Los pasos suenan cada vez más nítidos hasta que se detienen al final de la escalera, frente a su puerta. No puede evitar el temblor que recorre su cuerpo ante su proximidad. Da un sorbo rápido a la copa de vino que lleva en la mano, la segunda, antes de volver a dejarla sobre la mesa. Expectante y nerviosa, los pocos segundos de más que tardan en sonar los nudillos sobre la madera la llenan de inquietud ¿Duda? ¿Habrá cambiado de opinión? Ha esperado toda la tarde, sin parar de contar los minutos, los segundos marcados por los tacones arriba y abajo del pasillo. Pero ahí está, por fin, en el umbral, sonriendo con un cava en una mano y unas flores en la otra. Típico, pero qué más da.
Aspira el olor a esa colonia que no ha logrado olvidar desde su anterior cita. Sus ojos, profundos y llenos de deseo dicen todo lo que calla su boca.
Cuando atraviesa la puerta, su fragancia me golpea como un puñetazo en las entrañas. Es lo primero que me atrapa y lo último que me abandona. Muchas veces no me lavo durante días en un vano intento de retenerlo en mi piel, pegado sudorosamente a mí, como un fluido más. Ese aroma agridulce me quema cada vez que se acerca, pero no me canso. Lo busco como una perra en celo cuando estoy en la calle; me acerco y olisqueo a todos los hombres que se me cruzan, por si alguno me trae su recuerdo.
Se llama Julián, y en sus labios el nombre suena a excusa. Es un hombre que vive del riesgo y las mentiras bien contadas. Su rostro, de ángulos perfectos y sonrisa torcida, parece diseñado para conquistar incluso sin quererlo. Ella no pudo evitar caer. Tampoco quiso eludirlo. Se ha pasado media vida conteniendo emociones y viviendo para otros, con normas que nunca pidió, hasta que él apareció con su promesa de caos.
Después de saludarse sin palabras, se acerca a ella con pasos lentos pero firmes. La mano le roza la mejilla. Ninguno habla. El silencio compartido está cargado, eléctrico. Se deshace del abrigo sobre una silla sin que ella apenas se percate, anclada aún a sus ojos. La abraza por la cintura. Respira entrecortada a la espera de un beso que no acaba de llegar. Con unos dedos fuertes, el recién llegado encuentra la cremallera del vestido. El sonido de los dientes de la cremallera forma un murmullo íntimo que quiere llenar toda la habitación. El delicado conjunto cae al suelo con un susurro casi imperceptible. Ahora está frente a él, vulnerable pero radiante bajo la escasa luz de unas velas.
Lo recibo tímida y juego a ocultarme, esquivo su mirada, me escondo de sus manos, pero siempre sabe encontrarme, descubrirme, y no suele tardar en exponerme ante sus ojos. En ese momento, lo olvido todo: la luz de esas velas, el murmullo que llega de la ciudad… Solo existimos él y yo, suspendidos en ese juego de caza y captura que prolonga hasta hacerme perder la cabeza.
No se apresura. Sus ojos la recorren como si leyera los versos de un poema. Las manos, firmes y seguras, siguen su mirada, hasta conseguir que las tiras del sujetador se deslicen por sus hombros, dejando que la prenda caiga con una elegancia descuidada y natural. Expuesta, cierra los ojos, se rinde al momento, y los labios de ambos se encuentran en un beso que inaugura el resto de la noche.
La lucha de bocas se torna salvaje y las manos acuden en su ayuda. La temperatura arde y huyen a pasos apresurados a un dormitorio que les acoge maternal. La mujer se rinde sobre el colchón y ofrece sus pechos al apetito que no consiguen saciar. Prisionera del cuerpo masculino, se retuerce encendida y comienza un contrataque. Enreda los dedos en el cabello de su pareja y dirige su atención al sur de su cuerpo.
Finalmente, cuando sus manos me atrapan, me envuelve su calor en cada roce. Es como si toda mi existencia se definiera en esos segundos en los que se inclina sobre mí y su aliento recorre cada una de mis curvas. Y aun sin rozarme, muero de placer. Siento cómo se tensan sus músculos, cómo el pulso de su pecho late contra mí, haciéndome desear ser parte de él para siempre.
Rendido él ahora y tumbado entre las piernas de su diosa, recorre con mimo el tesoro aún oculto de su sexo. Acaricia el encaje, las volutas de satén y los pliegues de la seda.
Y cuando me toca. ¡Ay, cuando me toca! Cada roce suyo se convierte en un eco que reverbera en mis hilados, como si estuviera hecha para ajustarme solo a su deseo, a sus movimientos, a la presión de sus manos cuando me recorren, encajando perfectamente en el espacio entre sus dedos. Mi piel se vuelve un mapa que él explora sin prisa, con una devoción que me hace sentir única. Es cuando aún siento que soy todo lo que quiere. Lo creo. Lo sé. ¡Estoy segura!
Y el deseo pide más, las caderas cimbreantes buscan más contacto y los labios sobre el delicado tejido se vuelven tortura. Los ojos firman una paz con tinta de lujuria, y los dedos del hombre sujetan, agarran y deslizan con premura la delicada prenda piernas abajo. Durante un instante, parece dudar, mirando la prenda aún tibia, pero luego, con un movimiento rápido, lanza la ropa interior a un lado, sin prestarle más atención. Ella jadea cuando los fuertes brazos abrazan sus muslos.
Pero entonces sus manos me apartan con ansia, me estira y me arruga. Me trata con dureza y sin compasión y yo me dejo llevar, me enrosco sobre mí misma, asustada, intentando pedir perdón sin saber muy bien por qué. Me relega, me comprime y me lanza a un lado donde me quedo inerte, arrugada y fría. Las sombras de la habitación se alargan y se retuercen en mi silencio mientras espero a que vuelva a poner sus ojos en mí.
Y me ignora.
Se abalanza sobre esa carne ya desnuda, sobre esa piel humana que le gime y le abraza, que lo recibe entre murmullos y jadeos que yo no puedo pronunciar. Esa que acoge su pasión con una intensidad que a mí nunca me ha ofrecido, sin conocer el dolor de mi sedosa existencia.
Sin embargo, de improviso, un giro y un movimiento más brusco de lo esperado me devuelven al centro de la escena, enredada en la muñeca de Julián.
El hombre ríe bajo:
—No quieren dejarme ir— susurra, entre jadeos, en el oído de la mujer, sin dejar de besarla.
Ella sonríe, pero no responde, perdida en la niebla del deseo se deja hacer. El encaje de la prenda se desliza por su cuerpo, recorre sus curvas, se pierde entre la piel de la pareja. Arde entre sus cuerpos a golpe de caderas. Y acaba empapada en la saliva de una boca que la acoge, gimiente y bloqueada por el poder de una mano. Rendida con los amantes al placer absoluto del orgasmo.
Y hoy los amantes han sido tres.
Te lo lees dos veces. Como esas películas que no entiendes cuando acaban y tienes que volver a verla porque te quieres enterar bien. Y entonces lo disfrutas el doble. Gran trabajo, de verdad. Cada día me sorprendes más. Me quito el sombrero tres veces.
ResponderEliminarQué íntimo y qué bonito, cojones. Me ha gustado muchísimo.