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lunes, 24 de febrero de 2025

Ojos de mar

Recuerdo la carga eléctrica de nuestra piel cuando no éramos aún nada. Me pasé meses reviviendo esa sensación. Todo mi mundo se concentraba en ese breve —¡brevísimo!— roce de nuestros brazos que yo quería eterno. Mordía mi piel como una medusa; me inflamaba como una maldición.

Me preguntaba si tú sentías lo mismo. Quería convencerme de que así era. Luego lo supe con certeza, aunque tú no me lo habías dicho: tu cuerpo te delató. Me lo contó todo. Intentabas disimular, pero te traicionabas constantemente. Te girabas hacia mí entre la gente, buscabas ansioso mis ojos para luego revolotear sobre mis labios. Y en cada roce nada casual, me llenabas de chispazos de deseo.

Lo siguiente fueron tus ojos. 

Un mundo de palabras, de tiempo y estaciones separaron ambos fogonazos. De confesiones y risas. De ganas de conocer nuestras pieles juntas.

Tus ojos.

Un azul de mar tan intenso como un volcán. Fluido y ardiente. Un magma gris añil clavado en mi mirada. No decías nada y lo decías todo. 

Te deseo.

Soy tuyo.

Escribías palabras en mi mente. No, las grababas con fuego. Yo buscaba tus labios sin atreverme a pestañear.

Tus manos leían mi piel, exploraban mis curvas, tu boca descubría mis besos. Pero los ojos nos anclaban.

Dos bestias salvajes tentándose. Midiéndose. Ganando y rindiendo.

Poco importaba mi cuerpo desnudo sobre el tuyo. Tu respiración de pez, buscando beber mi aire. Mi fluidez de sirena. 

La serpiente de mi deseo se enroscaba sobre ti y, sinuosa, buscaba la fuente del tuyo. Te mantenía preso. A mi merced. Mío. Absoluta y despiadadamente mío.

Te robaba besos y te los regalaba. Mi cuerpo se imantaba al tuyo, aprendía el ritmo de tu aliento, la cadencia de tus gemidos. Fluía sobre ti. Me abría a ti. 

Quizá. Sí. Quizá parpadeé.

Creo que tú también lo hiciste. ¿Lo recuerdas? En ese preciso momento.

La habitación nos envolvía en su penumbra cálida, con el aire impregnado de sudor y deseo, con esa música deliciosamente escogida por ti. Afuera, alguien reía en la distancia, ajeno a nuestra vorágine.

Rebosamos de deseo, cariño, y la fusión fue nuclear. Yo me derretí y tú embruteciste. Las fieras se desataron y se nos multiplicaron manos, bocas y sexos.

Tengo los recuerdos quemados del incendio que provocamos.

Nuestros cuerpos fueron lienzo de nuestro deseo. Mordimos. Lamimos. Penetramos. Te acaricié y me acariciaste. Te azoté y me abofeteaste. Estudiaste mi cuerpo con meticulosidad médica y lo invadiste con el tuyo. Con delicadeza. Con firmeza. Nos aprendimos. Con todo el deseo contenido estallando con cada gemido. Nos faltaban minutos y nos sobraban ganas. Y los tejidos se nos fundieron. 

Me has hablado después muchas veces de la mirada salvaje. La que aún tienes impresa en tu retina. La misma que yo no olvido. La misma que aún te guardo. 

La tengo decorada con más ganas. Bordada de deseo. 

La ato con el cáñamo que guardo para ti. Con las ganas líquidas de tirarte sobre la cama e inmovilizar tus ansias. Sé que no me temes y yo temo no saber, pero solo deseo volver a anclarme a ese azul y dejar toda la cordura fuera de la habitación mientras tú tratas —si es que te dejo— de vencer la batalla contra mi piel.



(Tarea 1 - El recuerdo erótico)

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