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viernes, 5 de junio de 2020

No se juega con la autoridad


En mi día a día de madre divorciada tengo un pequeño aliciente cada mañana. Un policía que me vuelve loca y un día dará la vuelta a esa rutina. 

Con prisas.
Como siempre.
Hoy y todos los días. Siempre acelerada, llegando tarde a todo, pidiendo disculpas a todas horas. Me había quitado un peso de encima cuando me separé, pero ahora todo recaía sobre mis hombros. Mi ex, con la excusa del divorcio, había decidido que se le presentaba la oportunidad de oro para desarrollar su carrera en Estados Unidos y yo me había quedado en España, con los dos niños y con todas las tareas y responsabilidades de una madre y un padre juntos. Pero eso se traducía en llegar a todos sitios con la lengua fuera y corriendo: Mañanas locas de duchas, desayunos y peleas por un donut, deja a los niños en el cole, vuelta al coche, atasco, oficina, sal de nuevo a toda prisa, recógelos, meriendas, deberes, baños, cenas, cuento de buenas noches, dormir 6 o 7 horas y vuelta a empezar. Podría contratar el autobús escolar para que llevara a los niños. Sí, es cierto. Me lo puedo permitir. Con mi sueldo y lo que nos pasa mi ex, no voy con aprietos. Pero…, es que todos los días, a las 8h45, tengo un aliciente que me hace continuar feliz el resto del día y fantasear muchas noches…
Los niños entran en el cole a las 9 y siempre llego sobre menos veinte, aparco, no demasiado cerca que es bueno andar un poco…  vale, miento, es que en la puerta no hay quien aparque… Y cruzo con los niños el paso de cebra mientras un policía detiene el tráfico. Siempre el mismo policía. El mismo que me sonríe al pasar, que no me quita el ojo de encima en cuanto me ve llegar corriendo por la otra acera, que contiene la marabunta de madres histéricas en sus todoterrenos de ciudad, nerviosas porque llegan cinco minutos tarde al gimnasio… para que yo pueda cruzar con dos críos colgados de los brazos… que me susurra un “buenos días señorita”, con una voz que hace que me tiemblen las piernas. Y el mismo que me ha pillado dos y tres veces girando la cabeza para mirarle cuando entro en el colegio para liberar a las fierecillas. Sí. Ese policía me alegra el día y protagoniza algunas de mis solitarias fantasías por las noches.
Es un morenazo alto y atractivo, calculo que tendrá treinta y cinco años, tan solo algo más joven que yo. Cada día pienso que debo atreverme e invitarle a café, pero luego desecho la idea por imposible ya que él no va a poder porque está de servicio y yo…, no puedo llegar tarde a la oficina.
Esta mañana no estaba siendo diferente. Hasta el momento en que ha dejado de serlo y todo ha dado un giro inesperado.
Hoy tenía cierta urgencia y en la oficina me esperaban temprano. Pero a veces los planes que tienes para un día se enredan con otros y nada sale como pensabas. El rito empezó como de costumbre. Llegaba con el tiempo justo, una extensión de niño en cada brazo y yo con taconazos para la reunión con la dirección de Recursos Humanos de la central que nos visita hoy. No se fijarán en mí, somos muchos, pero toca ir de “empleada florero”, y como tal me he vestido: traje de chaqueta con falda lápiz, azul marino, medias claras, blusa blanca ligeramente escotada y lencería mona para sentirme guapa (me funciona cuando lo necesito).  Así que he cruzado el paso de cebra subida a los tacones arrastrando a mis hijos.
Mi policía me ha sonreído y me ha susurrado su “buenos días señorita”, añadiendo un “cuidado con esos tacones que los carga el diablo”. Y, al alejarme, he sido consciente de cómo sus ojos se clavaban en mi culo. Si no me he dejado un tobillo por el camino ha sido un milagro, porque los nervios que me han invadido al pasar a su lado han sido antológicos. Encima hoy los niños remoloneaban para soltarse de mí, y yo,  con prisas.., buf.
He salido más tarde de lo normal del colegio pero mi agente seguía ahí, cuadrado en medio del paso de cebra, esperando que pasara de nuevo. Me ha sonreído otra vez, con un gracioso gesto lleno de intenciones. Le he mirado de reojo y he sonreído. Me pone muy, muy nerviosa.
Al llegar al coche, una pija con un Q7 me cerraba el paso y no podía salir. Le he pitado y la mujer, demostrando que la educación no se compra con dinero, me ha enseñado un bonito dedo corazón y ha echado marcha atrás, golpeando con fuerza mi ibiza y largándose por patas sin ni siquiera mirar atrás. Menos mal que he sido capaz de fijarme en la matrícula. He salido del coche y efectivamente, un golpe tremendo abollaba el morro de mi querido cochecito. Al agacharme he visto como goteaba un líquido verdoso debajo del capó.
—Señorita.
Me giré y alcé la vista. Mi policía se encontraba a mi lado, con cara de preocupación.
—No se inquiete, he sido testigo de todo. Siento que no me haya dado tiempo a salir detrás de ella aunque he anotado la matrícula. –Se le veía algo violento, supongo que por no haber podido detener a esa tipeja — Debería usted presentar denuncia.
—Lo último que me importa es presentar denuncia, agente. Tengo que arrancar el coche e irme a la oficina, no llego a la reunión.— Me incorporé lentamente. Era consciente de que mi coche no iba a arrancar, no sé mucho de mecánica, pero sabía que no iba a arrancar.
Se me quedó mirando fijamente a los ojos, fueron tan solo un par de segundos en los que no dijo nada, pero me puso cardiaca.
—Déjeme las llaves del coche, voy a echar un vistazo bajo el capó.
Le tendí las llaves y al cogerlas me rozó suavemente con sus dedos. Me estremecí. Es imposible que él no se diera cuenta. Me sonrió levemente y se giró hacia mi coche.
Entró en el vehículo y abrió el capó sujetándolo con esa barrita metálica que durante una décima de segundo ocupó mi mente porque, me dije, seguramente tiene un nombre, pero… que olvidé de inmediato ante la visión del cuerpo de policía inclinándose hacia el motor y exponiendo un magnifico culo enfundado en los pantalones azules del uniforme. Olvidé el golpe, la hora que era y la reunión a la que no llegaría y concentré toda mi atención en los suaves e hipnóticos movimientos de sus glúteos mientras trajinaba en el motor. A los pocos segundos un dolor intenso en el labio me sacó de mi ensimismamiento. Llevaba mordiéndomelo desde que se había agachado el policía y casi me había hecho sangre. Dios, cómo me ponía ese hombre. Y menos mal, porque justo en ese momento se incorporó y se giró de nuevo hacia mí.
—Lamento confirmar que no va a arrancar, señorita. —Sentenció. – Creo que debería llamar al seguro, que se lo lleven al taller e, insisto, ponga una denuncia.
—Sí…— Acerté a contestar, mientras intentaba ordenar las ideas para ver cómo actuar, evitando mirarle a esos ojazos que no ayudaban precisamente a pensar claro.
El policía me tendió las llaves, entreteniéndose en dejarlas sobre mi mano mientras las suyas acariciaban despacio la mía. No dejaba de mirarme, y parecía que deliberadamente el mundo se moviera lento a nuestro alrededor.
La calle se quedaba de nuevo tranquila pues la mayoría de los coches de papás y mamás ya se habían marchado. Sonrió, ojeó el entorno y de nuevo me miró, clavando sus ojazos en mis pupilas.
—Le propongo una cosa— dijo y, como pude, le sostuve la mirada, mientras una mareada de sensaciones recorría mi cuerpo.—  Apenas me queda trabajo aquí y vuelvo a comisaría— miró el reloj —  ¿Por qué no llama usted al seguro mientras yo voy acabando? Quizá puedan mandar la grúa pronto y, si lo desea, le acerco para que ponga la denuncia. Como yo he sido testigo, el papeleo le va a resultar mucho más fácil.
Me quedé abstraída y fijé mi mirada en un punto indefinido en el horizonte. Si le miraba, no sería capaz de pensar. La verdad es que era una buena propuesta, incluso más que buena. A la reunión ya no iba a llegar y era desde luego mejor aprovechar para poner ya la denuncia. En el trabajo tendría justificada la falta con un documento policial y…. estaría buena parte de la mañana junto a mi guapo policía….alimentando la base de datos para mis fantasías nocturnas con su voz, su olor, su mirada, su tacto…
Le hice caso. Llamé al seguro y ellos me confirmaron que para poder proceder con el expediente, necesitaban la denuncia. Llamé a la oficina, y mi jefe, cuando le expliqué lo ocurrido, me dijo que me ocupara de resolverlo todo, y que tardara lo que necesitase; se notaba que tenía prisa por colgarme porque no me hizo mucho caso. Hoy no me iban a echar de menos. Y finalmente llamé al taller, que prometió enviar una grúa en media hora. Entretanto, mi querido policía se encargó de resolver una o dos incidencias tontas, y desapareció un rato en el interior del coche patrulla, supongo que con algún trámite.
Llegó la grúa y ayudó al mecánico.
—Coja lo que necesite de su coche— me ordenó y obedecí sin rechistar cogiendo mi bolso del asiento trasero. Mi culo de nuevo notó cómo se le clavaban no uno sino dos pares de ojos, esta vez a los del policía se les unieron los del conductor de la grúa, al que mi querido agente fulminó con la mirada según me incorporaba y cerraba la puerta. El susodicho no se anduvo con tonterías y murmurando palabras ininteligibles me tendió la tarjeta con la dirección del taller y desapareció.
Sonreí, me gustó ese gesto. Me sentí protegida. A veces necesito sentirme así, siempre soy yo la fuerte y la superwoman. Y este completo desconocido había logrado que me sintiera arropada. Desde que mi ex se fue a las Américas, yo me he ocupado de todo, y, quizá además por ser la hermana mayor, he sido siempre el pilar de mi familia e hijos. Si lo pienso, en realidad incluso cuando estaba casada lo era. Mi marido siempre se dejaba guiar y que las decisiones las tomara yo. Posiblemente esa sea una de las razones por las que acabé aburriéndome de él. No le necesitaba para nada en mi vida. Pero aún y todo, necesitaba que alguien se ocupara un poco de mí y necesitaba dejarme mimar…, o un buen polvo, quién sabe.
Me quedé mirando alejarse a la grúa, un poco intimidada y sin atreverme a mover un dedo sin que me lo dijera el agente, abrazando el bolso con los brazos. Me giré y mi guapo policía me estaba mirando, con un gesto socarrón. Creo que le estaba divirtiendo verme a la defensiva.
—Bueno, señorita. Nos hemos quedado solos.
Instintivamente miré a mi alrededor, como para comprobar que, efectivamente, no había nadie en nuestro entorno. No era cierto, alguna que otra persona pasaba por la acera, y le devolví la mirada, inquisitiva, para darme cuenta de inmediato de que no había sido un comentario al azar. Creo que me sonrojé. Soltó una carcajada.
—Por cierto,  me llamo Leo.
Y me tendió la mano, sonriendo. Me relajé y se la estreché.
—Raquel.
Firme y fuerte. Así fue el apretón de manos. Y, no sé por qué, me estremecí.
—Bueno, Raquel, creo que podemos irnos ya a comisaría, ¿no crees?
No me abrazó, ni siquiera me rozó mientras nos dirigíamos al coche patrulla, pero noté cómo nos habíamos acercado y avanzado varias etapas. Quizá el hecho de comenzar a tutearnos, quizá el hecho de ponernos nombre. Quizá el hecho de estar solos. Quién lo hubiera imaginado una hora antes.
Durante el trayecto se concentró en la carretera y estuvimos hablando de cosas triviales, de los niños, del colegio, y, claro está, logró sonsacarme si estaba o no casada. Si le gustó saber que estaba divorciada, no lo sé, no lo dejó entrever. Pero yo aproveché para inspeccionar disimuladamente su perfil y sus movimientos mientras conducía. Cada vez me gustaba más. Y, aunque disimulaba muy bien, fui plenamente consciente de hacia dónde dirigía él sus miradas en más de una ocasión: alternaba entre mis piernas y mi escote, y cada vez que lo hacía, yo temblaba un poquito.
Llegamos a comisaría. Los roces y las miradas no eran ya tan casuales. Yo casi había olvidado para qué estábamos allí cuando mi querido policía me llevó ante el compañero que nos tomaría declaración. Me senté en una silla frente a su mesa mientras Leo se quedaba de pie a mi lado, apoyando la mano en el respaldo de mi asiento y rozando casualmente mi espalda. Mis piernas quedaron descubiertas por una falda que se subió al sentarme, con el principio del fin de las medias asomando peligrosamente. Con algo más de intención por mi parte que el mero pliegue de la tela. Y yo deseando que mi policía se percatara, si no lo había hecho ya, de que las sujetaba un bonito liguero color marfil.
Me tomó declaración y Leo fue confirmando los hechos. No tardamos más de media hora, y el hecho de que mi policía hubiera sido testigo facilitaba todos los trámites. Creo que podríamos haber tardado algo menos de tiempo, pero el dedo que suavemente recorría mis cervicales me trababa la lengua y agolpaba mis palabras. Leo miraba al frente con esa media sonrisilla perenne en su rostro. Los movimientos de sus dedos en mi nuca me revolvían inquieta en la silla, cruzando y descruzando las piernas, recolocándome el pelo, mordiéndome el labio. El policía de enfrente debió de pensar que yo era la mujer más nerviosa y con más tics del mundo. Simplemente estaba cada vez más caliente.
Acabada la declaración, salimos del despacho del inspector. Leo me sujetó suave pero firmemente del codo, dirigiendo mis movimientos por los pasillos de comisaría. Llegamos a una máquina de café.
—¿Solo o con leche?— Me preguntó Leo mirándome de nuevo a los ojos, e instintivamente metió la mano en el bolsillo de su pantalón en busca de calderilla. Seguí distraídamente el movimiento de esa mano y me percaté del bulto más que interesante que marcaba su uniforme. Apenas fui capaz de balbucear:
— So…solo. Sin azúcar.
Sonrió. Dominaba la situación y lo sabía. Qué capullo.
Me mordí de nuevo el labio. Nerviosa. Excitada.
—Deja de morderte el labio de esa manera, Raquel.—me ordenó en voz baja. Le miré. Le brillaban los ojos. Y a mí…, me temblaban las piernas.
—¿Sabes, preciosa? Creo que no te necesitan hoy en el trabajo— hizo una pausa sonriendo enigmáticamente — Te voy a enseñar la comisaría… y lo que sabe hacer un policía.
Eso último me lo dijo casi en un susurro. Creo que solté un leve gemido. Me estaba convirtiendo en una marioneta en sus manos. Y me estaba gustando.
No me bebí el café. Ni sé de qué habló cuando unos compañeros pasaron a su lado y le saludaron. La cabeza me daba vueltas.
—Ven — Me dijo volviendo a sujetarme del codo.
Me llevó de nuevo por otros pasillos, en silencio, despacio, ni me fijé por dónde íbamos, concentrada como estaba en las descargas de electricidad que esos dedos me transmitían. Nunca imaginé que pudiera tener un punto erógeno en el codo. Me sentía extrañamente segura y confiada.
Bajamos unas escaleras y llegamos a un corredor a oscuras. Temblé. ¿Era temor? ¿Frío tal vez? Encendió las luces. A los lados se alineaban las puertas de unas celdas. Intuí que eran los calabozos. Leo se pegó más a mí, sentí su respiración en mi nuca, el calor de su cuerpo y su voz comenzó a acariciarme de nuevo, grave, envolvente, serena:
—¿Sabes, Raquel? Aquí es donde acaban los maleantes. Aquellos que se atreven a desafiar a la autoridad, rompiendo las reglas o alterando el orden público.
Nos dirigíamos lentamente a una de las celdas. Me dejaba llevar. Sus manos se apoyaron en mis hombros, bajando lentamente por mis brazos. Continuó hablando.
—Aquí es donde les damos tiempo para recapacitar, para que piensen, para enmendarse….
Entramos en la celda y cerró suavemente la puerta tras él. Un escalofrío me recorrió de pies a cabeza.
Sus manos seguían recorriendo mis brazos, pegándolos a mi cuerpo.
—Y tú…, tú te has atrevido a desafiarme.
Quise musitar una queja, pero no pude. Esas palabras penetraron en mi oído con un susurro. De inmediato me sujetó las manos y me llevó hacia la pared. Allí las elevó sobre mi cabeza, inmovilizándolas con una mano.
—Llevas semanas tentándome: con tus miradas, tu movimiento de caderas, con esos vestidos y esos tacones... Sabiendo que no puedo hacer nada. Me cautivas y disfrutas dejándome todos los días con ganas de más. Eso no está bien, señorita.
Me apartó el pelo e instintivamente incliné ligeramente la cabeza, ofreciéndole el cuello. Sonrió, una suave bocanada de aire en mi piel le delató. Depositó un leve beso que me hizo estremecer.
—Ahora estás en mi terreno..., y aun no he decidido si eres una chica buena o una chica mala. Voy a tener que investigar...
Volvió a besarme, pegando su cuerpo a mi espalda. Mi respiración se volvía más agitada por momentos.
—¿Va a colaborar, señorita?
No me dejó responder.
—Ahora voy a soltarte las manos. No quiero que las bajes. Apoya las palmas en la pared.
Acompañó sus palabras con sus manos colocando las mías separadas sobre la fría pared. Bajaron después lentamente por los costados de mi cuerpo. La punta de su zapato se coló entre mis pies, obligándome a separar ligeramente las piernas. Le sentía pegado a mí. Escuchaba su respiración en mi oído.
—Lo primero que debo hacer, como agente de la autoridad, es cachearte. ¿Escondes algo?
—Mmmh, no....—Balbuceé.
—Eso dicen todos, señorita— Su aliento en mi cuello me erizaba la piel – Estoy seguro de que si busco, encuentro algo prohibido.
—Bésame— Le pedí en un suspiro girando mi cabeza hacia la suya, buscando su boca.
—Shh, shhh. Aquí soy yo quien da las órdenes, señorita…
Ronroneé. Y me pegué inconscientemente más a su cuerpo. Una de sus manos se deslizaba por mi cadera, despacio, levantando ligeramente la falda, acariciando el borde de la media, introduciendo un dedo bajo la cinta del liguero, tirando de él. La mano libre se posó en mi vientre y me atrajo hacia él. A pesar de la calma que se empeñaba en transmitir, pude notar el grado de excitación que le invadía. Sus labios recorrieron el lateral de mi cuello hasta mordisquear el lóbulo de mi oreja. Gemí cuando su lengua se introdujo en ella.
—Ya no eres una niñata, así que si sabes lo que te conviene, te sugiero que no despegues las manos de la pared o tendré que castigarte.
La mano que se encontraba en mis caderas acabó encontrando la cremallera de la falda, y, hábilmente, la desabrochó para luego unirse a su compañera sobre mi vientre, peligrosamente cerca de mi pubis. La otra mano subió acariciándome por encima de la blusa hacia mis pechos, que evitó deliberadamente, apenas ronzándolos, hasta alcanzar mi cuello. Me sujetó de la mandíbula, girándome la cabeza para, esta vez sí, devorarme la boca. Una marea de sensaciones me invadió al sentir su lengua asediando la mía, su boca me robaba el aire y su cuerpo buscaba un contacto imposible con tanta ropa de por medio.
Se separó de mí por completo, y le oí agacharse a mis pies. Unas manos decididas me sujetaron los tobillos, mientras el calor de su respiración se transmitía a través de mi falda directamente a mi culo. Un mordisco inesperado me hizo pegar un respingo. Me separó un poco más las piernas y noté como sus rodillas se colaban entre ellas.  Sus manos subieron lentamente por mis gemelos, mis rodillas, acariciándolas por detrás, presionando con los pulgares, arañando suave con los dedos todo el recorrido hasta el borde de las medias y de la falda, que poco a poco iba enrollándose hacia arriba, mientras su boca no dejaba de besar y mordisquear mi culo sobre la tela. Yo ya no podía controlar mi respiración y se me escapaban jadeos ahogados cada vez que ascendía un poco más o hundía su cara entre mis piernas. En un movimiento rápido, recogió toda la falda en mi cintura y dejé de sentir su aliento cerca. Supe que estaba contemplando mi culo, apenas cubierto por el liguero de encaje y un pequeño tanga a juego.
—Es aún más maravilloso de lo que imaginaba.
Me estremecí.
—Señorita, voy a continuar el cacheo.
Y sin preámbulos apartó el tanga hacia un lado, colocó sus manos en mis caderas y, atrayéndome hacia él hundió su boca entre mis piernas, comenzando a lamerme con ganas. Se me escapó un pequeño grito y el ritmo endiablado de su lengua en mi coño hizo que se me escaparan dos o tres grititos más. Separó bien mis glúteos con las manos y lamió lentamente, con la lengua plana, toda la longitud de mis labios, invadiéndolos con rápidos y profundos toques de lengua, hasta subir y atacar con un húmedo beso mi agujerito trasero. Un gemido ronco se escapó de mis labios y mis caderas se pegaron a su cara instintivamente buscando más…
Se separó de mí y dejé de sentirle cerca. Hice amago de girarme, pero con una orden firme me mandó quedarme quieta.
—No te muevas. Sigues siendo mi detenida, y aun no he acabado de cachearte.
Le oí caminar detrás de mí, de un lado a otro, lentamente, con pasos largos. Como un lobo acechando a su presa. Un sonido metálico me sobresaltó “Clac, clac, clac”. No sabía qué era pero una herramienta fría comenzó a recorrer mis muslos, de nuevo en sentido ascendente.  Primero por encima de la tela de las medias, pero luego directamente sobre mi piel. Erizándola. Le sentí pegarse a mí de nuevo, y me sujetó de la barbilla mientras volvía a invadir mi oreja con su boca hablándome al tiempo:
—Es mi defensa. Lo que tú llamas “porra”. Y estoy siendo bueno, porque se me ocurren muchos otros usos con ella y contigo.
Gemí. La barra dura que notaba en mi culo ya no era la defensa metálica. Era otro tipo de arma mucho más gruesa, palpitante y contundente. Pugnaba por colocarse entre mis glúteos donde se alojó sin mucho esfuerzo pese a las dos capas de rígida tela de nos separaba. Los tacones me elevaban a la altura perfecta para encajar como dos piezas de un puzle.
Giré buscando de nuevo su boca y me la dio comiéndome la mía con ansia. Desobedeciéndole, eché la mano hacia atrás para atraparle de la nuca y enroscar con fuerza mis dedos en su cabello. Yo también lo quería intenso. Me abrazó con fuerza, pegándome aún más a él y a su erección, y deslizando lentamente la fría defensa por mi garganta y mi cuello, para, de un movimiento rápido, introducirla en mi camisa y tirar, haciendo saltar los botones y el cierre de mi sujetador y dejando expuestos mis pechos a sus ávidas manos, que los atraparon de inmediato torturándolos entre sus dedos.
—Me tienes loco, Raquel— Susurró.
—Pues comete una locura conmigo, Leo—Respondí, buscando con mi mano esa dureza que tanto deseaba acariciar.—Fóllame.
Desaté la furia con una palabra.
Me giró bruscamente y me alzó en volandas, le abracé con brazos y piernas. Nuestras bocas se buscaron. Nos besamos. Nos mordimos. Me elevó más arriba, sujetando mi cuerpo contra la pared, devorando mis pechos mientras una mano me sujetaba del culo y la otra pugnaba por desabrochar el cinturón y el pantalón.
Escuché el ruido de la hebilla chocando contra el suelo. Me sujetó los muslos con fuerza. Me miró a los ojos. Nos hundimos en nuestras miradas, apoyados sobre nuestras frentes, sin ser capaces de articular palabra, jadeando, anticipando ese instante que ambos deseábamos. Me dejó caer un poco. Su glande se colocó a la entrada de mi sexo. Gemí. Contuve el aire. Sonrió, juguetón, pero no se movió.
—Pídemelo otra vez. Quiero escucharlo de nuevo.
—Joder, Leo....—Suspiré, entrecerrando los ojos.
—Hazlo— Me ordenó, separándome de su sexo.
—No seas cabrón....— gemí.
—Estamos en un calabozo, ésta es mi forma de torturarte...—Me clavó los dedos en los cachetes del culo— Pídemelo ya.
—Buf, Leo.... Fóllame...— Susurré.
—Así no se pide— Me pegó más a la pared, volviendo a colocar la punta de su polla en mi húmedo coño.
—Ahhh— Jadeé— Fóllame...., FÓLLAME.
—Chica obediente —susurró y me dejó caer sobre su polla, empalándome por completo.
Se quedó quieto, mirándome. Yo me sentía llena. O eso creía, porque empujó de nuevo y me penetró aún más. Le miré con los ojos muy abiertos y la respiración contenida, incapaz de hablar. Salió despacio de mí, para volver a penetrarme de golpe. Un fuerte gemido brotó de mi garganta. Volvió a salir, de nuevo lentamente mientras yo aguantaba la respiración, para volver a ensartarme. Mis brazos le abrazaban y mis uñas se clavaban en su espalda. No era dueña de mí. Era una puta loba en celo.
—Lo voy a hacer de nuevo.—Jadeó mirándome a los ojos.— Y ahora te vas a correr.
No podía creer que fuera capaz de dominarme hasta ese punto. Dudé un segundo. Salió de mí. Me separó sin apenas rozarme. Y se lanzó a mi boca, violándomela casi literalmente con su lengua, justo en el mismo momento en que uno de sus dedos se introducía en mi ano y su polla me penetraba de nuevo.
Noté. Cada. Puñetero. Centímetro. De. Su. Polla.
Y me corrí, me ahogué en su boca y me diluí en sus dedos. Me apretó contra la pared y no disminuyó la presión hasta notar como mis espasmos se espaciaban y me calmaba un poco.
—Dios…., Leo….— gemí…
—No hemos acabado señorita.
En volandas me llevó al otro extremo de la celda y me dejó caer al suelo, sin dejar de abrazarme. Me soltó con cuidado, asegurándose de que no perdía el equilibrio.
Me quitó la falda, lo que quedaba de blusa y sujetador y el tanga. Me sentí terriblemente sexy, de pie, tan solo en liguero y tacones, casi desnuda ante él.
—Gírate, inclínate y sujétate fuerte a los barrotes— Me ordenó al oído mientras me mordía el cuello.
Obedecí y me quedé totalmente expuesta a él.
El azote no lo vi venir. Me sobresaltó y me puso en tensión. Pero me gustó, la dureza inmediata de mis pezones era prueba de ello. Acarició mi nalga de inmediato. La besó. La lamió.
—Perdona— me susurró.— No he podido evitarlo, tienes un culo tan….azotable.
Me estremecí y por una décima de segundo sentí temor esperando otro azote. Pero no lo hubo. Solo caricias por mi cuerpo, con las puntas de los dedos, evitando rozar directamente ninguna zona eminentemente erógena. Su lengua lamió mi espalda desde el coxis hasta el inicio de mi nuca. Sus manos subieron acariciando mis caderas, mis costados, mis axilas y mis brazos hasta enredar sus dedos entre los míos, que, aferrados fuertemente a los barrotes, se relajaron un poco. Me mordió levemente el cuello, pegándose de nuevo a mí y volví a sentir su dureza entre mis piernas. Se incorporó y en el camino una de sus manos se enmarañó en mi nuca, sujetándome fuerte del pelo y tirando levemente hacia atrás. Gemí al sentir de nuevo su polla entrar en mi coño y su mano agarrarme fuerte de la cadera.
—Pide— ordenó.
No tuvo que volver a decirlo.
—Fóllame cabrón—gemí entre dientes, con una voz ronca que no reconocí como mía.
Esta vez no fue lento. Comenzó de inmediato a bombearme con fuerza. Ayudándose con la mano de la cadera y retorciendo sus dedos en los cabellos de mi nuca, tirando. Ese ritmo endiablado me puso a mil y noté subir el inicio del orgasmo.
—Ahhhh, sigue.., SIGUEEE….
Se combó sobre mí. Agarró mis pechos mientras me mordía y lamía el cuello, jadeando y hundió su mano libre entre mis piernas, martirizando mi clítoris enérgicamente, sin dejar de cabalgarme ni un segundo. Comencé a correrme y él se tensó, abrazándome fuerte sin dejar de acariciarme. Me propinó tres fuertes embestidas mientras me corría que culminaron en su propio orgasmo bombardeando en el fondo de mi matriz. Nos quedamos abrazados, resoplando, recuperando el aliento.
Abrí los ojos y vi mis manos, blancas, aún aferradas a los barrotes. Le miré. Sonrió. Me acarició el rostro.
—Tienes un animal dentro, niña— susurró—y yo lo voy a sacar…
Me incorporé, aún mareada. Leo seguía dentro de mí. Me abrazó dulcemente, sin parar de acariciarme el cuerpo.
—Te invito a comer.—Sentenció— En tu casa. Cocino yo. Y tú solo llevarás puesto el delantal.
Sonreí.
Abandonándome en sus manos. Convirtiéndome en suya. Sintiéndome suya.


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