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martes, 25 de febrero de 2025

El ratón gigante

Soy grande y silencioso. Doscientos kilos y sigiloso como un ratón desde que tengo memoria. De alguna manera, paso desapercibido —casi invisible—, para la mayoría de la gente. En general, es agradable, nunca he sido amante de las interacciones humanas, y esto lo facilita. A veces es divertido y otras incluso útil. 

Trabajo en una tienda de bricolaje, construcción y jardinería. Pasillos amplios, materiales pesados, plantas que trepan por estanterías metálicas y luces fluorescentes que zumban en el techo. El tipo de sitio donde los clientes se pierden y buscan con la mirada a alguien que les ayude. No siempre me ven a la primera. Estoy ahí, parado, enorme, y no me ven. Hasta que lo hacen.

—¡Joder, qué susto! —suelen soltar, llevándose la mano al pecho.

Así que he tomado por costumbre llevar un manojo de llaves colgado del cinturón que alerta de mi presencia con su tintineo. Pero a veces me las quito.

Me gustan las plantas. No se asustan y no necesitan charlas superficiales para pasar el rato. Los clientes sí. Y los otros empleados. Hacen ambas cosas: se asustan y necesitan hablar.

Me habitué desde niño a ser mínimo en mi inmensidad para evitar a la gente, para evitar que me vieran, para evitar que me encontraran, para esconderme… Pero también adquirí un cierto placer en observar los cuerpos reaccionar con pánico mucho antes de que las personas puedan decidir si soy una amenaza. 

Una mujer, el otro día, en la sección de tornillos, dejó caer su caja de herramientas cuando levantó la vista y me vio junto a ella. Sus pupilas se dilataron. Respiró entrecortado. Y luego se rió, nerviosa.

—No le oí llegar.

Les recorre una dolorosa e incómoda oleada de terror antes de que su cerebro reaccione cabalmente. Es divertido. Y adictivo.

En el instituto militar al que me mandó mi padre de pequeño aprendí a sincronizar mi pisada con la de otras personas, y apenas se escuchan mis pasos. Lo que en una guerra o misión es útil, es tremendamente molesto para muchos, pero yo no puedo evitarlo.

Recuerdo un ejercicio nocturno en los bosques cercanos a la academia. Estábamos divididos en equipos y la misión era llegar a la base sin ser detectados. Mi compañero de patrulla, un chico huesudo y nervioso, no paraba de pisar ramas secas, de resoplar, de girarse como si hubiera algo siguiéndonos. No había nada. Solo yo.

—No me hagas esto, tío —susurró al fin, con la mandíbula tensa—. Camina normal, joer. Acojonas mucho.

No entendía a qué se refería hasta que me miré los pies. Yo no hacía ruido. Ninguno. Caminaba con él, justo a su lado, y sin embargo, él no me sentía presente. Como si flotara.

Años después, en la tienda, a veces lo recuerdo cuando un cliente se sobresalta al verme detrás de una estantería. Cuando una mujer deja caer la caja de herramientas. Cuando un niño tira de la manga de su padre y susurra: Papá, el hombre grande está ahí.

La academia me enseñó también a acampar. 

Tengo todo el material listo para mi próxima escapada a la montaña. Me gusta estar en el bosque. Allí hay muchas plantas, silencio y pocas personas. O eso es lo que yo espero. Las personas molestan.

Vacaciones. Mochila cargada con lo esencial: una lona impermeable, una navaja afilada, una cuerda, un encendedor de magnesio. También comida, pero si tengo que cazar, lo haré. Sé desollar un conejo. Ya lo he hecho antes.

El último día de trabajo, en la tienda, un compañero me llama la atención:

—Tío, pareces un fantasma hoy. No te he oído en toda la mañana.

Instintivamente le muestro el cinturón, donde suelo llevar las llaves

—No las llevo hoy.

—Pues póntelas, macho, que casi me da algo antes en el almacén.

Se ríe, pero en sus ojos hay algo que no es broma. Un brillo de incomodidad. Lo he visto antes. 

(Ja, ja, ja)

A punto de salir por la puerta, veo a la mujer de la sección de tornillos. Está hojeando un catálogo, pero me intuye. Se pone tensa. Su cuello se endurece. Le doy ventaja: espero unos segundos antes de pasar a su lado. Quiero ver cuánto tarda en notar mi presencia. En asustarse.

El catálogo tiembla entre sus dedos cuando alza la vista y me ve. No digo nada. Me detengo solo un instante antes de seguir caminando hacia la salida.

Desde detrás, la oigo soltar un suspiro entrecortado.

Sonrío.

Atravieso la primera hilera de árboles cuando el sol empieza a bajar. Me sumerjo en el bosque. La hierba húmeda amortigua mis pasos. No llevo llaves en el cinturón.

Si tengo que cazar, lo haré.

Nunca por placer.

Nunca por placer.

Todavía.


2 comentarios:

  1. De este inocente relato, puede salir uno buenísimo de intriga o terror. Bisque y caza

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    1. Eso tengo pensado hacer, no sé si derivarlo al terror y convertirle en un asesino en serie o llevarlo más al suspense. Lo pensaré.

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