Paula termina de anotar las tareas y pedidos en la tienda y empieza a apagar las luces. Ya no parece que vaya a entrar nadie más. Piensa que podría pedirle salir un poco antes a su jefe, pero enseguida desecha la idea. Camina por la tienda repasando el orden de las estanterías con los ojos y se detiene en esa que acumula los objetos que sus dueños han olvidado recoger: radios, batidoras, y cámaras viejas, unos arreglados y otros no. Todos olvidados. Su mirada se desliza sin querer hacia la cámara polvorienta al fondo de la estantería, esa que se parece tanto a la de Mario.
Paula la levanta con un cuidado casi supersticioso y, antes de darse cuenta, está intentando colocar el lente, ajustando el obturador. Pero sus manos empiezan a temblar. Los recuerdos se hacen insoportables.
Suspira pesadamente y vuelve a dejarla en su sitio, como todas las tardes. Quizá otro día.
Paula se queda en silencio frente a la cámara, con la luz amarillenta del taller bañando los engranajes oxidados y los pliegues viejos de la correa de cuero. Ha terminado de organizar todo, pero sus pies no parecen querer moverse hacia la puerta. Sus dedos tantean el borde metálico, dudosos, como si temieran romperla al simple contacto.
Paula quiere convencerse de que la cámara sigue ahí por pura casualidad. Es una pieza inservible, se dice, no funciona y seguramente no se puede reparar. Su jefe ha amenazado con tirarla. “Llévatela” le ha dicho cientos de veces, “a ti te gustan estos trastos”.
La toma de nuevo en sus manos y sopla. El polvo que la cubre revolotea. Con el borde de la manga frota la lente que le devuelve, contenta, su reflejo confuso y agrietado.
Mario.
“Cuando mires por aquí, el tiempo se queda quieto. No hay nada más que el momento justo delante de ti, ¿ves?”. Recuerda que le explicaba Mario con esa otra cámara prácticamente idéntica que guarda en un cajón de casa. Recuerda lo absurdo que le parecía que aquel aparato pudiera contener algo tan grande como un instante. Pero ahora todo lo que le quedan son esos instantes fotografiados en su memoria. Estáticos, fijos. Como su vida.
Alarga la mano para dejar la cámara en la estantería cuando oye la campanita de la tienda. Gira la cabeza se encuentra a Luis, el niño del tercero, mirándola con carita desconsolada y una cámara de juguete rota en las manos.
—Paula ¿me la puedes arreglar? —pregunta el niño, levantando el pequeño aparato de plástico.
Paula traga saliva, sorprendida. Su primer impulso es negarse. Las reparaciones están a cargo de los demás, ella solo gestiona pedidos. Pero finalmente alarga la mano hacia la cámara del niño. Sus manos tiemblan al tomarla, pero no retrocede. Abre la tapa de la pequeña cámara de juguete con dedos cuidadosos, casi reverentes. La mira un momento, inspecciona sus piezas internas. Luis la observa en silencio, esperando.
Paula esboza una sonrisa, un poco insegura.
—A ver, vamos a intentarlo, ¿te parece? —dice finalmente, repitiendo esas palabras de nuevo, en el silencio de su cabeza.
Sentada a la mesa de reparaciones, se concentra en arreglar aquella cámara simple, y sus manos parecen cobrar vida propia. Y sus dedos, por fin, no tiemblan.
Termina y Luis sonríe de oreja a oreja; sosteniendo su cámara reparada con alegría sale corriendo hacia la puerta. Paula lo observa alejarse, con el eco de sus pasos llenando el taller.
Se vuelve hacia la cámara en la estantería y, con manos firmes, la toma y la desliza con suavidad en su bolso. Y, cerrando la cremallera y los ojos, sonríe.
(Tarea EdE: Mezclar ingredientes)
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