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viernes, 12 de mayo de 2023

EL MENSAJE


(Si quieres escuchar este relato leído, por favor haz click en este enlace. Texto locutado por mi buen amigo @drbrucemclane)


—¡Cling!

El tono de mensaje le sobresaltó; era temprano y no esperaba ninguno. Se apartó a un lado para dejar pasar la marabunta humana de viajeros y sacó el móvil del bolsillo. El texto en la pantalla produjo una punzada inmediata en su entrepierna. Le invadió un calor súbito y tuvo que apoyarse sobre una columna de hormigón. No podía apartar la mirada de las letras resplandecientes de su teléfono. Respiró hondo y tragó saliva, parpadeando lentamente. Miró a su alrededor convencido de que todo el mundo tenía que haber sido consciente de su repentino desasosiego. Pero nadie había reparado en que el mundo se había detenido súbitamente para Virgilio Mellado.

Se recompuso como pudo, cogió el maletín y se alejó del andén camino a la estación. Necesitaba un café. Y volver a leer el mensaje.

Sentado en una de las mesas buscó con la mirada a la camarera morena que siempre le atendía. Ella sonrío y, entendiéndole, comenzó a vaciar de café el filtro dando golpes contra el cajón. Virgilio se la quedó mirando. Los menudos pechos aprisionados bajo la blusa blanca se bamboleaban como pequeños flanes y lo hacían a cámara lenta. La muchacha le miraba de reojo con una sonrisa burlona dibujada en su cara mientras le lanzaba un guiño y se apretujaba un seno con la mano libre. Virgilio observaba boquiabierto.

Parpadeó repetidas veces y todo volvió a la velocidad normal: la chiquilla continuaba preparando el café tras la barra como si tal cosa. Virgilio buscó, nervioso, un pañuelo en el bolsillo de la chaqueta. Sí, era de esos pocos hombres que aún usan pañuelos de algodón; se secó las gotas de sudor que le caían por la frente.

Cogió tembloroso el móvil dispuesto a leer el mensaje de nuevo, pero la camarera le interrumpió dejando el café sobre la mesa.

—Hola Virgi, hoy sí que madrugas—sonrió la muchacha colocando también un platito con tres churros. Los ojos del hombre se clavaron en los dos pequeños pero erectos pezones resaltados bajo la tela blanca.

—Seguro que prefieres comerte estos—susurró la chica, pellizcándose un pezón sobre la tela.

—¿Qu…qué?—masculló el pobre hombre.

—Que si te vale con estos—La camarera sujetaba la bandeja con un brazo mientras señalaba el plato con los churros— puedo servirte más, los acaban de traer y están recién hechos.

—Siiii…sí—balbuceó Virgilio y la muchacha se retiró pensado que aún andaba medio dormido.

Temblando y preguntándose qué le estaba pasando, giró el móvil que aferraba con fuerza en su mano y volvió a leer el mensaje.

“Quiero que me comas las tetas”

El remitente, un número que desconocía.

Tetas. Pechos. Senos. Pezones. Mamas. Su perdición y su locura.

Abrió el azucarillo y los dos cubitos cayeron al café, empapándose del humeante líquido.

—Deberías lamerlos.

La voz a su izquierda repitió, insistiendo, el consejo.

—Que los lamas.

Una mujer de negocios en impecable traje sastre le ordenaba coger los azucarillos que él trató a duras penas salvar del café con dos dedos que metió en la taza; se los llevó a la boca mientras la mujer desabrochaba su chaqueta liberando dos redondas turgencias embutidas en un delicado sujetador negro.

—Chúpalos bien—ordenó la dama, dejando escapar un suave gemido y recostándose ligeramente en la silla. Masajeaba con ansia las mamas que Virgilio no podía dejar de mirar deseando verlas liberadas del encaje que las oprimía.

—¡Es usted un cerdo! —exclamó la mujer levantándose de su sitio. Virgilio se había quedado congelado, con la lengua perdida entre sus propios dedos mientras la mujer, con la chaqueta perfectamente colocada, se levantaba airada de la mesa para pagar su café.

La mente se le nubló y en su cerebro se dibujaba una única pregunta “¿qué me está pasando?”. Una pregunta concisa que se fue volviendo bailona mientras decenas de rosados senos bamboleantes invadían su mente empujando y haciendo tambalear las consonantes y vocales de la frase que al contacto cobraban vida y abrazaban y acariciaban lujuriosas todos aquellos redondos pechos.

Agitó la cabeza tratando de desechar la imagen y abrió los ojos, pero fue peor. Apenas una mujer entraba en su ángulo de visión comenzaba a tocarse o mostrarle un atisbo de sus pechos. Sabía que no era cierto, que era producto de su imaginación por causa absolutamente desconocida, pero la erección en su pantalón no entendía de certezas.

Dejó tres euros sobre la mesa, demasiado para un café, pero poco teniendo en cuenta la lascivia con la que se hubiera comido los pezones de la camarera, y, tapándose la entrepierna con el maletín, salió apresuradamente de la cafetería de la estación en busca de un taxi.

Un hombre. Afortunadamente para Virgilio el conductor era hombre. Casi no se atrevía a mirarle, pero lo hizo y no hubo ninguna reacción extraña por parte del taxista.

—Bien— se dijo Virgilio. Ese extraño efecto no se reproducía con hombres.

—¿Dónde va? — preguntó el conductor.

—Mercería Yanet—contestó respirando relajado.

—¿En qué mamela se encuentra?

—¿Cómo? — preguntó Virgilio parpadeando varias veces.

El taxista suspiró y volvió a preguntar:

— Que en qué calle se encuentra.

— Ca…, calle Badajoz número quince.

El taxista no contestó y arrancó el vehículo dirigiéndose a su destino.

Virgilio se recostó tratando de relajarse y cerró los ojos. El suave murmullo del motor y el sonido silbante de los neumáticos sobre el asfalto le adormecieron ligeramente durante el trayecto. La mente seguía repleta de sonrosados y mullidos pechos, pero en este caso los disfrutaba.

— Ocho polvos le echaba yo a la tetona esa — murmuró el taxista.

— ¿Cómo? — exclamó sobresaltado Virgilio tratando sin éxito evitar mirar a una morena de tetas enormes que le observaba desde la acera estrujándose los pechos con lujuria.

El taxista volvió a suspirar; “señor, qué cruz” se leía en su rostro.

— Que ocho minutos tardamos por la calle esa.

La tetona seguía restregándose frente a la mirada impasible del taxista y a la no tan impasible de Virgilio. Un pecho asomaba por el escote, temblón y asustado por el inminente riesgo de abocarse al vacío.

—Déjeme aquí—imploró Virgilio.

—Pero va a tardar al menos quince minutos andando…—comentó el taxista.

Necesito que se me pase esto. No puedo llegar así. Tengo que resolverlo. Pensaba Virgilio.

—Déjeme aquí—repitió —¿Cuánto le debo?

— Son siete euros.

— Cóbrese los diez— respondió Virgilio casi lanzándole un billete ante la sonrisa del taxista que pensaba que le había compensado el trayecto con el tío rarito.

Salió apresurado del taxi y trató de pasar rápidamente al lado de la mujer tapándose los ojos, pero no pudo evitar que estos se fijasen en el pezón oscuro y atemorizado que asomaba por el escote, arrugado por la impresión y que parecía implorarle clemencia.

—Virgilio, por dios, no me dejes aquí solo, arrópame, cúbreme, no me abandones.

Lo que faltaba, pezones parlantes. Los sudores fríos que comenzaron a recorrerle le obligaron a agarrarse al primer árbol y una señora mayor que pasaba a su lado le reprobó mascullando:

—Estos jóvenes de hoy, todo el día bebidos… ¡y a estas horas de la mañana!, —y aminorando el paso se detuvo a su lado, cambiando el gesto, sonriendo y mirándole burlona, y continuó hablando en un tono muy diferente— …con lo bien que harías follándote las tetas de esta vieja, que ya no estarán tersas, pero rodean perfectamente una joven polla.

Virgilio pegó un respingo mirándola asustado mientras ella comenzaba a rebuscar bajo la gruesa rebeca de lana los botones de la blusa con la clara intención de desabrocharlos. Agarrado fuertemente a su cartera, el asustado hombre salió corriendo calle abajo sin mirar atrás.

 

Yanet ordenaba los carretes de hilo recién llegados del proveedor. Los iba colocando por colores en los cajones detrás del mostrador y dejaba uno encima, que abría con cuidado y situaba en la caja metálica de tapa de cristal que hacía las veces de muestrario. Le gustaba cómo quedaban los carretes en su interior, formaban un precioso arcoíris que alimentaba con cada paquete nuevo que desenvolvía. Ese festival de color le trajo recuerdos de su Cuba natal y decidió acompañar su ritual con música.  Se dirigió a la trastienda para encender el aparato de música y los altavoces y seleccionar la playlist más alegre que tenía. La música la transportó y comenzó a bailar. Lo llevaba en la sangre y sus rotundas caderas seguían el ritmo de la melodía en perfecta sincronía, mientras su cuerpo se bamboleaba con sensuales movimientos. Se recogió la ondulada y abundante melena en un moño a lo alto de la cabeza. Hacía calor en la trastienda; había pasado parte de la madrugada fabricando velones y el aroma de la cera, la parafina y los aceites esenciales sumados a la temperatura de la estancia convertían su mercería en un exótico horno con aroma a bergamota.

Un gritito agudo que provenía de la tienda la sacó de su ensimismamiento devolviéndola a la realidad.

-¡Yanet, YAAAANET!

Doña Elvira. La insufrible y solterona doña Elvira. La mercera suspiró.

 

 

“Mercería Yanet” leyó Virgilio petrificado frente a la puerta sin atreverse a entrar. El letrero parecía brillar más que otras veces atrayéndole con una especie de fuerza misteriosa. Pero él no se atrevía a empujar la puerta. La mercería, como su nombre bien indicaba, la gestionaba Yanet, con “y” griega como ella siempre puntualizaba; la rotunda mulata que se había instalado en la pequeña ciudad cinco años atrás. Una mujer de bandera, de indomable melena rizada y curvas que ni el circuito de Mónaco (a Virgilio le gustaba mucho la Fórmula 1). Y una piel tostada brillante que bien parecía cacao en estado puro.

—No puedo entrar así—musitó el hombre. Aferró con fuerza la maleta llena de cremalleras, hilos y botones que, tintineantes, se movieron en su interior. Era, en definitiva, el material que normalmente presentaba a sus clientes. Pero el escenario había cambiado por completo desde que recibió el dichoso SMS y en su mente se sucedían a cámara rápida las posibles situaciones con Yanet en caso de volver a traicionarle la mente. Y sabía que lo haría. No se veía capaz de controlar la situación. Porque esa mujer protagonizaba las húmedas noches en las que Virgilio imaginaba esa piel oscura y brillante de deseo ondulando desnuda ante él, esos labios gordezuelos recorrerle por completo y, por supuesto, las magníficas mamas de la mujer que intuía tan firmes como las carnes de su dueña e infinitamente sabrosas rebosarle en la boca.

Respiró hondo y tuvo una idea: se colocó las gafas de cerca confiando en que, al no distinguir las figuras, el efecto pernicioso se vería atenuado.  Abrió la puerta y se asomó con timidez. Una bocanada de aire caliente rebosante de fragantes aromas le golpeó en la cara. Su entrepierna palpitó contenta; como buen perro de Paulov sabía lo que esos olores significaban: Yanet. Volvió a cerrar la puerta y se quedó en la calle con el corazón en la garganta amenazando infartar. Volvió a respirar hondo. Tres veces. Cuatro. Cinco. Era consciente de que de poco le iba a servir respirar todo el aire del mundo.

Unos chillidos desde interior le sacaron del ensimismamiento.

-¡Bruja inútil!- gritaba la voz aguda- ¡Casi acabo en el cuartelillo por tu culpa!

Virgilio sacó todo el coraje que pudo para entrar. Al fin y al cabo, él era un caballero y su dama parecía en peligro. Dentro no distinguía bien las figuras, pero una de ellas blandía amenazante lo que parecía un paraguas medio encaramada sobre el mostrador.

—Señora Elvira —escuchó contestar pacientemente a su adorada Yanet— no entiendo qué ha podido pasar, realicé el amarre como me enseñó mi tía Camila.

—¡Pues el carnicero casi me denuncia! —se quejaba la mujer, nerviosa— Hice todo lo que me dijiste, ¡jodía cubana! Encendí la vela en casa, bailé desnuda y luego hice “eso” con ella. Y hoy cuando trataba de esconderle mis bragas bajo el mostrador ¡me ha pillado de rodillas bajo su mesa! Con las bragas en la mano, Yanet, y ¡el culo al aire! y me ha montado un cirio amenazando con llamar a la guardia civil.  

—Y de deseo por mí, ¡nada de nada!—volvió a subir la voz—Tus amarres no sirven. ¡Quiero que me devuelvas mi dinero y me compenses la vergüenza!

—Cálmese señora Elvira, cálmese—. Trataba de apaciguar la santera novata mientras evitaba ser alcanzada por un paraguazo.

Virgilio se situó tímidamente en una esquina y miró por encima de las gafas. Sintió como si se mareara cuando visualizó la escena. Yanet sujetaba el brazo de la señora Elvira, pero no en actitud de defensa pues el brazo blandía un enorme falo de goma que la mercera trataba de lamer. La solterona gemía con una mano perdida bajo las faldas tratando también de hacer suyo el potente miembro. Virgilio gimió muy quedo en su rincón a pesar de la irresistible atracción que ejercía la santera sobre su ya enhiesta entrepierna. Se le escurrió la cartera de las manos y cayó dando un golpe seco que sobresaltó a las dos mujeres abriéndose y esparciendo multitud de objetos brillantes por el suelo. Las manos actuaban solas y trataban por todos los medios de desabrochar el pantalón. Virgilio lloraba de impotencia arrodillado en el suelo tratando de sobreponerse a esa fuerza sobrehumana que le pedía saltar encima de la mulata. Entre sollozos, logró articular unas palabras envueltas en quejidos:

—Yanet, ayúdame…, por favor.

La solterona le miraba escandalizada frotarse la entrepierna como un mandril y agarrando con fuerza el paraguas y el bolso salió de la mercería pegada a la pared como un ninja.

Yanet le miraba preocupada y trató de acercarse, pero Virgilio, que la veía aproximarse bailando completamente desnuda entre tules de colores la imploró:

—Por dios Yanet, no te acerques que no respondo..., que no sé qué me pasa, que te veo desnuda y sé que no lo estás, que te deseo como un animal, que no me puedo controlar, Yanet...

Los hipidos y gemidos de placer se mezclaban llenando la tienda y el pobre hombre agonizaba cual príapo sin ser capaz de contenerse amarrado a una de las patas del mostrador.

Yanet cogió una jarra de agua fría tras el mostrador y se la echó encima a Virgilio. Se sentó sobre él para inmovilizarle y tratar de reducirle y le empezó a atar las manos a la mesa con un cordón de cortina. La mala fortuna quiso que los pechos de la mulata quedaran pegados a las narices del vendedor y que éste sacara fuerzas no se sabe de dónde para agarrar un despistado pezón con su boca. Comenzó a succionarlo cual bebé, apaciguándose por momentos. Yanet, primero sorprendida, y después claramente complacida, le dejó hacer durante unos segundos para después, y esta vez de verdad, liberar con destreza sus dos grandes mamas ante Virgilio que parpadeaba sin saber si era un sueño o una realidad. Le dejó mamar golosamente de una para luego colocarle la otra en la boca, y así empezó a alternarlas como haría una buena matrona, pero ronroneando de placer. Alargando un brazo, alcanzó a echar el cerrojo de la tienda y comenzó a acariciar la cabeza del buen hombre que sollozaba complacido pegándolo más aún a sus senos. Se arrebujó las faldas a una cadera que hacía rato que bailaba juguetona sobre la pelvis del hombre.

Mientras, sobre el mostrador, bajo un hatillo de hierbas santeras y lazos de colores, echaba chispas doradas y brincaba con vida propia una tarjeta de visita que rezaba: Virgilio Mellado, Botones y cremalleras.

1 comentario:

  1. Me he quedado a medias. Todo bien detallado desde el principio y al final me ha faltado algo😭😭😭😭. PD. Cada día lo haces mejor

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