Aquella tarde me encontraba trabajando en mi novela, envuelto por los murmullos que se deslizaban entre las mesas del Jack’s. Las luces navideñas colgaban marchitas sobre las ventanas y espejos del local. Las parejas remojaban los recibos de las compras en cafés silenciosos, mientras los paquetes descansaban a sus pies como sabuesos bien educados. Algunos espíritus solitarios ahogaban el invierno en el calor de una copa endulzada con villancicos.
Buscaba yo a las musas en la nube borrosa de humo que flotaba sobre las cabezas cuando un hombre entró. Se detuvo en el umbral, vacilante, echó un vistazo rápido, casi depredador y, tras localizarme, se acercó a mi mesa.
—¿Eres tú el escritor? —preguntó sin preámbulos.
—Ese soy.
—Invéntame un pasado —espetó sentándose decidido frente a mí.
Dejé la pluma sobre la mesa y me recosté en la silla. Una agitación sutil recorrió mi piel y el mundo se redujo a la intensidad de la mirada que me atravesaba, cargada de urgencia.
Le observé en silencio. Era un hombre sin tiempo que perder. Ropa sucia, ojos derrotados y la piel amarillenta. Las manos, de dedos largos y finos, temblaban una sobre otra en una triste danza pulsátil.
El camarero se acercó discretamente. Sonreí, y pedí un café y un bollo para el desconocido que permanecía inclinado hacia mí, expectante, los codos hundidos en la mesa.
—Mmm —dudé un instante, dejando que el silencio se llenara de humo. De repente, todo cobró claridad. Esbocé una media sonrisa y declaré—: Eres un pianista famoso… No, fuiste un pianista famoso. Hace años que no tocas. La noche y el juego te sedujeron, y gastaste la fama con hombres y mujeres que se bebieron tu éxito. Luego, en un ajuste de cuentas, te retorcieron los dedos hasta rompértelos.
—¿Mi nombre?
—Vladimir.
Me miró pensativo apurando el café. Después, con movimientos mecánicos, se levantó, ajustándose el gabán raído y la bufanda que alguna vez fue blanca. Guardó lo que quedaba del bollo en un bolsillo.
—Me vale.
Y se fue con la misma prisa con la que había llegado, abandonándome en mi desconcierto.
Los días siguientes, Vladimir se instaló en mi mente. Yo jugueteaba con él, entretejiéndolo en los capítulos de mi novela. Su visita inesperada había acelerado mi escritura. No sabía por qué lo había hecho pianista, pero sentía una afinidad inexplicable por ese desdichado y su derrota. En mi cabeza, Vladimir era tan real como el cigarrillo que humeaba en el cenicero: tóxico, efímero, imposible de ignorar.
Fuera, la nieve cayó sin tregua durante días. Cubría obstinadamente las calles, empeñada en borrar las huellas de quienes osaban mancillarla. Dentro del Jack’s, el calor acogedor impregnaba de una melancolía indefinida.
El recuerdo del desconocido comenzaba a difuminarse entre las páginas de mi segunda—y esperaba que definitiva—novela. Amontonaba con mimo las hojas, desparramadas como amantes satisfechas sobre mi mesa, cuando mi amigo apareció de la nada y tomo asiento.
—Necesito saber más. —Se inclinó hacia mí—. Ya tengo un pasado. Dime quién soy ahora.
Me llenó una satisfacción egoísta escuchar esas palabras. Durante días había moldeado su existencia, jugado con sus recuerdos, retorciéndolos a mi antojo y quería escupirle a la cara todos sus fracasos.
Pedí dos whiskies. Me tomé deliberadamente mi tiempo, lo que duró el ritual del camarero, para torturar en silencio a Vladimir.
Sin embargo, fui incapaz de destruir al hombre que me observaba expectante. Abatido, me miraba con ojos vacíos de sonrisas, las ganas perdidas en algún bolsillo y las ilusiones descoloridas de un pañuelo usado. Toda la vida que le había inventado de repente no servía, era un empujón al vacío desde la azotea de un edificio.
Pegué un largo sorbo y me perdí en la marea ambarina del whisky. Inventé un renacimiento para Vladimir. Le hablé de una antigua amante que aún le recordaba y de un amigo que le tendía la mano. Le doté de unos dedos ágiles que despertaban sueños.
Hablé durante horas. Vladimir no me interrumpió ni una sola vez.
Cuando terminé, él asintió en silencio, se levantó con la misma ligereza de la vez anterior y abandonó el local.
Yo permanecí sentado, agitado, con una desazón creciente que me mordía las entrañas. En un arrebato frenético, rasgué buena parte de las hojas garabateadas, todas las que hablaban de un Vladimir fallido. Solo entonces, con una extraña calma, retomé la escritura.
Y entonces llegó esa última noche. Me hallaba sumido en mis letras, como siempre, cuando una melodía inesperada surgió del viejo piano del bar. Las notas eran vacilantes, imperfectas, pero cargadas de un sentimiento que silenció el murmullo habitual.
Todo se llenó con la música del pianista. Era una melodía oscura, un villancico dolorido cargado de una fuerza conmovedora. Cada acorde estaba teñido de melancolía, notas imperfectas cargando el peso de una vida que luchaba por recomponerse. No era perfecto ni alegre, pero era devastadoramente hermoso.
Al terminar, los clientes estallaron en aplausos. Vladimir se levantó lentamente, me miró desde el otro extremo del local y, por primera vez, esbozó una sonrisa. No quedaba rastro de las manos destrozadas ni del hombre derrotado de días atrás. Avanzó entre las mesas con una tranquilidad solemne y salió por la puerta con la dignidad de un artista que ha tocado su obra maestra.
Aún sobrecogido, me levanté para seguirlo. Pero cuando llegué a la calle solo encontré al mozo del bar tirando la basura.
—¿Busca a alguien?
—El hombre que acaba de salir, el pianista. ¿Lo has visto?
El mozo negó con la cabeza, confundido.
—Ese piano no suena desde que trabajo aquí.
Regresé al bar, desconcertado y vacío. Me acerqué al piano. Las teclas, cubiertas de polvo, me pintaron las yemas de los dedos. Desde la barra, el camarero me observaba con curiosidad.
—¿Le ocurre algo? Parece haber visto un fantasma.
—Quizá lo he hecho—respondí en un susurro.
Sí. Quizá lo había hecho. O quizá, por una vez, había creado algo que lograba traspasar las páginas de un libro.
(Relato presentado al concurso de Navidad de Zenda 2024 – No seleccionado. Si tenéis curiosidad, estos son los Finalistas)
Precioso, como todo lo que escribes 😍. Que bonito relato
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