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martes, 14 de enero de 2025

Loza y barro

Me gusta lavar los platos. Me relaja. Es una rutina cómoda, reparadora. Me pongo los auriculares, música clásica o jazz suave y hundo las manos en el fregadero lleno de cacharros y espuma. El agua caliente sabe disolver las tensiones del día. En esos momentos dejo mi mente en libertad, que se evada adonde quiera, que se mezcle con las burbujas y que no piense. O piense poco. Muchas veces simplemente vaga en una nube mientras la mirada se pierde hacia la calle.

No hay nada fuera de esa ventana. Nunca lo hay. Nunca pasa nada en esta calle. O casi nunca. 

Y esa noche era como todas.

O casi.

No me apetecía la película, otra de superhéroes, otra saga que no me interesa. Me escapé a la cocina: el pelo recogido, el delantal atado y la rutina como refugio. Un poco de jazz — Andrew Bird Trio— y al lío. La noche era bonita, cálida, acogedora, como el agua que abrazaba mis manos. El vapor caliente empañaba la ventana de la cocina. No tenía prisa por acabar, disfrutaba colgada en las notas de un violín. Fuera de mi paraíso musical tan solo se escuchaban los ecos lejanos de los habitantes de la casa, el susurro del agua y el choque ocasional de la loza.

La brisa de la calle movió el visillo, y enfoqué la mirada a la calle. Algo pareció moverse, pero lo olvidé de inmediato. 

O casi.

Un nuevo movimiento en la esquina de mi campo de visión. Miré. No se distinguía bien. Una sombra pequeña deslizándose por la acera en la penumbra de la calle desierta.

I fall in love too easily…

Un vaso se me escurrió de los dedos, zambulléndose graciosamente entre la espuma.

Cuando volví a mirar, la acera estaba vacía.

O casi.

Encendí de nuevo el grifo, dejando que el agua caliente fluyera. Unos segundos después, la figura volvió a aparecer en el mismo lugar, moviéndose despacio. No parecía un gato.

Quizá era cosa de mis ojos cansados. 

Gafas. Odio coger las gafas con las manos mojadas.   

Me acerqué a la ventana, poniéndome de puntillas, el vidrio helado contra la punta de mis dedos. Enfoqué la vista.

Era una niña.

La hija de algún vecino, supuse. Llevaba un carrito de muñecas que empujaba por la acera. Sus pasos eran cortos, pesados, como si le costara avanzar. 

Otro vaso escapó de mis manos. La espuma salpicó mis brazos. 

Volví a mirar. La acera, vacía.

O casi.

La sombra estaba de nuevo ahí. La misma niña, en el mismo lugar, empujando el carrito.

Desvié la mirada, incómoda. 

¿Qué haces ahí sola?

La niña, más cerca, avanzaba con el carrito tambaleante. Había algo extraño en su forma de moverse. Tal vez estaba cansada. Me dije que no era nada. Un simple paseo nocturno. 

¿A estas horas?

Limpié la ventana con la manga. Algo no cuadraba. El carrito estaba vacío.

Mi cuerpo se tensó. 

Y el zapato. Solo llevaba uno. El otro pie iba descalzo, y manchado de algo que parecía barro. 

Por eso caminaba así. Por eso sus pasos eran extraños. Pasos cojos.

El zapato.

El que perdió.

Era ella.

La niña.

Aparté la mirada. No quería volver a verla.

Pero lo hice, y allí seguía ella. No se había ido.

Estaba ahí, quieta. Se giró, y sus ojos vacíos me miraron fijamente, tan intensos que parecían atravesarme. Un vacío que se derramaba sobre mí.

El violín chilló en mis auriculares, un grito afilado como el de los frenos que desgarraron el aire esa otra noche.

Su cuerpo. La curva. Las luces del coche recortando su figura demasiado tarde.

Los sonidos invadieron mi cabeza: el crujido de neumáticos en la carretera mojada, el impacto, los gritos ahogados que se confundían con la lluvia.

Y después, el silencio.

Nadie me vio. Nadie supo nada, lo hice todo bien. Todo. O casi.

Una sensación de humedad recorrió mis brazos, mis piernas, mi rostro. Una lluvia invisible que me empapaba. La misma lluvia. Un aguacero irreal que penetró en mi piel, aguijoneó mis nervios, petrificó mis músculos, se ancló a todos mis tejidos y congeló mi cuerpo desde lo más profundo de mis entrañas.

Me quedé paralizada. Quería apartar la mirada, pero no podía. No podía.

El agua del fregadero subió hasta el borde. Una gota resbaló por el borde, lenta, deliberada, y cayó al suelo.

El agua rebosó por la encimera.

Miré sus manos, delgadas y pálidas, con las uñas rotas. El carrito temblaba. Su vestido estaba rasgado. Había tierra. O sangre. Manchas marrones que subían desde los dobladillos y le cubrían las piernas hasta las rodillas. Su cabello estaba apelmazado, pegado al cráneo, le faltaban mechones.

Mi cuerpo seguía rígido. El agua empezó a extenderse por el suelo, avanzando como un animal lento, como una plaga. No me moví. No podía.

Yo miraba por la ventana a la niña.

El agua mojó mis pies. Avanzó hacia el pasillo.

Yo miraba por la ventana a la niña.

Sentí el olor: un olor húmedo, a tierra mojada, a enterrado. 

El agua llegó al salón.

Yo miraba por la ventana a la niña.

Escuché voces. Pasos que no oía. Alguien me sacudió por los hombros. 

Yo miraba por la ventana a la niña.

Vi luces de colores que giraban y se reflejaban en el agua que cubría el suelo. 

Me arrastraron. La ventana se alejó mientras mi cuerpo rígido se rendía. Pero yo seguía mirando por esa ventana. Seguía viendo a la niña.

Ya no estoy en casa. Ya no lavo los platos. No escucho música.

Pero sigo mirando por la ventana a la niña.

Ella no se ha ido.

No se irá nunca.


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