—Azul. Se está poniendo azul. Ligeia dijo que podía ponerse azul, pero que no se amoratara. Y…, ¿cuándo se considera morado? A mí me parece que vira un poco a violeta y ya apenas le salen burbujitas por la nariz. Mejor lo saco ya.
Korai
arrastró al humano a la orilla. A lo lejos se veía aún la tormenta y el ciclón
que estaba causando. Del barco de hombre
no quedaba rastro. Seguramente se hundiría en las arenas del fondo de la bahía
y en unos días, cuando los familiares de hombre denunciaran su
desaparición, lo descubriría la guardia costera. Varias de sus compañeras
seguían por allí; era una noche de buena pesca.
—De modo que así es —pensó
Korai palpando el cuerpo de su víctima.
Era más
duro que el de las sirenas, ancho y con menos pecho. También cálido, aunque se
estaba enfriando por momentos. Por debajo de la cintura no había escamas ni
cola. Dos piernas —recordaba bien la
clase de anatomía humana— como las
que ella tendría en poco tiempo si lograba iniciar el rito antes de que hombre recobrara el conocimiento.
Llevaba semanas espiándolo. Tras
haber estudiado toda la teoría y observado durante horas a las más veteranas, estaba
segura de conocer exactamente cómo elegir a la víctima para su ritual de
apareamiento, pero era su primera vez y temía haber errado. Era más grande que
ella —pero Ligeia me dijo que nosotras les superamos en fuerza— y ella
confiaba en eso, porque fuera del agua le pesaba todo el cuerpo y se sentía
insegura.
Le había visto salir casi todos los
días. Siempre solo. Cogía su barco, con su pequeño motor y se adentraba en
el mar. Pescaba. O lo intentaba. No era como otros, no ponía mucho empeño.
Colocaba un par de cañas y casi las olvidaba con la mirada perdida en las profundidades
del mar. A veces ni ponía cebo. —Es estúpido—se había dicho Korai en
varias ocasiones, y por eso pensó que sería una presa fácil para la primera vez
de una sirena novata y virgen como ella.
Y era cierto que no le había costado
nada hundir su barco.
—Pues sigue azul—murmuró Korai para
sí.
Desvió la
mirada hacia la tormenta que tronaba a lo lejos donde sus compañeras seguían
seguramente de pesca. Trató de recordar qué debía hacer. Se dio un golpe en la frente
con la mano.
—¡El pulso! —exclamó. Y buscó con
los dedos la zona del cuello donde debería sentir los latidos del corazón.
Latía.
Flojito, pero latía.
Casi oyó
la voz de su mentora resonar en su cabeza “Los
humanos no saben respirar bajo el mar, han olvidado cómo hacerlo. Sus pulmones
se llenan de agua y mueren ahogados. Para que sobreviva tienes que sacarle el
líquido y asegurarte de que el
corazón no deja de latir”.
—Una cosa
conseguida; ahora debo sacarle el agua que ha tragado.
Korai
cayó en la cuenta de que nunca le habían explicado la razón por la que los
humanos ya no sabían respirar bajo el mar. Pensando en que debería averiguarlo
acercó su boca a la de hombre para aspirar el agua que llenaba sus
pulmones. Sus labios estaban muy fríos pero eran suaves. Aspiró y conforme el
líquido salía, ella lo tragaba. Recordó tarde que debía escupirlo para
evitar que parte de la esencia de hombre anclara en su interior con
el riesgo que eso llevaba; la “unión” lo llamaban y se castigaba muy duramente
en el mundo sirenio. Trató de echar todo lo que tenía en la boca pero algo
había tragado. Pensó que era una estupidez preocuparse, que había sido muy poca
cantidad y ella no sentía nada raro así que siguió extrayendo el agua hasta
que hombre comenzó a respirar de nuevo, aunque seguía
inconsciente.
Miró al cielo, la luna brillaba muy
potente y estaba ya casi llena. Quedaban horas o puede que solo minutos para
que empezara el tiempo híbrido y ella aún no había comenzado a
preparar nada.
Volvió
a mirar a hombre que seguía respirando débilmente y vio que el
color azulado casi había desaparecido y había mudado a un rosado muy
pálido. Eso era bueno. Sonrió, se ató la melena morena con unas algas y se arrastró hasta la orilla, zambulléndose en las
aguas turbulentas.
Le cuesta
colocar a hombre sobre el lecho de algas y anémonas en esa poza cobijada
por las rocas, pero el agua cubre lo suficiente para permitirle a ella moverse
con cierta facilidad. Los collares de perlas y marfiles brillan sobre su pecho
desnudo a la luz de la luna y resaltan la piel levemente azulada con brillos
escamosos de la sirena. Hombre sigue inconsciente pero ya respira
normal. Le desnuda despacio y lo acaricia con sus frías manos recorriendo con curiosidad
la tibia piel. La sirena comienza a entonar un suave murmullo de mar y las
anémonas empiezan a emitir brillos iridiscentes iluminando el lecho marino; se yerguen,
se activan y despliegan sus tentaculitos urticantes hacia la piel de hombre
inyectando dosis ínfimas pero constantes de veneno. La piel sensibilizada
retoma color y calor.
Los
cantos atraen a decenas de pequeños pulpos de anillos azulados que también
rodean al humano. Cientos de ventosas recorren su piel con diminutos besos
succionantes mientras Korai aumenta el volumen de su voz. Su cola se enrosca y
desenrosca alrededor de hombre mientras ella baila sinuosa y sensual
sobre su cuerpo. Y canta:
Soy
luna y soy deseo,
soy
mar y soy fuego,
soy
destino y soy comienzo,
soy
carne y soy mujer,
soy
rito y soy muerte…
Hombre ha despertado. Sus oscuros ojos se
clavan en los de la sirena; con la respiración entrecortada extiende los brazos
en cruz permitiendo que las manos de ella los bloqueen, Korai le mira sin dejar
de bailar y cantar sobre su cuerpo que va siendo invadido por una creciente
excitación. Con la piel bañada en luna y la melena salvaje, con los collares
brillando sobre los pechos hinchados, con la excitación de dos cuerpos opuestos
envueltos en deseo acariciados por las notas imposibles de la mujer pez; la
sirena muda su piel marina y dos piernas carnales abrazan voluptuosas las
caderas de hombre. Los sexos se buscan, se besan, se lamen y se
fusionan. El rito ha iniciado.
El
canto se vuelve quedo, quejoso, se vuelve gemidos y jadeos. Los cuerpos danzan
al ritmo de la marea, sirena y hombre se funden. La violencia del humano
no llega y el baile se vuelve un placer inesperado. Se vuelve un placer
conocido.
Hombre, agotando sus fuerzas, susurra:
—Mi
sirena, mi eterna sirena, ¿no me recuerdas?
Y
entonces Korai lo ve, Korai sabe, Korai entiende. Siente un golpe seco en el
pecho, vuelve súbita la memoria y se lleva las manos a la melena ahora
plateada, mientras el rostro de hombre se vuelve un mosaico de almas y el suyo
un pergamino de batallas.
—Cien
veces yo, mil veces tú—murmura la vieja sirena recordando la
maldición con una tristeza desencajada.
Y
hombre la mira mientras la vida se le escurre en una sonrisa.
Los
ojos de la sirena se vuelven negros y un lamento desgarrador surge de sus
entrañas. La boca se tuerce en un gesto de agonía y se transforma en fauces de
fiera marina. Arranca sus collares y vuelan sus cuentas en una efervescencia
nacarada. Hunde los dientes en su presa, lo desgarra, le lame. Lo anhela y lo
ha perdido, en una vida más. Otra vez castigada.
Sollozando,
se sumerge veloz en la noche del abismo marino.
Pero qué cojones. Qué maravilla es esta? Netflix! Por favor, necesito una serie de esto ya!!
ResponderEliminarEste es mi único relato publicado en un libro. Y es el origen de mi personaje, Korai. En Netflix lo imaginaría estilo "Love, death & robots" T03-E9.
EliminarK.
Este es mi único relato publicado en un libro. Y es el origen de mi personaje, Korai. En Netflix lo imaginaría estilo "Love, death & robots" T03-E9.
ResponderEliminarK.