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lunes, 17 de febrero de 2025

Pastarotti (Versión EdE)

Dormía.
No el sueño inquieto de las casas olvidadas, sino un sueño largo, profundo, como el de un jardín en invierno, cubierto de nieve. El polvo había tejido su manto sobre los muebles, la luz entraba con timidez entre las persianas entornadas y la madera vieja suspiraba los recuerdos de otros tiempos.
Y entonces… la llave giró en la cerradura.
No con prisa. No con decisión. Fue un giro vacilante, como el de un niño que empuja una puerta desconocida. Y luego, un bofetón de aire fresco. Y la primera pisada que resonaba en esos suelos en años.
Ellos.
Se detuvieron en la entrada, dudando. No los veía, los sentía.
La vibración de sus pasos era familiar, pero más calmada, más pesada, desprovista del ímpetu de la niñez. Olían a lluvia, al frío invierno, a tabaco. Traían consigo algo más: un rastro de sol y arrugas en la piel, y canicas de infancia en los bolsillos.
La casa se abrió sin rencor, sin preguntas. ¿Por qué habría de pedir explicaciones, si estaban aquí ahora?
Sintió su risa vacilante, queda, como con temor a romper el equilibrio de la soledad.  
Las caricias de sus manos comenzaron a recorrer los viejos muebles, cosquilleaban su vieja piel y revivían sus sentidos.
Y se fue llenando de sus voces. Maduras pero perfectamente conocidas. 
Matilde, la mayor, la que siempre dirigía los juegos, ahora abriendo los armarios de par en par, juguetona de nuevo. En cuantos de ellos se había escondido de niña para asustar a sus hermanos o evitar una regañina de la nonna. ¿Cuándo fue la última vez que se permitió jugar? Llevaba años ordenando vidas ajenas, seria y responsable. 
Luis, “Luigi”, el mediano, de pisada liviana, casi etérea. Recorría estancias como un gato silencioso. Sus pasos lo guiaron, como siempre, a la biblioteca, su refugio cuando niño. Al abrir las persianas, Dickens parpadeó, Chéjov se desperezó y Kafka refunfuñó en una esquina. Nada había cambiado. ¿O sí?
Pero la casa sonreía, volvía a latir de nuevo y un abrazo de calor comenzó a recorrer las paredes.
Y Lucía.
Lucía. La pequeña Lucía. El ojito derecho de la nonna. Dónde iba a estar ¡en la cocina!, como siempre.
De repente, un burbujeo comenzó a recorrerle las tripas. Un plasma líquido fue llenando su cuerpo y se deslizó vigoroso por sus tuberías para estallar en toses asustadas sobre el pilón de piedra.
—¡Hay agua! — exclamó Lucía.
Pisadas atropelladas se dirigieron hacia la voz, con inocencia rescatada.
—Y he encontrado un paquete de pasta de la abuela.
—De la nonna— corrigió Luis.
—¿La cuezo? — preguntó Lucía sobre la punta de sus pies.
—Eso no puede estar bueno—farfulló Matilde—hace más de 15 años que...
—¡También hay aceite! —, interrumpió Luis— ¡y sal!
Un tropel de pasos recorría las baldosas arriba y abajo. Sonaba el metal de las ollas, la madera de las cucharas. Manteles, cubiertos, risas. 
Los azotes de un trapo sobre una silla y la pesada resignación de Matilde.
—Hemos venido a decidir qué hacer con la casa— recordó.
—Calla, aguafiestas— regañó Lucía, arrebatándole el trapo y sacudiendo la mesa.
—No es una fiesta, Lucía —dijo Matilde, con hierro en la voz—. Es una decisión. No podemos mantenerla cerrada para siempre.
Luis resopló y se sentó en una de las sillas desvencijadas.
—¿Y quién ha dicho que queremos cerrarla?
La casa les sentía, feliz. Ajena a las discusiones que solo le llegaban como murmullos.
El sonido del agua hirviendo despertó un recuerdo. Algo cálido se removió en las entrañas de la casa. El vapor ascendió, tibio y denso. La casa se estremeció.
La nonna siempre decía que la pasta cantaba cuando estaba lista. Durante años, sus nietos tomaron aquella frase como una simple metáfora culinaria, un resquicio de poesía inesperada en una mujer de carácter firme, más dada a los silencios que a los cuentos. Pero nadie dudaba de la nonna.
Pero cuando las primeras notas de La Traviata surgieron de la olla burbujeante sobre el fogón, parecieron sorprenderse. Por supuesto que eran los macarrones quienes estaban cantando. Lo habían hecho tantas veces antes…, ¡ay! si la casa hablara.
Se acercaron con cautela, temerosos de interrumpir la melodía, de que los tímidos gorgoritos de la pasta se esfumaran ante su presencia. Pero los macarrones siguieron entonando su aria sin inmutarse, ignorando el asombro que crecía en la cocina.
Entonces, una risa cristalina se unió al concierto.
Sentada a la gran mesa, con su vestido negro y su sempiterno delantal a cuadros, la nonna reía con la misma alegría despreocupada de una niña pequeña.
—Os lo dije muchas veces, mis niños —dijo en su italiano calabrés—. Os lo dije.
Y siguió riendo.
Los hermanos se miraron unos a otros, parpadeando con perplejidad. Fue un instante blando, maleable, sin antes ni después. Quizás se estaban volviendo locos. Quizás los macarrones cantaban de verdad. Quizás la nonna nunca se había ido. No del todo. Pero ahí estaba.
El silencio apenas duró un momento, lo que duró la visión. Luego, Lucía rió, y Luis le siguió, y finalmente se unió Matilde, hasta que la risa se volvió contagiosa. Como si las paredes, los muebles, la casa misma se alegrara con ellos. Como si en ese momento, por un breve instante, el tiempo no importara en absoluto.
Y la casa se sintió viva. Porque ya no era solo una casa. Volvía a ser su casa.
Y por un instante, solo un instante, les pareció escuchar de nuevo a la nonna:

—Todavía hay tiempo, bambinos.


(Ejercicio de la Escuela de Escritores- Tema "el espacio")


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