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viernes, 10 de junio de 2022

Memorias

 Nací con una sola pierna y ciega. Viví algún tiempo encerrada con muchas compañeras como yo esperando que me eligieran, pero al no ser bonita nunca me situaban en primera línea de venta. Llegaban nuevas, videntes y brillantes y se iban antes casi de que llegara a conocerlas. Siempre se iban las esbeltas, bonitas y las que, por supuesto, deslumbraban con un parpadeo.

Pero un día vino él. Mi amo y señor. Mi luz y mi vida. 

Me eligió de entre todas, haciendo caso omiso de los guiños de las demás y me llevó casi a rastras a la que sería mi nueva casa. He olvidado comentar que, además de coja y ciega, era grande y pesada. 

Cuando llegamos me encadenó en una habitación que sonaba vacía y durante dos días me dejó allí sola. Tenía miedo. Solo sonaba el eco que retumbaba en mi cabeza.

El tercer día vino con unos paños húmedos y me lavó concienzudamente. Recorrió con ellos todo mi cuerpo y todos mis recovecos. Yo no me quejé, le escuchaba canturrear mientras lo hacía y el calor de su cuerpo, tan cerca de mí, me produjo sensaciones extrañas. Recorrió mi piel con una sustancia oleosa y me sentí reconfortada. Pero volvió a abandonarme.

Los días siguientes anduvo de trajín a mi alrededor. Yo no sabía exactamente lo que hacía, pero escuchaba ruido de cajas, de sonidos metálicos, de madera, de tejidos frotándose. De vez en cuando se acercaba a mí y bruscamente me desplazaba de lugar, como si estorbase o estuviera recolocándome en un lugar mejor. 

Pero llegó ese día en que volvió a mí. Me sujetó de la cabeza y noté que me miraba de frente, muy cerca, casi sentía su respiración sobre mi rostro y yo no osaba quejarme. Comenzó a girarla suavemente en todos los sentidos y yo obedecí dócilmente, dejándome hacer. Su aroma, tan cercano, me embriagaba. A continuación, sus dedos se introdujeron repentinamente en mi cavidad, explorándola; me sobresalté, pero no opuse resistencia.  Tanteó varias veces en su interior y le escuché decir “Tiene el tamaño perfecto”. Seguidamente, un objeto metálico y frío sustituyó sus dedos y lo fue girando despacio dentro de mí hasta que encajó perfectamente. Tanteó de nuevo mi cabeza descendiendo por mi cuello y mi cuerpo hasta que, a la altura de mi cintura encontró el botón que buscaba. Suavemente lo pulsó y ¡un chorro de potentísima luz salió de mí! Esa luz que emanaba de mi ser iluminaba toda la estancia y, lo que tiene mayor relevancia: me devolvió de manera inmediata la visión. Tardé un rato en acostumbrarme a ver, pero cuando por fin me habitué, observé maravillada mi entorno: había escaleras, cuerdas, telas, telones. Un gran sofá central y un diván. Mi amo ahora limpiaba concienzudamente sobre una mesa ese aparato que colocaría a mi lado en numerosas ocasiones desde ese día, cómplice silencioso de las vidas y secretos que desfilarían ante nuestros ojos plasmados en las maravillosas fotografías que cobraban vida en la sala roja al final del estudio.


1 comentario:

  1. Este fue el primero que te leí. No sé por qué no seguí leyendo. La de cosas que me he perdido

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