Páginas

viernes, 10 de diciembre de 2021

Invisible

Hay veces que me sueño despierta y volando. Mi cuerpo se aligera, se vuelve etéreo, se libera de las cadenas terrestres y comienza a elevarse sobre el suelo. No mucho, apenas unas decenas de centímetros, pero a la distancia suficiente para cambiar de perspectiva.  Me relajo y comienzo a nadar entre las cabezas de las personas que continúan con sus vidas y rutinas bajo mis ojos. La mayoría continúa mirando hacia abajo, a la acera por la que caminan o a sus móviles, marionetas mecánicas que ni se inmutan cuando les chapoteo brisas de aire. Les contemplo y me divierto. Me convierto en un duendecillo juguetón que serpentea entre ellos haciendo pequeñas travesuras: un periódico que sale volando; una pelota que bota de más; el pañuelo que se le escapa a esa señora con tanta prisa. Y me río, a veces incluso suelto silenciosas carcajadas, como cuando al guardia se le escapa esa multa que acaba de poner o el camarero gira sobre sí mismo sin entender qué o quién le ha obligado a esa pirueta que ha hecho peligrar el equilibrio del platito de aceitunas. Inocentes diabluras infantiles. Siendo totalmente invisible para ellos, durante unos segundos interactúan conmigo, me buscan con la mirada aunque no me localicen. Alguno incluso suelta alguna palabrota que me hace reír todavía más.

Estoy horas revoloteando, observándoles, los conozco a todos. Husmeo en sus vidas, me cuelo en sus casas y rebusco en sus cajones. Después de tanto tiempo, les he cogido cariño.

Sé que Antonio y Paquita van a casar a su hija; que la pequeña de los Pérez se ha echado novia pero no se atreve a contarlo; que Manolito no se va al gimnasio cuando dice que va al gimnasio. He visto crecer a Pepe, el chiquillo de los del bar y sé que su padre hace trampas al mus.  Pequeños secretos que averiguo con solo examinarles desde mi etérea existencia.

Trato de volar todo el rato que puedo, pero siempre tengo que volver. El frío o una punzada de dolor me devuelven bruscamente a mi sitio. Y sé entonces que el viaje de ese día ha acabado. Me miro las manos, retorcidas y cansadas, y busco mi bastón. A duras penas me levanto y comienzo el lento caminar hacia mi casa. 

Sigo siendo invisible para todos, pero esta vez ya no juego ni río. Moverme duele y avanzar cuesta cada día un poco más, sin embargo, yo sigo yendo a mi banco todos los días para poder volar de nuevo. Tan solo espero que mi cuerpo me deje volver otro día más y - cuando ya no pueda – que el último viaje me encuentre soñando. 


3 comentarios:

  1. Un maravilloso deseo. Precioso texto, pensamiento, reflexión. Saludos

    ResponderEliminar
  2. Precioso texto, que bonita manera de volar.
    Gracias

    ResponderEliminar