Sentada en una incómoda silla de la sala de espera, Patricia ojea una revista gastada sobre jardinería sin prestar realmente atención a las flores y plantas que nunca he tenido tiempo o ganas de cuidar. Mira con desgana el reloj de la pared cuyo monótono sonido parece querer recordarle cuan predecible y aburrida es su existencia. Tic-tac trabajo, tic-tac compra, tic-tac cena en solitario, y por supuesto, el tic-tac de la visita semanal al dentista para arreglar- para qué- unos dientes que nunca sonríen.
Tras la breve y rutinaria visita la enfermera la cita para dos días después, para un pequeño ajuste-dice y Patricia lo anota incómoda en su agenda. Los jueves no son día de revisión.
Ha acabado temprano y decide dar un paseo por el centro comercial cercano para comprar algo de tiempo antes de regresar al trabajo. Le gustan esos sitios; allí todo el mundo es invisible.
Se entretiene un rato en la librería, ratón de biblioteca, la llamaba su madre. Pasea acariciando lomos de libros cuando se le acercan dos chicas más o menos de su edad.
–Hola Virginia, que casualidad encontrarte aquí –dice la morena y la besan ambas con cordialidad. Patricia las mira sorprendida, no las conoce de nada, pero antes de que pueda replicar la chica continúa– ¿finalmente llevarás tú el postre a la cena en casa de Juan? No lo has confirmado en el grupo pero como te propusiste inicialmente, te lo hemos adjudicado, además todos estamos deseando probar alguna de tus nuevas tartas. Patricia no reacciona, se ha quedado muda.
–Virginia, hija, dile a ese dentista tuyo que te ponga menos anestesia que estás como tonta. –se ríe la otra chica–venga, hasta el jueves.
Las dos chicas se alejan y Patricia aun no ha reaccionado. ¿Qué está pasando aquí?, se pregunta.
Sale del centro comercial algo aturdida y se dirige a su trabajo, en el camino se cruza con algunas personas que la sonríen y saludan con cariño. No reconoce a ninguna. Y sigue siendo Virginia.
Gira la esquina y se queda petrificada. En el bajo del edificio de viviendas donde estaría la correduría de seguros hay una pastelería moderna decorada en tonos pastel, una de esas donde tomar tartas, té y café y echar la tarde. EL club de los Viernes se llama, con una uve grande y llamativa, una uve de Virginia.
La sangre le palpita en la garganta y se siente desmayar cuando ve un cartel con su foto promocionando los nuevos dulces de otoño.
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