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domingo, 26 de enero de 2025

La muerte de un señor poco maravilloso

 (Tarea de escritura: ficción criminal)

En la tienda más feliz del mundo, alguien había muerto.

Las luces de neón iluminaban un espacio decorado con tonos pastel —azul claro, lila y rosa—, rebosante de globos, tarjetas y tazas motivadoras llenas de frases cursivas: "La vida es mejor con una sonrisa", "Todo lo bueno está por llegar" o “Haces posible lo imposible”. Sin embargo, la figura desplomada junto al mostrador sugería algo no tan maravilloso.

El detective Ordóñez suspiró mientras tomaba notas en la escena del crimen.

No era la primera vez que le llamaban a un caso extraño, pero esto… Esto rozaba la sátira. El cadáver estaba cubierto de confeti plateado con forma de unicornios y de purpurina de diversos colores. Un carnaval macabro. Un post-it pegado en su frente rezaba: "Nunca dejes de brillar”.

Cerca del cuerpo, yacía una taza rota con la frase “Estás que te sales” y un abrecartas con forma de piña multicolor le atravesaba la garganta.

“¿Qué demonios es este lugar?” murmuró Ordóñez, asqueado. Un empleado, sollozando, le ofreció una caja de pañuelos que decía "Fuerza en cada lágrima ". El detective lo rechazó con un gesto seco, sorteando como podía la purpurina que parecía haberse convertido en parte del suelo.

—¿Quién lo encontró? —preguntó el detective, sin disimular su hastío.

—Yo, señor… Fue horrible. Estaba tan… apagado —respondió el chico, temblando como un papel.

—¿Apagado?

—Sí, ya sabe. Sin brillo, sin chispa… o sea, muerto —El muchacho arrastró ese “o sea” más segundos de lo tolerable para el estómago del detective.

Ordóñez se llevó una mano al puente de la nariz antes de volver a tomar notas en su libreta. Idiota nº1, escribió.

—¿Quién más estaba contigo cuando lo encontraste?

—Nadie, señor. Estaba solo. Lo encontré esta mañana al abrir la tienda.

—¿Y los demás empleados?

—Llegaron después de que llamara a la policía. Les llevaron a la zona de descanso—dijo señalando un rincón tras varias estanterías de optimismo en porcelana.

Dos agentes de criminalística tomaban muestras del cuerpo, y Ordóñez se dirigió a los sospechosos. Estaban sentados sobre unos sillones de peluche, rodeados de guirnaldas y globos. Parecían piezas de un catálogo de positividad exagerada.

Allí estaba Susana, la gerente de la tienda, que insistía en que el crimen no debía afectar la vibra positiva del espacio. También estaban Carla, la encargada de redes sociales, que llevaba una camiseta con el lema "Sé la luz que ilumina los días grises", y un cliente habitual que hablaba con seriedad sobre el karma.

Ordóñez se llevó una mano a la frente, pinzándola con fastidio. Empezaba a dolerle la cabeza. Donde fuera que mirara le atacaban frases dulces, absolutamente vacías. Se sentía rozar la hiperglucemia.

—¿Alguien escuchó o vio algo sospechoso? —preguntó, dirigiéndose a todos.

—Bueno… —empezó Carla, mordiéndose el labio—. No sé si cuenta, pero el cliente que murió… No era como nosotros.

—¿Qué quiere decir?

—No creía en la magia de las frases motivadoras. —interrumpió Susana, con un engolamiento insufrible en la voz— Siempre se quejaba de que nuestras cosas eran "tóxicas" y "superficiales". Decía que la vida no entiende de frases bonitas ni se soluciona con pegatinas.

Ordóñez alzó una ceja. Por primera vez, una afirmación coherente.

—¿Y eso suponía un problema?

Carla, la encargada de redes, intervino con una sonrisa tan falsa como las que vendía en su instagram:

—Detective, aquí todos somos una graaaaan familia. No hacemos daño a nadie, incluso si es…, digamos, negativo. Aunque la vida será mejor ahora que cierta persona ya no va a volver por aquí.

El detective achinó los ojos, reprimiendo un comentario. No pudo evitar fijarse en sus uñas impecables y la sonrisa demasiado constante.

—Hay algo que no entiendo — Prosiguió Ordoñez—, si a la víctima no le gustaba su tienda, ¿qué hacía aquí?

Ninguno contestó, pero intercambiaron miradas incómodas. El detective hacía que tomaba notas (idiotas, idiotas, idiotas). Finalmente, el cliente, retorciendo el bajo de su camiseta multicolor, habló:

—Era el dueño del local de tatuajes al lado. Quería hundir esta tienda.

Ordoñez le miró fijamente.

—¿Y usted qué hacía aquí hoy?

—¿Yo? Yo…—Vaciló unos instantes mirando a Carla, gesto que no pasó desapercibido al detective. Una leve sonrisa asomó a sus labios. Al menos iba a ser un caso fácil. — ¡Yo no tengo nada que ver! Solo quiero que todos aquí estén bien, y.., y…, yo solo quiero que mis días se llenen de color—miró nervioso al nudo de ropa que estrujaba entre sus manos —, y por eso vengo todos los días.

Ordoñez llamó a uno de los agentes para que se quedara con las empleadas y conminó a Javier, el cliente, a que le acompañara a la calle. Allí, solo necesitó girarle para ponerle las esposas, aduciendo que le detenía como sospechoso, para que éste se echara a llorar y entre hipidos le confesara su amor por Carla y cómo ella le había indicado en varias ocasiones que la vida sería mejor si ciertas personas no volvieran por aquí.

El detective entró en la tienda, habló unos minutos con los agentes criminalistas y se dirigió a Carla y Susana.

—Creo, señoritas, que no les voy a entretener mucho más tiempo esta mañana.

Las miró de hito en hito, anotando mentalmente todos y cada uno de sus gestos.

—Javier, su cliente —prosiguió, mintiendo—Ha confesado.

—Es curioso, porque cuando lo presioné, repitió una frase bastante específica: "La vida sería mejor si ciertas personas no volvieran por aquí." Me pregunto dónde habré escuchado yo algo así.

Carla pareció sorprenderse, pero cambió el gesto de inmediato mostrándose satisfecha:

—Bueno, detective, como decimos aquí—La sonrisa se ensanchaba—… Cada problema tiene su solución. Y parece que usted ha encontrado la suya.

El detective se detuvo frente a ella, sin quitarle los ojos de encima.

—Ah, sí, la he encontrado, efectivamente.

Metió la mano en su bolsillo y sacó el abrecartas sanguinolento, con forma de piña multicolor, dentro de una bolsa de plástico.

La sonrisa de Carla vaciló por primera vez.

—Es el arma homicida—. Continuó el detective— Lo curioso es que no pertenece a Javier—hizo una pausa, avanzando un paso—. Sin embargo, sí que es suyo, Carla.

Susana soltó una exclamación ahogada. Carla, en cambio, recuperó su compostura, o al menos lo intentó.

—No sé de qué habla—Le temblaba la voz—. Javier actuó por su cuenta. Se lo llevaría de mi escritorio. Yo no le clavé eso en el cuello, fue él. Yo solo le dije…—Se tapó de inmediato la boca, abriendo mucho los ojos.

Carla se levantó de repente, pero Ordóñez ya había dado la señal a sus agentes. Las esposas hicieron el clic habitual mientras Carla se mantenía en silencio, con los labios apretados.

Mientras la sacaban de la tienda, giró sobre sí misma y lanzó un quejido amargo:

—¡Lo hice por la felicidad! Usted no entiende nada, detective, nada. ¡Nunca dejaré de brillar!

Ordóñez sacudió la cabeza, exhausto, mientras observaba la nube de confeti que flotaba en la tienda.

—Confió en que en prisión haya menos purpurina.

1 comentario:

  1. Se me ha hecho cortisona. Muy chulo👏👏👏👏👏👏

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