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viernes, 5 de junio de 2020

El becario


Llevaba varios días quedándome tarde a trabajar, viajaba a Londres al día siguiente a una reunión importante con nuestros socios británicos y nos jugábamos mucho. Y yo era la más indicada para liderar esa reunión; por experiencia (casi diez años trabajando para la firma) y porque llevaba trabajando en ese proyecto cerca de un año. Pero a pesar de eso, quedarme hasta tan tarde en la oficina, no me gustaba. Aprecio mucho mi vida personal y aunque en ese momento mi vida social era casi nula, seguía apreciando el tiempo para mí misma, y no me gustaba regalarlo a la empresa.

Afortunadamente para mí no me quedaba sola. Te quedabas tú, Juan, el becario, el chico de 26 años que lleva trabajando conmigo seis meses. Al principio, tengo que reconocértelo, no me hacía mucha gracia tener que ocuparme de un becario, imaginaba que perdería mucho tiempo formando a un recién licenciado inexperto y que me darías más trabajo que ventajas. Pero resultaste ser un chico muy inteligente y que captaba todo a la primera. Estabas deseoso de aprender y desprendías energía y buen rollo por todos los poros. Y encima me impactaste físicamente pues estás muy bien: alto, moreno, fuerte y con unos ojos verdes que taladran al mirarte. La mayoría de las jovencitas del departamento estaban como locas contigo y no paraban de tirarte los tejos. Y yo, tonta de mí, me quedaba atrás pensando que si yo hubiese sido jovencita como ellas, quien sabe si no lo hubiera hecho también. Pero yo era tu jefa y encima más de 10 años mayor, así que con disfrutar de tu presencia me bastaba (que no vayas a comer no impide que mires el menú, ¿no?). Resulta, también, que eres bueno en tu trabajo, además de guapo, así que ¿qué más podía pedirte?, estaba encantada. Por otra parte, pareces querer ganar puntos en la empresa para que te contraten indefinidamente ya que echas las mismas horas que yo en la oficina (a pesar de que te pagan una verdadera miseria).


Ese día, estábamos los dos solos en la oficina, eran casi las 10 de la noche y el departamento se encontraba en penumbra; a excepción de mi ordenador y tu ordenador, no había más luces. Tú estabas sentado frente a tu mesa en el área abierta situada justo frente a mi despacho. Yo trabajaba en las presentaciones del día siguiente mientras tú preparabas el material para la reunión. 

Desde donde yo estaba te veía perfectamente trabajar, eficientemente y sin descanso. De vez en cuando me mirabas y sonreías y yo desviaba la mirada. No quería que pensases que me atraías, aunque lo cierto es que me ponías mala, en el mejor sentido: me resultas tremendamente atractivo y sensual, a pesar de la diferencia de edad y me encontraba excitada al tenerte tan cerca. Era verano, y no obstante habías venido con camisa blanca de manga larga, que, a esas horas, ya habías remangado a medio brazo. Te quedaba muy sexy. Llevabas puestos unos vaqueros algo ajustados que marcaban bien tus fuertes piernas (y seguramente otras partes de tu anatomía, pero no me atrevía a mirar). Estabas cañón. Desde el momento en que nos quedamos solos en el departamento, no podía dejar de observarte: si tecleabas algo al ordenador, me fijaba en tus fuertes manos y ágiles dedos; si te levantabas a por algún documento, se me iban los ojos a tu culo; eso sí, si me mirabas tú a mí, me hacía la tonta y me ponía muy seria a mirar la pantalla de mi ordenador. Si te dabas cuenta de mis miradas, lo disimulabas muy bien desde luego. Yo estaba convencida de que no te dabas cuenta…, o eso creía yo, ¿verdad, Juan?…

—Jefa – Te empeñas en llamarme “jefa” y no me gusta nada. Lo sabes y lo haces para chincharme. Te gusta jugar conmigo.

—Dime, Juan— te miré como quien mira al vacío, para que no notaras cómo me descolocaban tus ojos verdes.

— ¿No crees que podríamos cenar algo?— me dijiste— Tú no sé si tendrás hambre, pero yo me comería una vaca.

(¡Ay!, cómeme a mí…— pensé yo)

—Pues.., no tengo mucha hambre, Juan, baja tú a comer algo si quieres. 

—De acuerdo, pues bajo y traigo alguna cosa para mí y para ti. Tienes que comer algo…


(Sí, Juan, a ti te comería yo)

—No es necesario, de verdad, no tengo hambre. 

—Me da igual, te subo algo.

Y te fuiste al bar que hay en la planta baja del edificio. Yo aproveché para ir al servicio, necesitaba tomar aire y relajarme un poco. Me refresqué los brazos y el cuello con agua fría. Mis pezones se quejaron del cambio brusco de temperatura rebelándose bajo la seda de mi blusa.


—Ahora no, capullos— les susurré—volved ahora mismo a vuestro estado de reposo, ¡es una orden!


Pero van a lo suyo y prefirieron no hacerme caso.

Me senté en la taza del wáter con el tanga por los tobillos.

—¿Tú también, hijo mío?

Él también me traicionaba. Tenía el coñito hinchado y húmedo.

—Joder con el jovencito— murmuré.

Me entraron ganas de intentar bajarme la calentura ahí mismo, pero oí el sonido del ascensor y salí, precipitadamente, del baño. 

(¡Coño, Ana, que no estabas haciendo nada malo…!)

— ¡Oups! ¡Hola jefa! ¡Cuidado!

Me di de bruces contigo, me choqué con todo lo largo que eres…, y todo lo duro, buf, esto iba a peor.


—Perdona, Juan — balbuceé— Estaba en el baño.., esto…

—Ya sé, jefa, no me des detalles—reíste.

—“¡Pero qué vas a saber tú!”—pensé.

Me acompañaste hasta el despacho. Qué bien olías….

—Te he traído un mixto— me lo colocaste al lado del teclado. —Y creo que a estas horas bien nos merecemos una cervecita, ¿no?— pusiste un botellín bien frío al lado. Alcohol, justo lo que necesitaba ahora mi cuerpo, sustancias desinhibitorias…

—No te la bebas deprisa, jefa— me dijiste sonriendo. ¿Me leías la mente?

Afortunadamente te fuiste a tu sitio dejándome,…solita y encendida, ¡¡perdón!!…, dejándome trabajar de nuevo.

Intenté concentrarme en las diapositivas para así relajarme un poco. Mordisqueé distraídamente el sándwich y pegué un par de sorbos a la cerveza fresquita. ¿Fresquita? ¡¡Aquí estamos de nuevo!! (…capullos…). Me centré en mi trabajo.

—Deberías comer más— Pegué un respingo. Estabas justo a mi lado.

(Coño, qué susto, ¿cómo has llegado hasta aquí?, no te he oído moverte, ¿serás un vampiro?)


Miré el plato, quedaba aún medio sándwich y un bocado del otro.

—Cómete al menos este trozo.

Cogiste el “trozo” entre los dedos y me lo metiste en la boca, introduciendo ligeramente tu pulgar en la misma y pellizcándome despacio el labio inferior al sacarlo. Me mirabas socarrón. Yo me había quedado catatónica y sin capacidad de reacción. Ni morder el sándwich podía. Te diste la vuelta y volviste a tu sitio, desde donde me observabas divertido. Volví a la tierra del mundo de las fantasías y me puse a trabajar, aparentando ignorarte.

De reojo te vi levantarte hacia la máquina expendedora. Volviste con un helado de corte de nata. Sólo uno. Lo abriste y te dispusiste a pegarle un mordisco, pero…, cambiaste de idea, y colocándolo verticalmente procediste a lamer despacio el helado que se encontraba atrapado entre los dos trozos de galleta. Mientras lo hacías…, me mirabas fijamente. Consciente del efecto que me estabas produciendo. Lamiste el helado varias veces, despacio, muy despacio…. Y—sin—dejar—de—mirarme.

(Diooooossssssss), quería morirme…

El helado goteaba y no queriendo desperdiciarlo sorbías con fruición la nata y la galleta. Y volvías a lamer y lamer. Despacito. Mirándome todo el rato.

(Dioooossssssss míiiooooo). Creo que el helado no era lo único que goteaba.

Te levantaste de tu sitio, y, sin despegar tus ojos de los míos ni de devorar el helado, entraste en mi despacho, caminado tranquilamente y cerrando la puerta tras de ti con el pie. Rodeaste mi mesa y me giraste sobre la silla para colocarme frente a ti.

— ¿Quieres helado, verdad golosa?

(Sí, sí… helado)— pensé sin ser capaz de mover ni un músculo.

—Ven, saca esa lengüecita que te doy un poco— y te inclinaste sobre mí agarrándome de la barbilla. Abrí ligeramente la boca y obedecí, como una niña buena, sacando la lengua y entrecerrando los ojos. Dejaste caer algunas gotas de helado sobre ella. Pero no hiciste nada más. Abrí los ojos.

— ¿Quieres más? Toma, chupa un poco— Y colocaste el helado sobre mis labios. Chupé suavemente y sorbí un poco de helado. Estaba frío.

(Holaaaa, aquí estamos de nuevo…..). Mis pezones se endurecieron bajo la blusa, marcándose rápidamente bajo la tela.

Te diste cuenta y bajaste la mirada hacia ellos, sonriendo. Te comiste el trocito de helado que quedaba y me miraste mientras te chupabas despacio los dedos. Disfrutando con mi inquietud, con mis nervios, con mi cuerpo entregándose a tus ordenes poco a poco. Te inclinaste de nuevo hacia mí, atrapando mis manos contra los apoyabrazos de la silla. Acercaste peligrosamente tu rostro al mío.

—Tienes helado aquí— y me lamiste la comisura izquierda de los labios, introduciendo ligeramente tu lengua en mi boca. Gemí, cerrando los ojos, esperando un ataque más profundo. Quería más, un beso, un beso profundo.

No lo hubo.

Abrí los ojos para ver cómo me mirabas fijamente a apenas centímetros de mi rostro. Con una media sonrisa que derretía. Miré tus labios. ¡Cómo deseaba besarlos!. Casi podía respirarte, me embriagabas, tu aliento acariciaba mi rostro y mi corazón se aceleraba más a cada segundo. Tus manos aprisionando las mías me electrizaban… Tu cálida voz interrumpió mis pensamientos.


— ¿Creías que no me doy cuenta de cómo me miras, Ana? – me dijiste en un susurro— ¿Crees que no sé cómo te pongo? ¿o es que no te has dado cuenta de que me produces el mismo efecto? Jefa…, estoy seguro de que ahora tú estás tan derretida como el heladito…


Soltando mis manos, las llevaste a mis piernas y, en un movimiento rápido, me levantaste de la silla para hacerme sentar en el borde de la misma levantándome a la vez la falda hasta arrugarla en mi cintura. Acariciaste mis muslos, mis caderas y enredaste tus dedos en el encaje de mi tanga haciéndolo descender despacio hasta los tobillos, por donde lo sacaste. Antes de deshacerte de él, te lo llevaste a la cara y lo olisqueaste con gula. Ese gesto, tan erótico y obsceno a la vez, me encendió aún más. Luego lo tiraste al suelo.

Con una mano en cada rodilla, me separaste las piernas y dejaste mi hinchado, húmedo y depilado coñito al aire.

—Buf, jefa…, cómo estás…—Susurraste mientras te arrodillabas despacio entre mis muslos.


Tus manos, que no habían abandonado mis rodillas, comenzaron un lento ascenso por la cara interior de mis muslos, acariciándome lentamente, pintando un camino de suaves cosquillas con los dedos. Yo contenía la respiración, expectante. Cuando llegaron a la altura de mi sexo, acariciaste suavemente con los pulgares mis hinchados labios mayores. Gemí, exhalando de golpe todo el aire que llevaba conteniendo varios minutos. Reíste, con su boca a apenas dos o tres centímetros de mí, inundándome con tu respiración.

—Ahora te voy a devorar despacito, Ana—susurraste, soplando adrede sobre mi coñito y mirándome fijamente a los ojos. Y despacio, muy despacio acercaste sus labios a los míos (los de ahí abajo). Cerré instintivamente los ojos, concentrándome en sentirte. Y me besaste delicadamente. Y me estremecí. Y cuando me volviste a besar, me estremecí de nuevo. Y cuando tu lengua, invasora, comenzó a zigzaguear introduciéndose en mi coñito, creí morir. Me lamías como al helado, despacio, deprisa, te centrabas en una zona y me invadías profundamente o te dedicabas a darme pequeños golpecitos por todos lados. Cabrón, se te daba muy bien y mi respiración entrecortada era buena prueba de ello. Tus labios tomaron mi clítoris como rehén y no lo dejaban escapar, mientras tu lengua le interrogaba dentro de tu boca, sin piedad ni pausa. Tuve que morderme la mano para ahogar los gemidos de placer que escapaban de mi boca mientras intentaba aferrarme a la silla pues me estabas haciendo revolverme en ella como si el asiento ardiera. A punto estaba de correrme cuando te separaste bruscamente de mí.  Te miré, angustiada por no sentirte. Solo fueron dos segundos los que clavaste tus ojos, vidriosos por el deseo en los míos, pero supe en ese momento que me iba a dar toda a ti.

Me izaste en tus brazos y enrosqué mis piernas a tu torso, sentí tu dureza a través del vaquero alojarse entre mis piernas y te abracé clavando mi pecho al tuyo. Me miraste un segundo a los ojos de nuevo y me besaste intensamente. Me gustó sentir mi sabor en tus labios. Tu lengua se alojó en mi boca iniciando un baile frenético con la mía. Besos, labios, lenguas, saliva, jadeos, mordiscos…. Me deshice del abrazo para poder quitarte tus pantalones que tanto me molestaban. Me dejaste hacer, me arrodillé ante ti y te bajé los pantalones y el bóxer de golpe, para contemplar tu perfecta polla aparecer brincando contenta ante mis ojos y mi ansiosa boca. Deseaba comerte y no dude ni un segundo en arropar ese duro trozo de carne entre mis labios. Gemiste, fue un gemido ronco que salió de tu garganta cuando la calidez de mi boca y mi lengua rodearon tu brillante glande. Y volviste a gemir cuando comencé a lamerte dentro de mi boca. Y suspiraste. Cuando mis dedos rodearon la base de tu polla. Y murmuraste “…joder, joder, joder…” cuando mis manos acariciaban tus testículos mientras mi boca devoraba tu polla arriba y abajo recorriendo todo tu tronco y mis dedos seguían el ritmo en la parte de tu polla que mi boca no era capaz de alojar…. Y después, me sujetaste del pelo, obligándome a parar porque estabas a punto de correrte…. Y me levantaste, me quitaste la blusa no sé ni cómo para comerme los pezones, y mientras tus dedos se introducían en mí haciendo que me retorciera, mis manos, que no habían abandonado tu polla, sincronizaron tus movimientos  masajeando todo el tronco de tu polla. Me volviste a besar, con ansia, muy profundamente, y me arrastraste hasta el ventanal del despacho donde me giraste sin dejar de comerme la boca, pegándome contra el frío cristal. Me separaste las piernas, una de tus manos me agarraba de la cadera, mientras la otra ayudaba a tu polla a encontrar el camino a mi interior. Me penetraste de golpe y un escalofrío me recorrió de arriba a abajo. Comenzaste a embestirme con fuerza y no tardé en córreme una primera vez. Jadeabas, yo gemía, me besabas y bebíamos el ansia del deseo acumulado en nuestros labios. Seguramente se nos viera desde la calle. Y me importaba un carajo. Una de tus manos buscó mi clítoris y comenzaste a torturarlo con tus dedos. Un segundo orgasmo muy intenso me invadió. Me flaquearon las piernas y me derrumbé. Tú, no queriendo abandonar mi interior me sujetaste y acompañaste al suelo. Dejaste de bombear un momento para darme tiempo a recuperarme, mientras yo jadeaba, extenuada, abrazando el suelo. Me giré y te miré, despeinada, despintada, jadeante, y me dijiste que era preciosa. Te empujé contra el suelo y me encaramé a ti, introduciéndote de nuevo en mí. Ahora mandaba yo. Y comencé a cabalgarte. Lo más rápido que mis piernas me permitían. Desde ahí te dominaba, sabía cómo moverme según tus gestos, y todo tú me pedías más y más. Devoraste mis pechos, mi cuello, mi boca y yo no dejaba de follarte. De repente te tensaste y me susurraste…” Joder, me voy a correr…”. Y me agarraste de las caderas y comenzaste a bombear con fuerza aumentando la intensidad de las embestidas. Y te corriste. Y me corrí contigo. Y caí agotada sobre tu cuerpo sudoroso. Y me abrazaste, todavía jadeante, sin salir de mí aún….

Quizá estuvimos así unos minutos o sólo unos segundos, no soy capaz de recordarlo; quietos, abrazados, jadeando suavemente, recuperándonos…

Me incorporé un poco para mirarte. Sonreías.

—Juan, ¿te vienes mañana a Londres conmigo?— Susurré.

—Es posible, jefa, con una condición..

— ¿Cuál?

—De que me pagues todas las horas extra de esta manera.

—¡Jajaja! ¡De acuerdo!, Y ahora, venga, becario, levántate y a trabajar que aún no hemos terminado la presentación.

—No—contestaste abrazándome más fuerte sin dejar que me levantara.

— En serio, Juan, deja que me levante, tenemos que acabar.

— Yo aún no he acabado, jefa—susurraste en mi oído, y noté cómo tu polla comenzaba a palpitar dentro de mí, endureciéndose de nuevo.

— Juan....

— Shh....—me hiciste callar con un beso y comenzaste un lento baile de caderas, moviéndote despacio en mi interior.

— Joderrrrrrr…..—susurré, excitada de nuevo— joder..., benditos veintiséis….

— Calla y disfrútalos, jefa.

— Ufff….,siiiii, no pares Juan, joder…..—gemí, mandando mentalmente la presentación al carajo, mientras comenzaba de nuevo a cabalgar tus caderas….



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