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domingo, 24 de noviembre de 2024

La planta

 La planta llegó una tarde lluviosa, de esas en las que las gotas parecen pequeñas garras arañando las ventanas. Miguel se quedó mirándola con reticencia desde el umbral de la puerta, aún abierta tras la partida del mensajero, sin atreverse a acercarse. Leyó la nota: era un regalo de Irene, su compañera de trabajo, quien le había insistido en que “un poco de verde le daría vida a su apartamento”. La maceta era pequeña, y de ella emergían un par de hojas anchas y lustrosas, cubiertas por gotitas de agua que brillaban como diminutos ojos, mirándole fijamente. Un espasmo repentino le recorrió el cuerpo. Nunca le habían gustado las plantas. Había algo en ellas, en cómo sus hojas se curvaban y extendían en busca de luz, que le resultaba inquietante e invasivo, pero Irene había insistido tanto que no supo rechazarla. “Es solo una planta,” se dijo, pero una parte de él ya se arrepentía de haber aceptado. 

Y ahora sentía la obligación de cuidar a un ser vivo cuando bastante tenía con cuidarse a sí mismo. 

La dejó sobre una mesita en la sala, cerca de la ventana y se alejó.

Al principio, evitaba mirarla demasiado; las hojas grandes le recordaban manos abiertas, buscando algo que agarrar. De hecho, se olvidó de ella durante varios días y cuando se acordó pensó que necesitaría agua con urgencia, sin embargo, la planta seguía lustrosa junto a la ventana, incluso parecía más grande, más alta y tenía tres hojas nuevas retorciéndose y ofreciéndose al sol.  “¿Es normal que crezca tan rápido?” pensó mientras intentaba recordar las indicaciones de Irene y de qué tipo de planta se trataba. Solo recordaba que era una planta “agradecida”, “te devolverá todo lo que le des con creces”. Supuso que no necesitaba muchos cuidados. Mejor. Porque seguía sin gustarle.

 Durante el día, la luz natural iluminaba el apartamento y todo parecía normal. Pero por la noche la planta se transformaba en una silueta oscura, con sus hojas extendiéndose como si quisieran tocarlo y sus sombras alargadas realizaban una silenciosa danza macabra sobre las paredes. 

Los días pasaron y la planta no paraba de crecer. Invadía toda la esquina del ventanal y empezaba a comerse la luz. Tuvo que cambiarla de maceta, muy a su pesar, y colocarla en el suelo.

Decidió no regarla más.

Una noche, mientras intentaba conciliar el sueño, escuchó un susurro húmedo, apenas un murmullo, que venía de la sala. Al principio lo ignoró, convenciéndose de que era el viento colándose por alguna rendija, pero el sonido persistía, como un roce delicado, casi un arrullo. Miguel se levantó con el corazón galopando y, con la respiración contenida, se asomó al umbral.

La planta, a la luz tenue de la luna, parecía inclinada hacia él. Sus hojas grandes, ahora oscuras, casi negras se volteaban en su dirección y parecían temblar. Miguel retrocedió un paso, sintiendo un nudo en la garganta. El murmullo cesó, pero en su lugar, el leve movimiento de las hojas llenó el aire. Era como si la planta estuviera respirando, un suspiro largo y pesado que parecía sincronizarse con el suyo propio. No, era como un quejido, un susurro agónico.

Cerró los ojos un instante, tratando de calmarse, pero cuando los abrió de nuevo, vio que varias de las hojas se habían estirado tanto que casi tocaban el suelo a apenas unos pasos de él. Y eso no era todo. De la maceta, de la tierra ahora seca, sobresalían finas raíces que se deslizaban lentamente por la alfombra, enredándose entre las fibras como si buscaran algo. Y se dirigían hacia él.

Trató de moverse, pero el terror lo había paralizado.

Las raíces alcanzaron sus pies y aferraron sus tobillos, apretando como alambres. Las hojas se acercaban ofreciendo una especie de abrazo macabro. Miguel quiso gritar, pero no salió sonido alguno de su garganta. Solo sus ojos, los únicos aún libres, observaban aterrorizados cómo la planta lo envolvía con un hambre desesperada, un hambre que absorbía su energía, su calor y su vida. El murmullo vegetal creció hasta volverse ensordecedor y, desde lo más profundo de su cerebro, formaba palabras no pronunciadas que manifestaban el ansia siniestra y descontrolada, el apetito voraz que la planta por fin comenzaba a saciar.

“Te devolverá todo lo que le des con creces,” recordó las palabras de Irene, resonando en su mente como una maldición. Un frío metálico recorrió su columna vertebral. Había querido dejar morir a la planta y ella se lo devolvía. Con toda su voracidad. 

Las hojas cubrieron su cara, cerrándose sobre su rostro, sellando la oscuridad.

“Hambre”, alcanzó a escuchar una vez más. 

Y el apartamento quedó en el más profundo de los silencios. 

(Tarea EdE: miedos)


4 comentarios:

  1. Me ha gustado, por un momento pensé que el alma de Irene estaba en la planta y lo besaría, pero me ha gustado el final

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    1. Has coincidido con otro lector, ¡qué casualidad!. Creo que tengo que rescatar a Irene para algún otro relato. Acepto sugerencias.

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  2. Llevo tiempo leyendo y siempre espero ese toque erótico. De hecho, creo que siempre tiene ese toque erótico. Como las películas de Jim Carrey, siempre esperas que te haga reír aunque todo sea un drama

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    1. ¿Tú crees? La verdad es que echo de menos escribir erótica. La próxima vez voy a tener que apuntarme a un curso de relato erótico. O impartirlo.

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