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lunes, 3 de febrero de 2025

Latidos de tierra

El barro le devoraba los zapatos, pesados como el plomo, mientras avanzaba a trompicones entre la maleza. La respiración le ardía en la garganta y un dolor punzante le atravesaba el costado. Algo caliente le resbalaba por la sien, mezclándose con el sudor. ¿Sangre? No tenía tiempo de averiguarlo.

Su mente era un torbellino. No recordaba haber sido herido. No recordaba quién lo había atacado.

Tropezó con una raíz y cayó de rodillas. Se incorporó con torpeza, resollando, y miró a su alrededor. El bosque era un laberinto de sombras vivas, de ramas que susurraban con el viento. Y silencio. No el silencio reconfortante de la soledad, sino uno cargado de presencias ocultas. Había algo allí, entre los árboles. Mirando. Esperando.

Retomó la carrera y un latigazo de dolor recorrió su cuerpo. Sintió un peso extraño bajo la sudadera. Se llevó la mano al bolsillo central y su estómago se encogió. Una pistola.

No era suya. No podía ser suya.

El metal le heló la piel. ¿Cómo había llegado hasta ahí? ¿La habría robado? 

Él no era un delincuente, no era un asesino, ¿o sí? No estaba seguro de nada. Pero en ese momento se sentía como una presa acorralada.

¿Quién demonios me persigue? ¿Por qué corro?

Una rama le latigueó la cara, arañándole la piel.

Arañazos.

Recordaba arañazos.

¿O eran mordiscos? Quizá se trataba de un navajazo. Explicaría el dolor del costado.

Y cómo dolía, se llevó los dedos instintivamente y los miró. Oscuros. Seguramente eso era sangre.

¿Qué está pasando?

El eco de su propio jadeo le devolvió la pregunta. 

A su espalda, las hojas crujieron.

Se giró de golpe, tambaleándose. Casi se cae de nuevo.

Nada.

O tal vez sí.

Un par de ojos brillaron entre la espesura, a unos metros de distancia. Ojos dorados, líquidos, hambrientos.

El viento trajo un olor. Hierro y tierra mojada.

Sangre.

Aferró la pistola dentro del bolsillo.

Se enjugó la frente. Reanudó la carrera con el miedo como energía moviendo sus músculos.

Las zancadas resonaban en el bosque y estaba seguro de que no eran solo las suyas.

En su mente escuchó otros pasos, más tranquilos, más lejanos. Pasos en los pasillos de un aeropuerto. Un taxi. Un hombre sin prisa se lo había cedido. ¿Había ocurrido eso hoy?

Recuerda que le pareció un borracho. Le abrazó y le dijo que le había salvado la vida. Le molestó ese abrazo.

Qué ironía. Ahora él corría por salvar la suya.

Esquivó una rama. Empezaba a llover. Miró hacia el cielo. La luna redonda le acechaba también. 

Recordó a la mujer y sus ojos. Esos ojos.

Primero azules, intensos, luego, amarillos, primarios.

Divisó unas luces. Una carretera, pensó. Tan cerca que casi podía tocarla. Una salida. 

Se sujetó el costado, el dolor era cada vez más intenso. Pero sus pasos ganaban fuerza. Le pesaban menos las piernas. Volaban más que corrían.

Un aullido desgarró el bosque.  

Sacó la pistola. La carretera estaba cerca, pero el aullido también. Demasiado. Un poco más, solo un poco.

La respiración entrecortada y primaria perseguía sus pasos. Unos jadeos roncos y profundos escondidos en las sombras. Parecían venir de todos lados.

Él se asfixiaba.

Tropezó de nuevo, incorporándose increíblemente rápido. Un sonido ronco le sobresalto a su izquierda, y de inmediato lo escuchó a su derecha.

Jugaba con él. Tenía la certeza de que era ella. Fuera lo que fuese ese ella.

Se giró, dispuesto a enfrentar lo que le perseguía.

Sujetó con fuerza la pistola, de repente mucho más pequeña.

Frente a él, un bosque repleto de sonidos bestiales que parecían venir de todos lados.

Otro aullido. Muy agudo.

Un impacto brutal le tiró al suelo. Las hojas le abrazaron. La pistola voló por los aires. 

Unas patas enormes lo inmovilizaron y su cuerpo se hundió en la tierra húmeda. Unas garras le rasgaron la ropa. El aliento caliente de la loba se mezcló con el suyo, sus jadeos sincronizándose en el aire frío.

Él forcejeó, buscando la pistola con manos temblorosas, pero estaba demasiado lejos, perdida en la oscuridad. La loba gruñó y acercó más sus fauces.

Sus colmillos resplandecieron a la luz de la luna. 

Iba a matarlo.

Pero…, algo no encajaba.

La loba aflojó la presión sobre él. Sus orejas se movieron levemente. Sus ojos dorados, furiosos y salvajes, se entrecerraron. Olisqueó el aire. Frunció el hocico.

Él sintió un ardor en su costado, pero el dolor empezaba a ser otra cosa. Un latido profundo, primitivo, que le recorría la espina dorsal y galopaba por sus venas. Su piel ardió. Un sudor febril le empapó la espalda y sintió un tirón en los músculos, un crujido en los huesos. 

La loba gruñó de nuevo, pero ahora no sonaba a amenaza. Era… ¿cariñosa?

Le lamió la herida con un gesto lento, casi… protector.

Y entonces, el recuerdo lo golpeó.

El taxi. Ella en el asiento delantero. Su olor, tan envolvente. Esos ojos azules volviéndose dorados.

El aullido.

El ataque.

Él defendiéndose, como podía, sin entender nada. El taxi derrapando. Su cuerpo golpeando el suelo.

Y después, la carrera.

Jadeó. La loba lo observaba. Había dejado de gruñir.

No iba a matarlo. No ahora. No cuando ya entendía.

El bosque se llenó de sonidos. Otro aullido, lejano. No eran los únicos.

Él tembló. Su piel hervía. Sus uñas se alargaban. Algo se movía dentro de él, algo que pedía salir. Algo nuevo. Algo antiguo.

En algún lugar de su sudadera, su pecho latía al mismo ritmo que la tierra.

Y su loba lo esperaba.




Nota de la autora: Este relato es un intertexto de 'El último viaje', que escribí también para la Escuela de Escritores. En esta ocasión el objetivo era cumplir con otra de las Tareas: Una persecución con flashback y ritmo rápido)


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