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viernes, 5 de junio de 2020

El mecánico


—Lamentamos comunicarle que la cobertura actual de su seguro no cubre la zona en la que usted se encuentra, señorita.— Comentó una telefonista de voz chillona e impersonal.
— ¡¿Pero eso no puede ser?! ¿Y ahora me puede decir qué hago yo?— Repuso Azucena, bastante cabreada.
— Lamento decirle que en ese punto no puedo ayudarle.—Azucena resopló, al otro lado del teléfono la vocecilla chillona continuó.—¿Desea hacer alguna consulta adicional? En caso contrario, le comunico que al final de la llamada se le realizará una encu….
Azucena colgó enfurecida sin dejar acabar la frase a la operadora. No sólo se había quedado totalmente tirada por el coche en medio de tierra de nadie, sino que la mierda de seguro que había contratado la empresa no le cubría en esa zona y no le mandaban grúa. Y era un sábado por la noche, pasadas las diez y se encontraba a más de 100 kilómetros de cualquier localidad medianamente habitada y a más de 400 de su casa.
Azucena, o Azu, como la llaman sus amigos, es responsable operacional de una cadena de hoteles rurales y su jefe le había enviado a explorar un área un poco recóndita a la búsqueda de oportunidades de negocio. Llevaba varios días visitando los pueblitos y poblaciones de la zona, y había acabado el sábado siendo invitada a comer por el alcalde de una de esas aldeas, deseoso de traer negocios al pueblo y creo que con ciertas esperanzas de que los negocios los pudieran acabar en su cama. Y para rematar el día, el coche le había dejado tirada en medio de la nada.
Salió del coche con la intención de descargar su ira contra el vehículo. Un par de patadas a las ruedas, no solo no la calmaron sino que le pusieron aún de más mala leche al hacer que se le rompiera un tacón. Se apoyó contra el capó, cabreada y murmurando todo tipo de improperios dirigidos a no sé sabe muy bien quién.
Una luz a lo lejos comenzó a perfilarse como algún tipo de vehículo acercándose por el carril opuesto de la comarcal. Lo que le faltaba, que algún paisano graciosete pudiera aparecer para amargarle aún más la noche. Cuando el vehículo llegó a su altura, descubrió que dicho vehículo era, por algún tipo de gracia terrenal o divina, una grúa. Y el conductor, un hombre bastante educado que se paró a su altura y se asomó por la ventanilla:
 Buenas noches, señorita. ¿Tiene algún problema?
— Pues la verdad es que no, mire usted. Me gusta pararme en medio de la nada a las diez de la noche y hacer flexiones en el capó de mi coche.
— Ah, muy bien, en ese caso, buenas noches— repuso el hombre y arrancó el motor de nuevo dispuesto a irse…
— ¡Espere, espere!.—Alcanzó a decir Azucena, consciente de su grosería mientras le hacía un gesto al hombre para que parara.
El hombre paró el motor y se asomó de nuevo con cierto interés. Azucena dulcificó el tono; quizá ese hombre fuera su única esperanza.
— Discúlpeme, usted no tiene culpa ninguna de mis desgracias. Sí, necesito ayuda.— Le miró un poco implorante — Me he quedado tirada y el seguro no me resuelve la papeleta. ¿Puede acercarme a alguna población en la que haya un hotelito para pasar la noche? Y, dado que usted conduce una grúa.., ¿no sabrá donde hay un taller por aquí cerca donde me puedan arreglar el coche, no?
El hombre miró el coche de reojo y a la mujer. Sin sonreír, pero con gesto amable, contestó:
— Pues no y sí. Me explico, puedo llevarle el coche a un taller ahora mismo si lo desea, porque casualmente yo gestiono el único taller de mecánica en ciento cincuenta kilómetros a la redonda. Pero lamentablemente, en esos ciento cincuenta kilómetros no hay ningún hotel, hostal ni nada por el estilo así que no puedo resolverle el problema del alojamiento.
— Mierda— Soltó Azu derrumbándose en el asiento del piloto y hundiendo la cara en las manos.
Nacho se sintió un poco mal, así que quitó el contacto y se bajó de la grúa. La mujer se veía realmente en un apuro.
— No sé— Comenzó Nacho – Quizá pueda haber una solución. ¿Por qué no llevamos el coche a mi garaje y le echo un vistazo? Quizá la avería no sea tan grave y se pueda usted volver hoy mismo a casa.
 A Azu se le iluminó la cara.
 — ¿De veras haría usted eso? ¡Le aseguro que le pagaré lo que sea si me arregla el coche!
Así que Nacho, tras comprobar que el vehículo de Azucena realmente no arrancaba de ninguna manera, se puso a preparar la grúa y el coche para llevarlo a su taller. Cuando lo hubo izado en la parte de atrás, se subió al asiento del piloto, y, divertido porque Azucena seguía aún de pie en el arcén, se asomó a la ventanilla por segunda vez:
— Bueno señorita, ¿tiene pensado pasar la noche de pie en el arcén?
— No, ¡claro que no! – Y casi de un brinco se sentó al lado del mecánico.
— Por cierto, me llamo Azucena— Y le tendió la mano, sonriendo.
— Yo soy Nacho, y me perdonarás que no te estreche la mano, pero la tengo llena de grasa— dijo Nacho limpiándose en el peto azul sin mucho éxito, pero regalándole la mejor de sus sonrisas.
La verdad es que, si bien la noche a Azucena se le había torcido irremediablemente, a Nacho, sin embargo, se le había vuelto mucho más interesante de lo habitual. Cualquier otra noche de sábado la hubiera pasado viendo alguna reposición en la tele o alguna serie que hubiera descargado, pero, al menos esta vez, tenía compañía y además de una mujer bastante atractiva. Azucena era una mujer que rondaría los treinta y tantos, alta, con curvas bien resaltadas por el estrecho traje de chaqueta beige que vestía. El cabello rubio oscuro lo llevaba recogido en un moño estilo francés, y unas gafitas de metal tapaban unos ojos que si bien no había adivinado aún el color, eran hermosos. Era desde luego una mujer con la que cualquier hombre querría quedar una noche de sábado, aunque quizá no para ir a un taller. No, ese no era el plan ideal, pero es que tampoco era una cita.
Unos silenciosos minutos un poco tensos se sucedieron tras arrancar el motor de la grúa. Al final Azucena rompió el hielo:
— Entonces, ¿crees que la avería será poca cosa?
— Pues la verdad, Azucena, no he podido ver mucho. Tu coche no arranca, pero con la poca luz de la carretera a estas horas no he sido capaz de ver realmente qué le pasa a tu coche.
— Vaya...
— Te prometo que haré cuanto esté en mi mano para arreglarlo.
— Gracias, Nacho.
 Le gustó oír su nombre de los labios de la desconocida. Sonaba bien.
 — Bueno, cuéntame, ¿qué hacías tú a estas horas por estas carreteras perdidas? Se nota a la legua que no eres de aquí.
 — Estaba trabajando. Bueno, en realidad ya había acabado mi trabajo y me volvía a casa.  Trabajo para una empresa que monta hotelitos rurales; estaba a la búsqueda de nuevos lugares.
 — ¿Y has visto algo que te guste por aquí?
 — Sí, hay zonas interesantes, creo que se puede montar algo relacionado con la ornitología y la naturaleza; la flora y fauna de esta zona es maravillosa y apenas explotada. Hay un mercado muy importante para esto de naturalistas europeos.
 — Sí, quizá ese fuera uno de los motivos por los que me vine a vivir aquí.
 — ¿No eres de aquí? Yo creía que eras de la zona.
 — No, me vine a vivir aquí hace unos cinco años. Antes vivía en Madrid.
 — ¿Por la crisis?
 — No, por ... otros motivos.
 — Disculpa.
 — No pasa nada. No importa.
 — ¿En Madrid también tenías un taller?
 — No— río Nacho—  en absoluto. Nada parecido. Era director regional de ventas en una importante empresa de productos informáticos.
 — ¿Y cómo es que pusiste un taller?
 — Pues, cuando estudiaba la carrera, hice una FP de mecánica porque siempre me había gustado. Durante años les hacía chapuzas a los amigos en mi tiempo libre y..., hace cinco años tuve que dar un giro a mi vida. Dejé Madrid y monté el taller.
 — Ah — A Azucena le intrigó cuales podían ser los motivos de esa decisión, pero entendió que no era una pregunta adecuada.
 — Bien, ¿y tú? ¿Siempre te has dedicado a esto?
 — No, de joven fui azafata. De vuelo, no de congresos. Me gustaba mucho. Viajar constantemente, conocer gente, visitar lugares. Luego me enamoré, me casé, y dejé ese trabajo para asentarme en Madrid. Y me dediqué al sector turístico. Y ahí sigo.
 — ¿Te gusta lo que haces?
 — No está mal. Sigo conociendo gente, lugares y viajando, aunque sea a menor escala.
 — Echas de menos volar.
 — No sabes cuánto— Azucena miró inquisitiva a Nacho. ¿Cómo era capaz de adivinar eso? Le acababa de conocer y le resultaba increíblemente fácil hablar con él. Era una sensación extraña.  Algo en ese hombre de gesto serio le atraía. Parecía un hombre duro e inaccesible, pero a la vez increíblemente indefenso e intuyó que necesitado de cariño. Le resultaba atractivo.
Se quedaron en silencio. Ambos algo sorprendidos de la repentina conexión que se había establecido entre ambos.
Llegaron a su destino.
 — Bueno, Azucena, ya hemos llegado.
 Nacho aparcó frente a un edificio que en nada parecía un taller. Era un gran caserón de pueblo con una especie de granero adjunto. Muy bonito. A unos dos kilómetros de la aldea donde Azucena había estado comiendo con el alcalde. Le recorrió un escalofrío el cuerpo al recordar a ese baboso y a punto estuvo de comentarle algo a Nacho, pero al final no dijo nada.
 — ¿Y aquí hay un taller? –Dijo Azucena mientras ambos bajaban de la grúa.
 — Sí, verás.
 Y Nacho abrió la puerta del granero que descubrió un garaje enorme muy cuidado que más parecía de un coleccionista de coches antiguos que un taller convencional. Muy limpio, ordenado, y muy agradable. Decorado con carteles antiguos de General Motors, Harley, Vespa, Mini, Morgan..., con estanterías de madera llenas de cajas de diferentes tamaños y colores e incluso una pequeña zona de oficina o recepción con dos butacones negros de cuero y una mesa de despacho en madera colonial.
 Bastante sorprendida, Azucena se lo comentó a Nacho.
 — La verdad es que no parece un taller.
 — Supongo que eso es un cumplido. Gracias.
Azucena le sonrío. Nacho apartó la mirada, algo cohibido. Le atrapaba la frescura de su sonrisa.
 — Pero ¿aquí arreglas coches normales?
 — Me gusta más arreglar motos, pero sí, arreglo cualquier tipo de vehículo. Desde una Harley a un tractor.
 — ¡Vaya!— Exclamó Azucena sorprendida.
Nacho sonrió.
 — Azucena, quédate en la zona del despacho un momento que voy a meter tu coche en el taller.
Azucena se dirigió a uno de los inmensos sillones de cuero. En cuanto se sentó fue consciente de lo cansada que estaba. Y estaba hambrienta. Ya eran casi las doce y no había tomado nada desde las cuatro de la tarde. Pensó que no se iba a sentir con fuerzas para volver a Madrid  a esas horas, pero no tenía otro remedio.
Nacho metió el coche en el taller y lo colocó bajo una zona con focos que le permitieron examinar con detenimiento el motor. Tras largos minutos, en los que estuvo trajinando bajo el capó ante la atenta mirada de Azucena, se giró y se dirigió dónde estaba ella sentada, limpiándose la grasa con un trapo.
  Tengo una noticia buena y otra mala. ¿Qué prefieres primero?
  Empieza por la buena.—dijo Azucena incorporándose.
 — Ya sé lo que le ocurre a tu coche.—Sentenció Nacho.
 — Supongo que la mala noticia es la avería que tiene.
 — Efectivamente.—Nacho hizo una breve pausa dramática —Tiene dañada la correa de distribución, está a punto de romperse. Tu coche no se movía porque se ha salido de su sitio, pero, aunque la colocara correctamente, no deberías ponerte en carretera. Si se llega a romper del todo, la avería es realmente gorda y pueden dañarse muchos componentes del coche. Te quedarías tirada de nuevo en menos de cien kilómetros y la reparación te costaría un riñón. Y podría provocar que tuvieras un accidente.
Azucena sintió un escalofrío.
 — Buf, vaya…. ¿Y no la puedes arreglar?
 — Sí, puedo— Asintiió Nacho — tendría que reemplazarla por una nueva, pero no tengo la que necesita tu coche. Habría que pedirla y eso no puedo hacerlo hasta el lunes.
Azucena se dejó caer de nuevo en el sillón, apesadumbrada.
 — Casi…, casi te agradezco que no puedas arreglarlo, no me veo capaz de ponerme en carretera de nuevo, pero..., no sé dónde pasar la noche. ¿De veras que en este pueblo no hay siquiera un hostal?
 — No, supongo que por eso estabas tú por esta zona, ¿no?
 — Sí, supongo que sí...—Musitó Azucena, mirando alrededor e intentando pensar en qué hacer. Quizá este hombre le dejara dormir en el taller. Los sillones no estaban tan mal, y no hacía demasiado frío.
Nacho descifró los pensamientos de Azucena al verle vagar la mirada por el taller.
 — Azucena.
 — Dime.—Dijo mirando a Nacho a los ojos por primera vez. "Bonitos ojos", pensó.
 — Puedes quedarte en mi casa. No tengo habitación de invitados y la mía es un desastre, pero tengo un buen sofá en el salón, es cómodo y podrás descansar. Mañana volveré a examinar tu coche con más luz y más descansado y quizá vea alguna otra solución.
 — ¿De veras no te importaría?—dijo Azucena iluminándosele la cara—  Prometo no ser una molestia para ti.
 — No lo eres en absoluto. Tampoco suelo tener mucha compañía, agradeceré tener a alguien con quien charlar un rato.
 Azucena se le quedó mirando. Ese hombre parecía perdido. O más bien vacío.  Se dio cuenta de que no había mencionado en ningún momento que estuviera casado, pero realmente no parecía un hombre casado. Supuso que tampoco un hombre casado invitaría a una desconocida a pasar la noche en su casa. "Tampoco es esto ninguna cita" pensó Azucena. Por un momento pensó que iba a dormir en casa de un desconocido, y que estaba loca por ello, pero no tenía ninguna otra opción.
 — Vivo en el caserón.—dijo Nacho señalando la puerta con la mirada y dirigiéndose hacia el coche de Azucena — ¿Necesitas algo del maletero?
 Nacho cogió el pequeño trolley de viaje que le indicó Azucena y se dirigió al caserón abriéndole el paso.
 — Es modesta, pero para mí solo es suficiente— Comentó Nacho al entrar en la vivienda con cierta amargura en la voz.
 — Me parece una casa muy acogedora.—Dijo Azucena valorando la sala con la mirada.
Ciertamente era acogedora. Una chimenea de piedra presidía la estancia principal de la casa, el salón, con un techo abuhardillado y vigas de madera vista y un par de buenos sofás frente a la chimenea; uno de ellos lo suficientemente grande como para que una persona pudiera dormir en él bastante a gusto. Nacho le enseñó el resto de la casa que no tenía mucho más. Una cocina bastante amplia, muy agradable, un dormitorio y dos habitaciones más, una convertida en despacho y otra llena de cajas como de mudanza pero sin abrir. Y un baño justo al lado del dormitorio, con bañera y una gran ducha.
 — Si quieres deja tus cosas en el despacho. Yo voy a por unas sábanas y una manta para ti.
Azucena, se quedó sola en el despacho. Todo indicaba que Nacho vivía solo. Abrió su trolley sobre una silla al lado de una estantería. Una fotografía le llamó la atención. En ella salía Nacho, visiblemente más joven riendo con una mujer, de edad parecida.
 — Mi mujer...—Azucena no se percató de que Nacho estaba apoyado en el quicio de la puerta— Se fue...
 — Lo siento, a veces el amor no dura para siempre...
 — No lo entiendes— Dijo Nacho con el gesto de repente más serio y tenso— Se fue..., murió.
 — Lo..., lo siento de verás.— Murmuró Azucena sintiéndose realmente mal por el comentario que había hecho.—Discúlpame, no quería decir...
 Nacho pareció relajarse un poco.
 — No pasa nada, Azucena, no podías saberlo. Simplemente, no logro pasar página del todo.
 Azucena lo entendió todo. El giro en su vida, el taller, el pueblo perdido, e incluso la habitación llena de cajas, seguramente cosas de ella o de su vida juntos.
 — ¿Tuvisteis hijos?
 — Para bien o para mal, no.
 Se quedaron mirando. Azucena sintió una ternura inmensa hacia ese hombre, que, según pasaban los segundos sin que ninguno bajara la mirada se le tornó en una cierta excitación. Se sintió mal. Este hombre le estaba abriendo su corazón, y ella le desnudaba con los ojos. Desvió la mirada.
 A Nacho le ocurría algo parecido. Hacía años que no abría su corazón así ante nadie, y menos a una mujer. Desde la muerte de su esposa no se había permitido mirar a ninguna otra. Sentía como si eso significara engañar a su esposa, pero..., Azucena estaba despertando de nuevo sentimientos o quizá instintos primarios que tenía aletargados hace años. Le apetecía besarla. Pero no era lo apropiado. Le tomaría por un degenerado y se asustaría.
  Azucena, esto...
  Dime.—Azucena instintivamente dio un paso hacia él.
 — ¿Tienes hambre?
 — Pues, ¡lo cierto es que estoy muerta de hambre!— Sonrió Azucena.
 — Venga, pues voy a hacer algo de cena. Ponte cómoda y ven a la cocina cuando quieras.— exclamó Nacho, entusiasmado por poder alargar más el tiempo con Azucena. Le apetecía cocinar, era una de sus debilidades y quería cocinar para ella. Quería impresionarla aunque no lo quería reconocer.
 Azucena se quedó en el despacho, rebuscando en su trolley pensando qué ponerse. Llevaba un camisón, pero no le pareció muy adecuado pues era demasiado transparente y sugerente. Finalmente optó por ponerse unos leggins y una camiseta ancha que a veces se le caía por un hombro. Se refrescó en el baño y se soltó el pelo, que llevaba a media melena. Coqueta, se retocó el maquillaje de los ojos y guardó las gafas, que aún llevaba puestas, pues sólo las necesitaba para conducir.
Cuando entró en la cocina, a Nacho casi se le cae la sartén al suelo. Así, vestida informal, era aún más guapa.  Los leggins marcaban un culo de infarto y la camiseta, aunque disimulaba sus curvas, dejaba a la vista un escote bastante sugerente. Y sin gafas y con el pelo suelto estaba mucho más sexy y sensual.
 — ¿Acabas tú de preparar la ensalada? – Preguntó Nacho tendiéndole un bol lleno de lechuga recién troceada— me gustaría darme una duchita rápida.
 Nacho seguía aún con el mono de trabajo.
— ¡Por supuesto!—rió Azu— Es lo mínimo que puedo hacer. Y cogió el bol.
Azucena acabó de preparar la ensalada. También le gustaba cocinar y se esmeró en que quedara una ensalada apetecible. Al acabar Nacho aún no había bajado y el aroma que salía de la sartén le atrajo. Levantó la tapa para olisquear mejor lo que había debajo. Nacho había preparado unos solomillos de ibérico con foie que olían deliciosamente. Se moría por probarlos. Acercó los dedos con claras intenciones de coger un trocito...
 — ¡Chist! ¡Quietas esas manos!
 Del susto casi se le cae la tapa, le entró la risa al ser pillada casi como una niña pequeña. Nacho se le acercó y le sujetó las manos en tono jocoso, como si fuera a regañarla. Azucena se le quedó mirando mientras reía.
 — No me regañes, papi—Dijo riendo.
— Niña mala….. —Siseó Nacho y se contuvo las ganas de darle un azote.
 Las risas se fueron tornando en sonrisas según forcejeaban suavemente y sus cuerpos se rozaban de manera casual en el jueguito. Ya no reían. Se miraron nerviosos. Se separaron de repente.
 — Bueno..— Empezó Azucena, colorada y mirando al suelo. ¿Dónde comemos?
 — Eh.., si te parece podemos comer aquí en la cocina— dijo Nacho, algo turbado por la situación vivida unos momentos antes.
Azucena observó a Nacho a sus anchas mientras él ponía la mesa. Tras la ducha, se había puesto un pijama de algodón que le sentaba francamente bien. Era realmente un hombre muy atractivo: unos quince centímetros más alto que ella, moreno, ojos verdes, de rostro anguloso y atractivo, cuerpo fibroso probablemente por practicar algún deporte. Tendría no más de cuarenta años. Pero muchos chicos de veinte bien podrían envidiar su cuerpo. Azucena se sentía cada vez más atraída por él... Se le fue la mirada a su culo, marcado por el algodón de la tela, fuerte, duro. Se mordió el labio.
Cenaron conversando amigablemente en la cocina, como si de dos buenos amigos se tratara. Dos buenos amigos que se desean a escondidas. Nacho observaba a Azucena de reojo: las curvas bajo la camiseta, ese hombro que aparecía y desaparecía continuamente y que Azucena se empeñaba en tapar todo el rato, el tirante de encaje negro que asomaba en esas ocasiones…Azucena se fijaba en las fuertes manos de Nacho, en sus brazos, en su sonrisa, en esa boca que deseaba besar cada vez con más ganas.
Luego fueron al salón donde Nacho encendió la chimenea, era Noviembre, y ya hacía frío por las noches.
Siguieron charlando mucho rato, sin ganas ninguno de cortar la conversación, conociéndose, contándose sus vidas...
 — Azu, y ¿no vas a llamar a tu marido para decirle dónde estás?
 — La verdad es que no, Nacho, para qué te voy a engañar. No creo que le importe mucho. Él ya se lo estará pasando bastante bien con alguna de sus amiguitas.
 — ¿Y eso?
 — Hace tiempo que hacemos cada uno nuestra vida. Yo no me meto en la suya y él no se mete en la mía. Pero no queda nada de lo que nos unió.
  ¿Y por qué seguís juntos?
Azu se quedó pensativa. Ella se preguntaba eso mismo muchas veces.
 — Supongo que por comodidad y por pereza. Y quizá porque ninguno nos hemos enamorado de nuevo.
 — ¿Ha habido otros hombres?— Preguntó Nacho y Azucena desvió la mirada mirando por la ventana...— Perdona, quizá es una pegunta indiscreta...
 — No, no te preocupes. Alguno ha habido, pero nada serio. Más bien rollos de tipo sexual. Para desquitarme de él o para darme alguna alegría.— Hizo una pausa—  Las mujeres también tenemos necesidades...,— Comentó bajito, como si eso fuera un pecado — ¿tú..., no has estado con ninguna mujer desde...?
 — No.— Respondió secamente Nacho.
 — Perdona.
 — No es nada.—Suavizó Nacho —Simplemente, no he sido capaz de acercarme a ninguna mujer con esas intenciones. Me sentía mal, como si la engañara.
 — Te entiendo. Es que no has dejado de quererla.
 — Sé que es eso, pero también sé que no puedo estar así siempre. Que ya tengo que pasar página. Ella querría que lo hiciera.
 — Que lo hagas no significa que la olvides.
 Lo sé. Pero es difícil...
 Azucena se acercó y sintió el impulso de abrazarle. Pero no lo hizo, apoyó la mano sobre su brazo, y, aunque notó que le recorría un escalofrío por todo el cuerpo que la empujaba a besarle, se contuvo. Miró hacia otro lado. Si le miraba a los ojos, se perdería en ellos y perdería la cabeza. Nacho miraba fijamente la mano de Azucena sobre su brazo, le quemaba el contacto, y sentía que le ardía la cara. Un silencio se instaló entre ambos. Cada uno sumido en sus pensamientos luchando contra sus instintos. Azucena fue la primera en reaccionar.
— Bueno, Nacho…, ya has hecho bastante hoy por mí. Me has recogido de la carretera, has revisado mi coche,  me has dado de cenar…, no quiero abusar más de tu amabilidad— Separó lentamente la mano, sintiendo como si ésta fuera un imán de neodimio que no quiere separarse de su compañero.
— Sí…,— Nacho despertó de su ensimismamiento. Se levantó.
— Descansa Azucena, espero que duermas bien en el sofá. – Y sin darse cuenta la besó en la frente.
Se quedaron un poco cortados ambos. Pero Azucena reaccionó rápida.
— ¿Me darías un vaso de agua, papi?
Nacho rió. Había sido una buena salida por parte de Azucena.
— No, niña mala, que si no te haces pis en la cama.
— ¡Jajaja!— rió Azucena, tumbándose en el sofá y arropándose con las mantas.— Buenas noches, Nacho.
— Buenas noches Azucena— Dijo Nacho, de pie, observándola y apagando las luces.
Salió de la sala, que apenas quedaba iluminada por la luz del fuego de la chimenea. Azucena se veía preciosa. Una punzada de deseo volvió a recorrerle el cuerpo, pero meneó la cabeza desechando la idea y se fue a dormir.
Nacho se revuelve en la cama, intranquilo.
Sueña:
 Azucena es un diablo. Vestida de látex rojo y con unas enormes alas también rojas le persigue. Es mala como delatan los colmillos y las garras de las que está provista, pero a la vez es terriblemente sensual y provocativa. Nacho intenta huir de ella por una carretera solitaria, como las de las películas americanas por las que a veces pasa una bola de espinos rodando. Él corre y corre por la carretera y ella, volando a su alrededor, juega con él, le alcanza, le sonríe mostrando los colmillos, se insinúa mostrando su cuerpo voluptuosamente, le roza con sus manos llenas de dedos con garras; le agarra el pelo, los brazos, y él huye, pero sin saber hacía dónde.  De repente se acaba la carretera y aparece un precipicio del cual no se ve el fondo. Nacho, tras dudar unas décimas de segundo decide tirarse. Desesperado, salta y cae…,  y cae sin parar hacia ningún sitio. Las paredes del precipicio se mueven rápidas a su alrededor, no hay nada donde agarrarse y se precipita irremediablemente al vacío. Aterrorizado, Nacho grita, pero ningún sonido sale de su garganta. Mira hacia arriba y ve como Azucena, el diablo rojo, baja rápidamente hacia él, volando. Su cara ya no es de burla sino de sincera preocupación. Ya no tiene colmillos, ya no tiene garras. Unos brazos paran su caída de repente, esos brazos despiden una luz azulada que continúan hacía un cuerpo y un rostro. Azucena se ha parado, batiendo las alas, al lado de ambos, sonriendo expectante al ser que le sostiene. Nacho mira a esa especie de ángel. Es Elena, su mujer, que le mira tiernamente y le sonríe. Sin decir una palabra, le da un tierno beso en la frente y, sin dejar de sonreír, le deja caer en los brazos de Azucena. Azucena les sonríe a ambos y, sujetándole con fuerza, comienza el ascenso hacía la cima del precipicio. Durante el ascenso, las alas se van tornando color salmón, el látex rojo desaparece para liberar una piel rosada, suave, delicada. Y, en la cima, una Azucena alada, totalmente desnuda, le deposita en el suelo. Le sonríe y le tiende la mano, invitándole a seguirla. Y Nacho le da la mano. Sin mirar atrás, sin mirar al precipicio, tan sólo siguiendo las curvas contoneantes de la figura alada, agarrado a su mano. Y sonriendo.

Nacho despertó envuelto en sudor y jadeante. Eran las 7 de la mañana. Recordaba vagamente el sueño, pero el mensaje lo tenía grabado a fuego en el pecho.
Necesitaba despejarse y pensar un poco. Se duchó rápido, se puso el equipo de running y bajó al salón.
Azucena aún dormía, abrió una ventana y un haz de luz iluminó parte de la estancia. Tuvo cuidado de que no incidiera en ella directamente para no despertarla. Escribió una nota explicándole que salía a correr y se acercó a dejársela en el sofá, y, por qué no reconocerlo, a observarla. Tenía claramente más parecido al ser alado del final de su sueño que al diablo malvado vestido de rojo, pero voluptuosa y sensual lo era igualmente. Respiraba profundo, señal de su igualmente profundo sueño. Estaba ligeramente destapada, y un hombro se mostraba por el amplio cuello de la camiseta, sus pechos se marcaban suavemente bajo ella y dejaban claro que no llevaba sujetador. Un rápido vistazo al otro sofá le confirmó que no lo llevaba pues en él se encontraban, doblados, los leggings y un sujetador negro de delicado encaje encima. Pensar que no llevaba ninguna prenda cubriendo sus piernas (y culo y…), bueno, llevaría unas braguitas seguramente, esas no estaban con el sujetador. Su pene dio un pequeño saltito bajo el bóxer, indicándole que le gustaba lo que veía. Pensó en destaparla un poco para mirar, pero…, no estaba bien, no. Sin embargo se acercó a ella, se agachó y olisqueó su cuello, se empapó con su suave perfume y la besó delicadamente en el cuello. Azucena se revolvió un poco en el sofá y uno de sus muslos emergió bajo la manta. Precioso, suave, como la piel del ser alado de su sueño. Inclinado aún frente a ella, Nacho recorrió el muslo de Azucena con el dorso de dos dedos de su mano izquierda. La piel se erizó al contacto de los mismos. Azucena volvió a revolverse en el sofá, esta vez girándose y dándole la espalda, y…dejando a la vista un culo espléndido apenas cubierto por un tanga del mismo encaje que el sujetador. Nacho se levantó de golpe. Azucena se revolvía y parecía que iba a despertar. En un par de segundos alcanzó la puerta y salió a correr. El aire frío que venía de la montaña esa mañana acabaría de despejarle y tranquilizarle. Puso el iPod a tope y salió corriendo animado por Iggy Pop (The passenger, para más señas).
Al cabo de aproximadamente una hora, exhausto, volvió a la casa. Azucena ya no estaba en el sofá. Un rico olor a café salía de la cocina; se asomó, pero ella no estaba allí. Se oía el agua correr. Y una voz canturrear. Subió las escaleras, sonriendo ante la sensación tan agradable de oír a otra persona en su casa, una persona que se encontraba tan a gusto como para dejarse llevar y cantar en la ducha.
Sólo quería tratar de adivinar qué canción cantaba. Prometido. Y por eso se acercó a la puerta del baño. Y la puerta estaba entreabierta, y por eso se asomó, sólo un poco, pero lo suficiente para ver a Azucena, desnuda, enjabonándose bajo el chorro de agua caliente de la ducha. Se quedó hipnotizado observándola. Sus manos recorrían su cuerpo, distribuyendo el jabón y la espuma por la piel, los brazos, las piernas…, se entretuvo acariciando suavemente sus pechos mientras canturreaba una canción en francés que no supo identificar. Aunque la mampara de la ducha estaba llena de vaho y el baño de vapor, podía distinguir perfectamente sus formas, rotundas, brillantes bajo el agua. Comenzó a excitarse. Hacía muchos años que no veía a una mujer desnuda (al menos a una no virtual) y las ansias y el deseo comenzaron a invadirle. Y por eso se separó de la puerta, cerrándola suavemente, e intentó no hacer ningún hizo ruido para delatara su presencia. De lo que no se percató es de la sonrisa pícara que Azucena esbozaba en esos momentos bajo el agua de la ducha.
— Azucena, ¡he vuelto!— Nacho hizo como que acababa de llegar.
— ¡Estoy en la ducha!— gritó ella, fingiendo enterarse en ese momento.— ¡No pases!— Se reía por dentro.
— No, no paso, no te apures, pero no tardes que me quiero dar una ducha, que vengo sudado— Dijo Nacho al lado de la puerta, resistiendo las ganas de asomarse de nuevo.
“Pasa y te lavo yo” pensó Azucena. Y la imagen que dibujó en su mente con Nacho desnudándose frente a ella en el baño le resultó tremendamente sexy, y estuvo tentada de dirigir sus caricias a zonas sensibles de su cuerpo. Pero se contuvo, porque sabía que él estaba esperando para ducharse, aunque probablemente pensando en ella. Volvió a sonreír. Caían los muros del hombre infranqueable.
Azucena salió envuelta en una toalla. Se cruzó con Nacho en el pasillo e intercambiaron un par de castos besos y un buenos días que tal has dormido cargado de significados ocultos. Azucena absorbió el aroma salado de Nacho, que en absoluto olía a sudor. Olía a montaña y a lluvia. Y se dirigió al despacho a vestirse. Nacho no pudo evitar seguir los contoneos de su culo hasta que ella entró en la habitación y se metió en la ducha dispuesto a darse la ducha más fría de su vida.
Azucena se puso un vaquero, una camiseta y unas botas. Y bajó a preparar el desayuno para ambos.
Nacho se unió a ella quince minutos después, ya vestido con una camisa de cuadros y un vaquero. Ambos se midieron al volverse a ver, con clara aceptación mutua. Nacho se sonrió pues Azucena llevaba una camiseta, pegadita, completamente roja. “Como mi querida diablesa”, pensó.
Azucena repartió las tostadas francesas que había preparado, el zumo de naranja y los cafés.
Desayunaron charlando como si se conocieran de toda la vida y luego fueron al taller. Nacho se puso el mono de trabajo para no mancharse y anduvo trajinando con el coche mientras Azucena se entretenía cotilleando los trastos de las estanterías. Al cabo de un rato, algo aburrida, le preguntó a Nacho si tenía algún equipo de música.
— Sí, claro, coge el iPod del bolsillo de mi chaqueta. Y en la estantería tras la mesa del despacho verás un equipo donde conectarlo. Pon lo que quieras.
Azucena conectó el iPod y lo puso en marcha. Ensimismada y entregada a la música, se puso a bailar casi sin darse cuenta, contoneando sus curvas al ritmo de las canciones. Nacho la miraba embobado. Esta mujer le traía loco. Se tenía que contener para no abalanzarse sobre ella, comérsela a besos y arrancarle la ropa a mordiscos.
— Azu…
(…)
— Azucena…
Por fin le oyó.
— Ay, perdona Nacho. Estaba concentrada en la canción. ¡Tienes muy buena música en tu iPod! Dime—  Replicó acercándose al coche.
— No te lo puedo arreglar hoy— Dijo Nacho, reprimiendo una sonrisa.
— Confirmo lo que vi ayer, tiene la correa de distribución muy dañada y es imprescindible que la cambies. El pedido lo puedo hacer online hoy mismo, pero tienen  que mandarla de Alemania y lo más pronto que llegará es el martes.
— Pues…— Azucena se quedó pensativa— La verdad es que no veo otra opción, pídela. Mañana llamaré al trabajo y, como me deben algunos días de vacaciones, los pediré hasta que tengas listo mi coche.
Y sonriendo a Nacho le dijo:
— ¿Crees que podrías alojarme un par de noches más en tu casa?
 No hay problema, Azu.—Contestó Nacho con una amplia sonrisa en su rostro.
Se miraron intensamente. Esta vez las miradas delataban mucho más de lo que sus dueños querían admitir. Dos o tres días juntos. Ambos sabían que era mucho tiempo para seguir conteniéndose más.
— Nacho.
— Dime Azu.
— ¿Me enseñas lo que le pasa a mi coche?
— Claro— Nacho suspiró, temía una pregunta más indiscreta y a la vez…, la deseaba….
Azucena se inclinó sobre el capó del coche. Nacho a su lado, intentó mostrarle dónde se encontraba la correa de distribución. Tuvo que pegarse mucho a ella para poder mostrarle. Tenerla tan cerca le excitó, y ella sintió lo mismo a juzgar por la tensión de su cuerpo.
— No…no lo veo bien—Murmuró ella girando el rostro hacía Nacho. Se quedaron mirando a apenas unos centímetros del rostro del otro. Azu entrecerró los ojos.
Nacho apoyó una mano en la cadera de Azucena.
— Inclínate un poco más y lo verás mejor— Le susurró al oído.
Azucena se inclinó, obediente, y Nacho pegó más sus caderas a las de Azucena. No se atrevía a pegarse totalmente a su culo, porque su erección delataría su grado de excitación, aunque…, la respiración entrecortada de ella no dejaba lugar a duda de que ella estaba en la misma situación. Se inclinó con ella.
— Mira, es eso de ahí, — señaló Nacho con la mano.
— Ujum – Afirmó Azucena, sin mirar donde señalaba la mano pero girando levemente el rostro buscando su boca. Respiraba entrecortadamente.
Nacho se quedó con la mano extendida, mirando esos labios carnosos que buscaban los suyos, y la mano que se posaba en la cadera comenzó un lento ascenso por la cinturilla del vaquero colándose bajo la camiseta. Azucena dejó escapar un gemido cuando esos dedos entraron en contacto con su piel. Nacho llevó la mano a la nuca de Azucena y la atrajo hacía sí para hundir su boca en la suya. Sus lenguas se fundieron en un beso apasionado. Azucena gimió al notar cómo Nacho se pegaba más a ella, al notar su dureza colándose entre sus glúteos a través de los vaqueros. Cogió las manos de Nacho y las llevó a sus pechos, obligándolas a estrujarlos. Esta vez Nacho fue el que gimió al oprimir esas tibias carnosidades. Separó ligeramente a Azucena del coche, para retirar con una mano el retén de la tapa del capó que cayó de golpe, asustando a Azucena. Nacho la abrazó contra él y de inmediato la obligó a apoyarse sobre el capó. Azucena gimió de nuevo, dejándose hacer. Las hábiles manos de Nacho desabrocharon el pantalón de Azucena y en un santiamén se lo bajaron hasta las rodillas. Azucena quedó, con el culo, apenas cubierto por un pequeño tanga, totalmente en pompa sobre el capó. Miraba a Nacho de reojo, expectante y muy excitada.
Nacho se arrodilló detrás de Azucena y hundió su cara entre sus piernas, con las manos sujetándola de los glúteos, separándolos, amasándolos. Azucena gimió de nuevo, e inconscientemente echó el culo ligeramente hacia atrás. Nacho apartó el tanga a un lado y observó unos segundos el delicioso manjar de su sexo, depilado, hinchado y húmero. Por y para él. Deslizó el pulgar suavemente por encima, provocando en Azu un gemido impaciente. Lo recorrió desde arriba, desde el cerrado agujerito de su ano, que acarició suavemente, hasta abajo, hasta la pequeña protuberancia que escapaba bajo una fina línea de vello dorado. Y volvió a subir ese dedo, acompañándolo de su compañero de la otra mano. Y su lengua tomó el relevo, hundiéndose entre los carnosos labios de su sexo. Chupó, lamió. Invadió con la lengua toda la longitud de su vulva, para subir hasta el orificio superior que acarició suavemente con la punta, dura, de su lengua. Azucena, gemía, enloquecida por la boca de Nacho. Sus caderas bailaban sobre su boca, buscando que la penetrara más profundo. Nacho entendió y hundió dos dedos de golpe en su coño, y comenzó a follarla fuerte con los dedos. Los gemidos de Azucena resonaban en el taller. Nacho sorbió sus jugos, atrapó el clítoris con los labios y aceleró las embestidas de sus dedos. Azucena no pudo más y se corrió en un intenso orgasmo que la dejó casi inerte sobre el capó.
Nacho se incorporó, aun moviendo suavemente los dedos dentro de Azucena. Ella ronroneó y gimió suavemente en respuesta a esos dedos. Hábilmente se desabrochó el peto de trabajo dejándolo caer hasta los tobillos. Su polla, erecta, apareció como un resorte. Se la acarició. Azucena, mirando de reojo, sonrió y se mordió el labio, anhelante. Acercó el glande a la entrada de su coño y hundió el tronco de golpe en ella. Ambos gimieron a la vez. Azucena apretó su culo contra él, sintiéndose llena. Nacho la sujetó de las caderas y comenzó a bombera frenéticamente. Esta vez eran los gemidos de ambos los que resonaban por todo el taller. Sus gemidos y el sonido de sus cuerpos chocando…
— Sí, sí…..siiiiiiiiii— Gimió azucena corriéndose de nuevo.
Nacho aguantó dentro de ella, apretándose contra ella lo más profundo que podía, aguantando. No quería correrse aún, quería alargar el polvo. Quería que ella se corriera más veces.
Azucena cogió aire e hizo amago de incorporase. Nacho salió de su interior (un poco a regañadientes). Se le había marcado el radiador del coche en los muslos, pero no parecía importarle. Azucena se lanzó a su boca para luego empujarle al sillón donde quedó sentado.
Azucena llevaba los pantalones por los tobillos, el tanga descolocado y la camiseta aún en su sitio. La música no había dejado de parar en ningún momento. Sonriendo, comenzó a bailar sinuosamente al tiempo que se despojaba de botas, calcetines, pantalones. Se giró para quitarse el tanga, mostrándole de nuevo su magnífico culo. Le lanzó el tanga que Nacho atrapó y se llevó a la cara, para olisquearlo. Ese gesto, tan morboso y casi obsceno, la puso a mil. Asegurándose de que Nacho la miraba, se quitó la camiseta, Caminó contoneante los pocos pasos que les separaban, Nacho no perdió el tiempo y se deshizo del peto, zapatos y calcetines. Ella llegaba a su altura cuando se quitaba la camiseta.
Azucena se inclinó apoyándose sobre los brazos del sofá.
— Quítamelo tú—Le susurró.
Nacho, obediente, llevó las manos a la espalda de Azu, evadiendo adrede los labios entreabiertos que Azu le ofrecía, para, a continuación desabrocharle el sujetador que deslizó lentamente por los brazos de su dueña. Dos pechos llenos y sugerentes quedaron liberados. Nacho no podía despegar los ojos de esas masas bamboleantes.
Azucena avanzó y se colocó a horcajadas sobre Nacho. Su polla enhiesta y dura apuntaba a su coño y eso le hacía estremecerse. Nacho colocó las manos en sus caderas. Los pechos de Azu estaban a apenas centímetros de su boca, pero quería que fuera ella la que se los acercara.
Como si le leyera la mente, Azucena le acarició la cara, y sujetándole de la nuca, le atrajo hacia sí. Nacho abandonó las caderas para coger ambos globos con las manos y devorarlos. Chupó y lamió los pezones. Azu le indicaba lo que quería con suaves presiones en su cabeza. Sin que Nacho se percatara, Azucena descendió hasta colocar la polla de Nacho a la entrada de su coño, y, dejándose caer, se empaló en su dureza. Un gemido ronco surgió de las entrañas de ambos. Se miraron y sonrieron, para luego tornar esa sonrisa en una mueca de placer al comenzar Azucena a cabalgarle con furia. Nacho volvió a sujetarla de las caderas, con fuerza, casi clavándole los dedos, ayudando a la cabalgada embistiendo con sus caderas. Azucena gritaba con cada penetración, Nacho volvió a devorar los pechos de Azu, con más ansia, mordiendo un poco, sorbiendo y chupando, mientras una mano los amasaba con cierta rudeza.
Nacho se levantó de repente colocando a Azu a cuatro patas sobre el sofá, apoyada en el respaldo. Y continuó embistiéndola desde atrás. Ella hundió una de sus manos entre sus piernas, acariciando los huevos de Nacho que chocaban contra ella a cada embestida. Nacho estaba a punto de correrse y los gemidos de Azucena señalaban que ella estaba muy cerca. Nacho paró un momento, provocando un gemido de impaciencia en Azucena. Deslizó la mano por su espalda, arañando, desde el cuello hasta el culo, ocasionando un escalofrío que recorrió a Azucena. Llegó al culo, y a la parte de su coño que devoraba su polla. La acarició, empapando el pulgar en sus jugos. Y lo hundió en su culo.
Un ronco grito de placer surgió de la garganta de Azucena y Nacho reanudó las furiosas embestidas.
— Cuenta conmigo Azucena….Le susurró al oído— Hasta diez, y no te corras antes….
— Una — Y la embistió.
— Dos— Otra embestida.
— Tres— Una tercera.
— ¿Llevas la cuenta? –Susurró  Nacho.
— Ssss…, sí…— Gimió Azucena.
Nacho movió el dedito, apretando su polla contra su culo.
— Pues sigue contando tú.
— Cu….cuatro….— Gimió Azucena mientras Nacho la embestía de nuevo.
— Ciinnncoooooo……
Nacho la agarró del pelo, girándole la cara hacía él, comiéndole la boca.
— Sssseeeeeeisssssss…..
— Siii… ooohhhhh, siiiieteeeeeee mmmmhhhhh
— Oooo, ay Dios, ooochoooo, aaaah.
Nacho hundió más el dedito explorador, mientras le comía la oreja y volvía a susurrarle:
— ¿Te gusta Azu?
— Me…, me encantaaa
— No te olvides de contar, nena….
Nueva embestida, leeenta, profunda.
— Nuuuueveeeeeeeeeeee….
Y Nacho tiró del pelo, obligando a Azu a estirarse, mientras hundía su polla en lo más profundo de su coño con una embestida casi animal que les hizo prácticamente aullar de placer.
— Diiii, ahhh, dieeeeeeezzzzzz, aaaaahhhhh
…….Y los dos se corrieron arqueándose como atravesados por un rayo.
Exhaustos cayeron sobre el sofá. Nacho aún dentro de Azucena. Enlazados en un abrazo. Jadeando, sonrientes. Nacho depositó suaves besos por el cuello de Azucena que respondió buscando sus labios y abrazándose a sus brazos. Se miraron intensamente. No era necesario decir nada. Los dos sabían lo que ocurría.
Sin dejar de besarse, se pusieron de pie y recogieron la ropa del suelo. Nacho echó una manta por encima de ambos y, desnudos, corrieron a la casa, entre risas y besos.
Entraron juntos a la ducha. Nacho atrapó a Azucena contra la pared, y dejó que el chorro de agua caliente la empapara. No dejaba de besarla, de comerle la boca. Cogió gel y la enjabonó. Acariciar su cuerpo de nuevo, todas sus curvas y recovecos, volvió a excitarle. Su polla volvió a coger dureza. Le tocó el turno a él. Azucena le empujó contra la pared obligándole a sentarse en el banco de madera. Le mojó con el chorro de agua, se llenó las manos de gel y le enjabonó. Disfrutó recorriendo su cuerpo, sus músculos, su piel… Cuando llegó a su erección, paró, le miró a los ojos, tomó su polla entre las manos y comenzó a masajearle suavemente, acariciando con esmero, excitándole, estimulando su erección. Le aclaró el jabón. Volvió a mirarle. Se mordió el labio. Se arrodilló entre sus piernas. Le sonrió. Y bajó la cabeza para engullir el brillante glande. Nacho gimió, echó la cabeza hacia atrás, pero volvió a mirarla de inmediato. Le gustaba verla devorarle. Azucena chupaba y engullía, lamía todo el tronco, sorbía la punta… Le miraba, sonreía y seguía. Se ayudaba con las manos, le acariciaba o directamente masturbaba con fuerza, sin dejar de comerle. Al poco, Nacho no podía más.
— Azu…, para.., yo….
Azu no paró, le mandó callar con un suave “Shhhh” y aceleró sus movimientos.  Nacho se tensó, gimió sordamente y se corrió en la boca de Azu que no dejó de comerle. Siguió lamiéndole suavemente mientras él se recuperaba del orgasmo. Mirándole. Sonriéndole. Nacho sonrió, jadeante. Y se agachó a besarla. Poco le importaba que supiera a él. Se abrazaron bajo la ducha, se besaron y volvieron a besarse. Les faltaban bocas para besarse más.
Tras la ducha se vistieron. Nacho llevó a Azucena a dar un paseo en moto por los alrededores. Hicieron el amor al aire libre. Una. Dos veces. Comieron juntos. Durmieron juntos en la cama de Nacho.
Y llegó la correa de distribución. Y Nacho la instaló. Y Azucena volvió a Madrid…., y dejó a su marido.
Y en ese pueblo perdido, donde no hay más que un taller, una pareja inauguraba un hotel rural seis meses después.


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