La arena entre mis muslos me raspa la piel al andar. El efecto se multiplica por la humedad y la sal del mar, pero no me importa. Camino despacio bajo el implacable sol del mediodía, mientras el monótono canto de las chicharras acompaña el trayecto. Ese sonido siempre ha sido para mí sinónimo de verano y calor pegajoso, pero también de inocencia despreocupada.
No levanto la vista del camino que muda la arena limpia de la playa por un polvo sucio que se cuela en las cangrejeras, entre los dedos húmedos de los pies, formando un barrillo grisáceo. Las hojas secas de los eucaliptos crujen bajo la suela de las sandalias y se defienden colando trozos punzantes entre los agujeros de la goma.
Mis ojos están fijos en el suelo, buscando cualquier destello que revele una piedra más blanca o más redonda que las demás, la chapa perfecta de un botellín o la cuenta perdida de una pulsera rota. El día entero lo paso buscando tesoros y mi mano aferra el asa del cubo de plástico con los obtenidos esa mañana de playa: mareados en unos dedos de agua y rodeados de pequeñas caracolas y conchas, dos minúsculos ermitaños se balancean asustados de un lado a otro del cubo totalmente ignorantes de que están viviendo el último día de su corta vida. Me agacho y cojo un colgante de plástico que parece un caballito de mar descolorido por el sol y me giro triunfante para mostrárselo a mi madre que me sonríe, cansada, a tres pasos de mi padre que ignora mi gesto.
El sonido de las cigarras se intensifica al llegar al pequeño bosque donde hemos aparcado.
El coche arde y abrimos todas las puertas con la esperanza de enfriarlo con la brisa que llega del mar. Giro la manivela y bajo la ventanilla todo lo que puedo, luego coloco la toalla cuidadosamente doblada sobre el asiento de skay y me subo de un salto, sujetando el cubo con fuerza entre las piernas durante el caluroso trayecto hasta casa. Nada más encender el motor, cierro los ojos mecida por su ronroneo, las curvas del camino y el suave olor a Nivea que despide nuestra piel sin darme cuenta de que ese será, para siempre, el olor del verano.
Mamá intenta hacer una broma sobre el calor, pero papá apenas sonríe mientras conduce. En la bendita ignorancia de la niñez, no alcanzo a notar el denso silencio en el coche, más pesado que el fuego sofocante del exterior.
El agua de la piscina de lona azul es un caldo, pero me lanzo sin dudar olvidando en una esquina el cubo, la toalla y las sandalias. Mi padre conecta la manguera y el chorro de agua fresca me salpica y me arranca carcajadas mientras los escalofríos danzan por mi cuerpo, juguetones como el agua que me recorre.
La piel se eriza, agradecida por el frescor; hago el muerto y me dejo hundir hasta que mi cuerpo toca las baldosas bajo la lona. Paso los dedos por el fondo y, con el cuerpo enfriándose, me creo una sirena, girando bajo el agua. Desde ahí dentro, los perfiles deformados de los árboles y los reflejos del sol ondulan en constante danza, mientras burbujas de aire escapan de mi nariz y suben, libres, hasta desaparecer en la superficie.
De repente me falta el aire. Subo buscando una bocanada y, tras soltarme las coletas, vuelvo a sumergir la cabeza. Floto boca arriba, el pelo como algas alrededor, dejando que el sol caliente mi rostro y me concentro en mis párpados rosa melocotón. El agua llena mis oídos y me incorporo, parpadeo repetidas veces y un aroma maravilloso a comida cocinándose invade mis sentidos. Tengo hambre, pero aún no es la hora.
La toalla está extendida sobre el césped. No me paro a pensar en que yo no la dejé ahí. Sucesos mágicos normales para mí. Me tumbo sobre ese mullido colchón. El césped de la casa es duro, pero a la vez forma un bioma espeso, acolchado, que acoge mi cuerpo infantil y lo arropa. Pero mi curiosidad no cesa, yo sé que en ese micromundo habitan mil seres minúsculos y paso los minutos observándolos corretear delante de mis ojos. Alimentándoles con pedacitos de las patatas que, también mágicamente, han aparecido en un platito a mi lado.
Y entonces escucho una voz diminuta:
— ¡Eh, tú! Sí, tú, la de las coletas.
Me sobresalto y miro alrededor, no hay nadie más. Entonces, la voz insiste:
—Aquí abajo, niña. Soy yo, tu prisionero.
Me acerco al cubo. Dentro, uno de los ermitaños se mueve frenéticamente en el agua.
—¿Esto te parece justo? —protesta la voz, cargada de indignación— ¡Menuda barbaridad es esta! ¿Qué clase de monstruo saca a alguien de su hogar y lo mete en un horno de plástico? ¿Te crees que se puede vivir aquí?
Me quedo sin palabras; mi corazón late con fuerza, la culpa acartona mi garganta y mi cerebro trata de procesar que ese cangrejillo habla.
—Yo solo... quería tener algo bonito.
—Bonito es estar en el mar, no aquí. ¿Sabes lo que has hecho, niña tonta? Me has arrancado de mi mundo.
—Yo…
No sé qué decir, tiene toda la razón y no hay excusa posible. Mis ojos se encharcan.
—¡¡A comer!! —escucho anunciar a mi madre desde la cocina.
—Espera— le digo al animalillo, sonriendo de repente —voy a solucionarlo.
—Qué vas a solucionar tú, niña caprichosa — oigo refunfuñar al cangrejo.
Salto como un resorte y me dirijo brincando al interior de la casa.
Durante la comida intento convencer a mis padres para volver a la playa por la tarde. Mamá me sonríe con desgana. Papá suelta un bufido y dice: “No podemos volver por un capricho.” El resto de la comida transcurre en silencio, como siempre.
Por la tarde, siesta. Espero que mis padres se duerman y salgo a escondidas al patio.
Tengo la solución.
Saltándome las reglas y con el corazón desbocado en el pecho, cojo mi bicicleta del garaje y el cubo, y pedaleo hacia el mar. La brisa salada me guía, y el miedo da fuerza a mis piernas. Me creo mayor, me siento valiente.
Cuando llego a la playa, las olas parecen más grandes, como si me observaran. Dejo caer la bicicleta y corro hacia la orilla.
Me arrodillo en la arena y vuelco despacio el cubo. Los ermitaños salen despacio, temerosos.
—Lo siento—murmuro en voz baja.
El ermitaño gruñón se gira hacia mí.
—Más vale tarde que nunca, niña. Y la próxima vez, ¡piensa antes de meter a nadie en un cubo!
Se acerca una ola y corretea hacia ella.
—¡Libreeeeee!
Lo veo desaparecer bajo el agua. Pero el tiempo corre. El sol comienza a descender y el camino de vuelta se siente más largo. Cada sombra que cruzo parece seguirme. El viento silba en mis oídos y mi pecho se aprieta con cada pedaleada.
Al acercarme a casa, veo luces encendidas. Mi madre está en la cocina y mi padre en el salón. Asustada, me cuelo en la casa y me deslizo hasta mi habitación. Me tiro sobre la cama, jadeando. Nadie parece haber notado mi ausencia. Siento una oleada de alivio y satisfacción.
Lo logré.
Con los ojos cerrados y una sonrisa en los labios, me siento mayor, como si hubiera conquistado el mundo.
Precioso, me recuerda a cositas de mi infancia,como la piscina y el césped.
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