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sábado, 13 de mayo de 2023

La sirena

—Azul. Se está poniendo azul. Ligeia dijo que podía ponerse azul, pero que no se amoratara. Y…, ¿cuándo se considera morado? A mí me parece que vira un poco a violeta y ya apenas le salen burbujitas por la nariz. Mejor lo saco ya.

 

Korai arrastró al humano a la orilla. A lo lejos se veía aún la tormenta y el ciclón que estaba causando. Del barco de hombre no quedaba rastro. Seguramente se hundiría en las arenas del fondo de la bahía y en unos días, cuando los familiares de hombre denunciaran su desaparición, lo descubriría la guardia costera. Varias de sus compañeras seguían por allí; era una noche de buena pesca.

 

—De modo que así es —pensó Korai palpando el cuerpo de su víctima.

 

Era más duro que el de las sirenas, ancho y con menos pecho. También cálido, aunque se estaba enfriando por momentos. Por debajo de la cintura no había escamas ni cola. Dos piernas recordaba bien la clase de anatomía humana como las que ella tendría en poco tiempo si lograba iniciar el rito antes de que hombre recobrara el conocimiento.

 

 

Llevaba semanas espiándolo. Tras haber estudiado toda la teoría y observado durante horas a las más veteranas, estaba segura de conocer exactamente cómo elegir a la víctima para su ritual de apareamiento, pero era su primera vez y temía haber errado. Era más grande que ella —pero Ligeia me dijo que nosotras les superamos en fuerza— y ella confiaba en eso, porque fuera del agua le pesaba todo el cuerpo y se sentía insegura.

 

Le había visto salir casi todos los días. Siempre solo. Cogía su barco, con su pequeño motor y se adentraba en el mar. Pescaba. O lo intentaba. No era como otros, no ponía mucho empeño. Colocaba un par de cañas y casi las olvidaba con la mirada perdida en las profundidades del mar. A veces ni ponía cebo. —Es estúpido—se había dicho Korai en varias ocasiones, y por eso pensó que sería una presa fácil para la primera vez de una sirena novata y virgen como ella.

 

Y era cierto que no le había costado nada hundir su barco.

 

—Pues sigue azul—murmuró Korai para sí.

 

Desvió la mirada hacia la tormenta que tronaba a lo lejos donde sus compañeras seguían seguramente de pesca. Trató de recordar qué debía hacer. Se dio un golpe en la frente con la mano.

—¡El pulso! —exclamó. Y buscó con los dedos la zona del cuello donde debería sentir los latidos del corazón.

 

 

Latía. Flojito, pero latía.

 

Casi oyó la voz de su mentora resonar en su cabeza “Los humanos no saben respirar bajo el mar, han olvidado cómo hacerlo. Sus pulmones se llenan de agua y mueren ahogados. Para que sobreviva tienes que sacarle el líquido y asegurarte de que el corazón no deja de latir”.

 

—Una cosa conseguida; ahora debo sacarle el agua que ha tragado.

 

Korai cayó en la cuenta de que nunca le habían explicado la razón por la que los humanos ya no sabían respirar bajo el mar. Pensando en que debería averiguarlo acercó su boca a la de hombre para aspirar el agua que llenaba sus pulmones. Sus labios estaban muy fríos pero eran suaves. Aspiró y conforme el líquido salía, ella lo tragaba. Recordó tarde que debía escupirlo para evitar que parte de la esencia de hombre anclara en su interior con el riesgo que eso llevaba; la “unión” lo llamaban y se castigaba muy duramente en el mundo sirenio. Trató de echar todo lo que tenía en la boca pero algo había tragado. Pensó que era una estupidez preocuparse, que había sido muy poca cantidad y ella no sentía nada raro así que siguió extrayendo el agua hasta que hombre comenzó a respirar de nuevo, aunque seguía inconsciente.

Miró al cielo, la luna brillaba muy potente y estaba ya casi llena. Quedaban horas o puede que solo minutos para que empezara el tiempo híbrido y ella aún no había comenzado a preparar nada.

Volvió a mirar a hombre que seguía respirando débilmente y vio que el color azulado casi había desaparecido y había mudado a un rosado muy pálido. Eso era bueno. Sonrió, se ató la melena morena con unas algas y se arrastró hasta la orilla, zambulléndose en las aguas turbulentas. 

 

Le cuesta colocar a hombre sobre el lecho de algas y anémonas en esa poza cobijada por las rocas, pero el agua cubre lo suficiente para permitirle a ella moverse con cierta facilidad. Los collares de perlas y marfiles brillan sobre su pecho desnudo a la luz de la luna y resaltan la piel levemente azulada con brillos escamosos de la sirena. Hombre sigue inconsciente pero ya respira normal. Le desnuda despacio y lo acaricia con sus frías manos recorriendo con curiosidad la tibia piel. La sirena comienza a entonar un suave murmullo de mar y las anémonas empiezan a emitir brillos iridiscentes iluminando el lecho marino; se yerguen, se activan y despliegan sus tentaculitos urticantes hacia la piel de hombre inyectando dosis ínfimas pero constantes de veneno. La piel sensibilizada retoma color y calor.

Los cantos atraen a decenas de pequeños pulpos de anillos azulados que también rodean al humano. Cientos de ventosas recorren su piel con diminutos besos succionantes mientras Korai aumenta el volumen de su voz. Su cola se enrosca y desenrosca alrededor de hombre mientras ella baila sinuosa y sensual sobre su cuerpo. Y canta:

Soy luna y soy deseo,

soy mar y soy fuego,

soy destino y soy comienzo,

soy carne y soy mujer,

soy rito y soy muerte…

Hombre ha despertado. Sus oscuros ojos se clavan en los de la sirena; con la respiración entrecortada extiende los brazos en cruz permitiendo que las manos de ella los bloqueen, Korai le mira sin dejar de bailar y cantar sobre su cuerpo que va siendo invadido por una creciente excitación. Con la piel bañada en luna y la melena salvaje, con los collares brillando sobre los pechos hinchados, con la excitación de dos cuerpos opuestos envueltos en deseo acariciados por las notas imposibles de la mujer pez; la sirena muda su piel marina y dos piernas carnales abrazan voluptuosas las caderas de hombre. Los sexos se buscan, se besan, se lamen y se fusionan. El rito ha iniciado.

El canto se vuelve quedo, quejoso, se vuelve gemidos y jadeos. Los cuerpos danzan al ritmo de la marea, sirena y hombre se funden. La violencia del humano no llega y el baile se vuelve un placer inesperado. Se vuelve un placer conocido.

Hombre, agotando sus fuerzas, susurra:

Mi sirena, mi eterna sirena, ¿no me recuerdas?

Y entonces Korai lo ve, Korai sabe, Korai entiende. Siente un golpe seco en el pecho, vuelve súbita la memoria y se lleva las manos a la melena ahora plateada, mientras el rostro de hombre se vuelve un mosaico de almas y el suyo un pergamino de batallas.

Cien veces yo, mil veces túmurmura la vieja sirena recordando la maldición con una tristeza desencajada.

Y hombre la mira mientras la vida se le escurre en una sonrisa.

Los ojos de la sirena se vuelven negros y un lamento desgarrador surge de sus entrañas. La boca se tuerce en un gesto de agonía y se transforma en fauces de fiera marina. Arranca sus collares y vuelan sus cuentas en una efervescencia nacarada. Hunde los dientes en su presa, lo desgarra, le lame. Lo anhela y lo ha perdido, en una vida más. Otra vez castigada.

Sollozando, se sumerge veloz en la noche del abismo marino.


3 comentarios:

  1. Pero qué cojones. Qué maravilla es esta? Netflix! Por favor, necesito una serie de esto ya!!

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    1. Este es mi único relato publicado en un libro. Y es el origen de mi personaje, Korai. En Netflix lo imaginaría estilo "Love, death & robots" T03-E9.
      K.

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  2. Este es mi único relato publicado en un libro. Y es el origen de mi personaje, Korai. En Netflix lo imaginaría estilo "Love, death & robots" T03-E9.
    K.

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