La Secretaria
Nunca pensé que yo podría encontrarme en una
situación parecida. Siempre he considerado que yo no sucumbiría ante nadie, que
soy lo suficientemente fuerte como para poder evitar la tentación y saber parar
los pies a cualquiera. Sin embargo, aquí estoy, con los nervios de punta porque
voy a tomarme un café con Elisa. Es “sólo un café”, no hay nada más, pero sé
que yo quiero que lo haya. No sé qué ocurrirá. Quizá tan solo tomemos el café,
me dé la información que le he pedido y nos vayamos cada cual por su lado.
Tampoco tengo la total seguridad de atraerla, es difícil de saberlo. Ella sí
que me atrae; como nunca nadie me ha atraído….
Elisa es mi secretaria desde hace seis meses.
Reemplazó a la Sra. Ruiz cuando ésta se jubiló. La Sra. Ruiz era una secretaria
muy eficaz, pero Elisa ha resultado serlo todavía más a pesar de su juventud,
apenas 26 años muy bien llevados. Le llevo 14 años. Gestiono la Dirección
Internacional de Ventas de una importante empresa de Alimentación; tengo a mi
cargo a más de cuarenta personas y viajo mucho. Elisa gestiona mi agenda como
nadie. Sabe perfectamente a quién dar largas y a quién citar, los horarios más
adecuados para mis viajes, cómo me gustan los hoteles y el tipo de restaurantes
a los que llevo a mis clientes. Redacta de maravilla cualquier tipo de carta y
apenas necesito revisar su trabajo. Puedo delegarle gran cantidad de tareas que
siempre resuelve a la perfección y en los tiempos previstos, si no antes. Gestiona
mi agenda profesional tan bien como gestiona mi agenda personal; me recuerda
cumpleaños y aniversarios, me sugiere regalos que son siempre la elección
perfecta, me recuerda citas y me busca los restaurantes más de moda… Es una
mujer inteligente, y rematadamente guapa y sexy. Piel y melena morenas, de grandes
ojos almendrados, no muy alta pero con un cuerpo sinuoso que corta la
respiración. De hecho, la mayoría de los hombres de mi departamento beben los
vientos por sus curvas, si bien ella siempre ha rechazado muy educadamente
todas las proposiciones que ha recibido. Para mi sorpresa, yo también me he
sorprendido más de una vez recorriendo sus curvas con la mirada, lo cual me ha
turbado bastante. Soy fiel en mi matrimonio y siempre he tachado de débiles a
los adúlteros. Y estoy cayendo en su embrujo…
Yo tengo el cabello castaño y los ojos
claros, herencia de mi padres alemanes. En la oficina todo el mundo me llama
por mi apellido, Schneider; supongo que por ser el apellido poco común entre
muchos Garcías y Rodriguez, y por mi puesto en jerarquía. Y Elisa también me
llama así. Esta tarde me llamó al móvil.
—Schneider, perdona que te moleste, pero he
olvidado incluir en tu maletín para la reunión de mañana en Munich el informe
que nos pasó la consultoría sobre tus clientes. ¿Cómo puedo hacértelo llegar?
Es raro que se le olvide algo, pero acaba de
volver de vacaciones (terriblemente guapa y morena) y pienso para mí que se le
ha podido pasar; es humana al fin y al cabo.
—Como quieras Elisa, ¿sigues en la oficina?
Me puedo acercar en la moto en una media hora.
—Verás Schneider, estoy ya en casa porque
tenía que resolver una cosilla con el casero, pero me lo he traído conmigo, si
quieres pásate por aquí. Nos podemos ver en el café de la esquina y te lo doy.
¿A las 8 te viene bien?.
—De acuerdo Elisa, me acerco a las 8.
Me entran los nervios. Seguramente no hay
segundas intenciones en esta situación, pero pensar en quedar con ella fuera de
la oficina me excita. Mi familia sigue de vacaciones y no hay nadie a quien
rendir cuentas en casa. Podría pasar la noche fuera…, la imaginación se
desboca. Shh, Schneider, no adelantes acontecimientos. Sólo te va a dar un
documento importante y ya está. Sólo eso.
Sin embargo me tomo un tiempo indecible en
ducharme y vestirme. No me decido por la ropa, al final me planto unos vaqueros
y una camisa blanca. Un clásico poco original, lo sé.
Me subo a la moto y me planto en el café un
cuarto de hora antes de lo previsto. Me comen los nervios. Mi cabeza me dice
que no haga tonterías, pero mi cuerpo me pide otra cosa. Pido una cerveza y me
siento en una mesa cerca de la entrada. A los pocos minutos la veo salir de su
portal, con el pelo mojado, recién duchada, sin apenas maquillaje más que
brillo de labios que los hace más sensuales aún. Va vestida con un vestido blanco
estilo ibicenco, algo transparente y con un escote en V que realza las curvas
de sus pechos. Calza unas sandalias altas también blancas que estilizan sus
piernas morenas. Está de infarto. Se me acelera el corazón cuando entra en la
cafetería y se sienta a mí lado.
—¿He llegado tarde? ¿Llevas mucho esperando?
—No, Elisa, ya sabes que yo siempre llego
antes de tiempo. Bonito vestido, te sienta de vicio…, digo, fenomenal.— Mierda,
no sé ni lo que digo, imagino que no es muy adecuado que el jefe le diga a su
secretaria lo buena que está a la cara.
— Eh,…, gracias Schneider— Tartamudea un poco
y se sonroja levemente, no sé si molesta o halagada. Mierda, he metido la pata,
seguro.
—Toma, la documentación. – Se inclina para
acercármela y me muestra sin quererlo una buena parte de sus pechos morenos.
¡Dios qué piel! Me parece adivinar que no lleva sujetador. Incluso juraría que
no tiene marca del bikini. La imagino en topless y tengo que beber un largo
sorbo de cerveza para apagar el fuego que me invade.
—Gracias, Elisa.
—Schneider, perdona que no te dejara
preparada la documentación como es debido antes de mis vacaciones. De veras que
lo siento.
Baja
la mirada con un gracioso mohín y se muerde el labio inferior. Como me gustaría
a mí morder ese labio….
-
Elisa, no te preocupes, de verás, al menos así sé que eres humana.
Me mira sorprendida.
–¿Por qué lo dices?
—Porque eres tan perfecta que asusta.— me estoy pasando…— Quiero decir, que siempre lo haces todo bien,
no te equivocas nunca. Está bien que algo se te olvide de vez en cuando. Siempre
estás recordándome todo a mí.
—ehh, gracias, supongo— Me responde un poco
cohibida, creo que mi halago le ha sorprendido. No suelo decir muchos piropos.
—Por cierto, Schneider…, también tengo que
recordarte un cumpleaños que tienes que felicitar hoy.
—¿Ah, sí? ¿Cuál? No recuerdo ninguno.
—El mío….
Dios, es su cumpleaños y yo no lo sabía o lo
he olvidado. Cualquiera de las dos opciones es horrible. No sé me ocurre cómo
compensarla, bueno, se me ocurren mil formas, pero ninguna buena…
—Perdona, Elisa.., no lo recordaba. De veras
que lo siento. Ven que te dé un beso.
Me acerco a besarla y su escote se hace más
pronunciado a mis ojos según me acerco y sus labios se acercan mucho a los míos
durante el beso, casi, casi los rozo. Y su aroma me invade y se me nubla la
mente. Y me entretengo unos segundos más de lo normal en sus grandes ojos
marrones que parecen taladrarme el cerebro con un mensaje que no descifro.
Vuelvo a mi asiento y un incómodo silencio se
rompe gracias al camarero que nos pregunta si queremos algo más. Elisa se pide
una cerveza y yo una Coca—Cola, tengo que conducir.
Elisa parece estar analizando cada una de las
marcas de vaso en la madera de la mesa con suma atención. Como si su mente
estuviera luchando por encontrar las palabras adecuadas para este extraño
momento. Yo he desistido de pensar en qué decir, no se me ocurre nada adecuado.
Qué desastre soy.
—Schneider…, me hubiera gustado que supieras
que es mi cumpleaños…
—Yo…, mascullo entre dientes…
—En fin, no te preocupes. Por…— duda— ¿por qué no me invitas a cenar y
así te perdono?— Lo suelta así, de pronto.
— Esto, yo…
—Bueno, si puedes y si quieres, claro…—
Parece un poco asustada, como a alguien a quien pillan en falta… Se le ha caído
todo el aplomo a los suelos.
—Por supuesto que sí, Elisa. Me encantará
invitarte a cenar. Y espero de verdad ganarme tu perdón. – Esta vez sí que lo
digo con toda la doble intención. De perdidos al río. Quizá solo cene con mi
secretaria. Quizá la noche no acabe en la cena.
—¡Perfecto!— Una sonrisa enorme le ilumina la
cara— ¡Me muero de ganas de que me des una vuelta en moto! ¿Dónde me vas a
llevar?
—No sé la verdad…
—Jajajaja, lo sabía, y ya me he ocupado yo de
la reserva. Esperaba que me dijeras que sí a la cena. Vamos aquí – Y me tiende
una tarjeta de un restaurante de moda.
— Esto estaba premeditado, ¿verdad? Es una
emboscada en toda regla.
Se ríe.
—La verdad es que sí, sabía que no
recordarías mi cumpleaños porque nunca te he dicho cuándo era. Y me apetecía
cenar contigo fuera de la oficina. Para conocerte un poco mejor, que cuentas
muy poco de ti. – Parece un comentario
inocente, pero puede estar cargado de intención. ¿Cómo de mejor quieres
conocerme Elisa? Porque yo sí sé cómo de mejor me gustaría conocerte y empieza
quitándote ese vestido…
Pago las bebidas y nos subimos a mi moto. Se
abraza a mí cuando nos ponemos en movimiento y soy capaz de sentir sus pechos
pegados a mi espalda. Sus brazos rodean mi estómago y se me eriza la piel a su
contacto. De reojo veo sus muslos desnudos abrazando los míos y me estremezco
al tenerla tan cerca.
Llegamos al restaurante, está radiante. Alegre,
creo. Yo también estoy disfrutando. El
aire de la ciudad ha erizado sus pezones que me apuntan desafiantes bajo la
blanca tela.
En la cena no para de hablar, me cuenta sus
vacaciones de verano, sus planes para el fin de semana con sus amigos. Y yo
disfruto mirándola. Me pierdo en sus ojos, y quiero perderme en sus labios. La
deseo y no me atrevo a decírselo por miedo al rechazo. ¿Y si ella no siente lo
mismo?, ¿y si sólo quería afianzar nuestra relación profesional con una cena
amistosa?
La tarta de chocolate le ha encantado y
relame la cuchara con gula. La cena se acaba y me entristece. Durante la cena
me ha parecido percibir muchas señales de alerta, le gustas, le gustas, decían,
pero no termino de creerlas. Lo nuestro sería difícil, imposible diría yo.
Somos…, muy diferentes o…, muy iguales, según se mire. Pedimos una última copa
de vino y brindamos.
—Por ti, Elisa, porque todos los años que
cumplas te sienten igual de bien..
Me mira a los ojos.
—Yo prefiero pedir que la noche no se acabe
aún…—sus enormes ojos se clavan en los míos y un escalofrío me recorre el
cuerpo.
—Elisa, yo…
—Lo sé, no puede ser. Tienes familia. Y eres
buena gente. Dime al menos si te atraigo un poco.
—No me gustas, Elisa..— Hago una pausa y se
le empaña la mirada— Elisa, me enloqueces.
Se le ilumina la cara con una gran sonrisa y
vuelve a morderse el labio.
—Schneider, entonces…, regálame una noche,
sólo una. Sé que esto es nuevo para ti, —me
sonríe pícara— para mí también, nunca…. me he liado con alguien del
trabajo…—Se ríe abiertamente.
—Para mí es totalmente nuevo, Elisa, supongo
que lo sabes. No sé si sabré…
—¿Estar a mi altura? De eso me ocupo yo,
Schneider. Vámonos ya. Te prometo que no te pediré más. Además, no puedo venir
en 9 meses con un niño a pedirte cuentas, ¿verdad?
Es mala, pero tiene razón.
Me agarra de la mano y tira de mí.
—Venga, vámonos, no lo pienses más. Vamos a
mi casa.
De camino a su casa no para quieta. Sus manos
se dedican a acariciarme la espalda y el estómago bajo la camisa. Me pone a cien. Va a provocar que nos caigamos
de la moto.
En el portal de su casa me ataca, me
arrincona contra la pared y comienza a desabrocharme la camisa. Me besa y su
legua invade mi boca por todos sus rincones. Me quita el aliento.
—Elisa, yo…
—Lo sé Schneider, es tu primera vez con una
mujer, lo sé. No te preocupes, te va a gustar. Yo me voy a ocupar de que sea
así.
Nunca imaginé que le sería infiel a mi marido
con una mujer.
Las manos de Elisa terminan de quitarme la
camisa cuando entramos en su casa, y continúa quitándome los vaqueros hasta
dejarme en tanga. Yo apenas me atrevo a tocarla aunque me muero de ganas de
hacerlo y se da cuenta. Me coge una mano y la pone sobre su pecho.
—¿Notas lo acelerado que va mi corazón? Es
por ti, Claire – es la primera vez que me llama por mi nombre de pila en los 6
meses que la conozco— ¿Notas también mi pecho?— coge mi otra mano y las estruja
contra su pechos— ¿notas lo duros que se me ponen los pezones cuando me tocas?
Acaricio sus pechos sobre la tela del vestido y noto como me mojo. Me excita un
montón tocarle los pechos y me muero porque ella haga lo mismo. Parece leerme
el pensamiento.
—¿Sabes el placer que da una mujer? No es
nada comparado con lo que te haya podido hacer ningún hombre hasta ahora, te lo
aseguro. Se acerca y hábilmente me despoja del sujetador.— Tienes un cuerpo
precioso, jefa. Llevo meses deseando hacer esto.— Rodea mis pechos con sus
manos y me los acaricia suavemente, acariciando los pezones con los pulgares.
—Mmh, qué suaves— me besa de nuevo
apasionadamente y abandona mi boca para bajar por mi cuello, dejando besitos y
lametones por toda mi piel hasta rodear mi pezón derecho entre sus labios. Gimo
y eso la anima a más, me estruja el otro pecho y mordisquea el pezón, mientras
se abraza a mí, pega su cuerpo al mío, obligándome con su pie a separar las
piernas. Le acaricio el pelo, la cara y me dejo llevar. Literalmente, porque me
conduce a su habitación y me tira boca arriba en su cama.
—Me pones muy cachonda, jefa. Mucho. — De
pie, se quita el vestido de un tirón dejando sus bamboleantes y morenos pechos
a la vista.
—¿Te gusta lo que ves, jefa?. Me mira y se
gira coqueta para que admire su bello cuerpo. Introduce los pulgares por las tiras
de su tanga y estira de la goma para
bajarlo por sus muslos, agachándose, ofreciéndome una magnífica visión de su
culo moreno y de una rajita depilada e hinchada de deseo. Se alza de nuevo,
dejándome tiempo para deleitarme con su cuerpo, para que lo admire.
—Ahora me toca a mí, jefa— Se arrodilla,
felina, sobre la cama, me junta las piernas y me despoja del tanga. Me apoyo en
los codos, mirándola hacer. Me mira, sonríe y me obliga a separar las piernas
para mostrarle todo el esplendor de mi coñito, húmedo e hinchado.
—Me parece que te van a gustar las mujeres
más de lo que creías, Schneider.
—Las mujeres, no, Elisa: tú.
Sonríe y se coloca a horcajadas sobre uno de
mis muslos, me empuja de nuevo contra la
cama y me aprisiona bajo su cuerpo menudo invadiendo de nuevo mi boca con su
lengua. Noto como una de sus manos me acaricia el vientre en peligrosa
dirección descendiente. Decido abandonar la actitud pasiva y atrapo sus pechos
de nuevo entre mis manos.
Un gemido escapa de nuestras bocas al unísono
cuando mis dedos aprietan sus pezones en el mismo momento que ella introduce
dos dedos dentro de mi coñito, sin avisar y sin anestesia.
Inicia una suave masturbación que me vuelve
loca. Lo hace muy bien, sabe cómo tocarme y dónde exactamente en cada momento. Me
lleva al borde del orgasmo sin dejarme llegar del todo. Se separa de mí. Se lame los dedos.
—Qué bien sabes jefa…¿me dejas?— Pero no me
pide permiso, sin dejar de mirarme a los ojos, se sitúa entre mis piernas que
separa todo lo que puede. Me pasa dos dedos por el coño, suavemente,
lentamente. Gimo, me muerdo la mano, me pone a mil, quiero correrme. Mirándome
fijamente me mete tres dedos de golpe. Y se queda quieta. De repente, las
puntas de sus dedos comienzan a cosquillear dentro de mí, en circulitos,
presionando suavemente hasta localizar lo que estaban buscado. Se me corta la
respiración, arqueo la espalda de la impresión, haciendo, sin querer, más profunda
la penetración. Sonríe y comienza a darme con fuerza, dentro, fuera, dentro,
fuera. Me invade el orgasmo y grito, me muerdo para no hacer tanto ruido y se
me va la mente mientas un segundo orgasmo casi inmediato me corta la
respiración. Con los ojos cerrados noto como sus dedos abandonan mi cuerpo y su
cuerpo abandona la cama, abro los ojos y la busco. Está agachada, rebuscando
algo en un cajón. Recuerdo que ella no se ha corrido. Me siento mal, egoísta…
Me mira de reojo, parece que ha encontrado lo que buscaba.
—Cierra los ojos— me susurra— y separa bien
las piernas.
La obedezco, y de pronto noto como algo frío
y grueso comienza a hacerse paso entre mis labios vaginales. Me penetra hasta
el fondo arrancándome un quejido de placer. Oigo como Elisa también deja
escapar un quejido y abro los ojos. Está situada sobre mí, con un consolador
introducido en su coñito que desaparece por el otro lado dentro del mío. Me
mira y sonríe.
—Esto te va a gustar mucho, jefa. Disfruta. Y
comienza a moverse. No sé cómo lo hace pero la herramienta rosa de goma me
folla de manera increíble. Con sus movimientos de cadera es capaz de
penetrarnos a ambas al mismo ritmo y a la vez acariciarme el clítoris. Siento
que debo corresponder y tiendo la mano a su depilado coñito, acariciando la
perla que lo corona. Se sorprende y se
deja hacer, guiando mis movimientos con su mano libre. Me encanta follar con
una mujer. No lo imaginaba así, es…, increíble.
Elisa comienza a moverse cada vez más
deprisa, se lanza sobre mí sin dejar de moverse de manera endiablada y me
devora la boca sin contemplaciones. Su lengua casi me deja sin respiración,
mientras sus caderas no paran de follarme con el consolador. No puedo más ni
ella tampoco. Le agarro los pechos y se los estrujo con fuerza, le pellizco los
pezones y eso desencadena una oleada de placer en ambas que hace que nos
frotemos una contra la otra como lobas en celo. Somos todo fluidos, gemidos, y
bombeos descontrolados que estallan en fuegos artificiales de dentro de mi
cabeza que me dejan sin conocimiento por unos segundos. Elisa se derrumba sobre
mí, jadeando, resoplando. Nos abrazamos y nos besamos. Nos dejamos llevar por
los brazos de Morfeo.
Mañana será otro día…
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