Marta y Fran son buenos amigos desde niños. Se lo han contado todo y han compartido todo. ¿Todo? casi...
—Te viene bien entonces, ¿verdad?.
Pues nos vemos a las 8 donde siempre.
“Donde siempre” era en la tienda
de comics. A sus ya buenos 24 años, tanto Marta como Francisco seguían siendo
un poco “frikis” y la única persona que ambos conocieran que compartiera esa
faceta friki era ellos mismos. No se veían muy a menudo, pero entre ellos había
una sólida amistad que no necesitaba llamadas para que, aunque pasaran muchos
meses sin verse ni hablarse, en el momento en que se volvían a ver retomasen su
amistad en el punto de la última vez casi como si fueran compañeros de piso.
Marta y Francisco habían crecido
juntos, fueron al mismo colegio en su barrio a las afueras de Madrid y por su
carácter, quizá por lo diferentes que eran, congeniaron desde pequeños.
Francisco fue siempre un chico tímido e introvertido. Su
padre les había abandonado a él y su madre cuando tenía 8 años y nunca lo llevó
demasiado bien. Quizá por eso le costaba entablar amistades; por miedo a que le
volvieran a abandonar. Además le gustaban cosas que habitualmente no le
gustaban a nadie más. Dibujaba de fábula y le encantaban los comics. Soñaba con
convertirse en el próximo Moebius (si no sabéis quién es, tirad de Wikipedia,
que ya estáis metidos en la red). Además no era demasiado deportista pues era
bastante torpe en cuanto le ponían una pelota en las manos o en los pies, como
no fueran canicas... En fin, que no tenía demasiados amigos cuando llegó al
colegio Marta.
Marta era todo lo contrario,
extrovertida, abierta, simpática, pero también muy soñadora e infantil. Rayaba
a veces en una inocencia tontorrona pues se empeñaba, a sus doce años, en creer
en cosas imposibles: hadas, duendes, magos, dragones y toda clase de
mitologías.
En uno de los talleres de
Historia le tocó trabajar con Fran (que era como todo el mundo llamaba a
Francisco) en un trabajo sobre Egipto. Ella fue la encargada de buscar la
bibliografía y él de dibujar el póster. Marta se quedó maravillada con los
dibujos de Fran y él con los conocimientos de Marta sobre pirámides, dioses,
momias... A partir de ese momento, los dos encontraron una persona con la que
compartir las inquietudes que a nadie más interesaban. Y Fran despertó en Marta
el interés por los comics.
A partir de entonces se
convirtieron en buenos amigos y los años fueron afianzando esa amistad. No es
que fueran inseparables y no se relacionaran con nadie más, no. Pero no
compartían amigos. Ella, más sociable, tenía su grupo de amigas con las que
solía salir de marcha y, de vez cuando, novietes ocasionales que solían
distanciar sus citas con Fran. Él, fue conociendo más gente aficionada al arte
y tenía su grupo de amigos, reducido, eso sí,
y se movía en un mundillo más bohemio.
En el momento en que transcurre
esta historia Fran había acabado la carrera de Arte en la Universidad e
impartía clases de dibujo a niños que compaginaba con su trabajo en el estudio
de un famoso pintor. Marta era ingeniero informático en una empresa de
telecomunicaciones y se ganaba bastante bien la vida. Y seguían viéndose de
cuando en cuando.
En el terreno amoroso, Marta
había tenido un sinfín de novios, novietes o amigos con derechos como ella
prefería llamarles. Ninguno especialmente serio, pero sí bastante variados y
frecuentes. Sin embargo Fran había tenido pocas y muy espaciadas novias. Aunque
nunca, ninguna de ellas le había abandonado, sus relaciones acababan porque era
siempre él el que rompía con ellas y habitualmente ellas lo pasaban bastante
mal. Fran era buen chico y de esos hay pocos, al menos esa era la opinión de
Marta respecto a esas novias despechadas..., qué equivocada estaba..., pero
bueno, no adelantemos acontecimientos.
Marta llegó antes a la cita, como
siempre que quedaban y se puso a cotillear las últimas novedades en cómics
manga. Fran era más de cómic europeo. Marta había quedado con Fran porque no
tenía otros planes, si no es muy probable que la cita la hubieran pospuesto. No
es que no le gustara quedar con Fran, es que sus “otros planes” habitualmente
acababan en la cama de alguna de sus numerosas conquistas y , francamente, un
buen polvo es algo difícil de rechazar. Con Fran la tarde sería muy agradable,
pero de sexo nada y a Marta el sexo le gustaba mucho. Fran, por supuesto, no
tenía otros planes y quedar con Marta era, de hecho, el mejor plan desde hacía semanas.
Fran llegó un poco más tarde,
cerca de las 8 y 20, como siempre corriendo y disculpándose según entró por la
puerta del establecimiento.
—Lo siento, lo siento, lo siento,
el metro iba a tope y además me he dejado el reloj y...
—Fran, déjalo, ya te conozco, no importa—
contestó Marta divertida. Siempre ocurría lo mismo.
—Lo que siento es que ya no nos
da tiempo a coger las entradas de cine y hay una cola enorme y nos vamos a
perder la reposición de la versión extendida de la peli de Kubrick...
—Fran. Calla un poco. Ya tengo
las entradas, vamos bien de tiempo. Hasta puedes echar un vistazo a los comics.
Fran resopló y sonrió.
—Gracias Marta, de veras que la
próxima vez llego yo antes.
—Que sí Fran, no te preocupes.
Venga, invítame tú a las palomitas, ¿vale?
Estuvieron cada uno rebuscando en
las últimas novedades de sus géneros preferidos. Marta, un poco a escondidas,
se compró un comic manga con un cierto toque hentai. No podía evitarlo, esos
pulpos y calamares gigantes le producían un morbo muy, ejem, curioso.
Fran no encontró nada que le
gustase.
La película estuvo bien, se la
sabían ambos de memoria, pero verla en el cine era mil veces mejor que verla en
la tele de casa.
Nada más salir comenzó a
diluviar, era el comienzo del verano y esas tormentas eran frecuentes.
—Tenemos que cambiar los planes
Marta, ¡con esta lluvia no podemos irnos de tapas!
—¿Vamos a tu casa? Está cerca y
de camino nos podemos comprar una pizza. Luego si mejora, nos bajamos a tomar
una copa.
Fran vive en un estudio pequeñito
en pleno centro de la ciudad, no son más de 30 m2 pero para él es suficiente.
Claro que tampoco puede permitirse algo más grande.
Marta se está empapando las
sandalias nuevas por culpa del torrente de agua que cae, y además le chorrea el
pelo.
—Fran, venga, date prisa en
comprar la pizza, ¡me estoy poniendo perdida!
Fran elige la pizza que sabe que
le gusta a Marta, y un bote de helado de yogur que es el que más le gusta a él.
Ya en casa de Fran, Marta se
descalza y se tira al sofá, coge el mando de la tele y se pone a buscar alguna
cosilla que ver. Fran coge un par de cervezas bien frías y guarda el helado en
la nevera.
Marta, repantigada en el sofá ya
ha comenzado a zamparse la pizza ella sola.
—¡Dafte prisza que me laf como
toda yo szola!— le dice con la boca llena.
—Serás caradura! No te la comas
toda que yo traigo un hambre de lobo.
Ente risas y peleas fingidas,
Fran se hace con un trozo de pizza y se recuesta al lado de Marta. La pizza
está rica y las cervezas entran solas. Pasan un rato ignorando la tele y
charlando de tonterías mientras se comen la pizza.
—Anda Fran, sé bueno y trae el
helado, y apaga la luz para que podamos ver mejor la tele, ¿vale?— Marta se
vuelve a poner cómoda en el sofá, la falda vaquera que se ha puesto hoy se le
sube un poco por los muslos, aunque no enseña nada. Fran mira a Marta con
ojillos de cordero degollado (a estas alturas ya os habréis dado cuenta de que
Fran está colado por Marta, ¿verdad?) y, recogiendo los restos de pizza se
dirige a la minicocina apagando en el camino la luz.
Cuando vuelve, Marta está
haciendo zapping de nuevo, Fran se recuesta a su lado.
—Jo, no hay nada
interesante...¡hey!, espera, ¡una peli de piratas! Con lo que me gustan...
En la pantalla se ve la cubierta
de un barco. Sobre ella, una pirata enfundada en un ceñido pantalón negro y un
chaleco del mismo color apretando sus pechos hasta casi hacerlos escapar por el
escote, lucha a brazo partido con un valiente capitán inglés, supercachas, con
camisa blanca desabrochada mostrando un torso esculpido a base de gimnasio y
carente de cualquier clase de vello. Sospechoso. La pirata intenta plantarle
una estocada al capitán con su cuchillo pero este lo evita y logra atraparla
por la muñeca haciendo que suelte el cuchillo y obligándola a arrodillarse.
—¡Suéltame, maldito inglés!
—Ni lo sueñes, pelirroja— La
pirata luce una melena rizada color escarlata hasta la cintura que ondea al
viento, ligeramente recogida por un pañuelo— ¡Esta vez pagarás por tus
fechorías!
—Te advierto que mis hombres me
vengarán si me haces daño y no serán clementes contigo.
El inglés ha logrado atar las
muñecas de la pirata a su espalda y la obliga a mirarle desde su arrodillada
posición sujetándola de la melena.
—No estaba pensando en hacerte
daño precisamente— Dice el capitán inglés mientras corta los cordones que atan
el chaleco de la pirata con el cuchillo de esta, y dos enormes pechos
recauchutados botan al verse liberados. El capitán se frota lentamente el
paquete mientras con su bota acaricia las dos protuberancias coronadas por unos
duros cacahuetes. Se lleva la mano al cinturón, y se desabrocha con increíble
destreza, liberando un enorme pollón, que casi saca un ojo a la pirata.
—Si me la metes en la boca te
morderé.
—Si me muerdes, será lo último
que comas.
La pirata, vencida, abre la boca
dispuesta a devorar ese enorme trozo de carne, y el capitán, sin demasiados
remilgos, se la mete hasta la garganta, usando su melena como agarre para
dirigir la mamada.
La pirata no parece disgustada
pues comienza a sorber y lamer el enorme falo con mucha fruición...
—Pues..., no va a ser Piratas del
Caribe, no...—murmura Marta. Está ligeramente sofocada y se está calentando con
las imágenes de la pantalla. Fran no responde, enfrascado en la mamada que está
prodigando la pirata al capitán. Su mano derecha se mueve frotándose sobre su
entrepierna donde un bulto considerable se marca bajo la tela del vaquero.
Marta le observa tocarse y la imagen le excita aún más. Siempre le ha gustado
ver a los chicos masturbarse.
—Fran, tío..., Hay
confianza,...por mí no te cortes.
Fran la mira de reojo, algo
ruborizado, pero se desabrocha el pantalón e introduce la mano dentro del slip
para tocarse mejor.
Marta le observa, y, aunque no
alcanza a ver nada, sólo imaginarlo hace que sus bragas se encharquen un poco.
En la pantalla el capitán acaba
de bajarle los pantalones a la pirata y la tiene contra el suelo, culo en
pompa, mientras le frota la verga por todos los depilados agujeros. Ella gime y
suplica polla, pero él quiere hacerla sufrir.
Fran se ha envalentonado y ha
sacado su polla del pantalón, a la vista queda para Marta que su amigo tiene
poco que envidiar al maromo de la peli. ¡Menuda herramienta se gasta este
Fran!. Tiene una polla gruesa y medianamente larga que brilla bajo la luz de
los rayos catódicos. Los pezones de Marta se marcan bajo la camiseta blanca.
Está deseando tocárselos, pero no se atreve. Entreabre un poco las piernas dejando
que el aire corra entre ellas y nota cómo hay un lago a punto de desbordarse
por ahí abajo. Fran mira fijamente la tele en donde el capitán se está follando
salvajemente a una pirata muy agradecida y al compás de su mete-saca dirige él
su ñaca-ñaca.
—Flas, flas, flas… Marta está más
concentrada en la polla de Fran y su rítmico vaivén que en la pantalla. Le
gusta cómo suena, le gusta cómo sube y baja la mano por todo el tronco de la
polla y le gusta cómo brilla el glande. ¡Le gusta la polla de Fran! Buf, las
bragas se le están mojando cada vez más. Si…, si se atreviera, le tocaría, le
agarraría la polla con su mano y… Sin embargo, Marta no se atreve. Abre un poco
más las piernas, y apoya los pies en la mesita delante del sofá. La falda se le
sube casi hasta la ingle. Mira de reojo a Fran que parece absorto en la
película, ignorándola. Se envalentona y acerca la mano al borde de la falda, se
desabrocha el botón y, acariciándose el vientre, desciende bajo la falda hasta
el elástico de sus bragas que cede a la intrusión de sus dedos. Se acaricia el
vello del pubis, cerciorándose de que Fran no la ha visto para finalmente
hundir los dedos entre los labios gordezuelos y húmedos de su sexo. Gime
quedamente cuando su dedo corazón entra en contacto con su clítoris, y se
muerde el labio inferior para no gemir de nuevo.
Fran, que no se ha perdido
detalle de la maniobra de su amiga, incrementa el ritmo de sus sacudidas al
escuchar los suaves gemidos que salen de los labios de Marta. También se oye un
ligero chapoteo, apenas perceptible.
—Marta.
Marta se queda paralizada, Fran
la ha pillado. No se atreve a mirarle pero lo hace, con la mano aún enterrada
en sus bragas. Fran está mirándola fijamente, con la mano acariciándose la
polla, pero más suavemente.
—Quítate la falda y las bragas,
Marta.
—Qué…¿qué?
—Me has oído, Marta. Hazlo ya…,
por favor.
Hay algo en la mirada de Fran que
es distinto, y no es sólo deseo. Parece más seguro de sí mismo, más dominante,
e incluso más grande, más alto, más guapo. Fran se pone de pie y su polla se
alza horizontalmente botando frente a los ojos de Marta. Fran se desnuda
totalmente y Marta tiembla. Le tiende la mano.
—No te lo voy a pedir más,
quítate la falda y las bragas.
Marta alza el culito del sofá y
obedece como una autómata, sin dejar de mirar la polla de Fran y su cuerpo sin
un gramo de grasa, quizá no muy musculoso, pero bien proporcionado. Se quita la
falda y se la da a Fran que la tira lejos. Cuando coloca las manos en los
elásticos de las bragas, Fran la interrumpe:
—Espera, te las voy a quitar yo,
coloca tu lindo culito al borde del sofá, Marta.
Fran se arrodilla frente a Marta,
entre sus piernas. Su polla está a pocos centímetros del coñito, aun cubierto
por la tela de las bragas.
—Vaya, qué suerte tiene Mickey—
Marta, por supuesto no había previsto que la noche podría acabar así y se había
puesto unas braguitas con un Mickey Mouse en la parte delantera. Fran junta las
piernas de Marta, toma los lados del elástico de las braguitas de algodón y
tira suavemente de ellos, hasta quitarselas. Marta le mira, tirada en el sofá,
las piernas cerradas, con el coñito expuesto a los ojos de Fran, al menos todo
el monte de venus. Le tiemblan las piernas.
—Qué bien hueles Marta— Fran
hunde su nariz en las recién conquistadas bragas de Marta— Y qué bien debes de
saber. ¿Sabes bien, verdad Marta? ¿O prefieres que lo compruebe?
Fran habla, pero Marta no es
capaz de articular palabra.
—Veo que no me quieres contestar,
eso no me gusta, Marta. Si te pregunto alguna cosa me tienes que contestar, si
te pido que hagas algo, lo has de hacer ¿de acuerdo?
Marta asiente con la cabeza.
Fran se inclina hacia Marta y
coloca su rostro a apenas unos centímetros del de ella.
—No, Marta, no lo has entendido,
preciosa. Me tienes que contestar— Fran saca la lengua y le lame lentamente los
labios, que Marta entreabre, dejándose llevar por ese extraño beso— con esta
boquita, Marta. ¿Lo intentamos de nuevo?.
—Ss…sí.
—Vale, así me gusta. Marta, ¿te
apetece helado?
Sorprendida, Marta le dice que
no.
—Qué, pena…pues a mí sí. Separa
las piernas Martita, pero sepáralas bien que vea ese coñito.
Marta separa las piernas y Fran
observa con deleite todos sus movimientos. Fran, es un chico tímido,
introvertido, callado, pero el sexo es su terreno, pocas lo saben pero todas lo
recuerdan. Sabe llevar a las mujeres a donde él quiere y Marta no se libra de
su embrujo. Coge el bote de helado y tomando una cucharada, la relame
lentamente mirando fijamente a Marta a los ojos.
Marta respira entrecortadamente,
esperando un movimiento de Fran que no llega. Nota cómo los pezones se le ponen
cada vez más duros y le entran ganas de tocarse, pero no se atreve.
Fran desliza la cuchara, fría del
helado, por la parte interna de los muslos de Marta, el dorso de la cuchara acaricia
el monte de venus y desciende hacia la rajita que separa sus piernas. Marta
gime. Fran sonríe. Coge una cucharada de helado y la desliza por los ardientes
labios vaginales, dejando un rastro blanquecino a su paso.
—Marta, ¿sabes cuál es mi postre
favorito?
—…el …mmmh..helado ….de yogur…
mmmh— Gime Marta que se retuerce al frío contacto del helado con su ardiente
cueva.
—No, preciosa, te equivocas….Tu
coñito con helado de yogur. Y según lo dice comienza a lamer despacio los
restos de yogur del coñito de Marta. Alterna lamidas suaves con otras más
fuertes que se introducen, intrusas, en la vagina de Marta. Fran toma
cucharadas de yogur que introduce en el coñito de Marta con la lengua. El frío
del helado dentro de la vagina hace estremecerse a Marta y Fran se encarga de
devorarlo todo. Le lame los labios, los mordisquea, mueve la lengua muy rápido
dentro de ellos o sorbe con fruición el clítoris de la chica. Mientras tanto
Marta no lo puede resistir y se frota los pechos con fuerza, al ritmo de las
lamidas de Fran. Un dedo explorador ha encontrado el orificio trasero de Marta,
que empapado en sus jugos no ofrece resistencia a la invasión. Fran hunde el
dedo en el culito de Marta y comienza a moverlo en círculos. Marta está al
borde del orgasmo y ese dedo lo desencadena. Fran incrementa el ritmo de sus
lamidas y la velocidad del dedo invasor. Marta no aguanta más y estalla en una
serie de espasmos que le hacen levantarse del sofá, tensa, mientras le recorren
el cuerpo varias sacudidas. Fran continúa lamiendo mientras ella se va
calmando, y finalmente se separa, observándola. Marta, con la cabeza ladeada,
respira entrecortadamente, y finalmente abre los ojos. Nota el dedo de Fran aún
alojado en su culito, aunque inmóvil. Y eso la excita de nuevo.
—Efectivamente, Marta, sabes muy
bien. Pero es curioso como este postre cansa a la cocinera, ¿verdad?
Marta sonríe, aunque se
sobresalta cuando Fran mueve el dedo invasor.
—Martita, Martita. Creo que ahora
me debes algo. ¿Sabes lo que es?
Marta le mira, alternativamente a
los ojos y a la polla. Tiene la polla a estallar, grande, hinchada, brillante.
—Sí…, creo que sí.
—¿El qué, preciosa?
—Quieres que…te la chupe.
—Jajaja…, No Martita, aún no,
pero ya llegará. Quiero que te desnudes, Martita y quiero que te acaricies para
mí. Quiero ver cómo te tocas las tetas, cómo te pellizcas los pezones, cómo
hundes los dedos en tu coño y cómo te retuerces de placer en un orgasmo que te
provoques tú misma. Quiero que hagas lo que yo te mande, todo lo que te mande.
¿Estás dispuesta, Marta?— dos son ahora los dedos de Fran que invaden el culito
de Marta y se retuercen haciéndola gemir de nuevo…
—Mmmh, sí, Fran…
—Muy bien, Marta— Los dedos
abandonan súbitamente su cueva, y Fran se sienta enfrente de Marta.— Desnúdate,
enséñame tus tetas, tócatelas.
Marta se pone de pie. Desnuda de
cintura hacia abajo, su rubio coñito aún rezuma jugos del orgasmo reciente; tan
sólo una camiseta blanca y un sujetador la separan de la desnudez total. Se
quita la camiseta, se quita el sujetador. Sus preciosos pechos, no
especialmente generosos, pero sí firmes se bambolean suavemente mientras se
gira para que Fran la disfrute. Se acaricia las tetas, se pellizca los pezones,
como le ha pedido Fran, y le excita mucho hacerlo.
—Arrodíllate en la alfombra,
Marta, con las piernas separadas, que te pueda ver bien, y tócate el coño,
métete dos dedos.
Marta obedece, se arrodilla
frente a Fran, y hunde dos dedos en su chorreante coñito. Los mueve
rápidamente, está de nuevo muy excitada.
—Métete un dedo por el culo,
Martita.
Y Marta obedece de nuevo, hunde
el dedo corazón en su estrecho y virgen culito. Y lo mueve, lo mete, lo
saca…Gime como una loca, le encanta, nunca había hecho algo así, nunca se había
tocado de esa manera, y le gusta…mucho. No se da cuenta de que Fran está de pie
a su lado, de que se está masturbando mientras la observa y de que la punta de
su polla está al alcance de su boca.
—Métetela en la boca, Martita, y
cómemela bien, demuéstrame lo bien que lo haces, pero no te corras, no te corras
o tendré que castigarte, Martita.
Pero Marta no resiste, con la
polla de Fran en su boca, el grado de excitación aumenta y Marta no puede
reprimirse. Fran dirige la mamada suavemente acariciándole la cabeza y ella
chupa, sorbe, muerde, lame ese tronco de carne que invade su boca y se corre en
un sonoro orgasmo.
Fran retira la polla, aún
brillante, grande y dura.
—Ay, Martita, no me has
obedecido….Tendré que castigarte, preciosa.
Marta le mira con los ojos
vidriosos, no sabe qué va a pasar pero no se siente capaz de oponer ninguna
resistencia. Al final y al cabo es Fran, y no es malo.
—Verás, Martita, yo aún no me he
corrido y tú ya lo has hecho dos veces, ¿verdad? No me parece muy justo…Fran le
da la mano a Marta para que se levante y la dirige al sofá, mientras le devora
la boca a besos. La tumba boca abajo y, sujetándola de las caderas, eleva su
culito hasta colocarlo bien en pompa.
—Tenemos dos opciones, Martita: O
bien te follo el coñito o te follo el culito. ¿Qué opción prefieres tú?
—El..el coñito.
—Ya… lo imaginaba, pero…, no
eliges tú, preciosa, no me has obedecido, ¿recuerdas? Mientras habla, Fran se
ha colocado tras Marta y le acaricia las caderas, pasea lentamente la punta del
glande desde el coño de Marta hasta el ano, elevando la excitación así como la
ansiedad de ésta que no sabe qué ocurrirá.
— Mmmh, ambos agujeritos parecen
muy acogedores, Martita.
Fran desliza uno de sus dedos por
los labios vaginales de Marta para finalmente hundírselo dentro, con destreza
localiza el famoso punto G y comienza a estimularlo. Marta reacciona como un
resorte y comienza a gemir como una loca.
—Ooooh, Dios, Fran… no pares,
sigue….
Fran introduce otro dedo en la
vagina de Marta y otro más en su culito. Marta gime, disfrutando de esa doble
penetración. Ya casi no le importa por dónde se la meta Fran
—Fran, por Dios… métemela ya.
Y Fran obedece, retira todos los
dedos y desliza la polla de nuevo por toda la hendidura de Marta para
finalmente ensartársela de golpe en el coño. Comienza entonces un bombeo feroz
dentro del coño de su amiga que vuelve a correrse otra vez nada más ensartarla.
Fran continúa bombeando, Marta llora de placer, la polla de Fran la llena por
completo y enlaza un orgasmo con otro. Fran acelera el ritmo, se acerca al
orgasmo, el coñito suave y mullido de Marta le vuelve loco. De repente saca la
polla del coño de Marta y coloca la punta en la entrada de su ano, aprieta
suavemente y el agujerito, dilatado por la excitación, cede a la presión del
glande. Marta gime, le duele un poco, pero le gusta, le excita. Fran aprieta un
poco más y entran dos centímetros. Marta gime de nuevo, dios, qué gorda la
tiene, no va a entrar. Fran se acaricia la polla que casi en su totalidad está
fuera de Marta. Le gusta mucho su culito, es muy estrecho, pero sabe que si
sigue se va a excitar mucho y se la va a meter de golpe, y eso le hará daño.
Aprieta un poco más y retrocede, aprieta un poco y retrocede.
—Marta, tócate.
Marta obedece y acaricia el
clítoris, se excita más si cabe.
Fran está muy excitado, se le
nubla la vista, se coge la polla y comienza a realizar movimientos circulares
en el culito de Marta, mientras se masturba frenéticamente. Nota como la
tensión le sube desde los testículos y se corre con fuerza dentro del culito de
Marta. Marta se corre con él.
Caen ambos desmadejados en el
sofá, abrazados, devorándose a besos.
—Dios, Fran, ¿cómo no sabía yo
que eras así?
—Así, ¿cómo, Martita?
—No sé, así de…fiera, de
máquina…Ha sido el mejor polvo de mi vida Fran, y tienes, tienes una.., un..,
una…
—En orden, polla, pene, verga,
Martita.
—Eso, joer, que es enorme. ¿Cómo
no me lo habías dicho?
—Bueno, mira, no había surgido el
tema, Martita, qué querías que te contara, que estoy bien dotado y que quería
que me probaras? ¿lo que te quería hacer en la cama, cuánto me apetecía comerte
entera y que me gusta tu culito?
—Jajaja, no, claro…Ahora entiendo
que nunca te haya dejado una chica….
—Bueno, Martita, cualidades
ocultas que tiene uno.
—Buf, y menudas cualidades.
—Creo que te va a apetecer quedar
más a menudo conmigo, ¿verdad, Martita?
—¿Lo dudas, Fran?
—Jaja, pues esto sólo ha sido un
apetitivo, Martita, tengo muchas cosas que enseñarte, preciosa. Y además…, me
queda pendiente tu culito.
—Eso no sé si...
—Podrás, Martita, podrás..., y te
gustará mucho, confía en mí.
En la pantalla, la pirata es
doblemente follada por el capitán inglés y por un soldado, pero ya nadie hace
caso a la película…
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