Páginas

martes, 7 de enero de 2025

Madrugada de Reyes

El horno avisó con un zumbido bajo y constante que rompió el espeso silencio de la madrugada, cargado de calor y del aroma dulzón del hojaldre recién horneado. Matilde abandonó la amasadora donde revisaba el tiempo pendiente para el roscón. Llevaba las mangas arremangadas y los brazos llenos de harina. Abrió el grifo y dejó que el agua fresca corriera antes de sumergir sus manos bajo el chorro. Con un gesto instintivo, las llevó, mojadas, a la nuca sudada, refrescándola. El agua goteó por su cuello y trazó un camino hasta la parte superior de su espalda. La tela de la camisa se le pegó a la piel, transparentándola ligeramente. Los ojos de Daniel se clavaron en ese lugar sin poder evitarlo. Su mente divagó, imaginando cómo sería trazar ese mismo camino con sus dedos en el lugar del agua. Carraspeó, intentando ahogar la idea que, como el calor del horno, se acababa de colar bajo la piel.

Se encontraba a unos pasos, observándola trabajar mientras afilaba un cuchillo de manera exagerada. Los molestos chasquidos del metal contra la piedra eran reflejo de su enfado. Es una mujer mayor, pensó, no sé por qué me incomoda tanto. Pero había algo en la serenidad de sus movimientos que lo desarmaba, y eso le producía una profunda irritación.

—Si no los sacas ya se van a quemar.

Matilde ignoró el reproche, acercándose al horno mientras se ponía unos guantes. Una nube vaporosa y caliente la envolvió, aleteando la falda del delantal y sus cabellos. Sacó la bandeja de croissants con la calma de quien ha hecho lo mismo mil veces. Los colocó sobre la rejilla con movimientos precisos, el aroma dulce invadiendo el aire caliente y condensado de la trastienda. 

—¿Siempre trabajas con esa calma o es porque ya te pesa la edad? — soltó Daniel, mirándola de reojo.

Matilde apretó los labios, disimulando un resquicio de frustración que no quería mostrar. Cogió un paño y comenzó a limpiar la bandeja vacía, dejando que el comentario se disipara en el calor del ambiente. Respiró hondo, levantó una ceja y lo miró. 

—Si algo he aprendido en esta vida, chico, es que las cosas buenas llevan su tiempo. Pero claro, a tu edad todo lo quieres rápido, aunque el resultado quede a medias.

—Oh, claro—replicó él con sorna—. Porque un croissant quemado marca carácter, ¿no?

Dejó el cuchillo con un golpe seco sobre la mesa, sobresaltando ligeramente a Matilde.

Ella no cedió. Cogió una de las piezas de hojaldre y, sin mirar a Daniel, rompió un trozo y lo probó lentamente. Luego, asintió con un gesto pequeño.

—Perfecto— dijo, sosegada—, aunque supongo podríamos haberlos acabado antes, si no te pasaras tanto tiempo afilando cuchillos en lugar de hacer algo útil, como ayudarme.

—El jefe soy yo— respondió él, ufano.

—Y yo la madre del dueño. 

La afirmación golpeó a Daniel como un mazazo, pero se limitó a morderse el labio, buscando otra respuesta mordaz que no llegó. Se odió por eso. Por ceder terreno. Y por perder la compostura al observar el sensual movimiento de su boca mordisqueando de nuevo el croissant.

— ¿Siempre crees tener la razón—dijo él, al fin—, o es algo que has desarrollado con los años?

—Digamos que es una ventaja de la experiencia—sonrió ella ligeramente, mirándole a los ojos—. Aunque contigo parece que no sirve de mucho.

Daniel, apoyado de espaldas a la encimera, le sostuvo la mirada sin asomo de sonrisa. 

— Te esfuerzas mucho en ser desagradable, chico. ¿Crees que eso te hace interesante?

— No trato de ser interesante. Estoy aquí porque tengo que estarlo, no porque quiera impresionar a nadie. Aunque contigo aquí me va a costar modernizar este negocio.

—¡Ay! ¡Déjate de quejas y ayúdame con los roscones! —ordenó cariñosamente Matilde ofreciéndole un pedazo de croissant. Daniel vaciló unos segundos y lo aceptó mientras ella se giraba hacia la amasadora, donde había pitado ya el temporizador. El muchacho se quedó observando las curvas de ese cuerpo maduro que le daba la espalda, mientras mordisqueaba el bollo. No lograba entender qué le atraía tanto de esa mujer. Quizá ese cuerpo; rotundo y firme para su edad; o sus movimientos: elegantes y cadenciosos. Aunque él lo calificaba de lentitud, en realidad era un baile hipnótico y sinuoso como el de una cobra letal contra el que le costaba horrores luchar. Respiró lentamente y por fin, se acercó a su lado, bajando un par de grados el nivel de alerta. 

Matilde se giró para hablar y se sorprendió al encontrarlo tan cerca. 

—¿Sigues aquí? —dijo ella con un ligero temblor de voz—. Pensé que ya habrías huido.

 —¿Y dejarte ganar tan rápido? Nunca.

—Entonces sigue intentándolo. Quizás algún día lo consigas.

Daniel sonrió por primera vez. Se arremangó y hundió los brazos con los de ella en la masa templada del roscón, estrujándola con sus dedos y dejando que le envolviera como el cálido abrazo de una amante. Estrechar las curvas de esa mujer no podía ser muy diferente. Pensó que su cuerpo desnudo olería a azahar y seguro recibiría acogedor el ímpetu de su juventud. Pensó también que quizá no debería estar tan cerca de ella, pero no se apartó. De repente, los brazos se rozaron y Daniel pegó un respingo casi imperceptible. El roce fue breve, pero suficiente para electrizar el aire. Se quedaron quietos un segundo más del necesario, demasiado conscientes del calor que irradiaban sus pieles. Un segundo tenso e inflamado. Matilde evitaba mirarle, pero le costaba ignorar la intensidad de su presencia. 

—¿Alguna vez te relajas? — preguntó ella.

—Tal vez cuando no tenga que trabajar contigo.

— ¿Eso es un cumplido o una queja?

— Depende de lo que quieras escuchar.

Matilde se giró, sorprendida. Se quedó mirándole, quieta, oscilando entre aceptar lo que su cabeza rechazaba o lo que su cuerpo le gritaba. El joven chef le clavaba la mirada. 

—Deberías concentrarte en trabajar, Daniel, no en mirar tanto.

—Quizás es que hay cosas que vale la pena mirar.

—No es el caso aquí.

Daniel rió.

—Sigue diciéndote eso, Matilde— susurró Daniel, derramando las palabras en su oído.

Justo en ese momento, la puerta trasera de la pastelería se abrió de golpe, dejando entrar el aire fresco de la madrugada y a Juan, el hijo de Matilde. Su voz resonó despreocupada.

—¿Qué tal van esos roscones? ¡Hoy tenemos mucha demanda que es día de Reyes!

Matilde se apartó bruscamente de la encimera, con el corazón trotando en la garganta y retomó distancia con Daniel. Su rostro recuperó la calma habitual mientras se limpiaba las manos con un paño. Pero la presencia del joven invadía sus sentidos.

—Todo bajo control, hijo. Aunque, como siempre, aquí el jefe no hace más que incordiar.

—¿Incordiar? —respondió Daniel, fingiendo indignación—. Discúlpame si te perturbo, yo diría que solo estoy supervisando. Alguien tiene que asegurarse de que no salga nada ardiendo nada aquí, ¿no?

Juan rió, ajeno a la tensión latente en el aire.

—Bueno, así me gusta, que comencéis a llevaros bien. A este paso os haréis amigos—dejó las llaves del coche en una mesita—. Voy a revisar el frente de la tienda.

Juan se marchó, cerrando la puerta tras de sí. Matilde soltó el aire que había estado conteniendo y miró de reojo a Daniel, quien la observaba de nuevo con expresión desafiante y cautivadora.

—Aquí hay cosas que vale la pena admirar —dijo él, en un tono más íntimo, reforzando el peso de la última palabra, antes de volver a hundir las manos en la masa, pegando su cuerpo al de ella.

Matilde se quedó inmóvil unos segundos antes de retomar su trabajo, los que duró la descarga que recorrió toda su piel. Tenía la certeza de que aquello no había terminado.

Daniel se acercó a susurrarle al oído:

—Una mujer muy sabia me dijo una vez que las cosas buenas llevan su tiempo—Le acarició levemente el brazo—. Y esto acaba de comenzar.


1 comentario: