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martes, 2 de febrero de 2021

El Rata - Capítulo 3 -

El rata resopla, asintiendo.

— Y ya ve qué culito más redondo tiene esta niña. ¿No cree que desaprovecharía una buena oportunidad por una simple mamada?—David sonríe enigmáticamente.

—Chico—asiente el Rata con aire satisfecho— así me gusta, con iniciativa. Otro sobresaliente para ti.—Se dirige de nuevo a Carla, haciendo amago de incorporarse— Veamos, zorrita, acércate aquí.

Carla da un tímido paso hacia el Rata, atemorizada.

—Espere, profesor. Creo que será mejor que la chica se apoye en la mesa, así le será más fácil a usted.—Carla le mira espantada, al borde del llanto. 

David, conduce a la chica a la mesa y la coloca apoyada con el culo bien en pompa. La chica no se queja, no se mueve, simplemente obedece. David sonríe y le acaricia suavemente la melena; con un golpe de tacón le separa más las piernas. El Rata asiente, complacido. 

—David, no…, por favor… — susurra Carla entre lágrimas y sollozos contenidos, mientras David le levanta la falda.

David observa a Carla expuesta y una ola de calor le recorre de arriba a abajo. Así la quiere, pero para él no para el Rata. Le recorre el cuello lentamente. Ella se tiembla. Apoya una mano firmemente en su espalda y la otra acaricia las suaves nalgas. Qué azote le daba. Agarra una de las redondas masas de carne y la pinza con la mano, aguantándose las ganas de agarrar más fuerte. Acaricia ese culo soberbio y se aventura en la hendidura, tanteando a mano abierta el coño aún chorreante. Carla se estremece. El contraste de sensaciones es indescriptible: pavor, excitación, incertidumbre. Pero los dedos intrusos de David se deslizan dentro de ella arrancando un gemido ronco a la muchacha y borrando ese atisbo de cordura que le otorgaba el miedo.  

El chico comienza una lenta pero profunda masturbación a la muchacha. Recorre con sus dedos todo su interior, sin darle tregua.  Los jadeos aumentan y David no tiene intención de parar. 

Vigila de reojo al Rata; aún no se ha levantado del sofá y está absorto observando los movimientos rítmicos de la mano de David quien intensifica la cadencia e introduce un tercer dedo.  “Vas a tener el orgasmo más extraño de tu vida”, piensa David, arqueando levemente los dedos. Carla se aferra a la mesa con todas sus fuerzas, el calor aumenta y las piernas le fallan. Mantiene los ojos cerrados y el cuerpo tenso; el mundo ahora se reduce a su sexo. Se muerde la mano queriendo, quizá gracias al dolor, evitar lo que está naciendo imparable en lo más profundo de su ser. Pero por alguna insólita razón ese mordisco acaba desencadenando un brutal orgasmo que ella trata inútilmente de contener, pero su cuerpo decide por ella y un sonido ronco y animal surge de lo más profundo de su garganta: un gemido intenso y creciente acompañado de espasmos por todo el cuerpo. David apoya todo su peso sobre ella evitando que pierda el equilibrio y le tapa la boca para que no la oiga toda la facultad. 

—Ahhh…ahhhhhhhgggghg

—Así…, disfruta, Carla—le susurra el joven al oído.

David no ha dejado de mover la mano y otro orgasmo, más profundo y salvaje, renace de sus entrañas. Uno largo, convulso y ahogado en el que casi pierde el sentido. David disminuye lentamente el ritmo y se separa despacio de esa carne temblorosa que inspira profundamente aun con las piernas tiritando. Saca su mano del sexo de la chica, sin darse cuenta casi se la ha metido entera, chorros de líquido le fluyen por las piernas y él tiene el brazo empapado de ellos. 

—Jo…, jo-der—musita el Rata, paralizado en su sillón. Ni él, ni su polla son capaces de reaccionar.

David se queda mirándole, casi tan sorprendido como él. 

La chica no se mueve y solo respira con fuerza. Parece estar en otro mundo. Un silencio invade el aula durante unos minutos.

—Bueno, pues…—continúa el Rata—creo que la niña ya está lista para mí.

Y diciendo eso se levanta con dificultad del sillón sujetándose los pantalones para que no se le caigan, y comienza a caminar pesadamente hacia la mesa. 

Carla se tensa y abre los ojos de par en par al oír al Rata. Empieza a temblar y se gira para mirar a David en busca de protección, pero él se ha separado de ella, ignorándola. De reojo ve al profesor acercarse triunfante arrastrando los pies y magreándose la polla con ganas. 

Cierra los ojos con fuerza, intentado evadirse, pero es peor porque le escucha cada vez más cercano, resoplando. Y oye el flas-flas, asqueroso, de su mano pajeándose. Y le huele, juraría que le llega un hedor rancio del cual prefiere no identificar el origen.

Quiere llorar, pero no puede ni siquiera llorar.

Intenta prepararse, aunque es imposible afrontar lo inminente. Aprieta los puños sobre la mesa e trata de dejar la mente en blanco. 

Se oye un golpe, seguido inmediatamente por otro. Le sigue un impacto y un grito interrumpido por un sollozo. Y el sonido de un mueble arrastrado violentamente, seguido de un nuevo golpe.

Carla gime, asustada, pero…, no, nadie la ha tocado. Continúan los golpes.  Abre los ojos y se gira. El Rata yace en el suelo, sollozando con la nariz ensangrentada, pataleando y dando puñetazos al aire. David, sentado encima, le sujeta fuertemente y no le deja moverse. 

El chico se gira hacia Carla.

—¡Rápido Carla! ¡Lárgate de aquí ahora mismo!—grita.

—Pero…¿dónde voy?—Carla no es capaz de reaccionar.

—¡Da igual dónde, Carla, vete! ¡Ya te encontraré!

Como una autómata, Carla coge sus cosas y sale disparada del aula. Corre y corre, ante la mirada atónita de los alumnos de la facultad. Le da igual, no piensa, solo huye. Resoplando, entra en el Copper, un bar cercano a la facultad donde lo mismo te dan una hamburguesa que un cubata y se mete en el baño, apoyándose en la puerta y resbalando hasta quedar sentada en el suelo. Todo lo sucedido se le agolpa en la cabeza y estalla en un llanto incontrolable hundiendo la cabeza entre las rodillas.

 Al rato, se calma un poco y todavía hipando, se incorpora y se acerca al lavabo. Se observa en el espejo, inerme: falda retorcida, medio descamisada, colorada como un tomate y con unos chorretones negros de rímel cayendo por las mejillas. Enciende el grifo y hunde las manos bajo el frío chorro, mirándolas fijamente, extrañamente tranquila. Se moja la cara con las manos heladas, le queman los ojos de llorar, pero el frío ayuda. Las deja caer por el cuello y humedecen la camisa provocando la erección inmediata de sus pezones. Los mira sorprendida. Indolente coloca las manos sobre sus pechos y estruja fuerte. Pinza luego las protuberancias con los dedos y aprieta hasta que duelen. Gime. Devuelve la mirada al espejo. Y murmura:

—Zorra. Vas sin bragas. 


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