profundo de mi inconsciente.

Desliza su mano por mi humedad y sin previo aviso ni resistencia por mi parte, introduce uno de sus dedos en mi culo. Suspiro profundamente..

—Siénteme. —Su voz volviendo a atravesar mis arrasadas neuronas.

Con delicadeza comienza un lento y creciente movimiento. Siento su dedo rozando los míos desde mi interior y comienzo a acompasarme con sus caricias. Retomo el ascenso a la cima, sin apenas pausas, tomando un nuevo camino.

Su otra mano sube hacia mi cuello y sujetándome de la nuca me besa con una pasión desenfrenada, invadiendo mi boca con lujuria, robándome el aire.  A la vez, acelera el movimiento en mi culo y la intensidad de sus besos mientras mi mano se mueve sola. En el último instante abro los ojos con asombro y nos miramos fijamente mientras mi cuerpo se comba de nuevo y otra oleada de placer, diferente a cualquiera que hubiera sentido hasta hoy, me estalla dentro. Aferrada a él, sin aire en los pulmones, vibro incrédula, incapaz de gemir siquiera, sintiéndome marioneta en sus manos.

Floto en esa sensación y mi yo incorpóreo comienza a fluir por mi piel, colándose entre los resquicios de nuestros cuerpos fundidos en un abrazo. Me veo desmadejada sobre el diván y a Rafa envolviéndome y acariciándome con su ternura, acompañando los estertores de mi último orgasmo con sus mimos. Mi “alter ego” cabrón que siempre me acompaña me sacude violentamente: «Sara, zorra egoísta, ¿todo el placer solo para ti? ¿Has subido al cielo varias veces y ahí te quedas, tirada?». Rafa, Rafa, Rafa… Pobre.

Abro los ojos y nos miramos, cuando un nuevo cosquilleo comienza a bullir en mi estómago.

—Rafa, joder…—intento protestar.

—Shhhh, sigue disfrutando…—susurra acariciándome el pelo.

¡No, joder, no!. Quiero sentirle temblar de placer en mis manos, deseo escucharle jadear, gemir. Ansío ser la fuente de su placer, ahora pretendo ser yo la que le haga tocar el cielo.

Incorporándome busco su boca y mis manos comienzan a acariciarle sobre la ropa hasta llegar a su pene que rozo levemente por encima del pantalón comprobando su estado. Él responde a mis ganas devolviendo el beso y dejándose hacer. Busco y logro liberarlo comenzando a acariciar su polla que ya tiene un buen tamaño, está hinchada, semierecta. Noto que responde rápidamente, palpitante, juguetona, a mis mimos. Me separo obligándole a sentarse en el diván y esta vez tomo yo la posición entre sus piernas, arrodillada en el suelo. Rafa se acomoda y me observa con una media sonrisa iluminando su rostro.

No le quito el pantalón, ¿para qué? abro lo suficiente para que su miembro sea mío y comienzo a acariciarlo suavemente con la yema de los dedos sintiendo cómo se endurece por segundos. El glande brilla húmedo por el deseo contenido y me llama de forma irresistible. Lo acaricio mojando mis dedos en sus fluidos e instintivamente me los llevo a la boca, mientras Rafa resopla al verme. Salado y sabroso, jugueteo un rato esparciendo ese líquido por su capullo, mientras mi otra mano acaricia distraídamente el tronco de su polla. Palpita. Siento que quiere más, y yo también. Abro del todo el pantalón y bajo a olisquearle. Cuando soy un ser sexual me vuelvo muy primaria, necesito olores, ruidos, fluidos…  Y deseo el aroma de su sexo caliente, sus gemidos y esa esencia, hundo mi nariz en sus testículos, suaves, depilados, y su polla rebota sorprendida sobre mi cara. Los lamo, chupo y mis ansias de devorarle aumentan a cada gemido que escucho. 

Mi saliva empapa su sexo y mi cara mientras yo devoro nuestros jugos. Lo deseo demasiado como para dejar nada y lo engullo de golpe, lo más profundo que puedo, agarrándolo de las caderas y empujándolo hacia mí. Su polla dura atraviesa mi garganta con dificultad y tengo una pequeña arcada. Rafa sale de mí y baja a besarme y a lamerme la cara. Sonrío, y me dejo besar pero le aparto porque quiero más. Le vuelvo a alojar en mi boca y comienzo a comerle con codicia, culebreando con mi lengua dentro, chupando, sorbiendo, acompasando los movimientos con los de mi mano por su mástil duro ya como el mármol y por sus huevos. Su mano intenta ayudar mis movimientos empujando mi cabeza y yo me dejo guiar, a veces…

A ratos, me canso y subo a besarle. Dejar que chupe un pezón, o que juegue con mi lengua, pero anhelo seguir comiéndole, esa polla candente me gusta demasiado.

Trato de comerle de nuevo hasta el fondo y vuelvo a empujar agarrándole fuerte ya que disfruto esa curiosa sensación de no poder respirar cuando invade mi garganta, aunque no sea capaz de evitar las arcadas. Debo de hacerlo bien porque Rafa me sujeta la cabeza con fuerza introduciéndose más, yo apenas respiro pero mi lengua sigue moviéndose y continuo chupando como una posesa.  Él empieza a moverse dentro de mi boca, follándola y le dejo hacer. Gime fuerte, resopla, gruñe, murmura mi nombre mezclado con unos cuantos «joder, joder, sigue… joder».  Mi otra mano decide perderse entre mis muslos. Sentirle disfrutar me excita horrores y vuelvo a chorrear, tremendamente excitada. Hundo mis dedos y comienzo a masturbarme furiosamente, a la vez que intensifico la cadencia de mi boca y masajeo sus testículos o masturbo su polla cuando sale de mi boca, con mi mano libre. Comienza a tensarse y le atrapo lo más dentro que puedo. Sus manos aprietan mi cabeza contra su pubis y levanta el culo del diván mientras un sordo rugido sale de su garganta y yo siento la potencia de sus espasmos en mi boca. Al derramarse, mi orgasmo se ha unido al suyo y mi grito mudo saluda a su polla ahora agotada. Aguanto hasta que me suelta y puedo respirar un poco, pero no le dejo salir. Jadeando, excitada aún, continuo lamiéndolo muy suavemente mientras pierde su dureza, observándole recuperar el aliento poco a poco saboreo hasta su última gota, mientras él me acaricia el pelo con suavidad aún sin bajar del séptimo cielo.

—Joder. Maravilloso… —alcanza a murmurar mientras me invita a subir hasta sus brazos.

Me acurruco en su regazo, relamiéndome, y le abrazo. Me acaricia suavemente y me llena de besos.

—¿Sabes una cosa, Sara?—Alzo la mirada—Quería que esto sucediera y secretamente esperaba que la sesión de hoy pudiera acercarnos a algo parecido, pero ni por asomo hubiera imaginado tal compenetración. Me gustas mucho y ahora todavía me gustas más.

Me besa y mi boca le pide más. Joder, ¿no me he saciado todavía?. Esto no me había pasado nunca…

Rafa, atento, me mira con esa media sonrisa pícara tan suya adivinando mis ganas.

—Ven, vamos a ducharnos. Nos vendrá bien.

—Olemos a sexo—sentencio.

—Sin duda.

—Me encanta—musito tímidamente.

—¡Joder, y a mí!—Se incorpora, recolocándose el pantalón, me envuelve con su brazo y nos dirigimos andando muy pegados al baño.

—Tienes frío. — me dice.

—Sí, un poco.—es cierto, me estoy quedando helada.

Pone el agua de la ducha a correr y pronto el vapor comienza a caldear la estancia. Me quedo apoyada en el lavabo abrazada a mi cuerpo, con una ridícula sensación de vergüenza. Rafa se acerca a mí, me besa y se agacha. Es como volver a vivir la situación de unas horas antes, cuando me vestía ese mismo liguero pero a la inversa aunque ahora las sensaciones son diferentes. Mi piel se eriza de la misma manera al contacto de sus manos que, lentamente, me desabrochan las tiras del liguero. Pero ahora yo, cierro los ojos. Me asaltan constantemente flashes de su boca devorando mi sexo que me producen sobresaltos de excitación repentinos, esos destellos van acompañados de gemidos que resuenan en mis oídos, vívidos recuerdos de esas sensaciones. Rafa se toma la tarea de desnudarme con la misma calma que al vestirme encendiéndome, si cabe, aún más. Mi sexo se va humedeciendo por momentos —¿acaso había dejado de estarlo en algún instante?—, e incluso soy capaz de notar óomo se hincha entre mis piernas, la respiración me traiciona, pero él disimula estupendamente.

Desabrochado el liguero, lo deja caer. El zapato y la media de mi pierna izquierda corren la misma suerte. Pero no me suelta el pie liberado. Lo toma entre sus manos, iniciando un suave masaje acompañado de caricias. Gimo y esa respuesta le anima. Se lo lleva a la boca comenzando a lamer y chupar, uno a uno, los deditos regordetes, mordisqueando levemente las mollitas de todos ellos. Me siento sobre el mueble del lavabo dejando escapar un jadeo y me descalzo el otro pie, el cual, mucho más intrépido que su compañero, se sitúa directamente sobre su paquete, bastante abultado. Yo empiezo a masajear todo el duro tronco de su polla al ritmo de sus chupetones.

Con una mano, Rafa se desabrocha el pantalón y de un tirón va a parar al suelo. La seda acaricia la delicada piel de su polla, arañándole un poco quizá, pero no por eso dejo de hacerlo. Noto como su lengua se desplaza ahora entre los dedos de mi pie, produciendo unos latigazos de placer ascendentes directos a mi coño que se moja más y más.  

En un movimiento rápido tira de mis piernas tumbándome un poco más, colocándolas sobre sus hombros y poniendo al alcance de su boca el manjar que adora devorar. Hunde su boca entre mis piernas y comenzando un nuevo ataque. Mis gemidos se convierten en pequeños grititos al sentir un par de dedos invadirme sin aviso, un espasmo y mi cuerpo arqueándose le informan de que ha logrado su objetivo… otra vez más, pero sin darme tiempo a recuperarme continúa más fuerte hasta que logra que vuelva a correrme de manera escandalosa una segunda y una tercera vez. ¿O quizá han sido cuatro...? Ya soy incapaz de llevar la cuenta.

Caigo desmadejada sobre el lavabo jadeando, temblando. Me alza en brazos deshaciéndose de cualquier rastro de ropa que aún pudiera cubrirnos y me mete en la ducha con él. Las piernas no me sostienen y me sujeta mientras deja que el agua recorra mi cuerpo y me abraza a él casi colgándome de su cuello. Su polla se clavaba en mi vientre pero Rafa no muestra ninguna prisa en follarme. A mí ya todo me da igual, que me haga lo que quiera que yo me dejo.

Se echa un buen chorro de jabón en las manos y comienza a lavarme por la espalda, enjabonando a conciencia hombros y brazos. Despacio, restregándome bien, recorriendo todos los recovecos de mi cuerpo. Alza mis brazos sujetándome contra la pared bajo la ducha, el agua me cae por la cabeza y no me deja ver bien, se me mete incluso en la boca pero cierro los ojos y me dejo hacer. Su mano libre enjabona mis axilas, frotando y limpiando, me produce cosquillas. Sigue hacia mi pecho y mis tetas reciben el mismo trato, aunque esta vez se entretiene masajeándolas. Abro la boca, cojo un poco de agua y se la tiro encima. Nos reímos.

—¿Me vas a dar un respiro en algún momento?—protesto, con la boca muy, muy pequeña, mirándole entre los chorros.

—Ni lo sueñes. ¡Ahora que te tengo a mi merced pienso aprovecharte a tope!

—Joder, Rafa, que no puedo más…

—Sí que puedes. Ya lo verás.

Sigue enjabonándome y limpiándome y como ve soy capaz de sostenerme de nuevo —a saber por cuánto tiempo—, se agacha para lavarme las piernas y los pies. El roce constante de sus manos sobre mi cuerpo, acariciando, pero a la vez restregándolas bien, deja a mi piel hipersensible y ligeramente enrojecida. Evita mi sexo adrede, estoy segura. Y yo casi lo agradezco porque no podría ser capaz de soportar que me masturbara de nuevo. Sin embargo, puedo sentirlo palpitar, así que el jodío quiere guerra a pesar de que yo crea no poder más. Entonces Rafa, como si hubiera leído mis pensamientos, me gira apoyándome contra la pared, inclinando levemente mi espalda, coge la alcachofa de la ducha, un buen chorro de jabón y comienza a enjabonar mi sexo. Sin excesivo mimo. Como una enfermera en el hospital. Maldigo, quejándome.

—Shhhhh. —Me ordena él.

—«Joder con los “shhhh” »— pienso

Enchufa el chorro a mi sexo y limpia el jabón. El agua me estimula y él, sabiéndolo muy bien, lo dirige a su antojo . Gimo cuando alcanza mi clítoris, entonces vuelve a coger jabón y comienza a frotarme entre las piernas, mientras el surtidor sigue excitándome. No puedo creerlo. ¿Me voy a correr de nuevo?

Pero no,  me deja a las puertas de un nuevo orgasmo para volver a enjabonarme. Esta vez va directo a mi culo, lo lava bien por fuera estrujando mis glúteos y refregándolos con fuerza, cercando poco a poco el agujerito.

—No, no, no…—protesto en voz baja pero audible.

—Shhhh, a callar. —me ordena tajante.

Finalmente lo invade, como estaba temiendo, pero con un mero objetivo higiénico. No se entretiene en estimularme mucho, aunque las intenciones me están empezando a quedar muy claras. Remata con la ducha de nuevo bien enfocada, dejando que sea el agua quien me penetrara excitándome y me vuelve a girar.

—Le toca a usted, señorita—dice cediéndome la alcachofa y colocando los brazos cruzados tras su cabeza.

Entonces caigo en la cuenta de que es la primera vez que le veo completamente desnudo.

Me acerco a besarle:

—Por supuesto caballero. Es su turno.— contesto sonriendo traviesa.  

Paso el chorro por todo su cuerpo, humedeciéndole, pero sin atreverme aún a tocarle. Me lleno las manos de gel y comienzo a lavarle. Voy deleitándome con su cuerpo: los hombros prominentes, bíceps fuertes,  el torso sin apenas vello, marcado pero no en exceso. Sus pezones se endurecen con el roce de mis dedos, que disfrutan como locos. Bajo masajeando su vientre y, con toda la intención, evito rozar el erguido mástil que me llama ansioso. Rafa no dice nada, pero su respiración acelerada me indica su gado de excitación. Bajo por sus piernas y me arrodillo para poder lavarle mejor, así su polla queda a la altura de mi boca y, aunque me estaba apeteciendo horrores volver a comerle, tomo un poco de gel y comienzo a acariciar su falo.

Esta vez el gemido ha sido claramente audible. Miro hacia arriba y ha echado la cabeza hacia atrás y el culo ligeramente hacia adelante en inconsciente invitación. Un poco de agua y otro chorrito de gel. Atrapo sus testículos abandonando la polla y los limpio a conciencia, mi mano se introduce entre sus piernas y lavando también su agujerito como antes él había hecho conmigo. No me atrevo a darle el mismo trato, pero no percibo ningún signo de rechazo.  Más agua y vuelvo a su polla y esta vez sí que la atrapo entre las manos y mi boca. Comienzo a comerle con fruición y le escucho suspirar hondo. Oírle disfrutar me está excitando de nuevo, siento como su placer me enloquece.

Pero él no me deja continuar.

—Para, niña…—me suplica.

Me alza en volandas para comerme la boca con furia. Algo ha hecho clic en su cabeza, sus manos reptan por mi cuerpo con ansia y su lengua serpentea con la mía. Me aprieta contra él, atrapando su polla entre nuestros cuerpos.

—Te voy a follar.—me advierte duro.

Me gira y poniéndome con la cara contra la pared, separa mis piernas con su pie y pega su cuerpo a mí, situándose entre ellas. Sus manos agarran mis tetas masajeándolas con ansia y cierta rudeza, pellizcado los pezones con fuerza. Quiero quejarme pero me tapa la boca con la mano introduciendo dos dedos dentro, casi hasta la garganta, robándome el aire y tirando de mí hacia él.

Sin preámbulo alguno y con un solo golpe brusco de cadera, me penetra, pero se queda quieto unos instantes dejando que me amolde a su miembro, mi coño le recibe y atrapa, egoísta. Jadea. Jadeamos los dos.  Le siento palpitar y crecer en mi interior. Joder qué sensación…

Me giro a mirarle desafiante y sus ojos, brillantes de deseo, se clavan en los míos, sus dedos abandonan mi boca y puedo respirar de nuevo.

—Pide, niña.—me ordena en un gruñido sordo.

Gimo sintiendo palpitar al animal enfurecido en mis entrañas…

—Fóllame Rafa.—le ordeno y, a la vez suplico, apoyándome contra la pared y ofreciendo mi grupa, anticipando la embestida.

—Como desees… —contesta, y comienza a bombear mi coño con fuerza.

Con una mano me sujeta la cadera acompañando cada embate y con la otra me propina un sonoro azote en el culo, que enseguida son dos y luego tres... Después para y acaricia la zona enrojecida con delicadeza. Pero la tregua dura poco. Su pulgar se coloca a la entrada de mi estrecho ano, acariciándolo en círculos y yo le miro con los ojos muy abiertos, pero antes de que pueda decir nada, Rafa mirándome y sonriendo maliciosamente, inserta la falange entera de un golpe. Protesto por el dolor, pero él comienza rápidamente a alternar sus embestidas en mi coño con los de su dedo en el ano y el dolor da paso a una extraña e intensa excitación. Yo estoy fuera de mí, pero Rafa no lo está menos. La mano libre me agarra del cuello con fuerza, aunque sin ser amenazante, el bombeo se intensifica y yo comienzo a jadear fuerte, hilillos de baba me caen por la barbilla.

Soy un puto animal en celo, al borde del paroxismo y nada me importa, concentrada únicamente en las sensaciones de mi cuerpo  y en Rafa que sale y entra en mí a una velocidad casi imposible, sus manos me aferran y su pelvis choca furiosa contra mi culo con sonoros golpes.

—Joder, joder, Saraaaaahgg….—le escucho gruñir.

Está en el punto de no retorno, su cuerpo comienza a tensarse y su dedo abandona mi culo dejándolo huérfano, me agarra fuerte de las caderas y baja el ritmo flexionando las rodillas intentando penetrarme con mayor intensidad haciendo que le sienta chocar en lo más hondo de mi ser cada vez que me ensarta.

—Joderrrrrrrrr.

Sus palabras se transforman en un gemido ronco, primitivo, gutural, mientras estalla en un orgasmo brutal. Sentir esa potencia animal brotar dentro de mí, invadirme, llenarme, inundarme ardiendo el interior, desencadena también mi orgasmo que se une al suyo entre las convulsiones involuntarias de nuestros cuerpos poseídos por los demonios del deseo. Quedamos unos segundos temblando, carnes ardientes desprovistas de conciencia, fusionadas en un solo ente. Electricidad desbocada chocando contra las paredes de la razón.  Lentamente resbalamos desmadejados hasta quedar arrodillados en suelo de la ducha, entre sacudidas y temblores en unos cuerpos exhaustos.

Permanecemos acoplados y resoplando como bestias tras el coito unos instantes, mientras el agua baila con los fluidos de nuestro encuentro hasta que conseguimos salir de la ducha empapados, casi gateando y logramos envolvernos en unas toallas y alcanzar el diván sobre el que caemos extenuados, comiéndonos a besos, riendo y buscándonos esa suave dulzura de la piel recién follada. El tiempo se ha detenido en ese instante en el que nos encontramos, agotados y sonriendo. Tumbada a horcajadas sobre su cuerpo sigo sintiendo su sexo, ahora laxo, presionar mi vientre mientras le acaricio la cara y me pierdo en su mirada. Me divierto besándole dulcemente y lamiendo sus labios con mi lengua.

De repente, escuchamos un click y un mensaje robótico salido de alguna parte:

Battery low. Please plug device...PIP...PIP...PIIIIIIIIIIIIIIIIIP

Ambos nos miramos, estallando en una sonora carcajada.

Una de las cámaras ha estado grabando todo el rato y se estaba apagando. Su batería está casi tan agotada como nosotros.

—Quizá podamos sacarnos un extra en alguna web porno amateur, Sara. Creo que aún te vas a quedar aquí un rato, tenemos un video interesante para visionar, verdad?. —bromea Rafa.

— Perdone usted, pero si no me equivoco, aún queda lencería en la maleta, señor fotógrafo. —Le replico.

—Y mucha tarde y toda una noche por delante.

—Y días…—musito tímidamente.

—Y días—confirma Rafa— todos los que tú quieras.

Y me abraza, comiéndome de nuevo la boca, con esa inmensa dulzura que sucede tras la tormenta.

****

2 comentarios:

  1. Hola, Korai. Vengo desde tu cuenta de tw, así que me he decidido echarle un ojo a esto. Necesito más tiempo, del que no dispongo, para centrarme más en tus escritos pero poquito a poco me iré pasando.
    Sigue escribiendo, es algo muy bonito y que hace sentir bien.
    No importa si viene poca gente a comentar, tú no te desanimes, sigue adelante... Es tu mundo y siempre llega a alguien.
    Un beso y nos vamos leyendo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchísimas gracias. No voy a dejar de escribir. Disfruto haciéndolo y es, como dices, mi mundo.

      Eliminar