En aquel pueblo, las calles, estrechas y retorcidas, están cubiertas de adoquines desgastados por generaciones de pasos. Las casas parecen sostenerse unas a otras como viejecitos compartiendo un secreto al oído. Las fachadas, de un blanco roto ajado por la sal, y las ventanas, siempre a medio abrir, vigilan el mundo con ojos velados por cortinas bordadas.
Ahí el tiempo está estancado; cada día es una copia del anterior. Todos ellos tejen una malla de nudos desgastados, remendada tantas veces que ya no se sabe dónde empieza ni dónde acaba. Trenzada y cosida con la misma luz cansada y los mismos suspiros de brisa marina.
El aire, callado y estanco, huele a madera mojada y a pescado seco. Solo lo rompen los chillidos estridentes de las gaviotas para recordarnos la cercanía del mar. Las campanas de la iglesia marcan las horas, pero nadie parece prestarles atención. ¿Para qué, si aquí las horas se deslizan con la misma parsimonia con que las olas rompen contra el malecón?
El pueblo respira al ritmo de la masa de agua que lo rodea y lo alimenta. El mar, como una madre severa, exige e impone su rutina con un pulso constante. Por la mañana, despide a los pescadores con un beso salado y por la tarde los recibe de nuevo en su regazo, cariñosa si traen las reden llenas, brusca y despegada si están vacías.
Y así se suceden los días en ese pueblo, como calcos del día anterior.
Pero aquel martes, algo en el aire cambió rompiendo la monotonía del pueblo. Un temblor leve, apenas perceptible, un temblor que nadie más sintió, sacudió el interior de un hombre y en la playa apareció un barco.
La figura triangular recortada contra la bruma lo había llamado, murmurando su nombre desde lo más profundo de su pecho. El velero, como emergiendo de ninguna parte, descubría sus velas desgarradas y su madera cubierta de cicatrices de sal y algas.
A su lado, la silueta inconfundible de Isidro, lo miraba como si pudiera leer en él un secreto que nadie más comprendía. El barco y él conversaban en silencio sobre deseos incumplidos, e intercambiaban promesas y confesiones. Pactaban un futuro, negociaban un precio de vida y recuerdos.
Al final del camino de los pinos, el joven detuvo el coche y salió sin mirar atrás. Sus caros zapatos de ciudad crujían contra la arena húmeda, pero él no les prestaba atención. Avanzaba a pasos lentos, con la mirada fija en un punto lejano donde la neblina se fundía con el agua. Allí, sus ojos trataban de distinguir las dos siluetas dibujadas contra el horizonte de la noche estrellada.
Un pálpito le había hecho tomar el desvío a la costa después de salir del bufete. El hierro candente del rencor no se enfriaría mientras lo siguiera guardando en su interior. No podía castigarle con más años de soledad en ese triste pueblo. Debían hablar, abrazarse, ahogar silencios con la verdad del cariño.
El corazón, desobedeciendo al GPS, lo había guiado hasta esa playa. La misma en la que pasó horas llorando el día que cumplió diez años, con una caña de pesca en una mano y un saco de promesas rotas en la otra.
De las dos siluetas frente a él, la humana comenzó a moverse hacia el velero. Ambas parecían envueltas en un halo de alucinación con destellos iridiscentes vibrando bajo la noche. Vacilante, Isidro, su padre, se subió al barco.
Las estrellas temblaron. El aire de sal comenzó a zumbar y con él, vibró su sangre.
La del hijo herido.
La de la infancia marchita.
La de una oportunidad que se desvanecía en el aire junto a un barco y un hombre derrotado al timón.
El joven salió corriendo.
—Papá. ¡Papá!
El barco comenzaba a disolverse en una bruma chispeante con un fulgor irreal.
—¡Regresa papá! —exclamó, desesperado—. ¡No te vayas!
El velero era ahora solo un contorno luminoso en la noche, informe e indefinido. Durante unos segundos quedó suspendido, titilante, como colgado de una eternidad y luego, desapareció.
—¡Vuelve! — gritó el hijo cayendo de rodillas.
—Vuelve…—susurró a las olas que golpeaban la orilla y el eco resonó en el vacío que invadía su interior —. Vuelve…
El barco se había ido en la noche como una estrella fugaz que se apaga. Con él se llevó a Isidro. Y un joven quedó arrodillado en una playa vacía en la que las olas devoraban lentamente sus palabras.
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