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martes, 20 de julio de 2021

Micromundo

La arena entre mis muslos me raspa la piel al andar. El efecto se multiplica por la humedad y la sal del mar, pero no me importa. Camino despacio bajo el implacable sol del mediodía, mientras el monótono canto de las chicharras acompaña el trayecto. Ese sonido siempre ha sido para mí sinónimo de verano en el sur y calor pegajoso, pero también de inocencia despreocupada. 

No levanto la vista del camino que va olvidando la arena limpia de la playa dejando paso a un polvo sucio que se levanta bajo las cangrejeras y se mete dentro, colándose entre los dedos de los pies y creando un barrillo grisáceo. Pero eso tampoco es un problema. 

Mis ojos están fijos en el suelo, buscando cualquier destello que revele una piedra más blanca o más redonda que las demás, la chapa perfecta de un botellín o la cuenta perdida de una pulsera rota. Esos son los tesoros que busco mientras mi mano aferra el asa del cubo de plástico que contiene los obtenidos en esa mañana de playa: mareados en unos dedos de agua y rodeados de pequeñas caracolas y conchas, dos minúsculos ermitaños se balancean asustados de un lado a otro del cubo totalmente ignorantes de que están viviendo el último día de su corta vida. 

Las hojas secas de los eucaliptos comienzan crujir bajo la suela de las sandalias y se defienden colando trozos punzantes entre los agujeros de la goma. Me agacho y cojo un colgante de plástico que parece un caballito de mar, descolorido por el sol y me giro triunfante para mostrárselo a mi madre que me sonríe, cansada, a tres pasos de mi padre que ni siquiera se percata de mi logro.

El sonido de las cigarras se intensifica al llegar al pequeño bosque de eucaliptos donde hemos aparcado.

El coche arde y abrimos todas las puertas con la esperanza de enfriarlo con la leve brisa que llega del mar. Giro la manivela y bajo la ventanilla todo lo que puedo, luego coloco la toalla cuidadosamente doblada sobre el asiento de skay y me subo de un salto, sujetando el cubo con fuerza entre las piernas durante el caluroso trayecto hasta casa. Nada más encender el motor, cierro los ojos mecida por su ronroneo, las curvas del camino y el suave olor a Nivea que despide nuestra piel sin darme cuenta de que ese será, para siempre, el olor del verano.

No me doy cuenta de que nadie habla, estoy perdida en mis pensamientos, pero tampoco me importa.

El agua de la piscina de lona azul es un caldo, pero me lanzo a su interior olvidando en una esquina el cubo, la toalla y el calzado. Mi padre conecta la manguera y la rellena con agua fresca, salpicándome con los chorros y yo río regocijada con esos cambios de temperatura que me provocan escalofríos por todo el cuerpo. 

La piel se me eriza, agradecida por el frescor y hago el muerto de espaldas, cojo aire y me dejo hundir hasta que mi cuerpo choca con el suelo duro de las baldosas bajo la lona. Paso los dedos por el fondo, notando las hendiduras entre las mismas. Mi cuerpo va enfriándose y acostumbrándose al medio acuático. Y yo imagino que soy una sirena. Abro los ojos bajo el agua y observo los perfiles deformados y ondeantes de los árboles,  la pared de casa y los reflejos brillantes del sol en constante danza. Dejo escapar burbujitas de aire por la nariz que observo huir liberadas hasta desaparecer en la superficie. 

Me giro y, boca abajo, vuelvo a soltarlas pero esta vez dejando que recorran mi cuerpo, provocando un suave y (ahora soy consciente) sensual cosquilleo por mi piel, preludio de placeres menos inocentes que mi cuerpo aprenderá a experimentar muchos años después. 

De repente siento que me falta el aire y resurjo en la superficie buscando una bocanada. Pienso en que casi me ahogo, pero sé que no es así. Me suelto las coletas y vuelvo a sumergir la cabeza peinándome un poco. Me quedo un rato flotando boca arriba, con el pelo bailando como algas a mi alrededor, jugando a dar vueltas con sólo el movimiento de las manos, dejando que el sol caliente mi rostro y concentrada en el brillante color rosa melocotón que han adquirido mis párpados. Pero noto cómo se llenan los oídos de agua y me incorporo sentándome en el suelo de la piscina, sacudiendo la cabeza y dejando que mis ojos se acostumbren a ver de nuevo. Parpadeo varias veces. Me pican. Al cerrarlos se activan otros sentidos y un maravilloso aroma a comida cocinándose invade mis fosas nasales. Tengo hambre pero aún no es la hora.

La toalla está extendida sobre el césped. No me paro a pensar en que yo no la dejé ahí. Ese suceso mágico es normal para mí. Me tumbo sobre ese mullido colchón. El césped de la casa es duro, pero a la vez forma un bioma espeso, acolchado, que acoge mi cuerpo infantil y lo arropa. Pero mi curiosidad no cesa, yo sé que en ese micromundo habitan mil seres minúsculos y paso los minutos observándolos corretear delante de mis ojos. Alimentándoles con pedacitos de las patatas que, también mágicamente, han aparecido en un platito a mi lado.

—¡¡A comer!! —escucho anunciar a mi madre desde la cocina.

Salto como un resorte y me dirijo brincando al interior de la casa, pasando junto a los ermitaños agonizantes en el cubo dejado al sol. 

Y el día siguiente será igual. Y el de después. Y eso es felicidad. La felicidad más pura y más inocente. Aquella que mil veces he recreado en mi mente en las decenas de veranos posteriores. 


5 comentarios:

  1. Cada pequeño elemento de ese micromundo era un universo en sí. Y la forma en que los ligas haciendo aflorar recuerdos de generaciones enteras, merece un macro aplauso. Un auténtico placer acompañarte a la infancia.

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  2. Apasionado como la autora, sensible y acogedor. Escribir de esta manera sutil y frágil,es un placer para los ávidos sentidos del lector. Gracias

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  3. Espectacular, te traslada a esa infancia que todos tuvimos.

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  4. Deliciosa acuarela de tu verano infantil.

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  5. Esa infancia, clavada en lo profundo.. Esos veranos que deseamos en bucle.. Quiero ser niño..

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