La nonna siempre decía que la
pasta cantaba cuando estaba lista y a nosotros siempre nos pareció una bonita
metáfora culinaria quizá algo sorprendente siendo ella una mujer recia muy poco
dada a las fantasías y los cuentos, pero nadie dudaba de la nonna. Por eso
cuando esa noche comenzamos a escuchar “La Traviata” magníficamente entonada
desde la olla burbujeante sobre el fogón, a casi ninguno de nosotros le
sorprendió que fueran los macarrones los que estuvieran cantando.
Nos acercamos despacio con miedo
a molestarles y que callaran. Nunca se sabe cómo va a reaccionar esta pasta.
Pero ellos continuaron con sus gorgoritos, ignorándonos ampliamente. Nosotros
nos mirábamos de reojo, entre sorprendidos y deleitados, disfrutando sin lugar
a duda del improvisado espectáculo.
Una risa cristalina nos hizo volvernos.
La nonna, sentada a la gran mesa de la cocina y vestida de negro con su sempiterno
delantal a cuadros, reía a carcajada limpia ante nuestro creciente asombro.
—Os lo dije muchas veces, mis
niños— decía en su italiano calabrés—Os lo dije.
Y seguía riendo.
Yo ya no sabía que me sorprendía
más, que los macarrones cantaran, que mi abuela riera como una niña pequeña o
la incertidumbre de si estábamos perdiendo la cabeza, pues la abuela había
fallecido diez años atrás.
En cualquier caso, comencé a reír
descontroladamente con ella uniéndome a las desquiciadas carcajadas de mis
hermanos.
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