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lunes, 2 de diciembre de 2024

El barco del tiempo

El cielo se quebraba en mil fragmentos oscuros con cada rayo que lo rasgaba y el mar rugía como una bestia hambrienta de sacrificios. Isidro apretó el timón con manos temblorosas, los nudillos blancos bajo la luz de los relámpagos. No recordaba la última vez que había sentido tanto miedo… o tanta esperanza.

    Bajo sus pies, el barco gemía como un animal herido, sus velas desgarradas luchando contra el viento. Las astillas de madera vieja saltaban en cubierta con cada golpe de las olas, como si el tiempo se estuviera cobrando un precio. Pero Isidro no podía detenerse. No ahora. No cuando lo tenía todo tan cerca.

    Había escuchado los susurros del mar desde que encontró aquel barco en la playa. «Regresa», dijeron las olas, enredando voces familiares en cada palabra. «Date la vuelta». Al principio pensó que era producto de su mente, un eco de sus propios pensamientos. Pero cuando puso un pie por primera vez en la cubierta de ese velero de mástiles blancos como huesos, algo cambió. Las estrellas temblaron. El aire de sal comenzó a zumbar y con él, vibró su sangre.

    Sabía lo que el barco podía hacer. Lo había visto con sus propios ojos demasiadas veces ya: los destellos de su vida pasada, oportunidades perdidas que aún ardían en su pecho. Pero también sabía lo que estaba en juego. Cada salto temporal lo alejaba un poco más de su presente, de los rostros que no le visitaban y había comenzado a olvidar. Sus nietos, su hijo… A veces tenía que hacer esfuerzos por recordar los nombres, y aún más le costaba evocar sus voces. Y las bestias. Criaturas imposibles acechando desde las profundidades. Guardianas del tiempo y del orden. Rodeaban el baro, lo azotaban con sus colas y espolones. Sus ojos vacíos le hablaban de culpa, sus rugidos de fatalidad y destino. ¿Cómo osaba desafiarlas? El barco le condenaba y le seducía. ¿O quizá era la soledad impuesta por la distancia? No podía estar seguro y por eso seguía adelante. Todo era consecuencia de una decisión. Una decisión que le alejó de todo y alejó a todos.

     Pero existía un instante concreto que podía cambiar, que debía cambiar, aunque el precio fuera todo lo demás.

    La tormenta se enfureció mientras el barco daba giros en dirección hacia el remolino que lo aspiraba, un ojo líquido que lo seducía. 

     «Solo una vez más», murmuró Isidro, mientras sus manos temblaban. «Solo una vez más…»

    Y entonces, el barco saltó en el tiempo.

    El mundo a su alrededor cambió en un latido. La tormenta desapareció de golpe, y el silencio inundó la cubierta como una ola pesada. Isidro miró a su alrededor, jadeando, todavía empapado, con los dedos aún aferrados al timón. Las estrellas sobre él ya no eran las mismas. En el horizonte, un sol naciente pintaba el cielo de colores que no había visto en décadas. Un recuerdo se removió en su interior, sin entender muy bien cómo, sabía que era el día en que su hijo cumplió diez años.

    Un temblor le recorrió espalda. Lo recordaba bien. Ese día había prometido llevar a su hijo de pesca, enseñarle a lanzar las redes. Pero nunca lo hizo. En lugar de eso, se había pasado la jornada discutiendo con su esposa sobre el trabajo en alta mar, en la plataforma petrolífera, el contrato que lo había apartado de su familia durante años y que ahora renovaba. El dinero, ¡maldita obsesión!

    Isidro soltó el timón y se tambaleó hacia la proa del barco. Desde allí, vio la costa. Su casa, diminuta. Casi podía distinguir la figura de su esposa atareada en el jardín. La nostalgia lo golpeó con fuerza, pero con ella llegó una punzada de dolor. No podía quedarse. Debía volver.

    El barco pareció entenderlo también. Las velas comenzaron a inflarse con un viento que no venía del mar. La madera, dormida hasta entonces, desperezó con quejidos indolentes. Isidro respiró hondo y regresó al timón. «No es aquí… aún no».

    Comenzó a virar el barco y una vibración como un rezo lo acompañó. La proa se cubría de una escarcha iridiscente, las velas recobraban su lustre. Un nuevo salto se acercaba. 

    De repente, el agua bajo él se oscureció. Varias figuras enormes y serpenteantes se movían en las profundidades. Las olas comenzaron a agitarse, y una sombra se alzó desde el mar, más grande que el barco, más antigua que el tiempo.

    Era una de las guardianas. Una criatura que no debía existir, hecha de espuma de decisiones y escamas de recuerdos robados. Sus ojos vacíos ensombrecían el valor de Isidro. Una voz profunda resonó en su mente, como si las aguas mismas le hablaran.

    No debes cambiar lo que ya ha sido escrito.  Este no es tu tiempo, Isidro. Vuelve a tu playa.

    El miedo atenazó su pecho, pero Isidro no retrocedió. Agarró un cabo de la cubierta y se preparó para luchar. «He perdido ya más de lo que la vida me puede dar.»

    La criatura atacó. Su enorme cola golpeó el costado del barco, haciéndolo tambalear. Isidro cayó al suelo, pero se levantó rápidamente, con el corazón desbocado. Tomó un arpón oxidado que colgaba apoyado en el mástil. No era más que un viejo pescador, pero sabía cómo defenderse. Lanzó el arpón con todas sus fuerzas, acertando en un costado de la bestia. Esta rugió, y su grito hizo temblar el aire.

    El barco, con vida propia, comenzó a moverse por sí solo, aprovechando la distracción de la criatura para escapar. Isidro tomó el timón de nuevo, luchando por mantener el rumbo mientras las aguas volvían a rugir.

    La criatura se sumergió, pero no estaba derrotada. Isidro sabía que volvería. Y también sabía que cada salto sería más difícil, que el mar y sus guardianas harían todo lo posible por detenerlo. Pero nada importaba. Ya había llegado demasiado lejos.

    Las aguas se calmaron de pronto, como quien frena una peonza. Y un nuevo cielo otra vez, oscuro, estrellado, vestido de frío otoñal. Isidro sintió que estaba cerca. ¿Sería por fin el momento? Dejó al barco navegar por sí solo, parecía arrastrado por una soga invisible hacia la costa y, cerrando los ojos, se dejó llevar. 

    Un golpe secó lo sacó de su ensoñación, el velero varó en la playa como un cadáver flotante, con sus velas hechas jirones y el cascarón repleto de caracolas y lapas, pero ahora era un joven Isidro quien saltaba a la arena y, los pies desnudos rebozados de coraje, quien caminaba ya por la playa. La casa familiar no destacaba entre las demás, pero una ventana iluminada rompía la oscuridad como un faro. Isidro no necesitaba más, conocía perfectamente la razón. 

    En la esquina, pasado el bar, se cruzó con un hombre que lo golpeó en el hombro al pasar, una sombra familiar que marchaba a grandes zancadas, cargada de furia. Se reconoció de inmediato. Se giró para decirle algo, quizá para detenerlo, solo para ver como se desvanecía en la bruma, desintegrándose como cenizas al viento. 

    Apresuró la marcha, temiendo el castigo de los hados. Sentía que tenía segundos de oportunidad. Con una urgencia ardiente en las entrañas echó a correr. Sus piernas jóvenes respondían con fuerza, aunque su boca escupiera los recuerdos de la vejez.

    Se paró frente a la puerta, apoyado sobre la madera del umbral. Resoplaba y en cada respiración perdía un aliento de memoria. Miró asustado al cielo. No recordaba el rostro de su hijo, ¿tenía un nieto? ¿o era una nieta?

    —Ese es el precio. Ese es el precio —murmuraba para sí.

    No había vuelta atrás. Sus pulmones jadeaban, exhalando aire, nombres, rostros y voces.

    Se abrió la puerta.

    —Has vuelto.

    Isidro fue incapaz de contestar. Su mujer, viva, joven, lo miraba con una mezcla de inquietud y desconfianza. Los brazos cruzados sobre el pecho, el cuerpo basculando levemente de un pie al otro. Los labios apretados y los ojos sofocados de lluvia.

    —¿Lo has pensado? — preguntó en un suspiro.

    Isidro avanzó un paso, los brazos abiertos. Y con el último recuerdo de hijo escapando de la boca, contestó:

    —Sí.

    Y la abrazó de eternidad.

    Y nadie miró, pero, en el horizonte, un velero se destejía en los rayos del sol.


(Relato para el curso de la EdE - tema: aventureros)


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