El hombre despertó dolorido, le costaba abrir los ojos y notaba la boca seca.
El calor que irradiaba su espalda no
era normal tampoco esos sudores fríos, quizá era fiebre. ¿Cuánto tiempo llevaba
dormido? ¿Tres?, ¿Cuatro horas?
El sol pegaba fuerte, lo notaba a
través de los párpados, pero no lograba moverse ni articular palabra. La cabeza
le estallaba. A lo lejos creyó oír las voces de sus amigos gritando su nombre,
pero él solo notó cómo su mente fundía en negro mientras su cuerpo comenzaba a
sacudirse violentamente atravesado por descargas invisibles.
Fruncí el ceño; ya estaban ahí los
servicios de emergencia. En pocos minutos el turista era estabilizado y se lo
llevaban al hospital. Asqueado, me giré provocando un imprevisto vendaval en la
playa arrancando varias sombrillas que, perseguidas inútilmente por sus dueños,
acabaron en el mar. Ni siquiera esa visión me animó.
Continué paseando por la costa,
aumentando la temperatura ahí por donde pasaba provocando remolinos en el mar
que hundían pequeñas embarcaciones y colchonetas: no logré ahogar a
nadie.
Hace años les aterrorizaba y
permanecían encerrados en sus casas, sabían que exponerse a mi poder era muerte
segura. Yo les controlaba. Ahora apenas logro que mueran algunos animalillos
desprevenidos y a veces un viejo incauto. Y eso que se me ofrecen todos los
días en los altares de arena, embadurnados en óleos tropicales y muchas veces
beodos como cubas. ¡Deberían ser víctimas fáciles! Pero aún así, siempre encuentran
la manera de resistirse.
Además, para colmo de males, parecen
deleitarse con descarado regocijo en saborear las consecuencias de mis efectos.
Los días largos que antes quemaban cosechas ahora los usan para hacer barbacoas
o mirar estúpidamente al mar hasta el crepúsculo. Las noches cálidas las
utilizan para bailar en festivales de música horrenda o fornicar como animales
en cualquier esquina. Son unos seres despreciables dominados por los placeres
terrenales.
A veces pienso que debería
confabularme con mi hermano invierno y convertir todo en un desierto, vaciar
océanos y verles morir lentamente, deshidratados, achicharrados, con la piel en
carne viva y los ojos muy abiertos resecos en sus cuencas. ¡Qué imagen más deliciosa!
Definitivamente voy a hablar con mi hermano, sé que comparte mi desesperación.
Estos humanos que tanta diversión nos han proporcionado durante siglos se están
volviendo aburridos y predecibles.
Siguen siendo increíblemente
estúpidos, pero ahora son imbéciles con recursos. Solo puedo contar con él, es
frío y carece de escrúpulos, no como los otros dos: mediocres, frágiles y
consentidos, unos ridículos activistas provida que cuidan a sus mascotas con
excesivo mimo, regalándoles florecitas la una y bosques de colores el otro. Me
repugnan.
Pero ¿qué es eso? ¿una zodiac
solitaria que se aleja de la costa?, puede que aún tenga suerte, si consigo
arrebatarles el remo quizá todavía hoy pueda cobrarme dos víctimas. Con qué
poco me llego a conformar.
¡Ay!, me estoy haciendo viejo.
Puto verano. Si ya sabía yo que no valía para nada. Es malo con acaricia. Al menos el invierno tiene una muerte más suave
ResponderEliminarMalo, malísimo. Con "acaricia" :-)
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