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domingo, 24 de noviembre de 2024

La sombra esquiva

 (Inspirado en la frase de Oliverio Girondo, en Espantapájaros)

¿Nos olvidamos a veces de nuestra sombra, o es que nuestra sombra nos abandona de vez en cuando?

Esa era la pregunta que me hacía ese día mientras volvía dando tumbos por la calle del Carmen bien entrada la noche. Es curiosa la necia lucidez que provoca el alcohol, no era capaz de balbucear dos palabras seguidas, pero divagaba acerca de esa sombra que hacía rato que había desaparecido. Se estaba cansando de mí, cada vez se iba más a menudo y por periodos más largos. Era lo normal en ellas cuando las decepcionas.

  «Otra mujer más que me abandona», pensé y una súbita tristeza me invadió haciéndome perder la estabilidad y llenándome de melancolía. Con gran esfuerzo, avancé hacia la pared más cercana, en pasos tambaleantes y llenos de tropiezos hasta que, al final, mi cuerpo topó con un muro. La mente funcionaba bien pero no así este cuerpo arruinado por el alcohol. Me desplomé contra la pared en un golpe seco y dejé mi cuerpo escurrir lentamente hasta el suelo, mojando el trayecto con las lágrimas estúpidas que no dejaban de brotar de mis ojos. 

No recordaba su cara, lloraba su ausencia sin recordar un jodido rasgo de su rostro. Es evidente que nunca los tuvo —¡era una puta sombra! — pero yo estaba muy borracho y lloraba por ver sus ojos, acariciar sus mejillas y besar sus labios. En la niebla de la melopea su rostro parecía contener a todas las mujeres de mi vida. Un rostro volátil y cambiante, como cuando intentas enfocar la cara de alguien en un sueño.

 La lloraba cada vez más amargamente, de manera bochornosa si alguien hubiera tenido la desdicha de observarme. Hipando, quise llamarla, pero tampoco sabía su nombre. Maldije y enterré la cabeza ente las rodillas. Una nausea agarró mi estómago y vomité mi dolor a un lado logrando no mancharme el corazón. Todos mis sueños y esperanzas se escurrían entre tropezones de tristeza. Ahogué un grito y golpeé con fuerza el suelo lastimándome los puños. Volví a hacerlo dos veces más. Las punzadas de dolor me devolvieron un poco de cordura y, lamiendo los dedos, razoné una certeza salvadora que ahogó el miedo al abandono que arañaba mis entrañas: ella no podía irse para siempre. Simplemente era imposible que lo hiciera, no tenía derecho. Era mía, siempre lo ha sido. Sin mí, no era nada. Sin mi cuidado, sin mi protección, sin mi fuerza. Mi cuerpo la poseía, la dominaba y la controlaba. Aunque todas las demás me abandonaran, ella era distinta. Era mi marioneta y estaba hecha de mí, estaba presa en mí. Sonreí maliciosamente. «Presa…», repetí. Por mucho que buscara escapar, por mucho que huyera de mi lado, estaba atada a mí. Era mi sombra y aunque tratara de huir como las otras mujeres, a ella siempre la devolvería a su sitio. 

—¡Volverá! —, grité furioso—Solo necesito luz.

Traté de levantarme; la cabeza me martilleaba y mis piernas, traicioneras, se negaban a sostenerme con la menor dignidad. «Malditas cabronas», me dije, azotándolas con rabia. Tosí del esfuerzo y me meé. Una carcajada histriónica resonó en mi garganta. «Estás atada a un deshecho de hombre que se mea en la calle. Y no puedes escapar».

A duras penas logré arrastrarme a cuatro patas hasta una esquina de la calle donde lucía una farola solitaria. Al tratar de asirla, observé con horror mis manos, negras y opacas, como cubiertas de una oscuridad profunda. Bajo la luz, me proyectaba en el suelo en una figura informe que se desvanecía bajo la tenue claridad que me iluminaba. Una mancha abyecta que se diluye.

Y entonces lo supe, como un puñetazo en las entrañas: ella ya no me pertenecía. Mi sombra, finalmente libre, había decidido deshacerse de mí.


(reto de escritura: scifi)

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