Páginas

miércoles, 12 de febrero de 2025

Un día escurridizo

Cuando Manuel se despertó, supo de inmediato que no haría el examen de matemáticas. 

    Su madre había entrado en su cuarto a las 8, como todos los días. Había levantado la persiana, canturreado un “Buenos días, cariño, levántate que es la hora”, como todos los días, y había bajado las escaleras a preparar los desayunos en la cocina, como todos los días.

    Pero Manuel, mucho antes de salir de la cama, ya sabía que ese jueves de febrero no era como todos los días.

    Para empezar, la cama estaba empapada. Y no, no se había hecho pis, eso hacía muchos años que no pasaba. Era…,otra cosa. Se enredó entre las sábanas como un espagueti gigante y se dio cuenta de lo difícil que le iba a resultar llegar al baño. Tan solo esperaba no encontrarse por el camino con su hermana. ¡Eso es! ¡Tenía que ocultarse por si acaso!

    Intentó agarrar la colcha, pero esas nuevas manos eran muy difíciles de controlar. Parecía que tenían vida propia. Una se enredó en su cara, otra tiró la lámpara de la mesilla y la tercera apretó el botón de la luz sin querer.

    Cuando finalmente logró echarse la colcha por encima, se deslizó como pudo hasta el suelo y de ahí, serpenteó hasta el baño, arrastrando este cuerpo tan extraño con el que se había despertado. Se sentía como una babosa: pegajoso y torpe. Y encima no lograba levantarse más de un palmo del suelo.  

    Una vez en el baño, le costó muchísimo echar el pestillo e incorporarse lo suficiente para poder mirarse al espejo. Es muy difícil hacerlo si no tienes huesos.

    Sí, definitivamente, Manuel el día anterior tenía pelo. Y nariz. Y no tenía ventosas en los brazos. Y solo tenía dos brazos, no los ocho con los que se había despertado. Ocho brazos, sin manos y ningún pie. Porque no era un niño. Era un pulpo. O un niño-pulpo.

    Pensó que no tenía mucho sentido ducharse porque estaba ya bastante mojado, pero aún así se metió bajo el chorro caliente. El agua volvió su piel aún más resbaladiza y ¡ZAS! se resbaló cayendo de bruces y arrancando la cortina de la ducha de cuajo. 

    —Manuel, ¿estás bien? —gritó su madre desde la cocina.

    —Sí, sí, mamá —mintió Manuel. ¿Cómo se puede estar bien cuando te levantas siendo un pulpo?

    —Pues baja ya a desayunar, que no llegas al colegio.

    De nuevo en la habitación, se sintió un poco más relajado. Empezaba a dominar los tentáculos y logró vestirse. Tuvo que meter un par en cada pernera del pantalón y la camisa, pero consiguió incluso ponerse los zapatos. Se colocó una gorra de su equipo favorito de baloncesto y bajó las escaleras dando tumbos, como si estuviera borracho.

    En la cocina, su madre preparaba la tartera que se llevaba todos los días al trabajo. Su hermana agitaba distraídamente la cucharilla en el café mientras miraba hipnotizada el móvil. Afortunadamente, le ignoraba como cualquier otro día.

    Se subió a la silla e hizo algo parecido a sentarse. Miró la leche y las galletas y se miró las “manos”. ¿Cómo demonios iba a desayunar? Estiró dos tentáculos con cuidado y logró agarrar el vaso. Sonrió. (Sí, los pulpos sonríen, o al menos el niño-pulpo Manuel lo hizo). Satisfecho, pegó un buen sorbo y… ¡PUM!

    Las ventosas no soltaban el vaso.

    Agitó las manos… perdón, los tentáculos, y el vaso salió por los aires por encima de la cabeza de su hermana, que seguía absorta viendo vídeos, con tan buena suerte que cayó en la cesta de la ropa. Manuel, que se había temido lo peor, respiró aliviado. Nadie se había dado cuenta de nada.

    —Me voy a clase, mamá —gritó Manuel, ya saliendo de la cocina.

    —Muy bien, cariño, que tengas un buen día.

    Bien, había logrado despistar a su madre y a su hermana. Pero ahora se enfrentaba al reto más difícil: el colegio.

    Caminaba despacio por varios motivos. Por una parte, no tenía demasiadas ganas de llegar a clase porque no sabía cómo iba a explicarle a todo el mundo que ahora era un pulpo y, por otra parte, se le salían constantemente los zapatos. Iba dando zancadas de lo más esperpénticas, como los payasos en el circo con esos zapatones enormes. Y es que los tentáculos no están hechos para llevar zapatos.

    Al cruzar la esquina se topó con Dani. O lo que parecía que era Dani.  Porque llevaba su ropa, pero se había vuelto todo rojo y caminaba de lado. 

    Se miraron asombrados.

    —¿Tú también…? —dijeron a la vez.

    Miraron a su alrededor y se dieron cuenta de que no eran los únicos. Todos los niños del colegio estaban transformados. Fede era un lenguado. Ramón, una almeja. Cristina luchaba por esconder bajo un gorro de lana todos sus tentáculos de anémona y Laura pegaba calambrazos a todo el que se le acercaba porque se había convertido en una anguila.

    Los niños comenzaron a reunirse en un corrillo en el patio, murmurando sorprendidos, mirándose las manos… perdón, las aletas, las agallas…

    Lo más curioso de todo es que parecía que ni un solo adulto se percataba del cambio. Los profesores pasaban a su lado saludando o con prisa, y ninguno se daba cuenta de que el patio parecía un acuario.

    Manuel se lo comentó a Dani:

    —¿Te has dado cuenta de que ningún mayor se ha fijado en que ya no somos niños? ¿No te parece rarísimo?

    —Yo es que no entiendo nada —contestó Dani, abriendo y cerrando las pinzas. Se preguntaba cómo narices iba a coger el bolígrafo para tomar apuntes.

    —Espera —dijo de repente Manuel—. Mira a Vicente.

    Vicente era el conserje. Un encantador viejecito de sesenta años que lleva toda la vida trabajando en el colegio.

    Vicente estaba en una esquina del patio, agarrado a su escoba y mirando a los niños con los ojos muy abiertos. Sus labios se movían sin emitir sonido, como si murmurara algo para sí mismo. Pero no parecía sorprendido. Parecía… preocupado.

    Los niños se acercaron.

    —Otra vez no… —le escucharon susurrar.

    Se miraron confundidos. ¿Otra vez? ¿Había pasado esto antes?

    Vicente levantó la vista y los observó uno por uno.

    —No queda mucho tiempo —dijo en voz baja.

    Dio un paso al frente y, entonces, Manuel lo vio.

    Su pierna. La coja.

    O lo que hasta ahora siempre había creído que era una pierna.

    Se movía de una forma extraña, ondulante, como si tuviera vida propia. Como si no fuera una pierna en absoluto. Como si fuera ¡un tentáculo igualito a los suyos!.

    Manuel tragó saliva. Dani abrió y cerró sus pinzas con nerviosismo.

    Vicente se llevó un dedo a los labios y les hizo una señal para que lo siguieran.

    Manuel y Dani se encogieron de hombros (o lo que en ese momento tuvieran ahí) y tomaron el mismo camino que el hombre.

    Definitivamente, hoy no hacía el examen de mates.

— FIN —

¿o no?


N. de la A: Tarea de la EdE: Literatura infantil (hasta 12 años). 

La tarea era la siguiente: Imagina que eres un niño y que despiertas convertido en… En lo que quieras, que no sea un escarabajo, que eso ya lo han hecho otros antes. Sales a la calle y descubres la primera consecuencia de ese cambio (el conflicto). Y a partir de ahí, con todos los elementos propios del relato, pero teniendo en cuenta las particularidades de la literatura infantil, cuenta la historia.

Y ya os digo que me apetece mucho continuar esta aventura. Tengo muchas ideas que incluyen, hechizos, lunas rosas, deseos de cumpleaños y muchas agallas. 


1 comentario: