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viernes, 5 de junio de 2020

Sesiones de fisioterapia


Siempre me ha gustado practicar algún deporte; antes practicaba varios (fútbol, tenis, hockey...) de manera asidua, es decir, varias veces por semana y de manera intensiva. Claro que esto era en la época de la facultad. Ahora dispongo de mucho menos tiempo libre y cuando encuentro tiempo para jugar al fútbol o al hockey y, sobretodo, cuando encuentro compañeros con los que practicar, es en raras y contadas ocasiones. Es cierto que acudo al gimnasio varias veces por semana, pero no es el mismo tipo de ejercicio.
Por este motivo me lesioné hace 3 semanas.
Surgió la ocasión de echar un partidillo de hockey sobre hielo entre antiguos compañeros de facultad y no quise perdérmelo. Lo malo es que no calenté lo suficiente y al poco de salir a la pista me hizo una entrada uno de los contrincantes que me mandó varios metros por el hielo y acabé empotrándome contra la valla.  A consecuencia de esto me lesioné la pierna: un leve esguince de tobillo junto con un considerable desgarro de los aductores (para entendernos, los músculos de la parte interior del muslo). En el momento vi las estrellas y me acordé de toda la familia de mi contrincante.
Fui al hospital y me mandaron reposo. Tras unos días en casa en los que el desgarro cicatrizó, el traumatólogo me mandó acudir a sesiones de fisioterapia para recuperar totalmente la elasticidad y estructura de los músculos.
Busqué una clínica de fisioterapia cerca de casa y pedí hora. Nunca imaginé, ni en mis más calenturientos sueños, lo que estas sesiones de fisioterapia iban a deparar.
El primer día me atendió un traumatólogo que reevaluó las pruebas que traía del hospital para indicarme la mejor terapia. Me explicó que lo mejor sería combinar la terapia pasiva con luz infrarroja con masajes específicos en la zona dañada. Quedé en volver al día siguiente para la primera sesión.
Puntual, al día siguiente me presenté en la clínica. Allí la recepcionista me presentó a Alicia, que sería mi fisioterapeuta. Alicia es una chica joven, de unos 25 o 26 años, pequeñita, medirá 1,60 más o menos, ni gordita ni delgada (aunque tampoco es fácil saberlo con esos “pijamas” blancos anchos que llevan los fisios). Tiene un rostro muy agradable, de facciones suaves y grandes ojos marrones, piel clara y cabello negro, recogido siempre en una coleta alta.
Me saludó educadamente y me indicó la cabina a la que debía pasar. Me explicó en qué consistiría el tratamiento:
—Como ya te ha comentado el doctor, nos vamos a ocupar de tu rehabilitación. Tienes que venir todos los días hasta que te recuperes totalmente; la constancia es fundamental para ello. Si algún día no puedes acudir, te ruego que me lo avises con tiempo. Échate en la camilla.— Clara y directa. Eso me gustó.
Me tumbé en la camilla tal y cómo había venido, con un chándal y zapatillas de deporte.
—Perdona, debes descalzarte y será mejor que te quites ese pantalón. ¿no has traído un pantalón corto?
Negué con la cabeza, y la obedecí. Menos mal que me había puesto unos shorts de tipo bóxer debajo. Me volví a tumbar.
Alicia se acercó arrastrando una gran lámpara con una bombilla roja que enchufó y acercó a mi muslo. La luz calentaba bastante.
—Si notas que te quema avisa y la pongo más suave, ¿vale? Es la lámpara de infrarrojos.
—Sí, te avisaré.
—Vuelvo en 5 o 10  minutos para ver qué tal vas.
Y salió de la cabina.
Me quedé tumbado en la camilla, la luz roja me hacía un suave cosquilleo en la piel y el calorcito me adormilaba. Cerré los ojos y me relajé tanto que se me pasó el tiempo. De repente unas manos suaves se posaron sobre mi muslo. Abrí los ojos y allí estaba Alicia, acariciando suavemente mi muslo.
—Tenías que haberme llamado, la luz te ha quemado un poco.
Es verdad, no me había dado ni cuenta, mi piel estaba ligeramente enrojecida.
Alicia tomó un bote de crema en sus manos y me extendió un poco por la zona enrojecida. Tenía unas manos muy suaves y cuidadas y me gustó mucho la forma de extender la crema, con suaves movimientos casi sólo con la palma de las manos.
—Hoy no te voy a dar un masaje en profundidad, sólo quiero tantear la zona para ver en qué condiciones están tus músculos y ligamentos.
Se dirigió a una mesita y se echó en las manos un poco de un gel azulado verdoso que olía a hierbas y eucalipto y se volvió hacia mí.
Comenzó un suave masaje desde mi rodilla subiendo hacia la ingle en el que alternaba un roce leve con las palmas de las manos con presiones suaves y más fuertes en determinadas partes que supongo coincidirían con puntos de unión de los músculos.
Desde el momento en que comenzó el masaje no despegó sus labios más que para darme órdenes “levanta la pierna” “gira hacia mí” “vuelve a apoyarla en la camilla”. A pesar de ello, era una maravilla; sus manos recorrían mi piel como las de una pianista recorren las teclas del piano.  Pasados unos 10 minutos se centró más en la zona cerca de la ingle, que era donde había tenido el desgarro y que aún me dolía a la presión. Las primeras presiones me hicieron ver las estrellas, pero no quise parecer quejica así que me callé. Al cabo de un rato, ya no sentía dolor en absoluto.
Me entretuve en observarla trabajar. Estaba absolutamente concentraba en lo que hacía. Sus manos recorrían mi muslo de arriba abajo, con suaves caricias de las palmas o rodando los nudillos a lo largo de los músculos. Sus manos se centraban casi exclusivamente en la zona interior del muslo y, de manera casual, me rozaba una y otra vez el pene o los testículos. Al principio sólo sentí ligeros escalofríos, pero al repetirse esas caricias casuales empecé a calentarme y más todavía al verla sudar mientras me masajeaba.  Mi pene comenzó a desperezarse y se fue irguiendo poco a poco dentro de su guarida de tela.  Alicia varió la forma de acariciarme y colocó sus manos en mi pubis.
—A veces el dolor se irradia a esta zona, si te duele me lo dices.
Una de sus manos continuaba un masaje en la ingle mientras la otra presionaba la zona del pubis justo al borde del elástico de mi short. ¡No podía ser que ella no se hubiera dado cuenta de la tienda de campaña que se había formado ahí! Desde luego, si lo había visto (y yo estaba seguro de que así era) lo disimulaba fenomenal. Yo miraba extasiado cómo movía sus manos arriba y abajo, abajo y arriba, con más presión, con menos, con los dedos, con la palma… sólo que mi mente imaginaba que entre sus dedos se encontraba mi polla y no mi muslo. Buf, qué malito me estaba poniendo…Porque uno es educado incluso cuando está más caliente que los monos de zoo, que si no… No pude evitar imaginarme su cuerpo bajo ese horrible pijama, imaginaba sus pechos (que no era capaz de saber si eran grandes o pequeños) botando al mover sus brazos, la imaginaba con un tanguita de algodón azul claro que dejaría al aire un maravilloso y prieto culito…e imaginaba esos labios sonrosados relamiéndose mientras sus manos acariciaban mi erección…Buf, qué mala es a veces la imaginación…
—Bueno, por hoy ya está. Mañana continuaremos. Nos vemos.
Alicia se separó de la camilla y salió de la cabina con esas palabras. No fui ni capaz de despedirme. ¿Ya?—pensé— ¿Y ahora cómo salgo yo de aquí con esta erección? Pues no era cuestión de pelármela ahí mismo aunque no me faltasen ganas. Me calmé como pude, me vestí intentado ocultar al máximo lo inocultable y muy dignamente me fui de la clínica. Por supuesto que al llegar a casa no fui tan mirado y casi de inmediato (la erección había bajado un poco pero no la calentura) me di un buen autorepaso en honor a Alicia y sus maravillosas manos.
Los días posteriores no mejoraron las cosas. Sus masajes se centraban en la misma zona (la zona a tratar, desde luego, pero también una zona de alto voltaje con ¡peligro de electrocución!). Y las caricias casuales a mi polla continuaron. Por supuesto ningún día hubo nada más y todos, absolutamente todos los días al llegar a casa el “tratamiento domiciliario” era obligatorio. Y lo peor es que mi polla ya se lo sabía y según entraba por la puerta de la clínica, comenzaba a latiguear dentro de mi slip anticipando los “mimitos” involuntarios de mi guapa fisioterapeuta. A esas alturas ya me la había imaginado de todas las formas y haciéndole de todo, pero su actitud era siempre muy profesional y a veces hasta cortante. Un día que me traía supercaliente con los roces a mi polla me aventuré a bromear:
—Alicia, con esas manos tan maravillosas voy a tener que pedirte que me hagas un “completo”.., bueno,  un masaje completo…
Se quedó quieta y me miro muy seria.
—No te equivoques. Yo soy fisioterapeuta profesional. Si quieres otros masajes, tendrás que acudir a otro tipo de establecimientos.
Os aseguro que me dejó planchado, ni bromear podía. Ese día mis expectativas pasaron a cero, aunque no por ello Alicia dejó de excitarme hasta casi eyacular en seco en cada una de las sesiones.
Lo que sí empezó a incomodarme es encontrarme con esa tremenda erección casi desde el momento en que entraba por la puerta, dado lo seria y cortante que había demostrado ser Alicia, por muy buena que estuviera. Pensé que tenía que hacer algo para remediarlo, pero lo que no sabía es lo que mi método anticalentura iba a desencadenar…
Esto que ahora os voy a contar ocurrió ayer y aún ahora no doy crédito a lo que ocurrió.
Llegué a la clínica más temprano que de costumbre y Alicia estaba ocupada con otro paciente. Pasé al servicio a refrescarme un poco ya que venía directamente de la oficina y como tenía el coche en el taller había venido en metro. Cuando me encontraba secándome las manos, me fijé en las taquillas que se encontraban en una de las paredes y me acerqué a cotillear un poco. La de Alicia la reconocí enseguida porque dentro había uno de esos horribles pijamas blancos que olía al gel verde (y a estas esas alturas, ese gel me pone con sólo olerlo) y una camiseta negra de manga corta que no pude evitar coger para olisquear. Al cogerla, se cayó algo rosa al suelo que resultó ser un tanguita cuidadosamente doblado y escondido en los dobleces de la camiseta. ¡Menudo regalo! Lo acerqué a mi nariz y el suave aroma a coñito me puso a mil. Mi verga se desperezó de inmediato y me acaricié por encima del pantalón. Una idea pasó por mi cabeza —¿y por qué no?— pensé. Me senté en la taza del váter y sin soltar ese tanguita, me hice una buena paja pensando en mi guapa fisio. “Hoy sí que no se levantará en toda la sesión” pensé sonriendo mientras me dirigía a la cabina. “A disfrutar del masaje sin preocupaciones”. Y me tumbé en la camilla en slip como todos los días.
Alicia entró y me saludó con un breve “Hola, ¿qué tal?”, conectó la lámpara roja y se fue durante los 10 minutos de los infrarrojos. Yo, que me encontraba bastante relajado (algo normal después del “alivio” de un rato antes), me adormecí plácidamente en la camilla. Al rato desperté y Alicia estaba ya a mi lado frotándose las manos con el famoso gel verde. Tengo que comentaros que ayer Alicia no llevaba el pijama blanco, al menos no completo, supongo que porque era un día de verano algo caluroso. Llevaba los pantalones, que le quedaban algo caídos (quizá no eran suyos y por eso había otro pijama en su taquilla) y un top sin mangas de algodón blanco que dejaba ver los tirantes del sujetador (blanco también) y sobretodo me permitía contemplar, por primera vez, el contorno de sus pechos (no eran enormes, pero si algo generosos y bastante erguidos) y la suave curva de su vientre con un brillantito en el ombligo. Estaba tan buena como yo había imaginado.
Crucé las manos tras la cabeza, preparado a disfrutar “exclusivamente” de un buen masaje. 
Alicia comenzó con su trabajo como todos los días y yo disfrutaba de cada uno de sus movimientos con la tranquilidad de saber que no me empalmaría. Las manos de Alicia recorrían mi muslo como siempre, alternando movimientos y presiones en las distintas partes de mi muslo. Y por supuesto, no faltaron los accidentales roces a mi polla que no causaban el menor efecto (bueno, un suave cosquilleo, pero poco más). Al cabo de un rato observé que a Alicia le había cambiado la expresión. Estaba tan seria como siempre, algo acalorada por el esfuerzo pero su cara mostraba un gesto extraño, yo diría que estaba.., sí, ¿enfadada?, definitivamente, parecía molesta por algo.
—Hoy no me has saludado— dijo Alicia
—Claro que sí, nada más entrar—repuse.
—¿Ya no te gusto?
Me sorprendió la pregunta e iba a contestar cuando ella continuó hablando.
—Sí, eso debe ser, ya no te gusto y por eso hoy no me saludas.
Era muy extraño, no parecía estar hablando conmigo ya que ni me miraba…, sólo miraba…, mi paquete.
—¿Te ha pasado algo?¿Hay otra? Quizá él te haya hecho algo.
Me miró, y con su habitual gesto serio me preguntó.
—¿Qué le has hecho para que no me salude?
—¿Perdona?
—Mira, todos los días me saluda y se mantiene erguida sólo para mí. Excepto hoy. ¿Qué has hecho?
Se refería a mi polla. ¡A quien hablaba era a mi polla! Me sentí como si me pillaran en una falta.
—Yo bueno…, antes de entrar, pues, me he tocado un poco… —Os aseguro que me avergonzaba reconocérselo, ¡coño! que la tía me imponía, era algo alucinante.
—Así que es eso. Bueno, bonita, eso no es algo que Alicia no pueda arreglar.
Ya estábamos, otra vez hablando con mi polla.
Colocó sus manos a ambos lados del elástico y me bajó el slip hasta los tobillos. En otras circunstancias me hubiera encantado, pero me sentía cohibido, os lo juro. Mi pene estaba ahí, ligeramente morcillón, pero nada para impresionar; no era el espectáculo que yo querría mostrarle. Claro que mi opinión importaba un pimiento como pude comprobar después.
Acercó sus dedos a mi pubis y los enroscó en mis rizos, lentamente enmarcó mi sexo con sus manos y jugueteó con sus uñas alrededor de la zona sin llegar a tocar directamente ni mi polla ni mis testículos. Y por supuesto, seguía hablándole a mi polla:
—Deberías fiarte de mí, no tienes por qué estar asustada. Me gustas mucho, ¿sabes? Desde el primer día. Y estaba deseando verte por fin. Estoy segura de que vas a ser buena y portarte como debes. Si lo haces, Alicia será muy buena contigo…
—Glups— ese era yo tragando saliva, mientras veía cómo se inclinaba cada vez más hacia mi (¿su?) polla.
—…¿Sabes? Alicia quiere que te pongas durita, Alicia tiene ganas de ti.
Joder, esta tía igual estaba un poco loca, menuda manía con mi polla, pero sus palabras comenzaban a hacer efecto. Mi polla empezaba a elevarse en respuesta a tantos halagos e incluso una gotita brillaba en su punta. Alicia, muy concentrada y con la cara a apenas diez centímetros de mi polla, me acariciaba los testículos con maestría. Me obligó a separar las pierna ligeramente y me acariciaba desde el periné hasta los huevos, deleitándose en ellos con suaves pellizquitos (en absoluto molestos) y caricias con ambas manos. Los sopesaba, rozaba uno contra otro, los estrujaba suavemente y acariciaba con ansia. Mi polla recibía caricias de refilón, y le gustaba; poco a poco iba recuperando firmeza.
—Qué suaves son tus amiguitos –se refería a mis huevos – seguro que también huelen fenomenal...
Dicho y hecho hundió su naricilla entre mis piernas haciendo que mi pene botase de la impresión y chocara contra sus labios dejando en ellos la gotita brillante que antes lucía en la punta.
Alicia se incorporó ligeramente sorprendida por el imprevisto “beso” pero se sonrió y relamió los labios.
—Así me gusta, con iniciativa propia, ¿quieres más besitos, verdad? Es eso. Pues tendrás que esperar un poco, aún no te lo has ganado.
Puf, puf, puf, estaba cardíaco. Mientras se relamía los labios saboreando la gotita preseminal que, involuntariamente, mi polla le había regalado, observé cómo sus pezones se endurecían y se marcaban desafiantes debajo de la tela de su top. Me moría de ganas de atraparlos con mis dedos y más aún de devorarlos con mi boca. Alicia seguía acariciando mis testículos, pero con más intensidad que antes y una de sus manos rodeaba la base de mi pene que, ya totalmente erecto, parecía pedir más guerra. Abandonó las caricias hueviles para dedicar toda su atención a mi pene. Para ello me hizo separar más aún las piernas que quedaron colgando a ambos lados de la camilla (una posición bastante poco sexy, pero me daba igual). Alicia no me miraba, ni una sola vez se dirigió a mí ni me dedicó una mirada, ni tan si quiera de soslayo mientras se deshacía de los horrorosos pantalones blancos.
—¿Te gusta lo que ves?—Le decía a mi polla, mientras me mostraba su firme culo apenas cubierto por un tanguita de algodón blanco— Pues hay más...
Y diciendo eso se quitó el top quedándose sólo con el sujetador y el tanguita, ambos blancos de algodón. Sus tetas eran preciosas, firmes con unos pezones muy marcados que adivinaba deliciosos. Se agachó un poco ofreciéndome una maravillosa vista de su trasero, mientras manipulaba algún tipo de mecanismo que bajó la camilla unos 20 o 30 centímetros, hasta que mis pies tocaron el suelo; se colocó de nuevo a un lado de la camilla y encaramó una rodilla sobre la camilla. Cogió mi polla de nuevo entre sus manos y, ahora ¡por fin!, comenzó a moverlas arriba y abajo a lo largo de todo el tronco.
No pude evitar incorporarme sobre mis codos para observar mejor su trabajo. Si era buena con los masajes profesionales no podéis imaginar lo bien que me masturbaba. Mi polla aparecía y desaparecía entre sus dedos a ritmos alternos y mis huevos no quedaban olvidados pues recibían también su buena dosis de magreo.

—Te vas portando bien, así me gusta, creo que te daré un pequeño premio.
Alicia se incorporó y llevando sus manos a la espalda se desabrochó el sujetador dejando libres sus dos increíbles mamas. Tan preciosas y erguidas como imaginaba. Tiró el sujetador al suelo y se llevó las manos a sus pechos que estrujó con fuerza juntándolos para luego dejarlos caer. El vaivén de sus tetas me volvía loco y deseaba estrujarlas yo entre mis manos.
Alicia seguía sin prestarme la más mínima atención, yo no existía, así que lógicamente no era consciente de la cara de desesperación con la que la miraba mientras ella se inclinaba hacia mi polla y dejaba que sus pezones la rozaran una y otra vez. Alicia gemía suavemente en cada roce de polla con pezones y así, suavemente, también gemía yo.
Tan embelesado estaba observando y disfrutando las caricias de sus pechos que no me había fijado en que una de sus manos se había ocultado entre sus piernas, hasta que un suave sonido de chapoteo me llamó la atención. Desde mi posición el tanga ocultaba parcialmente su mano, pero podía ver cómo sus dedos se movían despacio dentro del tanga. La fina tela, debía resultarle molesta ya que con un movimiento rápido la dejó a un lado, permitiéndome observar en detalle cómo se masturbaba. Me tenía super caliente. Además había retomado las caricias en mi pene y su boca se acercaba peligrosamente al extremo de mi polla. Sin avisar, la engulló de un bocado ¡qué ansia!.
Comenzó a sorberme con fruición, con deleite. Lamía y chupaba. Chupaba. Sorbía. La mano libre me acariciaba el tronco cuando sus labios me abandonaban para luego volver a devorarme. Y sus dedos aparecían y desaparecían cada vez más rápido dentro y fuera de su coñito. Tenía su culo al alcance de mi mano, pero…, no me atrevía a tocarla. Estaba seguro que, de hacerlo, la magia de ese momento se rompería y echaría todo a perder. Interrumpiendo lo que fuera que fuese a pasar después. Así que me abstuve de tocar nada y seguí disfrutando del espectáculo y de su magnífica mamada.
De repente dejó de comerme y de un brinco se encaramó a la camilla. En cuclillas y con una pierna a cada lado de mi cuerpo, dándome la espalda. Apoyando una mano en la camilla, con la otra se apartó el tanga, dejándome ver su prieto culito y los hinchados labios de su sexo, jugosos y húmedos. Despacio, muy despacio, fue descendiendo su cuerpo, mientras con la mano dirigía la punta de mi polla a la entrada de su sexo. Me engulló despacio, haciéndome disfrutar (o más bien a mi polla) de cada milímetro que entraba en ella. Cuando me hubo ensartado completamente, se quedó quieta unos segundos, resoplando y masajeándome la polla con yo qué sé que músculos que tuviera dentro, pues no se movía. Cogió aire, y comenzó a cabalgarme con violencia, gimiendo, contoneando el culo, moviéndose en círculos, hacia delante y hacia atrás, arriba y abajo. Era una locura. Era una diosa. Una diosa sedienta de polla y sexo que me usaba para su disfrute. Se movía con absoluta maestría. Me cabalgaba sin descanso. Y mi polla entraba y salía de ella a un ritmo endiablado. Yo estaba a punto de explotar, no podía más y pareció que se daba cuenta pues intensificó sus movimientos sobre mí. Me cabalgó con más fuerza aún, haciéndome salir casi totalmente de ella para entrar de golpe, y a la tercera de estas embestidas no pude más. Me tensé. Y con un grito ahogado me corrí dentro de ella, quien, a su vez, se corrió salvajemente sin dejar de cabalgarme. Cayó desmadejada sobre mis piernas…, pero eso solo duró medio minuto. Como por un resorte, se levantó, y sin decir nada, y ni siquiera mirarme, pero sin evidenciar ningún tipo de vergüenza, se colocó los pantalones y el top. Bajó la cabeza para depositar un tierno beso en la punta de mi polla.
—Sabía que te portarías así.— Le dijo, por supuesto, a mi polla.
—Alicia…
Se giró como siendo consciente de repente de que yo estaba también ahí.
—Yo…—Musité.
—Calla. Esto no va contigo. Y no te hagas ilusiones de nada. Esto no se va a repetir.
Y con esas palabras, salió de la sala, dejándome, en pelotas y despatarrado sobre la camilla, con la palabra en la boca y totalmente pasmado con lo que había ocurrido. Como pude, me limpié y vestí y me fui de la clínica con el rabo entre las piernas. Literalmente.
Y…., aquí llegamos al día de hoy. Me encuentro a una manzana de la clínica. Sin saber qué hacer, con mi polla rememorando el polvazo de ayer pegando latigazos dentro de mi pantalón, pidiendo guerra…, empujándome a entrar en la clínica… Pero yo no me atrevo,  tengo una sensación de vergüenza terrible, de pudor, me siento herido en mi orgullo y hombría. Y me encuentro sin saber qué hacer. ¿Entro en la clínica? ¿No entro? ¿Me busco otro fisio? ¿Me la pelo?
…¡¡¿Qué hago?!!...


2 comentarios:

  1. Definitivamente se lo folló. Joder con Alicia. Esto... Me duele aquí...

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  2. Tan excitante como desconcertante.
    Ypr

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