Aerofobia
—Mais, t’es con,
quoi! Tu regardes pas?!
Empapada. Así es como había dejado a la rubia francesa que me increpaba con un más que normal cabreo. La camisa blanca lucía una enorme
mancha de café que la francesita trataba inútilmente de secar con una
servilleta de papel.
—Lo siento…, désolé…sorry….
Me miró enfurecida y, sin mediar palabra, se fue corriendo
hacia el baño de la cafetería.
—Es culpa del madrugón— me dije. Eran las 7 y media de la
mañana, venía de aterrizar en París en vuelo de Madrid y me esperaban algunas
horas de espera en el aeropuerto antes de coger el enlace a Miami. No me
importa madrugar, pero cuando te levantas a la hora en que la gente suele
acostarse, es imposible estar bien despierto y alerta. Francamente, ni la vi a
mi lado cuando me giré en la barra de la cafetería tras pagar mi café.
Decidido a ser cortés, esperé a que saliera del lavabo para
disculparme de nuevo, pero ella salió del aseo aun visiblemente cabreada y pasó
a mi lado sin siquiera mirarme ni darme tiempo a decir nada. Lo cierto es que
la mancha seguía aún allí y sus intentos (vanos, desde luego) de quitarla solo
habían servido para extenderla más y empaparse ahora la camisa de café y agua.
La verdad es que el aspecto de la pobrecilla dejaba mucho que desear. La camisa
se le pegaba al cuerpo, semi—transparentando la ropa interior, que ya de por sí
era bastante transparente, y evidenciaba unos pezoncillos erectos por el frío
contacto de la tela mojada. Todos los hombres se la quedaban mirando
libidinosamente y ella ya no sabía dónde meterse.
—Please, accept
my apologies.—Le pedí sinceramente.
Ella me lanzó una mirada asesina que se tornó en
ligeramente sorprendida al ver que le tendía una bolsa de Zara. Sin decir nada,
cogió la bolsa y sonrió ligeramente al sacar su contenido: una blusa blanca,
parecida a la que ella llevaba.
—Mais…, ce n’est pas nécessaire…Su mirada clara ya no era
de enfado sino de grata sorpresa. Sacó también de la bolsa un foulard en tonos
azules. Benditas tiendas en los aeropuertos.
—Et ça?
—Va perfecto con tus preciosos ojos azules— dije convencido
de que no me entendía.
—Peggo…, no egga nesesagio… — (¡hablaba español!)
—Eh…, bueno, tenía que compensarte el mal rato que te he
hecho pasar. Acéptalo, por favor. Y acepta también que te invite a un café.
—Attends cinq minutes — me dijo mientras salía corriendo a
los aseos.
Y efectivamente en cinco minutos estaba de vuelta, con la
camisa manchada en la mano y la nueva bien pegadita a su cuerpo. Había elegido
lo más parecido que había encontrado a su camisa, era una camisa de algodón
blanca, sin mangas, con un bonito escote en pico cerrado por un par de botones
que coordinaba perfectamente con su minifalda vaquera. Sonriendo, se colgó de
mi brazo, y me miró a los ojos, sonriendo por primera vez:
—Alors, no quiego que me
invites a café, invítame mejog a desayunag que estoy muegta de hambge.
Y así nos dirigimos a la misma cafetería del incidente y la
invité a un buen desayuno. Estuvimos charlando y conociéndonos un poco.
Me contó que trabajaba para una firma francesa de
cosméticos muy conocida, que llevaba una línea de maquillaje que aún no se
había lanzado en EEUU y que le había surgido la oportunidad de trabajar unas
semanas en Miami en el lanzamiento de esa línea. Le había facilitado que le
ofrecieran el puesto el hecho de que hablara español (su padre es español)
puesto que la marca en concreto tenía mucha aceptación en el mercado hispano y
la filial americana prefería que sus colaboradores dominasen tanto el inglés
como el español. Esta oferta era una oportunidad increíble para ella de
demostrar su valía de cara a su jerarquía así como un reto importante para ella
misma, pues no había tenido la oportunidad de vivir en otro país diferente a
Francia hasta el momento.
Por mi parte le conté que yo trabajaba en una cadena
hotelera española y que me dirigía a Miami también para evaluar la gestión de
uno de nuestros hoteles recientemente inaugurados que no estaba dando los
resultados esperados. Me abstuve de comentarle que la cadena hotelera era de mi
propiedad y que me gusta viajar de incógnito a mis hoteles para comprobar que
la atención que el cliente recibe va acorde con las directrices que impongo.
Desayunamos finalmente dos veces porque el avión que nos
llevaría a Miami llevaba un retraso de dos horas respecto a su salida prevista
de París. En ese tiempo nos dio tiempo a charlar de muchas cosas y congeniamos
muy bien.
Mesdames et
messieurs, la sortie du vol AF 3245 de Air France à destination de Miami est
prévue à 14h00 à la porte A31. Merci de vous présenter au control passager deux
heures avant la sortie de l’avion.
—Creo
que deberíamos ir ya hacia al control. En los vuelos a Estados Unidos los
controles son muy pesados y si somos los primeros tardaremos menos. Por cierto,
me llamo Carlos.
—Yo
soy "oggog"— me dijo estampándome un suave beso justo en la comisura
de los labios.
—¿Oggog?
—Mmmh, síi, "Oggog"..., “A” “u” “r” “o” “r”
“e”
—¡Ah!
Aurora! ¿Puedo llamarte Aurora? En francés creo que seré incapaz de
pronunciarlo.
—Clago,
Caglos, llámame Augoga!
Nos
acercamos a la zona de controles y comenzamos el periplo de quitar reloj,
monedas fuera, cinturón, zapatos... En el control chequeaban minuciosamente
todo el equipaje de mano. Aurora pasó delante de mí y al pasar bajo el arco de
control sonó la alarma. Le hicieron colocarse con los brazos abiertos y piernas
separadas y la mujer policía que la cacheó se entretuvo un rato sobeteándola;
primero con el aparatito detector y luego con las manos hasta que averiguó que
lo que sonaba eran los apliques de la falda vaquera. Mientras tanto, yo
disfruté del espectáculo: al separar las piernas para el cacheo, la falda se le
subió justo hasta el borde del trasero mostrando sus bonitas piernas y casi el
inicio de su culo; el magreo de la policía, recorriendo los costados de Aurora
mientras se le bamboleaban ligeramente los pechos y entre sus piernas y
caderas, me resultó hasta sensual al durar algo más de lo que parecería normal.
Al
acabar el chequeo físico, la misma policía procedió a verificar el bolso de
Aurora por el escáner. Algo pareció llamarle la atención ya que lo abrió para
verificarlo de cerca. Tras rebuscar un rato y ante la mirada extrañada de
Aurora, sacó una barra de labios de un bolsito. Aurora enrojeció y comenzó a
explicarle algo que no logré entender. La policía abrió el pintalabios y
accionó un mecanismo que hizo que comenzara a vibrar emitiendo un leve zumbido.
La cara de Aurora era un poema, roja como un tomate. Balbuceó no sé qué
mientras la policía, francamente divertida, le tendía el pequeño vibrador para
que lo guardase de nuevo. Aurora lo guardó rápidamente y miró hacia donde yo
estaba para comprobar si me había enterado de lo ocurrido. Creo que la sonrisa
socarrona de mi cara se lo dejó bien claro.
Pasado
el control, nos dirigimos a la sala de embarque. Aurora no hizo ningún
comentario acerca de lo ocurrido durante la revisión de su bolso y yo,
evidentemente, me abstuve de hacer ninguna broma aunque ganas no me faltaron.
No conocía muchas chicas que llevaran un vibrador en el bolso, ¿pretendería
usarlo en vuelo? Buf, sólo pensarlo me puso cardíaco.
Tanto
Aurora como yo viajábamos en Turista premium, nos separaban algunas filas de
asientos, pero tras negociar con la señora que se sentaba junto a Aurora, logré
que me cambiara el asiento. La señora estaba encantada porque cambiaba de
pasillo a ventanilla y yo más, porque me apetecía mucho más sentarme junto a la
francesita que junto al adolescente regordete que me tocaba por vecino filas
atrás.
Cuando
el avión se puso en movimiento hacía la pista de despegue, Aurora se puso muy
tensa y me cogió fuertemente de la mano. Con apenas un hilillo de voz, me
confesó que le aterraban los aviones, sobretodo el despegue y aterrizaje, pero
que, en vuelo, lograba calmarse siempre que no hubiera turbulencias. Continuó
aferrada a mi mano mientras despegábamos y no la soltó hasta que estuvimos en
el aire, se apagó la señal indicadora y yo logré que la azafata le asegurara
que ya estábamos en velocidad de crucero y que todo estaba en orden. Para
ayudar a calmarla la amable azafata nos invitó a una copita extra de cava.
Ya
relajada y con dos copitas de cava en el cuerpo, seguimos charlando acerca de
tonterías mientras comenzábamos nuestro viaje. Me confesó que hacía al menos 5
años que no hablaba en español y lo tenía un poco oxidado. Lo cierto es que
Aurora hablaba bastante bien, aunque con marcado acento francés que se le iba
suavizando poco a poco a medida que charlábamos. Yo le hablé en mi francés
bastante colegial y ella se rió mucho de mi acento y de mis, vanos, intentos en
decir una frase completa.
—Eso
hay que mejorarlo, Carlos. Yo puedo ayudarte. ¡Te aseguro que mi francés es muy
bueno! ¡Cuando quieras te lo enseño!
Estaba
claro que se refería al idioma, pero el doble sentido de la frase hizo que se
me saliera el cava por la nariz de risa.
—Por
mi cuando quieras y las veces que quieras, Aurora. Como si quieres empezar
ahora mismo. Aunque no sé qué opinaría la azafata…—Le dije con sorna.
Aurora
no entendía por qué me reía tanto e insistía que si quería podíamos ir
practicando durante el vuelo. A pesar de lo jocoso del tema, mi calenturienta
mente imaginaba la remota posibilidad de que lo llevase a cabo (en el sentido
que yo le daba por supuesto), y me resultaba bastante excitante; por supuesto
mi amiguito lo corroboraba dando saltitos dentro de mi pantalón.
Al
final decidí explicarle el motivo de mis risas y le conté que en España “un
francés” significa “una felación” o mamada. Se puso ligeramente colorada y le
entró un ataque de risa al comprender de inmediato el doble sentido de la
conversación que acabábamos de tener.
—¡Ja,
ja, ja, ahora entiendo lo de la azafata, jajaja, no creo que le pareciera muy
bien que te chupara el pene aquí en medio! ¡Eres un pícaro! Claro que querías
practicar, jaja, ¡pervertido!
Me
preguntó si a cambio de enseñarme francés (el idioma) le podía poner al día en
la jerga. “Para no meter la pata”. Le expliqué que la jerga era diferente en
cada país hispanohablante, pero que por supuesto que lo haría. Bromeando, le
pregunté si quería aprender también griego, y rápidamente quiso saber qué era
eso. A lo tonto, le estuve explicando términos sexuales en español a lo que
ella me contestaba explicando cómo se decía en francés. Para explicar algunas
cosas tuve que recurrir a alguna explicación más gráfica lo cual le hacía
enrojecer y le entraba una risita nerviosa, pero disfrutaba tanto como yo de la
conversación. La complicidad había crecido a pasos agigantados y la tensión
sexual iba en aumento. Cada roce con sus manos, cada mirada más sostenida de lo
normal, cada vez que cruzaba y descruzaba las piernas o se colocaba un mechón
de pelo, me ponía cardíaco. Y a ella le debía pasar lo mismo, pues estaba
inquieta en el asiento, no sabía cómo colocarse y no paraba de tocarse el pelo
y de mordisquearse los labios.
Al
rato nos trajeron la comida: un arroz con un pollo más que cuestionable y unos
palitos de zanahoria con mousse de queso. No podía dejar de mirarla mientras se
comía cada trozo de zanahoria: mojaba la punta del palito en la mousse de
queso y la relamía suavemente para luego mordisquear la zanahoria abrazándola
con sus labios. Unté uno de mis dedos con mi mousse de queso y se lo acerqué.
Me miró un poco sorprendida al principio, pero luego sonrió pícaramente y rodeó
mi dedo con sus labios y su lengua se encargó de lamer todo el queso. Mi
corazón iba a mil cuando saqué mi dedo de su boca.
—¿Quieres
más?— Le dije mojando de nuevo mi dedo en el queso.
—No—
dijo cogiendo un trozo de la anaranjada hortaliza de mi plato y mojándola en mi
mousse de queso—Prefiero zanahoria. Mmmh, y la tuya es más grande.
No
supe si era una pregunta para mí o una afirmación acerca de la hortaliza,
porque de repente un fuerte golpe nos hizo saltar. Turbulencias. La cara de
Aurora cambió de repente. Se tensó toda ella y se agarró fuertemente a los
apoyabrazos del asiento. Miraba fijamente a un punto indeterminado delante de
ella y pequeñas gotitas de sudor frío le recorrían el rostro y el cuello.
Intenté calmarla acariciándole suavemente la mano y brazo que tenía cerca de
mí. Giro levemente el rostro e intentó sonreír a modo de agradecimiento, pero
la mueca de terror de su cara indicaba claramente lo mal que lo estaba pasando.
Toda la excitación se me fue al traste, preocupado como estaba por ella. Por
más que pensaba, no se me ocurría cómo tranquilizarla. Simplemente, continué
acariciándola mientras no cesaban las turbulencias. Al poco rato, pasados unos
diez minutos o así, las turbulencias cesaron y ella se destensó un poco. Una
lágrima caía de sus ojos cerrados, señal de que estaba liberando la tensión
acumulada.
La
besé suavemente en la mejilla, ella se giró y volví a besarla suavemente en los
labios. Abrió los ojos, y, como movida por un resorte, se separó bruscamente,
cogió un pequeño neceser de su bolso, se levantó y se fue escopetada hacia el
baño.
Me
quedé un poco sorprendido de la reacción. No sabía si se había molestado
conmigo o si le había surgido alguna necesidad fisiológica. Como tardaba más de
lo normal. Me levanté y me dirigí hacia el baño. Justo al llegar salía ella del
baño y un hombre bastante corpulento que se levantó en ese mismo momento le
hizo tambalearse y se le cayó el neceser desparramando su contenido en el
suelo. Recogí todo para devolvérselo: un paquete de pañuelos, un frasco de
perfume, un colorete, un tubito de algo indefinido….y una barra de labios. Ella
me lo arrebató todo de las manos sonrojándose violentamente y volvió a su
asiento. Me quedé unos instantes de pie asimilando en mi mente lo que acababa
de hacer Aurora y lo que seguramente había hecho minutos antes en el baño. ¿Se
había masturbado?...¡se había masturbado!
Ya
en mi asiento me volví hacia ella. Aurora desviaba mi mirada inquisitoria y
socarrona.
—No
es lo que parece…—masculló entre dientes
—¿No?
—Enfin…,
oui — se sonrojó aún más, y siguió sin atreverse a mirarme— Pero tiene una
explicación.
—No
tienes que explicarme nada, Aurora. Eres mayorcita para hacer lo que te plazca
sin dar cuentas a nadie. Simplemente…, me ha sorprendido.
—Pero…,
quiero que lo sepas—Dijo mirándome a los ojos. Ya no evitaba mi mirada, pero me
miraba seria.
—De
verdad que no importa, no tienes que darme explicaciones…—Quizá estaba ofendida—
—Es
que…, con el tiempo he averiguado que la única manera de aliviar la tensión en
los aviones…, es esa. Es la única manera de dejar mi mente en blanco y olvidar
el mal momento—Bajó avergonzada la cabeza. –Y por eso llevo siempre ese
“pintalabios” conmigo. Me ayuda cuando yo sola no puedo...ya me entiendes.
Claro
que lo entendía. Y mi mente se empeñaba en representarme a Aurora en el
estrecho cubículo del baño, con las bragas por los tobillos, las manos entre
las piernas y con un suave zumbido de fondo. Buf…, buf….
—Y….,
¿se te ha pasado ya la tensión? ¿estás… (carraspeé)… más relajada, digo, mejor?
¿ha funcionado…, ejem?
Me
miró divertida ante mi azoramiento.
—Sí,
creo que sí. Suele funcionar si le pones pilas nuevas.
—No
me refería a eso—creo que me sonrojé yo esa vez.
—Lo
sé, sé lo que querías decir. Gracias por preocuparte de mí. Y gracias…, por el
beso.
Casi
había olvidado que antes la había besado. Aurora me miraba fijamente a los
ojos, su mano derecha me acariciaba suavemente la mejilla y descendió para
acariciar con sus dedos mis labios que yo atrapé y mordisqueé levemente sin
desviar su mirada. Su mano se liberó y me agarró de la nuca para obligarme a
acercarme a ella y, esta vez fue ella la que me besó. Hundió su lengua en mi
boca y recorrió todos sus recovecos. Respondí al beso levantado el apoyabrazos
que nos separaba y cogiéndola por la cintura para acercarla más a mí. Sus
brazos me rodeaban, su respiración bebía de la mía. Mis manos buscaban el
contacto de su carne bajo su camiseta.
Me
separó de ella suavemente, jadeando me puso un dedo en los labios para que no
hablara.
—Shhh,
doucement, cheri.. [despacio]
Me
sonrió, me volvió a besar en los labios y se recostó en mi pecho, deslizando
una mano bajo mi camiseta acariciándome suavemente el pecho. Continué
acariciando sus hombros y sus brazos y jugueteando con la frontera entre su
camiseta y su piel, hasta que sentí su respiración volverse profunda. Se había
dormido. Un dedo travieso siguió jugando cerca del escote de su camiseta y
desabrochó uno de los botones, permitiéndome contemplar una porción más amplia
de su pecho. Aun sabiendo que no estaba bien lo que hacía, la penumbra de la cabina
de pasajeros y la intimidad del momento me lanzaron a separar más la camiseta
del escote y a hurgar bajo la tela del sujetador a la búsqueda del erecto pezón
que marcaba la camiseta. Jugueteé con él unos segundos, acariciando la piel
rugosa y suave y pellizcándolo levemente. Pero hacerlo me excitaba aún más así
que paré y me dejé llevar por un suave sopor.
Nos
despertaron un rato más tarde los carritos de las azafatas con la venta a
bordo. Era ya tarde y nos sirvieron la cena media hora después. Aurora y yo
seguimos charlando animadamente y cada vez los roces y caricias eran más
frecuentes. No nos habíamos vuelto a besar, era como si algo nos lo impidiera,
quizá el hecho de que había aún bastante trajín de azafatas y personas pasillo
arriba y pasillo abajo.
Sobre
las 11 de la noche pusimos una película en la televisión de su asiento, era una
película clásica de Audrey Hepburn, “Desayuno con Diamantes”, pues las otras
que ofertaban eran poco atractivas. La
luz de cabina era muy baja, la mayoría de la gente dormitaba o directamente
dormía a pierna suelta y Aurora y yo disfrutábamos de la película, medio
abrazados entre nuestros asientos.
La
voz de una azafata indico que nos abrocháramos los cinturones porque íbamos a
sobrevolar un área de turbulencias. Aurora
se tensó de inmediato y se incorporó como un resorte en su asiento. Me miró con
cara seria y algo asustada de nuevo.
—¿Aurora,
qué puedo hacer por ti?— murmuré bajito.
—Abrázame,
acaríciame, haz que no piense.., —me susurró.
La
obligué suavemente a girar la cara hacia mi.
—Mírame,
Aurora, no dejes de mirarme, olvida donde estamos.
Me
miró con ojos de cervatillo, y la besé. Primero suavemente y luego de manera
más intensa, poco a poco su lengua comenzó a jugar con la mía y se fue dejando
llevar por mis besos. Las luces de la cabina eran apenas perceptibles, sí ya de
por sí eran tenues por estar casi todo el pasaje dormido, al anunciar
turbulencias las bajaron aún más. Una fina manta cubría nuestras piernas y mi
mano se aventuró bajo ella. Rocé con mis dedos su rodilla y comencé un lento
ascenso por su muslo. Aurora se dejaba hacer, me besaba y su cuerpo se notaba
más relajado. Aun no habíamos sentido ninguna turbulencia. Mi mano había
alcanzado ya el borde de su falda, Aurora, instintivamente, separó un poco las
piernas, y yo aproveché para explorar un poco más arriba. Rocé con los dedos índice
y corazón la piel desnuda que sus braguitas no tapaban. Aurora gimió en mis
labios.
—Levántate
un poco— le pedí entre susurros, y ella, obediente, alzó su culito dejando que
le subiera la falda hasta la cintura.
Sin
separar nuestras bocas, las yemas de mis dedos juguetearon por el camino del
ombligo al inicio de sus braguitas, para posarse sobre su pubis, y bajar,
zigzagueando y ejerciendo pequeñas presiones, sobre la tela. Bajé mis dedos
hasta casi su culito y volví a subirlos, presionando con más fuerza entre los
labios de su, ya hinchado, coñito.
Con
el dedo corazón aparté a un lado la tela que nos empezaba a sobrar a ambos, y
Aurora colaboró separando un poco más las piernas, invitándome a
adentrarme en su intimidad.
Un
golpe nos hizo saltar, y de golpe introduje dos dedos en Aurora que no
reaccionó más que al movimiento de mis dedos dentro de ella, separándose de mis
labios para coger aire y ahogar un gemido. Sus manos buscaban acariciarme bajo
la manta, pero era complicado. La mano que la abrazaba bajó por su espalda para
agarrar fuertemente su culo mientras la otra bombeaba su coñito cada vez más
rápido. El pantalón me apretaba, pero no podía parar, Aurora ahogaba gemidos en
mi boca y se retorcía entre mis brazos como una serpiente. Mi pulgar acariciaba
en círculos su clítoris, y otro dedo más se alojó en su húmedo coñito a la vez
que otra turbulencia sacudía el avión. Aceleré ritmo de mis dedos dentro de
Aurora, hasta que se tensó atrapando mi mano entre sus muslos. No dejé de
comerle la boca ni un segundo, ahogando sus gemidos e intentando que nadie
oyera nada. Justo cuando cayó exhausta en su asiento, volvieron a subir
levemente las luces de cabina y la voz metálica de la azafata anunció que
habíamos pasado la zona de turbulencias.
—Ç'a était..., mon dieu!— masculló Aurora.
—¿Mejor
ahora?
—Buf,
Carlos, así no me importa que haya turbulencias— Murmuró llenándome la cara de
tiernos besos.
Aurora
estaba satisfecha, sin embargo, mi excitación no había bajado y mi polla estaba
a punto de estallar en mi pantalón...
Se
incorporó en el asiento y su mano buscó mi polla bajo la manta.
—¡Mon
dieu! ¿et toi?
—Pues..,
ya ves Aurora como estoy, pero no creo que podamos hacer nada ahora.
—Yo
creo que sí— me miró pícara y se levantó.— Ven al baño en un minuto.
Creo
que nunca sesenta segundos se me han hecho tan largos. Entré en el baño justo
cuando contaba sesenta. Aurora estaba dentro, sin falda, sin bragas y según
cerré el pestillo se giró apoyándose en el estrecho lavabo y ofreciéndome la
maravillosa vista de su culito y su coño expuestos para mí. Pero no estaba allí
para disfrutar del paisaje. Me deshice del pantalón y del boxer en un segundo y
la penetré, era como insertar un cuchillo caliente en mantequilla, Aurora gimió
y le tapé la boca con la mano para que no se oyera. La agarré de la cadera y
comencé a bombear con fuerza. Apenas unos minutos y nos corrimos los dos entre
gemidos ahogados.
Intentamos
recuperar la compostura y salimos del baño. Una azafata nos miró con gesto
reprobador. Entre risillas volvimos a nuestros asientos y nos abrazamos para,
esta vez sí, dormirnos los dos.
Ya
en el aeropuerto, no nos separamos mientras recogíamos las maletas y pasábamos
en control de pasajes. Parecía que demoráramos la despedida adrede. Una señora
nos tomó por recién casados y nos deseó lo mejor en nuestra luna de miel.
Le
propuse ir juntos a los hoteles. Era otra excusa para no separarme de ella.
—Al
hotel Barceló Miami – dijimos de repente los dos.
Nos
miramos sorprendidos. En todo el viaje no se nos había ocurrido preguntarnos ni
una vez en qué hotel nos alojábamos en Miami y resulta que era el mismo..
Sonriendo,
Aurora se acurrucó sobre mí y me susurró al oído:
—¿Sabes?
Creo que ahora sí que voy a poder enseñarte cómo se me da el francés. Y esta
vez no hablo del idioma.
Iba
a ser una estancia en Miami muy educativa.
Ejem... EJEM. Esto lo he leído mientras estaba en el descanso del trabajo y voy a tener que quedarme un ratito sentado más.
ResponderEliminarCada vez me gustan más tus relatos :D
Muchísimas gracias Mentrat. Me alegra mucho leer esas palabras. K.
EliminarMe ha encantado y me has puesto muy cachondo. Me leeré todos tus relatos, eres una crack
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