Siempre me ha gustado practicar algún deporte;
antes practicaba varios (fútbol, tenis, hockey...) de manera asidua, es decir,
varias veces por semana y de manera intensiva. Claro que esto era en la época
de la facultad. Ahora dispongo de mucho menos tiempo libre y cuando encuentro
tiempo para jugar al fútbol o al hockey y, sobretodo, cuando encuentro
compañeros con los que practicar, es en raras y contadas ocasiones. Es cierto
que acudo al gimnasio varias veces por semana, pero no es el mismo tipo de ejercicio.
Por este motivo me lesioné hace 3 semanas.
Surgió la ocasión de echar un partidillo de
hockey sobre hielo entre antiguos compañeros de facultad y no quise perdérmelo.
Lo malo es que no calenté lo suficiente y al poco de salir a la pista me hizo
una entrada uno de los contrincantes que me mandó varios metros por el hielo y
acabé empotrándome contra la valla. A consecuencia de esto me lesioné la
pierna: un leve esguince de tobillo junto con un considerable desgarro de los
aductores (para entendernos, los músculos de la parte interior del muslo). En
el momento vi las estrellas y me acordé de toda la familia de mi contrincante.
Fui al hospital y me mandaron reposo. Tras unos
días en casa en los que el desgarro cicatrizó, el traumatólogo me mandó acudir
a sesiones de fisioterapia para recuperar totalmente la elasticidad y
estructura de los músculos.
Busqué una clínica de fisioterapia cerca de casa
y pedí hora. Nunca imaginé, ni en mis más calenturientos sueños, lo que estas
sesiones de fisioterapia iban a deparar.
El primer día me atendió un traumatólogo que
reevaluó las pruebas que traía del hospital para indicarme la mejor terapia. Me
explicó que lo mejor sería combinar la terapia pasiva con luz infrarroja con
masajes específicos en la zona dañada. Quedé en volver al día siguiente para la
primera sesión.
Puntual, al día siguiente me presenté en la
clínica. Allí la recepcionista me presentó a Alicia, que sería mi
fisioterapeuta. Alicia es una chica joven, de unos 25 o 26 años, pequeñita,
medirá 1,60 más o menos, ni gordita ni delgada (aunque tampoco es fácil saberlo
con esos “pijamas” blancos anchos que llevan los fisios). Tiene un rostro muy
agradable, de facciones suaves y grandes ojos marrones, piel clara y cabello
negro, recogido siempre en una coleta alta.
Me saludó educadamente y me indicó la cabina a
la que debía pasar. Me explicó en qué consistiría el tratamiento:
—Como ya te ha comentado el doctor, nos vamos a
ocupar de tu rehabilitación. Tienes que venir todos los días hasta que te
recuperes totalmente; la constancia es fundamental para ello. Si algún día no
puedes acudir, te ruego que me lo avises con tiempo. Échate en la camilla.—
Clara y directa. Eso me gustó.
Me tumbé en la camilla tal y cómo había venido,
con un chándal y zapatillas de deporte.
—Perdona, debes descalzarte y será mejor que te
quites ese pantalón. ¿no has traído un pantalón corto?
Negué con la cabeza, y la obedecí. Menos mal que
me había puesto unos shorts de tipo bóxer debajo. Me volví a tumbar.
Alicia se acercó arrastrando una gran lámpara
con una bombilla roja que enchufó y acercó a mi muslo. La luz calentaba
bastante.
—Si notas que te quema avisa y la pongo más
suave, ¿vale? Es la lámpara de infrarrojos.
—Sí, te avisaré.
—Vuelvo en 5 o 10 minutos para ver qué tal
vas.
Y salió de la cabina.
Me quedé tumbado en la camilla, la luz roja me
hacía un suave cosquilleo en la piel y el calorcito me adormilaba. Cerré los
ojos y me relajé tanto que se me pasó el tiempo. De repente unas manos suaves
se posaron sobre mi muslo. Abrí los ojos y allí estaba Alicia, acariciando
suavemente mi muslo.
—Tenías que haberme llamado, la luz te ha
quemado un poco.
Es verdad, no me había dado ni cuenta, mi piel
estaba ligeramente enrojecida.
Alicia tomó un bote de crema en sus manos y me
extendió un poco por la zona enrojecida. Tenía unas manos muy suaves y cuidadas
y me gustó mucho la forma de extender la crema, con suaves movimientos casi
sólo con la palma de las manos.
—Hoy no te voy a dar un masaje en profundidad,
sólo quiero tantear la zona para ver en qué condiciones están tus músculos y
ligamentos.
Se dirigió a una mesita y se echó en las manos
un poco de un gel azulado verdoso que olía a hierbas y eucalipto y se volvió
hacia mí.
Comenzó un suave masaje desde mi rodilla
subiendo hacia la ingle en el que alternaba un roce leve con las palmas de las
manos con presiones suaves y más fuertes en determinadas partes que supongo
coincidirían con puntos de unión de los músculos.
Desde el momento en que comenzó el masaje no
despegó sus labios más que para darme órdenes “levanta la pierna” “gira hacia
mí” “vuelve a apoyarla en la camilla”. A pesar de ello, era una maravilla; sus
manos recorrían mi piel como las de una pianista recorren las teclas del
piano. Pasados unos 10 minutos se centró más en la zona cerca de la
ingle, que era donde había tenido el desgarro y que aún me dolía a la presión.
Las primeras presiones me hicieron ver las estrellas, pero no quise parecer
quejica así que me callé. Al cabo de un rato, ya no sentía dolor en absoluto.
Me entretuve en observarla trabajar. Estaba
absolutamente concentraba en lo que hacía. Sus manos recorrían mi muslo de
arriba abajo, con suaves caricias de las palmas o rodando los nudillos a lo
largo de los músculos. Sus manos se centraban casi exclusivamente en la zona
interior del muslo y, de manera casual, me rozaba una y otra vez el pene o los
testículos. Al principio sólo sentí ligeros escalofríos, pero al repetirse esas
caricias casuales empecé a calentarme y más todavía al verla sudar mientras me
masajeaba. Mi pene comenzó a desperezarse y se fue irguiendo poco a poco
dentro de su guarida de tela. Alicia varió la forma de acariciarme y
colocó sus manos en mi pubis.
—A veces el dolor se irradia a esta zona, si te
duele me lo dices.
Una de sus manos continuaba un masaje en la
ingle mientras la otra presionaba la zona del pubis justo al borde del elástico
de mi short. ¡No podía ser que ella no se hubiera dado cuenta de la tienda de
campaña que se había formado ahí! Desde luego, si lo había visto (y yo estaba
seguro de que así era) lo disimulaba fenomenal. Yo miraba extasiado cómo movía
sus manos arriba y abajo, abajo y arriba, con más presión, con menos, con los
dedos, con la palma… sólo que mi mente imaginaba que entre sus dedos se
encontraba mi polla y no mi muslo. Buf, qué malito me estaba poniendo…Porque
uno es educado incluso cuando está más caliente que los monos de zoo, que si
no… No pude evitar imaginarme su cuerpo bajo ese horrible pijama, imaginaba sus
pechos (que no era capaz de saber si eran grandes o pequeños) botando al mover
sus brazos, la imaginaba con un tanguita de algodón azul claro que dejaría al
aire un maravilloso y prieto culito…e imaginaba esos labios sonrosados
relamiéndose mientras sus manos acariciaban mi erección…Buf, qué mala es a
veces la imaginación…
—Bueno, por hoy ya está. Mañana continuaremos.
Nos vemos.
Alicia se separó de la camilla y salió de la
cabina con esas palabras. No fui ni capaz de despedirme. ¿Ya?—pensé— ¿Y ahora
cómo salgo yo de aquí con esta erección? Pues no era cuestión de pelármela ahí
mismo aunque no me faltasen ganas. Me calmé como pude, me vestí intentado
ocultar al máximo lo inocultable y muy dignamente me fui de la clínica. Por
supuesto que al llegar a casa no fui tan mirado y casi de inmediato (la
erección había bajado un poco pero no la calentura) me di un buen autorepaso en
honor a Alicia y sus maravillosas manos.
Los días posteriores no mejoraron las cosas. Sus
masajes se centraban en la misma zona (la zona a tratar, desde luego, pero
también una zona de alto voltaje con ¡peligro de electrocución!). Y las
caricias casuales a mi polla continuaron. Por supuesto ningún día hubo nada más
y todos, absolutamente todos los días al llegar a casa el “tratamiento
domiciliario” era obligatorio. Y lo peor es que mi polla ya se lo sabía y según
entraba por la puerta de la clínica, comenzaba a latiguear dentro de mi slip
anticipando los “mimitos” involuntarios de mi guapa fisioterapeuta. A esas
alturas ya me la había imaginado de todas las formas y haciéndole de todo, pero
su actitud era siempre muy profesional y a veces hasta cortante. Un día que me
traía supercaliente con los roces a mi polla me aventuré a bromear:
—Alicia, con esas manos tan maravillosas voy a
tener que pedirte que me hagas un “completo”.., bueno, un masaje
completo…
Se quedó quieta y me miro muy seria.
—No te equivoques. Yo soy fisioterapeuta
profesional. Si quieres otros masajes, tendrás que acudir a otro tipo de
establecimientos.
Os aseguro que me dejó planchado, ni bromear
podía. Ese día mis expectativas pasaron a cero, aunque no por ello Alicia dejó
de excitarme hasta casi eyacular en seco en cada una de las sesiones.
Lo que sí empezó a incomodarme es encontrarme
con esa tremenda erección casi desde el momento en que entraba por la puerta,
dado lo seria y cortante que había demostrado ser Alicia, por muy buena que
estuviera. Pensé que tenía que hacer algo para remediarlo, pero lo que no sabía
es lo que mi método anticalentura iba a desencadenar…
Esto que ahora os voy a contar ocurrió ayer y
aún ahora no doy crédito a lo que ocurrió.
Llegué a la clínica más temprano que de
costumbre y Alicia estaba ocupada con otro paciente. Pasé al servicio a
refrescarme un poco ya que venía directamente de la oficina y como tenía el
coche en el taller había venido en metro. Cuando me encontraba secándome las
manos, me fijé en las taquillas que se encontraban en una de las paredes y me
acerqué a cotillear un poco. La de Alicia la reconocí enseguida porque dentro
había uno de esos horribles pijamas blancos que olía al gel verde (y a estas
esas alturas, ese gel me pone con sólo olerlo) y una camiseta negra de manga
corta que no pude evitar coger para olisquear. Al cogerla, se cayó algo rosa al
suelo que resultó ser un tanguita cuidadosamente doblado y escondido en los
dobleces de la camiseta. ¡Menudo regalo! Lo acerqué a mi nariz y el suave aroma
a coñito me puso a mil. Mi verga se desperezó de inmediato y me acaricié por
encima del pantalón. Una idea pasó por mi cabeza —¿y por qué no?— pensé. Me
senté en la taza del váter y sin soltar ese tanguita, me hice una buena paja
pensando en mi guapa fisio. “Hoy sí que no se levantará en toda la sesión”
pensé sonriendo mientras me dirigía a la cabina. “A disfrutar del masaje sin
preocupaciones”. Y me tumbé en la camilla en slip como todos los días.
Alicia entró y me saludó con un breve “Hola,
¿qué tal?”, conectó la lámpara roja y se fue durante los 10 minutos de los
infrarrojos. Yo, que me encontraba bastante relajado (algo normal después del
“alivio” de un rato antes), me adormecí plácidamente en la camilla. Al rato
desperté y Alicia estaba ya a mi lado frotándose las manos con el famoso gel
verde. Tengo que comentaros que ayer Alicia no llevaba el pijama blanco, al menos
no completo, supongo que porque era un día de verano algo caluroso. Llevaba los
pantalones, que le quedaban algo caídos (quizá no eran suyos y por eso había
otro pijama en su taquilla) y un top sin mangas de algodón blanco que dejaba
ver los tirantes del sujetador (blanco también) y sobretodo me permitía
contemplar, por primera vez, el contorno de sus pechos (no eran enormes, pero
si algo generosos y bastante erguidos) y la suave curva de su vientre con un
brillantito en el ombligo. Estaba tan buena como yo había imaginado.
Crucé las manos tras la cabeza, preparado a
disfrutar “exclusivamente” de un buen masaje.
Alicia comenzó con su trabajo como todos los
días y yo disfrutaba de cada uno de sus movimientos con la tranquilidad de
saber que no me empalmaría. Las manos de Alicia recorrían mi muslo como
siempre, alternando movimientos y presiones en las distintas partes de mi
muslo. Y por supuesto, no faltaron los accidentales roces a mi polla que no
causaban el menor efecto (bueno, un suave cosquilleo, pero poco más). Al cabo
de un rato observé que a Alicia le había cambiado la expresión. Estaba tan
seria como siempre, algo acalorada por el esfuerzo pero su cara mostraba un
gesto extraño, yo diría que estaba.., sí, ¿enfadada?, definitivamente, parecía
molesta por algo.
—Hoy no me has saludado— dijo Alicia
—Claro que sí, nada más entrar—repuse.
—¿Ya no te gusto?
Me sorprendió la pregunta e iba a contestar
cuando ella continuó hablando.
—Sí, eso debe ser, ya no te gusto y por eso hoy
no me saludas.
Era muy extraño, no parecía estar hablando
conmigo ya que ni me miraba…, sólo miraba…, mi paquete.
—¿Te ha pasado algo?¿Hay otra? Quizá él te haya
hecho algo.
Me miró, y con su habitual gesto serio me
preguntó.
—¿Qué le has hecho para que no me salude?
—¿Perdona?
—Mira, todos los días me saluda y se mantiene
erguida sólo para mí. Excepto hoy. ¿Qué has hecho?
Se refería a mi polla. ¡A quien hablaba era a mi
polla! Me sentí como si me pillaran en una falta.
—Yo bueno…, antes de entrar, pues, me he tocado
un poco… —Os aseguro que me avergonzaba reconocérselo, ¡coño! que la tía me
imponía, era algo alucinante.
—Así que es eso. Bueno, bonita, eso no es algo
que Alicia no pueda arreglar.
Ya estábamos, otra vez hablando con mi polla.
Colocó sus manos a ambos lados del elástico y me
bajó el slip hasta los tobillos. En otras circunstancias me hubiera encantado,
pero me sentía cohibido, os lo juro. Mi pene estaba ahí, ligeramente morcillón,
pero nada para impresionar; no era el espectáculo que yo querría mostrarle.
Claro que mi opinión importaba un pimiento como pude comprobar después.
Acercó sus dedos a mi pubis y los enroscó en mis
rizos, lentamente enmarcó mi sexo con sus manos y jugueteó con sus uñas
alrededor de la zona sin llegar a tocar directamente ni mi polla ni mis
testículos. Y por supuesto, seguía hablándole a mi polla:
—Deberías fiarte de mí, no tienes por qué estar
asustada. Me gustas mucho, ¿sabes? Desde el primer día. Y estaba deseando verte
por fin. Estoy segura de que vas a ser buena y portarte como debes. Si lo
haces, Alicia será muy buena contigo…
—Glups— ese era yo tragando saliva, mientras
veía cómo se inclinaba cada vez más hacia mi (¿su?) polla.
—…¿Sabes? Alicia quiere que te pongas durita,
Alicia tiene ganas de ti.
Joder, esta tía igual estaba un poco loca,
menuda manía con mi polla, pero sus palabras comenzaban a hacer efecto. Mi
polla empezaba a elevarse en respuesta a tantos halagos e incluso una gotita
brillaba en su punta. Alicia, muy concentrada y con la cara a apenas diez
centímetros de mi polla, me acariciaba los testículos con maestría. Me obligó a
separar las pierna ligeramente y me acariciaba desde el periné hasta los
huevos, deleitándose en ellos con suaves pellizquitos (en absoluto molestos) y
caricias con ambas manos. Los sopesaba, rozaba uno contra otro, los estrujaba
suavemente y acariciaba con ansia. Mi polla recibía caricias de refilón, y le
gustaba; poco a poco iba recuperando firmeza.
—Qué suaves son tus amiguitos –se refería a mis
huevos – seguro que también huelen fenomenal...
Dicho y hecho hundió su naricilla entre mis
piernas haciendo que mi pene botase de la impresión y chocara contra sus labios
dejando en ellos la gotita brillante que antes lucía en la punta.
Alicia se incorporó ligeramente sorprendida por
el imprevisto “beso” pero se sonrió y relamió los labios.
—Así me gusta, con iniciativa propia, ¿quieres
más besitos, verdad? Es eso. Pues tendrás que esperar un poco, aún no te lo has
ganado.
Puf, puf, puf, estaba cardíaco. Mientras se
relamía los labios saboreando la gotita preseminal que, involuntariamente, mi
polla le había regalado, observé cómo sus pezones se endurecían y se marcaban
desafiantes debajo de la tela de su top. Me moría de ganas de atraparlos con
mis dedos y más aún de devorarlos con mi boca. Alicia seguía acariciando mis
testículos, pero con más intensidad que antes y una de sus manos rodeaba la
base de mi pene que, ya totalmente erecto, parecía pedir más guerra. Abandonó
las caricias hueviles para dedicar toda su atención a mi pene. Para ello me
hizo separar más aún las piernas que quedaron colgando a ambos lados de la
camilla (una posición bastante poco sexy, pero me daba igual). Alicia no me
miraba, ni una sola vez se dirigió a mí ni me dedicó una mirada, ni tan si
quiera de soslayo mientras se deshacía de los horrorosos pantalones blancos.
—¿Te gusta lo que ves?—Le decía a mi polla,
mientras me mostraba su firme culo apenas cubierto por un tanguita de algodón
blanco— Pues hay más...
Y diciendo eso se quitó el top quedándose sólo
con el sujetador y el tanguita, ambos blancos de algodón. Sus tetas eran
preciosas, firmes con unos pezones muy marcados que adivinaba deliciosos. Se
agachó un poco ofreciéndome una maravillosa vista de su trasero, mientras
manipulaba algún tipo de mecanismo que bajó la camilla unos 20 o 30
centímetros, hasta que mis pies tocaron el suelo; se colocó de nuevo a un lado
de la camilla y encaramó una rodilla sobre la camilla. Cogió mi polla de nuevo
entre sus manos y, ahora ¡por fin!, comenzó a moverlas arriba y abajo a lo
largo de todo el tronco.
No pude evitar incorporarme sobre mis codos para
observar mejor su trabajo. Si era buena con los masajes profesionales no podéis
imaginar lo bien que me masturbaba. Mi polla aparecía y desaparecía entre sus
dedos a ritmos alternos y mis huevos no quedaban olvidados pues recibían
también su buena dosis de magreo.
—Te vas portando bien, así me gusta, creo que te
daré un pequeño premio.
Alicia se incorporó y llevando sus manos a la
espalda se desabrochó el sujetador dejando libres sus dos increíbles mamas. Tan
preciosas y erguidas como imaginaba. Tiró el sujetador al suelo y se llevó las
manos a sus pechos que estrujó con fuerza juntándolos para luego dejarlos caer.
El vaivén de sus tetas me volvía loco y deseaba estrujarlas yo entre mis manos.
Alicia seguía sin prestarme la más mínima
atención, yo no existía, así que lógicamente no era consciente de la cara de
desesperación con la que la miraba mientras ella se inclinaba hacia mi polla y
dejaba que sus pezones la rozaran una y otra vez. Alicia gemía suavemente en
cada roce de polla con pezones y así, suavemente, también gemía yo.
Tan embelesado estaba observando y disfrutando
las caricias de sus pechos que no me había fijado en que una de sus manos se
había ocultado entre sus piernas, hasta que un suave sonido de chapoteo me
llamó la atención. Desde mi posición el tanga ocultaba parcialmente su mano,
pero podía ver cómo sus dedos se movían despacio dentro del tanga. La fina
tela, debía resultarle molesta ya que con un movimiento rápido la dejó a un
lado, permitiéndome observar en detalle cómo se masturbaba. Me tenía super
caliente. Además había retomado las caricias en mi pene y su boca se acercaba peligrosamente
al extremo de mi polla. Sin avisar, la engulló de un bocado ¡qué ansia!.
Comenzó a sorberme con fruición, con deleite.
Lamía y chupaba. Chupaba. Sorbía. La mano libre me acariciaba el tronco cuando
sus labios me abandonaban para luego volver a devorarme. Y sus dedos aparecían
y desaparecían cada vez más rápido dentro y fuera de su coñito. Tenía su culo
al alcance de mi mano, pero…, no me atrevía a tocarla. Estaba seguro que, de
hacerlo, la magia de ese momento se rompería y echaría todo a perder.
Interrumpiendo lo que fuera que fuese a pasar después. Así que me abstuve de
tocar nada y seguí disfrutando del espectáculo y de su magnífica mamada.
De repente dejó de comerme y de un brinco se
encaramó a la camilla. En cuclillas y con una pierna a cada lado de mi cuerpo,
dándome la espalda. Apoyando una mano en la camilla, con la otra se apartó el
tanga, dejándome ver su prieto culito y los hinchados labios de su sexo,
jugosos y húmedos. Despacio, muy despacio, fue descendiendo su cuerpo, mientras
con la mano dirigía la punta de mi polla a la entrada de su sexo. Me engulló
despacio, haciéndome disfrutar (o más bien a mi polla) de cada milímetro que
entraba en ella. Cuando me hubo ensartado completamente, se quedó quieta unos
segundos, resoplando y masajeándome la polla con yo qué sé que músculos que
tuviera dentro, pues no se movía. Cogió aire, y comenzó a cabalgarme con
violencia, gimiendo, contoneando el culo, moviéndose en círculos, hacia delante
y hacia atrás, arriba y abajo. Era una locura. Era una diosa. Una diosa
sedienta de polla y sexo que me usaba para su disfrute. Se movía con absoluta
maestría. Me cabalgaba sin descanso. Y mi polla entraba y salía de ella a un
ritmo endiablado. Yo estaba a punto de explotar, no podía más y pareció que se
daba cuenta pues intensificó sus movimientos sobre mí. Me cabalgó con más
fuerza aún, haciéndome salir casi totalmente de ella para entrar de golpe, y a
la tercera de estas embestidas no pude más. Me tensé. Y con un grito ahogado me
corrí dentro de ella, quien, a su vez, se corrió salvajemente sin dejar de
cabalgarme. Cayó desmadejada sobre mis piernas…, pero eso solo duró medio
minuto. Como por un resorte, se levantó, y sin decir nada, y ni siquiera
mirarme, pero sin evidenciar ningún tipo de vergüenza, se colocó los pantalones
y el top. Bajó la cabeza para depositar un tierno beso en la punta de mi polla.
—Sabía que te portarías así.— Le dijo, por
supuesto, a mi polla.
—Alicia…
Se giró como siendo consciente de repente de que
yo estaba también ahí.
—Yo…—Musité.
—Calla. Esto no va contigo. Y no te hagas
ilusiones de nada. Esto no se va a repetir.
Y con esas palabras, salió de la sala,
dejándome, en pelotas y despatarrado sobre la camilla, con la palabra en la
boca y totalmente pasmado con lo que había ocurrido. Como pude, me limpié y
vestí y me fui de la clínica con el rabo entre las piernas. Literalmente.
Y…., aquí llegamos al día de hoy. Me encuentro a
una manzana de la clínica. Sin saber qué hacer, con mi polla rememorando el
polvazo de ayer pegando latigazos dentro de mi pantalón, pidiendo guerra…,
empujándome a entrar en la clínica… Pero yo no me atrevo, tengo una
sensación de vergüenza terrible, de pudor, me siento herido en mi orgullo y
hombría. Y me encuentro sin saber qué hacer. ¿Entro en la clínica? ¿No entro?
¿Me busco otro fisio? ¿Me la pelo?
…¡¡¿Qué hago?!!...
Definitivamente se lo folló. Joder con Alicia. Esto... Me duele aquí...
ResponderEliminarTan excitante como desconcertante.
ResponderEliminarYpr