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viernes, 5 de junio de 2020

Despertares




Desnuda, termino de extenderme el aceite a la luz de una vela. Recorro todo mi cuerpo con mis manos, nutriendo y suavizando cada centímetro de mi piel. Adoro este ritual. Lo repito día tras día desde hace años. En consecuencia mi piel tiene una suavidad envidiable. La tenue luz de la vela me devuelve una imagen de mí misma en el espejo que me gusta observar; dulce y etérea. Me sonrío. Sin más ropa que cubra mi cuerpo que el aroma del suave perfume del aceite, abandono el baño hacia el dormitorio. Los pocos grados de diferencia entre las dos estancias erizan mi piel y endurecen mis pezones. Son unos gamberros con vida propia que se hacen notar en cualquier circunstancia.
En la oscuridad de la noche te oigo respirar, aun profundamente dormido, dulcemente arropado entre las sábanas. Un estridente sonido me sobresalta: ¡tu despertador! Somnoliento extiendes la mano para apagarlo gruñendo entre dientes. Me acerco a ti y me encaramo sobre tu cuerpo, aún medio dormido. Me abrazas suavemente y el tacto de mi piel desnuda y los suaves besos de buenos días que deposito en tu rostro te acaban de despertar. Retiras el edredón que nos hace de barrera y un suave movimiento de tu pelvis me informa de que está despertando otra parte de ti; aquella que, endureciendo por segundos, me saluda entre las piernas. Eso basta para que termine de encenderme. Deslizo la mano entre nuestros cuerpos y libero tu pene, que con saltitos me recibe feliz. No tengo ganas de perder el tiempo y ya llego tarde al trabajo, así que busco mi entrada y te inserto en mi interior. Tu gemido ronco aprueba mis acciones y lo tomo como una invitación. Yo estoy más despierta que tú y con más energía, así que me incorporo para cabalgarte como me gusta. Sigues un poco pasivo y te obligo a agarrar mis pechos. Termino de despertarte cuando mis manos se apoyan en tu pecho y lo arañan. Mis caderas ya llevan un ritmo endiablado y con un gesto me pides que pare. Me abandonas unos segundos para buscar protección, y me sitúo al borde de la cama, de rodillas sobre la misma, esperándote, grupa al aire. Me penetras sin dilación y comenzamos una intensa lucha de placer en la que ninguno perderemos. Hago esfuerzos por no gemir fuerte, reteniendo con ellos mi placer pero acelerando el tuyo que intensifica las embestidas. Te obligo a agarrarme del culo, lo quiero más intenso. Uno, dos, tres. Nos corremos al unísono.  Apenas un segundo para recuperarnos y nos separamos, volviendo a la realidad. Un pico y una segunda ducha fugaz. Me visto. Y hasta la noche que nos volveremos a encontrar en esta misma cama.


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