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viernes, 5 de junio de 2020

Aerofobia


—Mais, t’es con, quoi! Tu regardes pas?!
Empapada. Así es como había dejado a la rubia francesa que me increpaba con un más que normal cabreo. La camisa blanca lucía una enorme mancha de café que la francesita trataba inútilmente de secar con una servilleta de papel.
—Lo siento…, désolé…sorry….
Me miró enfurecida y, sin mediar palabra, se fue corriendo hacia el baño de la cafetería.
—Es culpa del madrugón— me dije. Eran las 7 y media de la mañana, venía de aterrizar en París en vuelo de Madrid y me esperaban algunas horas de espera en el aeropuerto antes de coger el enlace a Miami. No me importa madrugar, pero cuando te levantas a la hora en que la gente suele acostarse, es imposible estar bien despierto y alerta. Francamente, ni la vi a mi lado cuando me giré en la barra de la cafetería tras pagar mi café.
Decidido a ser cortés, esperé a que saliera del lavabo para disculparme de nuevo, pero ella salió del aseo aun visiblemente cabreada y pasó a mi lado sin siquiera mirarme ni darme tiempo a decir nada. Lo cierto es que la mancha seguía aún allí y sus intentos (vanos, desde luego) de quitarla solo habían servido para extenderla más y empaparse ahora la camisa de café y agua. La verdad es que el aspecto de la pobrecilla dejaba mucho que desear. La camisa se le pegaba al cuerpo, semi—transparentando la ropa interior, que ya de por sí era bastante transparente, y evidenciaba unos pezoncillos erectos por el frío contacto de la tela mojada. Todos los hombres se la quedaban mirando libidinosamente y ella ya no sabía dónde meterse.
—Please, accept my apologies.—Le pedí sinceramente.
Ella me lanzó una mirada asesina que se tornó en ligeramente sorprendida al ver que le tendía una bolsa de Zara. Sin decir nada, cogió la bolsa y sonrió ligeramente al sacar su contenido: una blusa blanca, parecida a la que ella llevaba.
—Mais…, ce n’est pas nécessaire…Su mirada clara ya no era de enfado sino de grata sorpresa. Sacó también de la bolsa un foulard en tonos azules. Benditas tiendas en los aeropuertos.
—Et ça?
—Va perfecto con tus preciosos ojos azules— dije convencido de que no me entendía.
—Peggo…, no egga nesesagio… — (¡hablaba español!)
—Eh…, bueno, tenía que compensarte el mal rato que te he hecho pasar. Acéptalo, por favor. Y acepta también que te invite a un café.
—Attends cinq minutes — me dijo mientras salía corriendo a los aseos.
Y efectivamente en cinco minutos estaba de vuelta, con la camisa manchada en la mano y la nueva bien pegadita a su cuerpo. Había elegido lo más parecido que había encontrado a su camisa, era una camisa de algodón blanca, sin mangas, con un bonito escote en pico cerrado por un par de botones que coordinaba perfectamente con su minifalda vaquera. Sonriendo, se colgó de mi brazo, y me miró a los ojos, sonriendo por primera vez:
Alors, no quiego que me invites a café, invítame mejog a desayunag que estoy muegta de hambge.
Y así nos dirigimos a la misma cafetería del incidente y la invité a un buen desayuno. Estuvimos charlando y conociéndonos un poco.
Me contó que trabajaba para una firma francesa de cosméticos muy conocida, que llevaba una línea de maquillaje que aún no se había lanzado en EEUU y que le había surgido la oportunidad de trabajar unas semanas en Miami en el lanzamiento de esa línea. Le había facilitado que le ofrecieran el puesto el hecho de que hablara español (su padre es español) puesto que la marca en concreto tenía mucha aceptación en el mercado hispano y la filial americana prefería que sus colaboradores dominasen tanto el inglés como el español. Esta oferta era una oportunidad increíble para ella de demostrar su valía de cara a su jerarquía así como un reto importante para ella misma, pues no había tenido la oportunidad de vivir en otro país diferente a Francia hasta el momento.
Por mi parte le conté que yo trabajaba en una cadena hotelera española y que me dirigía a Miami también para evaluar la gestión de uno de nuestros hoteles recientemente inaugurados que no estaba dando los resultados esperados. Me abstuve de comentarle que la cadena hotelera era de mi propiedad y que me gusta viajar de incógnito a mis hoteles para comprobar que la atención que el cliente recibe va acorde con las directrices que impongo.
Desayunamos finalmente dos veces porque el avión que nos llevaría a Miami llevaba un retraso de dos horas respecto a su salida prevista de París. En ese tiempo nos dio tiempo a charlar de muchas cosas y congeniamos muy bien.
Mesdames et messieurs, la sortie du vol AF 3245 de Air France à destination de Miami est prévue à 14h00 à la porte A31. Merci de vous présenter au control passager deux heures avant la sortie de l’avion.
—Creo que deberíamos ir ya hacia al control. En los vuelos a Estados Unidos los controles son muy pesados y si somos los primeros tardaremos menos. Por cierto, me llamo Carlos.
—Yo soy "oggog"— me dijo estampándome un suave beso justo en la comisura de los labios.
—¿Oggog?
—Mmmh, síi, "Oggog"..., “A” “u” “r” “o” “r” “e”
—¡Ah! Aurora! ¿Puedo llamarte Aurora? En francés creo que seré incapaz de pronunciarlo.
—Clago, Caglos, llámame Augoga!
Nos acercamos a la zona de controles y comenzamos el periplo de quitar reloj, monedas fuera, cinturón, zapatos... En el control chequeaban minuciosamente todo el equipaje de mano. Aurora pasó delante de mí y al pasar bajo el arco de control sonó la alarma. Le hicieron colocarse con los brazos abiertos y piernas separadas y la mujer policía que la cacheó se entretuvo un rato sobeteándola; primero con el aparatito detector y luego con las manos hasta que averiguó que lo que sonaba eran los apliques de la falda vaquera. Mientras tanto, yo disfruté del espectáculo: al separar las piernas para el cacheo, la falda se le subió justo hasta el borde del trasero mostrando sus bonitas piernas y casi el inicio de su culo; el magreo de la policía, recorriendo los costados de Aurora mientras se le bamboleaban ligeramente los pechos y entre sus piernas y caderas, me resultó hasta sensual al durar algo más de lo que parecería normal.
Al acabar el chequeo físico, la misma policía procedió a verificar el bolso de Aurora por el escáner. Algo pareció llamarle la atención ya que lo abrió para verificarlo de cerca. Tras rebuscar un rato y ante la mirada extrañada de Aurora, sacó una barra de labios de un bolsito. Aurora enrojeció y comenzó a explicarle algo que no logré entender. La policía abrió el pintalabios y accionó un mecanismo que hizo que comenzara a vibrar emitiendo un leve zumbido. La cara de Aurora era un poema, roja como un tomate. Balbuceó no sé qué mientras la policía, francamente divertida, le tendía el pequeño vibrador para que lo guardase de nuevo. Aurora lo guardó rápidamente y miró hacia donde yo estaba para comprobar si me había enterado de lo ocurrido. Creo que la sonrisa socarrona de mi cara se lo dejó bien claro.
Pasado el control, nos dirigimos a la sala de embarque. Aurora no hizo ningún comentario acerca de lo ocurrido durante la revisión de su bolso y yo, evidentemente, me abstuve de hacer ninguna broma aunque ganas no me faltaron. No conocía muchas chicas que llevaran un vibrador en el bolso, ¿pretendería usarlo en vuelo? Buf, sólo pensarlo me puso cardíaco.
Tanto Aurora como yo viajábamos en Turista premium, nos separaban algunas filas de asientos, pero tras negociar con la señora que se sentaba junto a Aurora, logré que me cambiara el asiento. La señora estaba encantada porque cambiaba de pasillo a ventanilla y yo más, porque me apetecía mucho más sentarme junto a la francesita que junto al adolescente regordete que me tocaba por vecino filas atrás.
Cuando el avión se puso en movimiento hacía la pista de despegue, Aurora se puso muy tensa y me cogió fuertemente de la mano. Con apenas un hilillo de voz, me confesó que le aterraban los aviones, sobretodo el despegue y aterrizaje, pero que, en vuelo, lograba calmarse siempre que no hubiera turbulencias. Continuó aferrada a mi mano mientras despegábamos y no la soltó hasta que estuvimos en el aire, se apagó la señal indicadora y yo logré que la azafata le asegurara que ya estábamos en velocidad de crucero y que todo estaba en orden. Para ayudar a calmarla la amable azafata nos invitó a una copita extra de cava.
Ya relajada y con dos copitas de cava en el cuerpo, seguimos charlando acerca de tonterías mientras comenzábamos nuestro viaje. Me confesó que hacía al menos 5 años que no hablaba en español y lo tenía un poco oxidado. Lo cierto es que Aurora hablaba bastante bien, aunque con marcado acento francés que se le iba suavizando poco a poco a medida que charlábamos. Yo le hablé en mi francés bastante colegial y ella se rió mucho de mi acento y de mis, vanos, intentos en decir una frase completa.
—Eso hay que mejorarlo, Carlos. Yo puedo ayudarte. ¡Te aseguro que mi francés es muy bueno! ¡Cuando quieras te lo enseño!
Estaba claro que se refería al idioma, pero el doble sentido de la frase hizo que se me saliera el cava por la nariz de risa.
—Por mi cuando quieras y las veces que quieras, Aurora. Como si quieres empezar ahora mismo. Aunque no sé qué opinaría la azafata…—Le dije con sorna.
Aurora no entendía por qué me reía tanto e insistía que si quería podíamos ir practicando durante el vuelo. A pesar de lo jocoso del tema, mi calenturienta mente imaginaba la remota posibilidad de que lo llevase a cabo (en el sentido que yo le daba por supuesto), y me resultaba bastante excitante; por supuesto mi amiguito lo corroboraba dando saltitos dentro de mi pantalón.
Al final decidí explicarle el motivo de mis risas y le conté que en España “un francés” significa “una felación” o mamada. Se puso ligeramente colorada y le entró un ataque de risa al comprender de inmediato el doble sentido de la conversación que acabábamos de tener.
—¡Ja, ja, ja, ahora entiendo lo de la azafata, jajaja, no creo que le pareciera muy bien que te chupara el pene aquí en medio! ¡Eres un pícaro! Claro que querías practicar, jaja, ¡pervertido!
Me preguntó si a cambio de enseñarme francés (el idioma) le podía poner al día en la jerga. “Para no meter la pata”. Le expliqué que la jerga era diferente en cada país hispanohablante, pero que por supuesto que lo haría. Bromeando, le pregunté si quería aprender también griego, y rápidamente quiso saber qué era eso. A lo tonto, le estuve explicando términos sexuales en español a lo que ella me contestaba explicando cómo se decía en francés. Para explicar algunas cosas tuve que recurrir a alguna explicación más gráfica lo cual le hacía enrojecer y le entraba una risita nerviosa, pero disfrutaba tanto como yo de la conversación. La complicidad había crecido a pasos agigantados y la tensión sexual iba en aumento. Cada roce con sus manos, cada mirada más sostenida de lo normal, cada vez que cruzaba y descruzaba las piernas o se colocaba un mechón de pelo, me ponía cardíaco. Y a ella le debía pasar lo mismo, pues estaba inquieta en el asiento, no sabía cómo colocarse y no paraba de tocarse el pelo y de mordisquearse los labios.
Al rato nos trajeron la comida: un arroz con un pollo más que cuestionable y unos palitos de zanahoria con mousse de queso. No podía dejar de mirarla mientras se comía cada trozo de zanahoria: mojaba la punta del palito en la mousse de queso y la relamía suavemente para luego mordisquear la zanahoria abrazándola con sus labios. Unté uno de mis dedos con mi mousse de queso y se lo acerqué. Me miró un poco sorprendida al principio, pero luego sonrió pícaramente y rodeó mi dedo con sus labios y su lengua se encargó de lamer todo el queso. Mi corazón iba a mil cuando saqué mi dedo de su boca.
—¿Quieres más?— Le dije mojando de nuevo mi dedo en el queso.
—No— dijo cogiendo un trozo de la anaranjada hortaliza de mi plato y mojándola en mi mousse de queso—Prefiero zanahoria. Mmmh, y la tuya es más grande.
No supe si era una pregunta para mí o una afirmación acerca de la hortaliza, porque de repente un fuerte golpe nos hizo saltar. Turbulencias. La cara de Aurora cambió de repente. Se tensó toda ella y se agarró fuertemente a los apoyabrazos del asiento. Miraba fijamente a un punto indeterminado delante de ella y pequeñas gotitas de sudor frío le recorrían el rostro y el cuello. Intenté calmarla acariciándole suavemente la mano y brazo que tenía cerca de mí. Giro levemente el rostro e intentó sonreír a modo de agradecimiento, pero la mueca de terror de su cara indicaba claramente lo mal que lo estaba pasando. Toda la excitación se me fue al traste, preocupado como estaba por ella. Por más que pensaba, no se me ocurría cómo tranquilizarla. Simplemente, continué acariciándola mientras no cesaban las turbulencias. Al poco rato, pasados unos diez minutos o así, las turbulencias cesaron y ella se destensó un poco. Una lágrima caía de sus ojos cerrados, señal de que estaba liberando la tensión acumulada.
La besé suavemente en la mejilla, ella se giró y volví a besarla suavemente en los labios. Abrió los ojos, y, como movida por un resorte, se separó bruscamente, cogió un pequeño neceser de su bolso, se levantó y se fue escopetada hacia el baño.
Me quedé un poco sorprendido de la reacción. No sabía si se había molestado conmigo o si le había surgido alguna necesidad fisiológica. Como tardaba más de lo normal. Me levanté y me dirigí hacia el baño. Justo al llegar salía ella del baño y un hombre bastante corpulento que se levantó en ese mismo momento le hizo tambalearse y se le cayó el neceser desparramando su contenido en el suelo. Recogí todo para devolvérselo: un paquete de pañuelos, un frasco de perfume, un colorete, un tubito de algo indefinido….y una barra de labios. Ella me lo arrebató todo de las manos sonrojándose violentamente y volvió a su asiento. Me quedé unos instantes de pie asimilando en mi mente lo que acababa de hacer Aurora y lo que seguramente había hecho minutos antes en el baño. ¿Se había masturbado?...¡se había masturbado!
Ya en mi asiento me volví hacia ella. Aurora desviaba mi mirada inquisitoria y socarrona.
—No es lo que parece…—masculló entre dientes
—¿No?
—Enfin…, oui — se sonrojó aún más, y siguió sin atreverse a mirarme— Pero tiene una explicación.
—No tienes que explicarme nada, Aurora. Eres mayorcita para hacer lo que te plazca sin dar cuentas a nadie. Simplemente…, me ha sorprendido.
—Pero…, quiero que lo sepas—Dijo mirándome a los ojos. Ya no evitaba mi mirada, pero me miraba seria.
—De verdad que no importa, no tienes que darme explicaciones…—Quizá estaba ofendida—
—Es que…, con el tiempo he averiguado que la única manera de aliviar la tensión en los aviones…, es esa. Es la única manera de dejar mi mente en blanco y olvidar el mal momento—Bajó avergonzada la cabeza. –Y por eso llevo siempre ese “pintalabios” conmigo. Me ayuda cuando yo sola no puedo...ya me entiendes.
Claro que lo entendía. Y mi mente se empeñaba en representarme a Aurora en el estrecho cubículo del baño, con las bragas por los tobillos, las manos entre las piernas y con un suave zumbido de fondo. Buf…, buf….
—Y…., ¿se te ha pasado ya la tensión? ¿estás… (carraspeé)… más relajada, digo, mejor? ¿ha funcionado…, ejem?
Me miró divertida ante mi azoramiento.
—Sí, creo que sí. Suele funcionar si le pones pilas nuevas.
—No me refería a eso—creo que me sonrojé yo esa vez.
—Lo sé, sé lo que querías decir. Gracias por preocuparte de mí. Y gracias…, por el beso.
Casi había olvidado que antes la había besado. Aurora me miraba fijamente a los ojos, su mano derecha me acariciaba suavemente la mejilla y descendió para acariciar con sus dedos mis labios que yo atrapé y mordisqueé levemente sin desviar su mirada. Su mano se liberó y me agarró de la nuca para obligarme a acercarme a ella y, esta vez fue ella la que me besó. Hundió su lengua en mi boca y recorrió todos sus recovecos. Respondí al beso levantado el apoyabrazos que nos separaba y cogiéndola por la cintura para acercarla más a mí. Sus brazos me rodeaban, su respiración bebía de la mía. Mis manos buscaban el contacto de su carne bajo su camiseta.
Me separó de ella suavemente, jadeando me puso un dedo en los labios para que no hablara.
—Shhh, doucement, cheri.. [despacio]
Me sonrió, me volvió a besar en los labios y se recostó en mi pecho, deslizando una mano bajo mi camiseta acariciándome suavemente el pecho. Continué acariciando sus hombros y sus brazos y jugueteando con la frontera entre su camiseta y su piel, hasta que sentí su respiración volverse profunda. Se había dormido. Un dedo travieso siguió jugando cerca del escote de su camiseta y desabrochó uno de los botones, permitiéndome contemplar una porción más amplia de su pecho. Aun sabiendo que no estaba bien lo que hacía, la penumbra de la cabina de pasajeros y la intimidad del momento me lanzaron a separar más la camiseta del escote y a hurgar bajo la tela del sujetador a la búsqueda del erecto pezón que marcaba la camiseta. Jugueteé con él unos segundos, acariciando la piel rugosa y suave y pellizcándolo levemente. Pero hacerlo me excitaba aún más así que paré y me dejé llevar por un suave sopor.
Nos despertaron un rato más tarde los carritos de las azafatas con la venta a bordo. Era ya tarde y nos sirvieron la cena media hora después. Aurora y yo seguimos charlando animadamente y cada vez los roces y caricias eran más frecuentes. No nos habíamos vuelto a besar, era como si algo nos lo impidiera, quizá el hecho de que había aún bastante trajín de azafatas y personas pasillo arriba y pasillo abajo.
Sobre las 11 de la noche pusimos una película en la televisión de su asiento, era una película clásica de Audrey Hepburn, “Desayuno con Diamantes”, pues las otras que ofertaban eran poco atractivas.  La luz de cabina era muy baja, la mayoría de la gente dormitaba o directamente dormía a pierna suelta y Aurora y yo disfrutábamos de la película, medio abrazados entre nuestros asientos.
La voz de una azafata indico que nos abrocháramos los cinturones porque íbamos a sobrevolar un área de turbulencias.  Aurora se tensó de inmediato y se incorporó como un resorte en su asiento. Me miró con cara seria y algo asustada de nuevo.
—¿Aurora, qué puedo hacer por ti?— murmuré bajito.
—Abrázame, acaríciame, haz que no piense.., —me susurró.
La obligué suavemente a girar la cara hacia mi.
—Mírame, Aurora, no dejes de mirarme, olvida donde estamos.
Me miró con ojos de cervatillo, y la besé. Primero suavemente y luego de manera más intensa, poco a poco su lengua comenzó a jugar con la mía y se fue dejando llevar por mis besos. Las luces de la cabina eran apenas perceptibles, sí ya de por sí eran tenues por estar casi todo el pasaje dormido, al anunciar turbulencias las bajaron aún más. Una fina manta cubría nuestras piernas y mi mano se aventuró bajo ella. Rocé con mis dedos su rodilla y comencé un lento ascenso por su muslo. Aurora se dejaba hacer, me besaba y su cuerpo se notaba más relajado. Aun no habíamos sentido ninguna turbulencia. Mi mano había alcanzado ya el borde de su falda, Aurora, instintivamente, separó un poco las piernas, y yo aproveché para explorar un poco más arriba. Rocé con los dedos índice y corazón la piel desnuda que sus braguitas no tapaban. Aurora gimió en mis labios.
—Levántate un poco— le pedí entre susurros, y ella, obediente, alzó su culito dejando que le subiera la falda hasta la cintura.
Sin separar nuestras bocas, las yemas de mis dedos juguetearon por el camino del ombligo al inicio de sus braguitas, para posarse sobre su pubis, y bajar, zigzagueando y ejerciendo pequeñas presiones, sobre la tela. Bajé mis dedos hasta casi su culito y volví a subirlos, presionando con más fuerza entre los labios de su, ya hinchado, coñito.
Con el dedo corazón aparté a un lado la tela que nos empezaba a sobrar a ambos, y Aurora colaboró separando un poco más las piernas, invitándome a adentrarme  en su intimidad.
Un golpe nos hizo saltar, y de golpe introduje dos dedos en Aurora que no reaccionó más que al movimiento de mis dedos dentro de ella, separándose de mis labios para coger aire y ahogar un gemido. Sus manos buscaban acariciarme bajo la manta, pero era complicado. La mano que la abrazaba bajó por su espalda para agarrar fuertemente su culo mientras la otra bombeaba su coñito cada vez más rápido. El pantalón me apretaba, pero no podía parar, Aurora ahogaba gemidos en mi boca y se retorcía entre mis brazos como una serpiente. Mi pulgar acariciaba en círculos su clítoris, y otro dedo más se alojó en su húmedo coñito a la vez que otra turbulencia sacudía el avión. Aceleré ritmo de mis dedos dentro de Aurora, hasta que se tensó atrapando mi mano entre sus muslos. No dejé de comerle la boca ni un segundo, ahogando sus gemidos e intentando que nadie oyera nada. Justo cuando cayó exhausta en su asiento, volvieron a subir levemente las luces de cabina y la voz metálica de la azafata anunció que habíamos pasado la zona de turbulencias.
—Ç'a était..., mon dieu!— masculló Aurora.
—¿Mejor ahora?
—Buf, Carlos, así no me importa que haya turbulencias— Murmuró llenándome la cara de tiernos besos.
Aurora estaba satisfecha, sin embargo, mi excitación no había bajado y mi polla estaba a punto de estallar en mi pantalón...
Se incorporó en el asiento y su mano buscó mi polla bajo la manta.
—¡Mon dieu! ¿et toi?
—Pues.., ya ves Aurora como estoy, pero no creo que podamos hacer nada ahora.
—Yo creo que sí— me miró pícara y se levantó.— Ven al baño en un minuto.
Creo que nunca sesenta segundos se me han hecho tan largos. Entré en el baño justo cuando contaba sesenta. Aurora estaba dentro, sin falda, sin bragas y según cerré el pestillo se giró apoyándose en el estrecho lavabo y ofreciéndome la maravillosa vista de su culito y su coño expuestos para mí. Pero no estaba allí para disfrutar del paisaje. Me deshice del pantalón y del boxer en un segundo y la penetré, era como insertar un cuchillo caliente en mantequilla, Aurora gimió y le tapé la boca con la mano para que no se oyera. La agarré de la cadera y comencé a bombear con fuerza. Apenas unos minutos y nos corrimos los dos entre gemidos ahogados.
Intentamos recuperar la compostura y salimos del baño. Una azafata nos miró con gesto reprobador. Entre risillas volvimos a nuestros asientos y nos abrazamos para, esta vez sí, dormirnos los dos.
Ya en el aeropuerto, no nos separamos mientras recogíamos las maletas y pasábamos en control de pasajes. Parecía que demoráramos la despedida adrede. Una señora nos tomó por recién casados y nos deseó lo mejor en nuestra luna de miel.
Le propuse ir juntos a los hoteles. Era otra excusa para no separarme de ella.
—Al hotel Barceló Miami – dijimos de repente los dos.
Nos miramos sorprendidos. En todo el viaje no se nos había ocurrido preguntarnos ni una vez en qué hotel nos alojábamos en Miami y resulta que era el mismo..
Sonriendo, Aurora se acurrucó sobre mí y me susurró al oído:
—¿Sabes? Creo que ahora sí que voy a poder enseñarte cómo se me da el francés. Y esta vez no hablo del idioma.
Iba a ser una estancia en Miami muy educativa.



3 comentarios:

  1. Ejem... EJEM. Esto lo he leído mientras estaba en el descanso del trabajo y voy a tener que quedarme un ratito sentado más.
    Cada vez me gustan más tus relatos :D

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    1. Muchísimas gracias Mentrat. Me alegra mucho leer esas palabras. K.

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  2. Me ha encantado y me has puesto muy cachondo. Me leeré todos tus relatos, eres una crack

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