Nací con una sola pierna y ciega. Viví algún tiempo encerrada con muchas compañeras como yo esperando que me eligieran, pero al no ser bonita nunca me situaban en primera línea de venta. Llegaban nuevas, videntes y brillantes y se iban antes casi de que llegara a conocerlas. Siempre se iban las esbeltas, bonitas y las que, por supuesto, deslumbraban con un parpadeo.
Pero un día vino él. Mi amo y señor. Mi luz y mi vida.
Me eligió de entre todas, haciendo caso omiso de los guiños de las demás y me llevó casi a rastras a la que sería mi nueva casa. He olvidado comentar que, además de coja y ciega, era grande y pesada.
Cuando llegamos me encadenó en una habitación que sonaba vacía y durante dos días me dejó allí sola. Tenía miedo. Solo sonaba el eco que retumbaba en mi cabeza.
El tercer día vino con unos paños húmedos y me lavó concienzudamente. Recorrió con ellos todo mi cuerpo y todos mis recovecos. Yo no me quejé, le escuchaba canturrear mientras lo hacía y el calor de su cuerpo, tan cerca de mí, me produjo sensaciones extrañas. Recorrió mi piel con una sustancia oleosa y me sentí reconfortada. Pero volvió a abandonarme.
Los días siguientes anduvo de trajín a mi alrededor. Yo no sabía exactamente lo que hacía, pero escuchaba ruido de cajas, de sonidos metálicos, de madera, de tejidos frotándose. De vez en cuando se acercaba a mí y bruscamente me desplazaba de lugar, como si estorbase o estuviera recolocándome en un lugar mejor.
Pero llegó ese día en que volvió a mí. Me sujetó de la cabeza y noté que me miraba de frente, muy cerca, casi sentía su respiración sobre mi rostro y yo no osaba quejarme. Comenzó a girarla suavemente en todos los sentidos y yo obedecí dócilmente, dejándome hacer. Su aroma, tan cercano, me embriagaba. A continuación, sus dedos se introdujeron repentinamente en mi cavidad, explorándola; me sobresalté, pero no opuse resistencia. Tanteó varias veces en su interior y le escuché decir “Tiene el tamaño perfecto”. Seguidamente, un objeto metálico y frío sustituyó sus dedos y lo fue girando despacio dentro de mí hasta que encajó perfectamente. Tanteó de nuevo mi cabeza descendiendo por mi cuello y mi cuerpo hasta que, a la altura de mi cintura encontró el botón que buscaba. Suavemente lo pulsó y ¡un chorro de potentísima luz salió de mí! Esa luz que emanaba de mi ser iluminaba toda la estancia y, lo que tiene mayor relevancia: me devolvió de manera inmediata la visión. Tardé un rato en acostumbrarme a ver, pero cuando por fin me habitué, observé maravillada mi entorno: había escaleras, cuerdas, telas, telones. Un gran sofá central y un diván. Mi amo ahora limpiaba concienzudamente sobre una mesa ese aparato que colocaría a mi lado en numerosas ocasiones desde ese día, cómplice silencioso de las vidas y secretos que desfilarían ante nuestros ojos plasmados en las maravillosas fotografías que cobraban vida en la sala roja al final del estudio.
Este fue el primero que te leí. No sé por qué no seguí leyendo. La de cosas que me he perdido
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