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miércoles, 27 de noviembre de 2024

La entrega


Marta abrió los ojos unos segundos antes de que sonara el despertador. Lo apagó de inmediato y se quedó en la cama, mirando al techo, inmóvil por el peso de su propia respiración. Era lunes, un día perfecto para empezar de nuevo. Tensó el cuerpo adormilado, cerró los puños y se hizo una promesa: Hoy será el último día.

De alguna manera se sintió mejor y se levantó masticando ese pensamiento matutino amargamente liberador, como quien se arranca la piel requemada al sol de una herida vieja. Apagaba la culpa, al menos hasta después del desayuno. 

En el baño el reflejo la miraba con sus verdades incómodas: el cabello como maleza reseca, la piel opaca y esa sombra que la seguía a todas partes. Sentada en el suelo de la ducha, el agua caía sobre sus sueños y arrastraba lágrimas mentirosas.

Se sirvió un café, muy caliente, que bebió a sorbitos desnuda frente al armario. El móvil colgaba de su mano.

Encaje negro. Daniel. A las seis. 

Un extraño calor le subió al rostro. 

No, se dijo a sí misma. Hoy no.

Borró el mensaje del teléfono, como si eso pudiera borrar también una promesa que se quebró en ese mismo instante, nonata. 

Hoy sí. También.

Resignada, eligió cuidadosamente la ropa del día. Primero la blusa, luego la falda ajustada que marcaba sus caderas. Y finalmente el cajón de abajo. Mordió una maldición entre dientes, con las mejillas encendidas por la rabia mientras lo abría. Decenas de cajitas selladas lo llenaban: encaje negro, seda roja, algodón blanco. Olían a nuevo y a pecado. Sacó la adecuada y se la puso con movimientos lentos, casi ceremoniales, sintiendo cómo la tela abrazaba su piel. Se perfumó el cuerpo desnudo y se vistió despacio, saboreando cada movimiento, como en un ceremonial prohibido.

Parada frente al espejo, levantó un poco la falda, lo suficiente para ver el borde del encaje. Eres repugnante, se recriminó con una mueca. Y aun así se mordió el labio inferior.

Cerró la falda de golpe sofocando sus pensamientos y, abrigándose, salió de casa. Los tacones resonaban sobre la acera como un reloj atrasado. Marta peleaba contra la caricia indeseada del encaje en cada paso, en cada balanceo. 

El vagón del metro estaba abarrotado. El calor humano no la calmaba. Marta sentía que el espacio cerrado amplificaba todo. Alguien se apoyó demasiado cerca de ella, y ese contacto accidental bastó para hacerle apretar los labios y respirar por la nariz. Tenía que concentrarse. Tenía que aguantar. Seguro que todos lo notaban. Y eso la encendía tanto como la avergonzaba. Apretó las piernas sin darse cuenta.

Las horas de oficina pasaron sin alma. Correos, llamadas y risas falsas en la máquina de café. Nadie con un secreto como el suyo. Marta tecleaba respuestas mientras sentía el roce del tejido clavándose en la excitación. Tenía mil razones. Tenía mil excusas. 

No lo hagas.

Hazlo, nadie se va a enterar. 

A media mañana aprovechó un momento tranquilo para escapar al baño. Allí se subió la falda a la cintura y ajustó más la prenda al cuerpo, despacio, deslizándola entre las piernas, acariciándola -acariciándose- con los dedos. Sacó el móvil y tomó una foto rápida. Solo un fragmento: el encaje contra su piel desnuda.

Envió la imagen. Borró el rastro. Cerró los ojos por un momento, apoyando la espalda contra la puerta del cubículo y dejó que un temblor recorriera su cuerpo. Una punzada de dolor la devolvió a la realidad, de nuevo se mordía el labio hasta casi hacerse sangre. Se miró al espejo. “La última vez” se dijo con voz débil. Pero sus ojos brillaban de excitación.

A las seis menos cuarto salió de la oficina con pasos apresurados. No tenía hambre, no tenía frío, no sentía nada excepto la fuerza de la necesidad. Caminó por las calles mojadas, sin mirar a los lados, sin detenerse. Podía dar la vuelta. Podía pasar de largo. Pero un cuerpo del que no era dueña ya la había traicionado.

Solo una vez más.

Atravesó calles conocidas y se detuvo frente a la pequeña tienda sin cartel que conocía demasiado bien. Era un local oscuro y estrecho, encajado entre dos edificios altos. La fachada era discreta y las cortinas de las ventanas cubrían cualquier rastro de lo que ocurría dentro. Marta miró a su alrededor, como queriendo comprobar que nadie la seguía, y entró.

El hombre tras el mostrador, con su calva brillante y su camisa arrugada, le lanzó una mirada cargada de algo que Marta prefirió ignorar. No era necesario hablar. Ella sacó el paquete del bolso y lo dejó sobre el mostrador, con la prenda cuidadosamente envuelta en papel de seda. Mientras él lo abría, Marta sintió cómo un calor le subía a la cara, mezcla de humillación y placer. Una suciedad pegajosa como un chicle que no pierde el sabor.

Él revisó todo con movimientos rápidos, casi mecánicos, pero sus ojos se detuvieron más tiempo del necesario. Marta apartó la mirada cuando le vio agacharse a olisquear.

—Perfecto —dijo, incorporándose —Buena calidad, como siempre.

Marta no respondió. El hombre sacó un sobre de debajo del mostrador y se lo entregó recolocándose la entrepierna. Era un sobre grueso, con billetes doblados como las hojas de un misal. Marta lo tomó y salió de la tienda, el rostro ardiendo. 

En el metro de regreso, sintió la falta de ropa interior como una confesión muda. Cruzó las piernas, cerrando los muslos, pero la tela de la falda no la abrazó.

Su corazón latía con fuerza mientras observaba a los otros pasajeros. Se preguntó si alguien se habría dado cuenta. Si las miradas fugaces que recibía en el vagón eran casuales o si alguien podía leer lo que le quemaba dentro. ¿Podrían adivinarlo? ¿Podrían olerlo? Sonrió nerviosa. Mierda.

Al llegar a casa, se dejó caer en el sofá y sacó el sobre. Contó los billetes lentamente, con las manos húmedas, dejándolos sobre la mesa.

Caminó hacia el baño y encendió a la ducha. Se desnudó despacio, dejando caer cada prenda en el suelo como si quemara. En el espejo empañado, vio su reflejo borroso. Ahora no había encaje, solo piel.

—No —murmuró, acariciándose el sexo con un gesto distraído—. Mañana no.

Pero ya sabía que sí.


Marta abrió los ojos unos segundos antes de que sonara el despertador.

Giró la cabeza y leyó el mensaje parpadeante:

-Satén rojo. Rubén. A las seis. 


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