El cinturón rodeaba mi garganta. Giré la cabeza y te miré. Tus ojos sonreían. Apretaste un poco más y sentí que se me iba la cabeza, pero no sentí miedo. Confiaba. Cerré de nuevo los ojos, concentrándome en las sensaciones que fluían.
Mi cuerpo, desnudo, temblaba ligeramente. La dura mesa de madera aplastaba mis pechos y mi vientre, y las piernas, separadas segundos antes por tus pies, apenas me sostenían sobre los altísimos tacones, mi única prenda en ese momento. Sentía un poco de frío y mi piel necesitaba tu tacto. Comprendiste y me acariciaste suavemente el pelo relajando un poco el duro cuero. Note el calor de tu cuerpo acercándose al mío y el roce de tu camisa sobre mi espalda mientras depositabas un beso en mi mejilla. Respiré hondo aspirando tu aroma ahora más cercano pero mantuve los ojos cerrados. Atenta.
Apoyaste la palma de tu mano libre sobre mi nuca, por encima del cinturón, acariciando la piel tirante y la dejaste resbalar, despacio, firme y a la vez suave por mi espalda causando escalofríos sobre la ya muy sensible piel que se erizaba a tu contacto. Alcanzaste mis suaves y redondos glúteos sobre los que detuviste un poco más, acariciándolos con cierta gula. Apreté los parpados, esperando el azote que no llegó. A cambio tu mano agarró una de mis muñecas y girando suavemente mi brazo, lo colocaste posado sobre mi espalda, el otro brazo corrió la misma suerte y mis muñecas se juntaron, libres pero obedientemente quietas. Acariciaste las palmas de mis manos, y luego mis dedos, uno a uno… y el cosquilleo se irradió por todo mi cuerpo. Me estremecí.
El azote me
sobresaltó, ahora no lo esperaba, mi glúteo vibrante picaba y gemí levemente.
No, de dolor no, de placer. El segundo lo deseaba y no se hizo esperar, esta
vez sobre el anhelante glúteo que aún no había sido azotado. Una dulce caricia
calmó la carne trémula para ser castigada de nuevo. El ardor que subía de mis
glúteos inflamaba mi sexo, que, abierto y anhelante, esperaba tu atención…
Tiraste de nuevo del cuero y una nebulosa algodonada y blanca invadió mi mente.
Y me trasladé dos meses atrás, a unos días antes de que todo comenzase. Y tu
mirada se dibujó en mi cerebro, en aquel preciso momento en el que apareciste en mi vida
y nunca volví a ser la misma.

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