(Tarea de escritura: ficción criminal)
En la tienda más
feliz del mundo, alguien había muerto.
Las
luces de neón iluminaban un espacio decorado con tonos pastel —azul claro, lila
y rosa—, rebosante de globos, tarjetas y tazas motivadoras llenas de frases
cursivas: "La vida es mejor con una sonrisa", "Todo lo
bueno está por llegar" o “Haces posible lo imposible”. Sin
embargo, la figura desplomada junto al mostrador sugería algo no tan maravilloso.
El
detective Ordóñez suspiró mientras tomaba notas en la escena del crimen.
No era
la primera vez que le llamaban a un caso extraño, pero esto… Esto rozaba la
sátira. El cadáver estaba cubierto de confeti plateado con forma de unicornios
y de purpurina de diversos colores. Un carnaval macabro. Un post-it pegado en
su frente rezaba: "Nunca dejes de brillar”.
Cerca
del cuerpo, yacía una taza rota con la frase “Estás que te sales” y un
abrecartas con forma de piña multicolor le atravesaba la garganta.
“¿Qué
demonios es este lugar?” murmuró Ordóñez, asqueado. Un empleado, sollozando, le
ofreció una caja de pañuelos que decía "Fuerza en cada lágrima ".
El detective lo rechazó con un gesto seco, sorteando como podía la purpurina
que parecía haberse convertido en parte del suelo.
—¿Quién
lo encontró? —preguntó el detective, sin disimular su hastío.
—Yo,
señor… Fue horrible. Estaba tan… apagado —respondió el chico, temblando
como un papel.
—¿Apagado?
—Sí, ya
sabe. Sin brillo, sin chispa… o sea, muerto —El muchacho arrastró ese “o sea”
más segundos de lo tolerable para el estómago del detective.
Ordóñez
se llevó una mano al puente de la nariz antes de volver a tomar notas en su
libreta. Idiota nº1, escribió.
—¿Quién
más estaba contigo cuando lo encontraste?
—Nadie,
señor. Estaba solo. Lo encontré esta mañana al abrir la tienda.
—¿Y los
demás empleados?
—Llegaron
después de que llamara a la policía. Les llevaron a la zona de descanso—dijo señalando
un rincón tras varias estanterías de optimismo en porcelana.
Dos
agentes de criminalística tomaban muestras del cuerpo, y Ordóñez se dirigió a
los sospechosos. Estaban sentados sobre unos sillones de peluche, rodeados de
guirnaldas y globos. Parecían piezas de un catálogo de positividad exagerada.
Allí
estaba Susana, la gerente de la tienda, que insistía en que el crimen no debía
afectar la vibra positiva del espacio. También estaban Carla, la
encargada de redes sociales, que llevaba una camiseta con el lema "Sé
la luz que ilumina los días grises", y un cliente habitual que hablaba
con seriedad sobre el karma.
Ordóñez
se llevó una mano a la frente, pinzándola con fastidio. Empezaba a dolerle la
cabeza. Donde fuera que mirara le atacaban frases dulces, absolutamente vacías.
Se sentía rozar la hiperglucemia.
—¿Alguien
escuchó o vio algo sospechoso? —preguntó, dirigiéndose a todos.
—Bueno…
—empezó Carla, mordiéndose el labio—. No sé si cuenta, pero el cliente que
murió… No era como nosotros.
—¿Qué
quiere decir?
—No
creía en la magia de las frases motivadoras. —interrumpió Susana, con un
engolamiento insufrible en la voz— Siempre se quejaba de que nuestras cosas
eran "tóxicas" y "superficiales". Decía que la vida no entiende
de frases bonitas ni se soluciona con pegatinas.
Ordóñez
alzó una ceja. Por primera vez, una afirmación coherente.
—¿Y eso
suponía un problema?
Carla,
la encargada de redes, intervino con una sonrisa tan falsa como las que vendía
en su instagram:
—Detective,
aquí todos somos una graaaaan familia. No hacemos daño a nadie, incluso
si es…, digamos, negativo.
Aunque la vida será mejor ahora que cierta persona ya no va a volver por aquí.
El
detective achinó los ojos, reprimiendo un comentario. No pudo evitar fijarse en
sus uñas impecables y la sonrisa demasiado constante.
—Hay
algo que no entiendo — Prosiguió Ordoñez—, si a la víctima no le gustaba su
tienda, ¿qué hacía aquí?
Ninguno
contestó, pero intercambiaron miradas incómodas. El detective hacía que tomaba notas
(idiotas, idiotas, idiotas). Finalmente, el cliente, retorciendo el bajo
de su camiseta multicolor, habló:
—Era el
dueño del local de tatuajes al lado. Quería hundir esta tienda.
Ordoñez
le miró fijamente.
—¿Y
usted qué hacía aquí hoy?
—¿Yo?
Yo…—Vaciló unos instantes mirando a Carla, gesto que no pasó desapercibido al
detective. Una leve sonrisa asomó a sus labios. Al menos iba a ser un caso
fácil. — ¡Yo no tengo nada que ver! Solo quiero que todos aquí estén bien, y..,
y…, yo solo quiero que mis días se llenen de color—miró nervioso al nudo de
ropa que estrujaba entre sus manos —, y por eso vengo todos los días.
Ordoñez
llamó a uno de los agentes para que se quedara con las empleadas y conminó a
Javier, el cliente, a que le acompañara a la calle. Allí, solo necesitó girarle
para ponerle las esposas, aduciendo que le detenía como sospechoso, para que éste
se echara a llorar y entre hipidos le confesara su amor por Carla y cómo ella
le había indicado en varias ocasiones que la vida sería mejor si ciertas
personas no volvieran por aquí.
El detective
entró en la tienda, habló unos minutos con los agentes criminalistas y se
dirigió a Carla y Susana.
—Creo,
señoritas, que no les voy a entretener mucho más tiempo esta mañana.
Las
miró de hito en hito, anotando mentalmente todos y cada uno de sus gestos.
—Javier,
su cliente —prosiguió, mintiendo—Ha confesado.
—Es curioso, porque cuando lo presioné, repitió una
frase bastante específica: "La vida sería mejor si ciertas personas no
volvieran por aquí." Me pregunto dónde habré escuchado yo algo así.
Carla pareció sorprenderse, pero cambió el gesto de
inmediato mostrándose satisfecha:
—Bueno,
detective, como decimos aquí—La sonrisa se ensanchaba—… Cada problema tiene
su solución. Y parece que usted ha encontrado la suya.
El detective se detuvo frente a ella, sin quitarle
los ojos de encima.
—Ah, sí, la he encontrado, efectivamente.
Metió la mano en su bolsillo y sacó el abrecartas sanguinolento,
con forma de piña multicolor, dentro de una bolsa de plástico.
La sonrisa de Carla vaciló por primera vez.
—Es el arma homicida—. Continuó el detective— Lo curioso
es que no pertenece a Javier—hizo una pausa, avanzando un paso—. Sin embargo, sí
que es suyo, Carla.
Susana soltó una exclamación ahogada. Carla, en
cambio, recuperó su compostura, o al menos lo intentó.
—No sé de qué habla—Le temblaba la voz—. Javier
actuó por su cuenta. Se lo llevaría de mi escritorio. Yo no le clavé eso en el
cuello, fue él. Yo solo le dije…—Se tapó de inmediato la boca, abriendo mucho
los ojos.
Carla se levantó de repente, pero Ordóñez ya había
dado la señal a sus agentes. Las esposas hicieron el clic habitual mientras
Carla se mantenía en silencio, con los labios apretados.
Mientras la sacaban de la tienda, giró sobre sí
misma y lanzó un quejido amargo:
—¡Lo hice por la felicidad! Usted no entiende nada,
detective, nada. ¡Nunca dejaré de brillar!
Ordóñez sacudió la cabeza, exhausto, mientras
observaba la nube de confeti que flotaba en la tienda.
—Confió en que en prisión haya menos purpurina.
Se me ha hecho cortisona. Muy chulo👏👏👏👏👏👏
ResponderEliminar