No se juega con la autoridad
En mi día a día de madre divorciada tengo un pequeño aliciente cada
mañana. Un policía que me vuelve loca y un día dará la vuelta a esa
rutina.
Con prisas.
Como siempre.
Hoy y todos los días. Siempre
acelerada, llegando tarde a todo, pidiendo disculpas a todas horas. Me había
quitado un peso de encima cuando me separé, pero ahora todo recaía sobre mis
hombros. Mi ex, con la excusa del divorcio, había decidido que se le presentaba
la oportunidad de oro para desarrollar su carrera en Estados Unidos y yo me
había quedado en España, con los dos niños y con todas las tareas y
responsabilidades de una madre y un padre juntos. Pero eso se traducía en
llegar a todos sitios con la lengua fuera y corriendo: Mañanas locas de duchas,
desayunos y peleas por un donut, deja a los niños en el cole, vuelta al coche,
atasco, oficina, sal de nuevo a toda prisa, recógelos, meriendas, deberes,
baños, cenas, cuento de buenas noches, dormir 6 o 7 horas y vuelta a empezar.
Podría contratar el autobús escolar para que llevara a los niños. Sí, es
cierto. Me lo puedo permitir. Con mi sueldo y lo que nos pasa mi ex, no voy con
aprietos. Pero…, es que todos los días, a las 8h45, tengo un aliciente que me
hace continuar feliz el resto del día y fantasear muchas noches…
Los niños entran en el cole a
las 9 y siempre llego sobre menos veinte, aparco, no demasiado cerca que es
bueno andar un poco… vale, miento, es
que en la puerta no hay quien aparque… Y cruzo con los niños el paso de cebra
mientras un policía detiene el tráfico. Siempre el mismo policía. El mismo que
me sonríe al pasar, que no me quita el ojo de encima en cuanto me ve llegar
corriendo por la otra acera, que contiene la marabunta de madres histéricas en
sus todoterrenos de ciudad, nerviosas porque llegan cinco minutos tarde al
gimnasio… para que yo pueda cruzar con dos críos colgados de los brazos… que me
susurra un “buenos días señorita”,
con una voz que hace que me tiemblen las piernas. Y el mismo que me ha pillado
dos y tres veces girando la cabeza para mirarle cuando entro en el colegio para
liberar a las fierecillas. Sí. Ese policía me alegra el día y protagoniza
algunas de mis solitarias fantasías por las noches.
Es un morenazo alto y atractivo,
calculo que tendrá treinta y cinco años, tan solo algo más joven que yo. Cada
día pienso que debo atreverme e invitarle a café, pero luego desecho la idea por
imposible ya que él no va a poder porque está de servicio y yo…, no puedo
llegar tarde a la oficina.
Esta mañana no estaba siendo
diferente. Hasta el momento en que ha dejado de serlo y todo ha dado un giro
inesperado.
Hoy tenía cierta urgencia y en
la oficina me esperaban temprano. Pero a veces los planes que tienes para un
día se enredan con otros y nada sale como pensabas. El rito empezó como de
costumbre. Llegaba con el tiempo justo, una extensión de niño en cada brazo y
yo con taconazos para la reunión con la dirección de Recursos Humanos de la
central que nos visita hoy. No se fijarán en mí, somos muchos, pero toca ir de
“empleada florero”, y como tal me he vestido: traje de chaqueta con falda
lápiz, azul marino, medias claras, blusa blanca ligeramente escotada y lencería
mona para sentirme guapa (me funciona cuando lo necesito). Así que he cruzado el paso de cebra subida a
los tacones arrastrando a mis hijos.
Mi policía me ha sonreído y me
ha susurrado su “buenos días señorita”,
añadiendo un “cuidado con esos tacones
que los carga el diablo”. Y, al alejarme, he sido consciente de cómo sus
ojos se clavaban en mi culo. Si no me he dejado un tobillo por el camino ha
sido un milagro, porque los nervios que me han invadido al pasar a su lado han
sido antológicos. Encima hoy los niños remoloneaban para soltarse de mí, y yo, con prisas.., buf.
He salido más tarde de lo normal
del colegio pero mi agente seguía ahí, cuadrado en medio del paso de cebra,
esperando que pasara de nuevo. Me ha sonreído otra vez, con un gracioso gesto
lleno de intenciones. Le he mirado de reojo y he sonreído. Me pone muy, muy
nerviosa.
Al llegar al coche, una pija con
un Q7 me cerraba el paso y no podía salir. Le he pitado y la mujer, demostrando
que la educación no se compra con dinero, me ha enseñado un bonito dedo corazón
y ha echado marcha atrás, golpeando con fuerza mi ibiza y largándose por patas
sin ni siquiera mirar atrás. Menos mal que he sido capaz de fijarme en la matrícula.
He salido del coche y efectivamente, un golpe tremendo abollaba el morro de mi
querido cochecito. Al agacharme he visto como goteaba un líquido verdoso debajo
del capó.
—Señorita.
Me giré y alcé la vista. Mi
policía se encontraba a mi lado, con cara de preocupación.
—No se inquiete, he sido testigo
de todo. Siento que no me haya dado tiempo a salir detrás de ella aunque he
anotado la matrícula. –Se le veía algo violento, supongo que por no haber
podido detener a esa tipeja — Debería usted presentar denuncia.
—Lo último que me importa es
presentar denuncia, agente. Tengo que arrancar el coche e irme a la oficina, no
llego a la reunión.— Me incorporé lentamente. Era consciente de que mi coche no
iba a arrancar, no sé mucho de mecánica, pero sabía que no iba a arrancar.
Se me quedó mirando fijamente a
los ojos, fueron tan solo un par de segundos en los que no dijo nada, pero me
puso cardiaca.
—Déjeme las llaves del coche,
voy a echar un vistazo bajo el capó.
Le tendí las llaves y al
cogerlas me rozó suavemente con sus dedos. Me estremecí. Es imposible que él no
se diera cuenta. Me sonrió levemente y se giró hacia mi coche.
Entró en el vehículo y abrió el
capó sujetándolo con esa barrita metálica que durante una décima de segundo
ocupó mi mente porque, me dije, seguramente tiene un nombre, pero… que olvidé
de inmediato ante la visión del cuerpo de policía inclinándose hacia el motor y
exponiendo un magnifico culo enfundado en los pantalones azules del uniforme.
Olvidé el golpe, la hora que era y la reunión a la que no llegaría y concentré
toda mi atención en los suaves e hipnóticos movimientos de sus glúteos mientras
trajinaba en el motor. A los pocos segundos un dolor intenso en el labio me
sacó de mi ensimismamiento. Llevaba mordiéndomelo desde que se había agachado
el policía y casi me había hecho sangre. Dios, cómo me ponía ese hombre. Y
menos mal, porque justo en ese momento se incorporó y se giró de nuevo hacia
mí.
—Lamento confirmar que no va a
arrancar, señorita. —Sentenció. – Creo que debería llamar al seguro, que se lo
lleven al taller e, insisto, ponga una denuncia.
—Sí…— Acerté a contestar,
mientras intentaba ordenar las ideas para ver cómo actuar, evitando mirarle a
esos ojazos que no ayudaban precisamente a pensar claro.
El policía me tendió las llaves,
entreteniéndose en dejarlas sobre mi mano mientras las suyas acariciaban
despacio la mía. No dejaba de mirarme, y parecía que deliberadamente el mundo se
moviera lento a nuestro alrededor.
La calle se quedaba de nuevo
tranquila pues la mayoría de los coches de papás y mamás ya se habían marchado.
Sonrió, ojeó el entorno y de nuevo me miró, clavando sus ojazos en mis pupilas.
—Le propongo una cosa— dijo y,
como pude, le sostuve la mirada, mientras una mareada de sensaciones recorría
mi cuerpo.— Apenas me queda trabajo aquí
y vuelvo a comisaría— miró el reloj — ¿Por qué no llama usted al seguro mientras yo
voy acabando? Quizá puedan mandar la grúa pronto y, si lo desea, le acerco para
que ponga la denuncia. Como yo he sido testigo, el papeleo le va a resultar
mucho más fácil.
Me quedé abstraída y fijé mi
mirada en un punto indefinido en el horizonte. Si le miraba, no sería capaz de
pensar. La verdad es que era una buena propuesta, incluso más que buena. A la
reunión ya no iba a llegar y era desde luego mejor aprovechar para poner ya la
denuncia. En el trabajo tendría justificada la falta con un documento policial
y…. estaría buena parte de la mañana junto a mi guapo policía….alimentando la
base de datos para mis fantasías nocturnas con su voz, su olor, su mirada, su
tacto…
Le hice caso. Llamé al seguro y
ellos me confirmaron que para poder proceder con el expediente, necesitaban la
denuncia. Llamé a la oficina, y mi jefe, cuando le expliqué lo ocurrido, me
dijo que me ocupara de resolverlo todo, y que tardara lo que necesitase; se
notaba que tenía prisa por colgarme porque no me hizo mucho caso. Hoy no me
iban a echar de menos. Y finalmente llamé al taller, que prometió enviar una
grúa en media hora. Entretanto, mi querido policía se encargó de resolver una o
dos incidencias tontas, y desapareció un rato en el interior del coche
patrulla, supongo que con algún trámite.
Llegó la grúa y ayudó al
mecánico.
—Coja lo que necesite de su
coche— me ordenó y obedecí sin rechistar cogiendo mi bolso del asiento trasero.
Mi culo de nuevo notó cómo se le clavaban no uno sino dos pares de ojos, esta
vez a los del policía se les unieron los del conductor de la grúa, al que mi
querido agente fulminó con la mirada según me incorporaba y cerraba la puerta.
El susodicho no se anduvo con tonterías y murmurando palabras ininteligibles me
tendió la tarjeta con la dirección del taller y desapareció.
Sonreí, me gustó ese gesto. Me sentí
protegida. A veces necesito sentirme así, siempre soy yo la fuerte y la
superwoman. Y este completo desconocido había logrado que me sintiera arropada.
Desde que mi ex se fue a las Américas, yo me he ocupado de todo, y, quizá
además por ser la hermana mayor, he sido siempre el pilar de mi familia e
hijos. Si lo pienso, en realidad incluso cuando estaba casada lo era. Mi marido
siempre se dejaba guiar y que las decisiones las tomara yo. Posiblemente esa sea
una de las razones por las que acabé aburriéndome de él. No le necesitaba para
nada en mi vida. Pero aún y todo, necesitaba que alguien se ocupara un poco de
mí y necesitaba dejarme mimar…, o un buen polvo, quién sabe.
Me quedé mirando alejarse a la
grúa, un poco intimidada y sin atreverme a mover un dedo sin que me lo dijera
el agente, abrazando el bolso con los brazos. Me giré y mi guapo policía me
estaba mirando, con un gesto socarrón. Creo que le estaba divirtiendo verme a
la defensiva.
—Bueno, señorita. Nos hemos quedado
solos.
Instintivamente miré a mi
alrededor, como para comprobar que, efectivamente, no había nadie en nuestro
entorno. No era cierto, alguna que otra persona pasaba por la acera, y le
devolví la mirada, inquisitiva, para darme cuenta de inmediato de que no había
sido un comentario al azar. Creo que me sonrojé. Soltó una carcajada.
—Por cierto, me llamo Leo.
Y me tendió la mano, sonriendo.
Me relajé y se la estreché.
—Raquel.
Firme y fuerte. Así fue el
apretón de manos. Y, no sé por qué, me estremecí.
—Bueno, Raquel, creo que podemos
irnos ya a comisaría, ¿no crees?
No me abrazó, ni siquiera me
rozó mientras nos dirigíamos al coche patrulla, pero noté cómo nos habíamos
acercado y avanzado varias etapas. Quizá el hecho de comenzar a tutearnos,
quizá el hecho de ponernos nombre. Quizá el hecho de estar solos. Quién lo
hubiera imaginado una hora antes.
Durante el trayecto se concentró
en la carretera y estuvimos hablando de cosas triviales, de los niños, del
colegio, y, claro está, logró sonsacarme si estaba o no casada. Si le gustó
saber que estaba divorciada, no lo sé, no lo dejó entrever. Pero yo aproveché
para inspeccionar disimuladamente su perfil y sus movimientos mientras
conducía. Cada vez me gustaba más. Y, aunque disimulaba muy bien, fui plenamente
consciente de hacia dónde dirigía él sus miradas en más de una ocasión:
alternaba entre mis piernas y mi escote, y cada vez que lo hacía, yo temblaba
un poquito.
Llegamos a comisaría. Los roces
y las miradas no eran ya tan casuales. Yo casi había olvidado para qué
estábamos allí cuando mi querido policía me llevó ante el compañero que nos
tomaría declaración. Me senté en una silla frente a su mesa mientras Leo
se quedaba de pie a mi lado, apoyando la mano en el respaldo de mi asiento y
rozando casualmente mi espalda. Mis piernas quedaron descubiertas por una falda
que se subió al sentarme, con el principio del fin de las medias asomando
peligrosamente. Con algo más de
intención por mi parte que el mero pliegue de la tela. Y yo deseando que mi
policía se percatara, si no lo había hecho ya, de que las sujetaba un bonito
liguero color marfil.
Me tomó
declaración y Leo fue confirmando los hechos. No tardamos más de media hora, y
el hecho de que mi policía hubiera sido testigo facilitaba todos los trámites.
Creo que podríamos haber tardado algo menos de tiempo, pero el dedo que
suavemente recorría mis cervicales me trababa la lengua y agolpaba mis
palabras. Leo miraba al frente con esa media sonrisilla perenne en su rostro.
Los movimientos de sus dedos en mi nuca me revolvían inquieta en la silla,
cruzando y descruzando las piernas, recolocándome el pelo, mordiéndome el labio. El policía de enfrente
debió de pensar que yo era la mujer más nerviosa y con más tics del mundo.
Simplemente estaba cada vez más caliente.
Acabada la declaración, salimos
del despacho del inspector. Leo me sujetó suave pero firmemente del codo,
dirigiendo mis movimientos por los pasillos de comisaría. Llegamos a una
máquina de café.
—¿Solo o con leche?— Me preguntó
Leo mirándome de nuevo a los ojos, e instintivamente metió la mano en el
bolsillo de su pantalón en busca de calderilla. Seguí distraídamente el
movimiento de esa mano y me percaté del bulto más que interesante que marcaba
su uniforme. Apenas fui capaz de balbucear:
— So…solo. Sin azúcar.
Sonrió. Dominaba la situación y
lo sabía. Qué capullo.
Me mordí de nuevo el labio.
Nerviosa. Excitada.
—Deja de morderte el labio de
esa manera, Raquel.—me ordenó en voz
baja. Le miré. Le
brillaban los ojos. Y a mí…, me temblaban las piernas.
—¿Sabes, preciosa? Creo que no
te necesitan hoy en el trabajo— hizo una pausa sonriendo enigmáticamente — Te
voy a enseñar la comisaría… y lo que sabe hacer un policía.
Eso último me lo dijo casi en un
susurro. Creo que solté un leve gemido. Me estaba convirtiendo en una marioneta
en sus manos. Y me estaba gustando.
No me bebí el café. Ni sé de qué
habló cuando unos compañeros pasaron a su lado y le saludaron. La cabeza me
daba vueltas.
—Ven — Me dijo volviendo a
sujetarme del codo.
Me llevó de
nuevo por otros pasillos, en silencio, despacio, ni me fijé
por dónde íbamos, concentrada como estaba en las descargas de electricidad que
esos dedos me transmitían. Nunca imaginé que pudiera tener un punto erógeno en
el codo. Me sentía extrañamente segura y confiada.
Bajamos unas
escaleras y llegamos a un corredor a oscuras. Temblé. ¿Era temor? ¿Frío
tal vez? Encendió las luces. A los lados se
alineaban las puertas de unas celdas. Intuí que
eran los calabozos. Leo se pegó más a mí, sentí su respiración en mi nuca, el calor
de su cuerpo y su voz comenzó a acariciarme de nuevo, grave, envolvente,
serena:
—¿Sabes, Raquel?
Aquí es donde acaban los maleantes. Aquellos que se atreven a desafiar a la
autoridad, rompiendo las reglas o alterando el orden público.
Nos dirigíamos lentamente a una
de las celdas. Me dejaba llevar. Sus manos se apoyaron en mis hombros, bajando
lentamente por mis brazos. Continuó hablando.
—Aquí es donde les damos tiempo
para recapacitar, para que piensen, para enmendarse….
Entramos en la celda y cerró
suavemente la puerta tras él. Un escalofrío me recorrió de pies a cabeza.
Sus manos seguían recorriendo
mis brazos, pegándolos a mi cuerpo.
—Y tú…, tú te has atrevido a
desafiarme.
Quise musitar una queja, pero no
pude. Esas palabras penetraron en mi
oído con un susurro. De inmediato me sujetó las manos y
me llevó hacia la pared. Allí las elevó sobre mi cabeza, inmovilizándolas con
una mano.
—Llevas semanas tentándome: con tus miradas, tu
movimiento de caderas, con esos vestidos y esos tacones... Sabiendo que no
puedo hacer nada. Me cautivas y disfrutas dejándome todos los días con ganas de
más. Eso no está bien, señorita.
Me apartó el pelo e instintivamente incliné ligeramente
la cabeza, ofreciéndole el cuello. Sonrió, una suave bocanada de aire en mi piel
le delató. Depositó un leve beso que me hizo estremecer.
—Ahora estás en mi terreno..., y aun no he decidido si
eres una chica buena o una chica mala. Voy a tener que investigar...
Volvió a besarme, pegando su cuerpo a mi espalda. Mi
respiración se volvía más agitada por momentos.
—¿Va a colaborar, señorita?
No me dejó responder.
—Ahora voy a soltarte las manos. No quiero que las
bajes. Apoya las palmas en la pared.
Acompañó sus palabras con sus manos colocando las mías
separadas sobre la fría pared. Bajaron después lentamente por los costados de
mi cuerpo. La punta de su zapato se coló entre mis pies, obligándome a separar
ligeramente las piernas. Le sentía pegado a mí. Escuchaba su respiración en mi
oído.
—Lo primero que debo hacer, como agente de la autoridad,
es cachearte. ¿Escondes algo?
—Mmmh, no....—Balbuceé.
—Eso dicen todos, señorita— Su aliento en mi cuello me
erizaba la piel – Estoy seguro de que si busco, encuentro algo prohibido.
—Bésame— Le pedí en un suspiro girando mi cabeza hacia
la suya, buscando su boca.
—Shh, shhh. Aquí soy yo quien da las órdenes,
señorita…
Ronroneé. Y me pegué inconscientemente más a su
cuerpo. Una de sus manos se deslizaba por mi cadera, despacio, levantando
ligeramente la falda, acariciando el borde de la media, introduciendo un dedo
bajo la cinta del liguero, tirando de él. La mano libre se posó en mi vientre y
me atrajo hacia él. A pesar de la calma que se empeñaba en transmitir, pude
notar el grado de excitación que le invadía. Sus labios recorrieron el lateral
de mi cuello hasta mordisquear el lóbulo de mi oreja. Gemí cuando su lengua se
introdujo en ella.
—Ya no eres una niñata, así que si sabes lo que te
conviene, te sugiero que no despegues las manos de la pared o tendré que
castigarte.
La mano que se encontraba en mis caderas acabó encontrando
la cremallera de la falda, y, hábilmente, la desabrochó para luego unirse a su
compañera sobre mi vientre, peligrosamente cerca de mi pubis. La otra mano
subió acariciándome por encima de la blusa hacia mis pechos, que evitó
deliberadamente, apenas ronzándolos, hasta alcanzar mi cuello. Me sujetó de la
mandíbula, girándome la cabeza para, esta vez sí, devorarme la boca. Una marea
de sensaciones me invadió al sentir su lengua asediando la mía, su boca me
robaba el aire y su cuerpo buscaba un contacto imposible con tanta ropa de por
medio.
Se separó de mí por completo, y le oí agacharse a mis
pies. Unas manos decididas me sujetaron los tobillos, mientras el calor de su
respiración se transmitía a través de mi falda directamente a mi culo. Un
mordisco inesperado me hizo pegar un respingo. Me separó un poco más las
piernas y noté como sus rodillas se colaban entre ellas. Sus manos subieron lentamente por mis
gemelos, mis rodillas, acariciándolas por detrás, presionando con los pulgares,
arañando suave con los dedos todo el recorrido hasta el borde de las medias y
de la falda, que poco a poco iba enrollándose hacia arriba, mientras su boca no
dejaba de besar y mordisquear mi culo sobre la tela. Yo ya no podía controlar
mi respiración y se me escapaban jadeos ahogados cada vez que ascendía un poco
más o hundía su cara entre mis piernas. En un movimiento rápido, recogió toda
la falda en mi cintura y dejé de sentir su aliento cerca. Supe que estaba
contemplando mi culo, apenas cubierto por el liguero de encaje y un pequeño
tanga a juego.
—Es aún más maravilloso de lo que imaginaba.
Me estremecí.
—Señorita, voy a continuar el cacheo.
Y sin preámbulos apartó el tanga hacia un lado, colocó
sus manos en mis caderas y, atrayéndome hacia él hundió su boca entre mis
piernas, comenzando a lamerme con ganas. Se me escapó un pequeño grito y el
ritmo endiablado de su lengua en mi coño hizo que se me escaparan dos o tres
grititos más. Separó bien mis glúteos con las manos y lamió lentamente, con la
lengua plana, toda la longitud de mis labios, invadiéndolos con rápidos y
profundos toques de lengua, hasta subir y atacar con un húmedo beso mi
agujerito trasero. Un gemido ronco se escapó de mis labios y mis caderas se pegaron
a su cara instintivamente buscando más…
Se separó de mí y dejé de sentirle cerca. Hice amago
de girarme, pero con una orden firme me mandó quedarme quieta.
—No te muevas. Sigues siendo mi detenida, y aun no he
acabado de cachearte.
Le oí caminar detrás de mí, de un lado a otro,
lentamente, con pasos largos. Como un lobo acechando a su presa. Un sonido
metálico me sobresaltó “Clac, clac, clac”. No sabía qué era pero una
herramienta fría comenzó a recorrer mis muslos, de nuevo en sentido
ascendente. Primero por encima de la
tela de las medias, pero luego directamente sobre mi piel. Erizándola. Le sentí
pegarse a mí de nuevo, y me sujetó de la barbilla mientras volvía a invadir mi
oreja con su boca hablándome al tiempo:
—Es mi defensa. Lo que tú llamas “porra”. Y estoy
siendo bueno, porque se me ocurren muchos otros usos con ella y contigo.
Gemí. La barra dura que notaba en mi culo ya no era la
defensa metálica. Era otro tipo de arma mucho más gruesa, palpitante y contundente.
Pugnaba por colocarse entre mis glúteos donde se alojó sin mucho esfuerzo pese
a las dos capas de rígida tela de nos separaba. Los tacones me elevaban a la
altura perfecta para encajar como dos piezas de un puzle.
Giré buscando de nuevo su boca y me la dio comiéndome
la mía con ansia. Desobedeciéndole, eché la mano hacia atrás para atraparle de
la nuca y enroscar con fuerza mis dedos en su cabello. Yo también lo quería
intenso. Me abrazó con fuerza, pegándome aún más a él y a su erección, y
deslizando lentamente la fría defensa por mi garganta y mi cuello, para, de un
movimiento rápido, introducirla en mi camisa y tirar, haciendo saltar los
botones y el cierre de mi sujetador y dejando expuestos mis pechos a sus ávidas
manos, que los atraparon de inmediato torturándolos entre sus dedos.
—Me tienes loco, Raquel— Susurró.
—Pues comete una locura conmigo, Leo—Respondí,
buscando con mi mano esa dureza que tanto deseaba acariciar.—Fóllame.
Desaté la furia con una palabra.
Me giró bruscamente y me alzó en volandas, le abracé
con brazos y piernas. Nuestras bocas se buscaron. Nos besamos. Nos mordimos. Me
elevó más arriba, sujetando mi cuerpo contra la pared, devorando mis pechos
mientras una mano me sujetaba del culo y la otra pugnaba por desabrochar el
cinturón y el pantalón.
Escuché el ruido de la hebilla chocando contra el
suelo. Me sujetó los muslos con fuerza. Me miró a los ojos. Nos hundimos en
nuestras miradas, apoyados sobre nuestras frentes, sin ser capaces de articular
palabra, jadeando, anticipando ese instante que ambos deseábamos. Me dejó caer
un poco. Su glande se colocó a la entrada de mi sexo. Gemí. Contuve el aire.
Sonrió, juguetón, pero no se movió.
—Pídemelo otra vez. Quiero escucharlo de nuevo.
—Joder, Leo....—Suspiré, entrecerrando los ojos.
—Hazlo— Me ordenó, separándome de su sexo.
—No seas cabrón....— gemí.
—Estamos en un calabozo, ésta es mi forma de
torturarte...—Me clavó los dedos en los cachetes del culo— Pídemelo ya.
—Buf, Leo.... Fóllame...— Susurré.
—Así no se pide— Me pegó más a la pared, volviendo a
colocar la punta de su polla en mi húmedo coño.
—Ahhh— Jadeé— Fóllame...., FÓLLAME.
—Chica obediente —susurró y me dejó caer sobre su
polla, empalándome por completo.
Se quedó quieto, mirándome. Yo me sentía llena. O eso
creía, porque empujó de nuevo y me penetró aún más. Le miré con los ojos muy
abiertos y la respiración contenida, incapaz de hablar. Salió despacio de mí,
para volver a penetrarme de golpe. Un fuerte gemido brotó de mi garganta. Volvió
a salir, de nuevo lentamente mientras yo aguantaba la respiración, para volver
a ensartarme. Mis brazos le abrazaban y mis uñas se clavaban en su espalda. No
era dueña de mí. Era una puta loba en celo.
—Lo voy a hacer de nuevo.—Jadeó mirándome a los ojos.—
Y ahora te vas a correr.
No podía creer que fuera capaz de dominarme hasta ese
punto. Dudé un segundo. Salió de mí. Me separó sin apenas rozarme. Y se lanzó a
mi boca, violándomela casi literalmente con su lengua, justo en el mismo
momento en que uno de sus dedos se introducía en mi ano y su polla me penetraba
de nuevo.
Noté. Cada. Puñetero. Centímetro. De. Su. Polla.
Y me corrí, me ahogué en su boca y me diluí en sus
dedos. Me apretó contra la pared y no disminuyó la presión hasta notar como mis
espasmos se espaciaban y me calmaba un poco.
—Dios…., Leo….— gemí…
—No hemos acabado señorita.
En volandas me llevó al otro extremo de la celda y me
dejó caer al suelo, sin dejar de abrazarme. Me soltó con cuidado, asegurándose
de que no perdía el equilibrio.
Me quitó la falda, lo que quedaba de blusa y sujetador
y el tanga. Me sentí terriblemente sexy, de pie, tan solo en liguero y tacones,
casi desnuda ante él.
—Gírate, inclínate y sujétate fuerte a los barrotes—
Me ordenó al oído mientras me mordía el cuello.
Obedecí y me quedé totalmente expuesta a él.
El azote no lo vi venir. Me sobresaltó y me puso en
tensión. Pero me gustó, la dureza inmediata de mis pezones era prueba de ello.
Acarició mi nalga de inmediato. La besó. La lamió.
—Perdona— me susurró.— No he podido evitarlo, tienes
un culo tan….azotable.
Me estremecí y por una décima de segundo sentí temor
esperando otro azote. Pero no lo hubo. Solo caricias por mi cuerpo, con las
puntas de los dedos, evitando rozar directamente ninguna zona eminentemente
erógena. Su lengua lamió mi espalda desde el coxis hasta el inicio de mi nuca.
Sus manos subieron acariciando mis caderas, mis costados, mis axilas y mis
brazos hasta enredar sus dedos entre los míos, que, aferrados fuertemente a los
barrotes, se relajaron un poco. Me mordió levemente el cuello, pegándose de
nuevo a mí y volví a sentir su dureza entre mis piernas. Se incorporó y en el
camino una de sus manos se enmarañó en mi nuca, sujetándome fuerte del pelo y
tirando levemente hacia atrás. Gemí al sentir de nuevo su polla entrar en mi
coño y su mano agarrarme fuerte de la cadera.
—Pide— ordenó.
No tuvo que volver a decirlo.
—Fóllame cabrón—gemí entre dientes, con una voz ronca
que no reconocí como mía.
Esta vez no fue lento. Comenzó de inmediato a
bombearme con fuerza. Ayudándose con la mano de la cadera y retorciendo sus
dedos en los cabellos de mi nuca, tirando. Ese ritmo endiablado me puso a mil y
noté subir el inicio del orgasmo.
—Ahhhh, sigue.., SIGUEEE….
Se combó sobre mí. Agarró mis pechos mientras me
mordía y lamía el cuello, jadeando y hundió su mano libre entre mis piernas,
martirizando mi clítoris enérgicamente, sin dejar de cabalgarme ni un segundo.
Comencé a correrme y él se tensó, abrazándome fuerte sin dejar de acariciarme.
Me propinó tres fuertes embestidas mientras me corría que culminaron en su
propio orgasmo bombardeando en el fondo de mi matriz. Nos quedamos abrazados,
resoplando, recuperando el aliento.
Abrí los ojos y vi mis manos, blancas, aún aferradas a
los barrotes. Le miré. Sonrió. Me acarició el rostro.
—Tienes un animal dentro, niña— susurró—y yo lo voy a
sacar…
Me incorporé, aún mareada. Leo seguía dentro de mí. Me
abrazó dulcemente, sin parar de acariciarme el cuerpo.
—Te invito a comer.—Sentenció— En tu casa. Cocino yo.
Y tú solo llevarás puesto el delantal.
Sonreí.
Abandonándome en sus manos. Convirtiéndome en suya. Sintiéndome suya.
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