Páginas

domingo, 2 de febrero de 2025

Un instante de eternidad

El pollo descansa sobre la mesa, inmóvil, perfecto. La piel dorada refleja la luz tenue que entra por las ventanas entreabiertas. El brillo y color, el crujiente de la piel, sugieren que ha estado listo para servir hace tan solo unos minutos, pero no desprende olor alguno. No hay rastro del calor del horno ni del aroma embriagador que debiera llenar la habitación. Es un espejismo culinario, un engaño a los sentidos.

La mesa está cubierta por un mantel ajado, bordado con flores descoloridas. Los cubiertos y platos perfectamente dispuestos. Las copas, alguna tumbada, la botella abierta. Un par de sillas vacías que parecen esperar: manos, voces, la vida que una vez habitó esa sala. Una finísima capa de polvo cubre los platos, un velo que marca el paso del tiempo. No hay olor, no hay hedor. Ni siquiera el de los tres cadáveres sentados a la mesa, cuyos cuerpos permanecen congelados en un instante de espantosa eternidad.

Olga rodea lentamente la mesa, con pasos medidos, temiendo romper la frágil quietud. Padre, madre y un niño. Muertos. Seguramente nunca supieron qué los mató, un golpe silencioso de un destino cruel. Mejor para ellos; otros muchos sufren, sufren demasiado.

Los observa sin pestañear, y por un fugaz instante, una sombra de tristeza empaña sus ojos, humanizándola una décima de segundo. Pero el destello se desvanece rápido, ya que aparta de inmediato la mirada ahuyentando los pensamientos. 

Pensar mata.

Se permite observar de nuevo el pollo, en su absurda perfección, antes de seguir avanzando entre las ruinas.

Bajo sus pies, el parqué crepita con cada paso, mientras sus gruesas botas apartan escombros y fragmentos de pared. El silencio es tan pesado que parece hecho de plomo y ceniza. 

Sus ojos se mueven despacio por la habitación, registrando cada detalle, cada esquina, con la precisión mecánica de quien se ha entrenado para no sentir. 

—Despejado—murmura para sí. 

Ni siquiera intenta encender la radio; hace tiempo que el mundo ha dejado de responder.

La sala contigua se abre a través de un arco agrietado. Una alacena repleta de vajilla de colores, un árbol de navidad deslucido, decoración festiva marchita por el tiempo. Y el piano.

El piano. 

Una melodía comienza a escucharse, lejana. Olga se detiene, alerta, sus ojos recorren la habitación con incredulidad. ¡Es imposible que suene música! Pero la música no viene de lejos, ni de un objeto a su alrededor. Nace en su interior, brota de su pecho.

Un cosquilleo que hace años que no siente comienza a recorrer su piel, una vibración tibia mueve su sangre dormida, la reaviva, la calienta. Comienza a pasear por su cuerpo, calentando tejidos, tendones, músculos. Sus órganos internos cobran vida, a pulsos, a latidos. Bocanadas de calor recorren sus manos frías, deshielan sus nervios, y ese calor se expande como una llama suave, llegando a su corazón o tal vez a su mente. Lo físico y lo intangible se difuminan. La melodía irrumpe en sus pensamientos avasallando con la fuerza un recuerdo.

La lamparita de la mesita parpadea y se enciende. Le sigue el árbol de navidad, que brilla melancólico. Después se alumbra la chimenea.

Olga descarga el kaláshnikov y lo apoya contra la pared con un movimiento lento y casi ceremonial. Camina hacia el piano, sus dedos rozan la tapa con delicadeza. La levanta y acaricia las teclas con reverencia.

Aplausos, luces brillantes que llenan el aire.

Su novio estrechando su cintura, los nervios antes del concierto, sus padres entre el público, orgullosos. 

Labios rojos en lugar de ajados.

Tacones, no botas.

Un larguísimo vestido de terciopelo ceñido a su cuerpo.

Se sienta y respira hondo.

Y la melodía fluye a través de sus dedos. Unos dedos que se mueven solos, felices. 

Y Liszt invade todo.

Las cuerdas vibran golpeadas por los macillos y con ellas, su carne tiembla, viva otra vez. 

La guerra, la muerte, la soledad se desdibujan; el mundo desaparece.

Una sonrisa tenue aflora en su rostro, una sonrisa que había olvidado cómo dibujar.

Y la música la envuelve, la eleva, la redime.

Y música amortigua un último sonido exterior. Un suave chasquido de percutor. 

El piano calla, pero la melodía persiste en un último compás eterno.


(texto para la EdE, tema: escribir la muerte)


No hay comentarios:

Publicar un comentario