La cafetera todavía humea. Lara cierra los ojos y aspira profundamente el aroma que invade la cocina aún en penumbra. Abraza con sus dedos largos la taza ardiente y deja que el calor se expanda por su piel. Su camisón de algodón se adhiere con suavidad a su cuerpo, familiar y cálido, como una caricia antigua. El amanecer tiñe sus mejillas de un dorado tímido.
El silencio en la casa es absoluto. Su marido duerme en la habitación contigua. No lo ha despertado. No quiere verle. No hoy.
Lentamente lleva la taza a sus labios y bebe un sorbo pequeño, casi diminuto, y se concentra en el camino que el caliente y amargo líquido recorre por su boca, su garganta, su esófago y se expande despacio por su interior reconfortando sus entrañas.
Pero el nudo en su estómago no se disuelve.
Los rayos de sol recorren inexorables su rostro, avanzando hacia su cuerpo y acariciándolo como mil lenguas de amantes olvidados. Se le eriza la piel. Los sentidos. Los pezones.
Sin abrir aún los ojos, una tímida sonrisa se dibuja en sus labios. En apenas una hora estará tomándose otro café, sin azúcar también, pero rebosando de nervios y deseo.
Se dice a sí misma que puede detenerse. Que puede enviar un mensaje de última hora. Una excusa creíble, algo convincente. Pero no lo hace.
Se miente.
Una mentira tan grande como lo es la certeza de esas ganas que se le desbordan por la boca cada vez que hablan. Ganas de la novedad que ofrecen sus labios. De una promesa de placer salado. Sabe que cuando se encuentren se harán trizas todas las buenas intenciones. Porque por fin va a conocer a esa tentación de cabellos salvajes, mente cósmica y de nombre Mara.
— ¿Cómo me vas a negar un café, Lara preciosa? Para una vez que voy a tu ciudad— le había dicho la sinuosa voz recalentando el móvil y provocando que a Lara se le incendiara la mente, se le quemaran los dedos y se le encogiera la culpa un trocito más.
Mara. Reflejo en su mente. Su mitad. Su condena.
La primera vez que coincidieron, danzaron sus nombres. Mara. Lara. Sonrisas. Casualidades. Se sintieron cómplices de inmediato. El destino. Las estrellas. Luego, las conversaciones derivaron en algo más. Un comentario más atrevido. Secretos inconfesos. Una pregunta que Lara no se habría atrevido a responder si no hubiera estado oculta tras la pantalla. Y luego otra, y otra. La insinuación convertida en costumbre. En necesidad. Y unas ganas contenidas, creciendo cada día como una tormenta tropical, como un huracán cargado de calor y humedad a punto de estallar sobre el mar.
Mara empujaba el límite cada día un poco más. Directa, segura. Lara se escondía tras una fingida timidez. Se dejaba llevar. Inocencia. Negación. Bien sabían ambas que no era cierto.
— Dime que nunca te has imaginado mi boca en tu piel.
—No voy a decir eso.
—Claro que no. No puedes decirlo, porque sería mentira.
Y Lara no contestaba, pero sonreía. Y Mara escuchaba esa sonrisa.
Hoy, por primera vez, va a verla. A conocer la voz que licúa sus noches. A descubrir si la realidad es capaz de sostener el peso de todas esas palabras susurradas a través de la distancia.
Se viste con una calma calculada. Nada excesivo, pero tampoco al azar. Un vestido veraniego y unas sandalias. Unas gotas de su perfume favorito. Y un abrigo de nervios.
En el reflejo del espejo se mira un instante más de lo necesario. Su pecho sube y baja, su boca entreabierta expulsa un suspiro. Se odia un poco por quererlo tanto. Por lo fácil que ha sido cruzar la línea en su mente, aunque todavía no en la realidad. ¿Todavía?
Sale antes de tiempo. No quiere pensar, solo llegar cuanto antes. El trayecto hasta la cafetería transcurre entre latidos acelerados. No sabe si es miedo o anticipación.
No han intercambiado fotografías, solo descripciones imprecisas, detalles que han ido armando una imagen a través de la intuición. Pero cuando entra, la reconoce de inmediato. Como si siempre hubiera sido ella.
Mara la está mirando. Sonríe apenas. Un gesto ladeado, sin urgencia, con la certeza tranquila de quien ya lo sabe todo. La observa paciente, ha esperado este momento mucho más de lo que admitirá en voz alta.
Lara siente el golpe en el pecho, el calor ascendiéndole por el cuello, la lava burbujeando en su vientre.
Respira hondo. Se dice que sigue teniendo el control.
Da un paso. Luego otro.
Mara apoya el codo en la mesa, reposa la barbilla sobre la mano y la observa con atención mientras se acerca a su mesa.
—Pensaba que no te atreverías — confiesa con gesto travieso.
Lara no responde. Su silencio dice mucho más que cualquier palabra.
Mara ladea la cabeza, se acerca. La escudriña, la recorre, con la mirada encendida, expectante. Sus dedos rozan apenas la muñeca de Lara, y la sacudida eléctrica que recorre su cuerpo la traiciona. Se le acelera el pulso, comienza a temblar.
Mara sonríe, cazadora.
—Ahora que te tengo delante… —su sonrisa se amplía, acercando su rostro al de la otra mujer—. Creo que eres mucho más peligrosa de lo que pensaba.
Lara respira su aliento cálido, apenas un suspiro contra sus labios. Su cuerpo entero responde, su piel ardiendo bajo el roce leve de Mara. El aire pesa, denso entre ellas.
Mara la observa un segundo más, clavada a sus ojos, y sonríe de nuevo, sabiendo que ya ha ganado.
Entonces, inclina la cabeza y atrapa su cuello entre los dientes. Un mordisco lento. Provocador. Lara cierra los ojos. Suelta un jadeo casi inaudible.
—Vámonos —dice Mara, en un murmullo reptil contra su oído—. Ya no me apetece café.
No debería estar aquí.
Eso es lo que se repite Lara una y otra vez. Pegada la espalda a la puerta de la habitación aprieta el bolso contra su pecho.
Mara la observa desde el otro extremo, apoyada con un pie en la pared. No habla. Solo la observa. Estira un brazo y saca algo del bolso.
—¿Te importa que fume?
Lara niega con la cabeza, pero Mara ya está encendiendo un cigarrillo como haría una de esas actrices de Hollywood de las pelis de espías. Lara respira hondo. Un aroma acre comienza a invadir la habitación.
Mara aspira fuerte encendiendo el extremo como una brasa de deseo. Suelta despacio una bocanada de humo.
—Puedes irte si quieres.
Lara no contesta. No aparta la mirada. No se ha movido de la puerta. Traga saliva.
Mara se acerca con pasos felinos. El aire denso se electriza.
—Sabía que dirías eso.
Alza una mano, con calma. Desliza los dedos por el antebrazo de Lara. La piel responde, se estremece.
—No debería estar aquí.
—Pero lo estás.
Deshace el lazo de sus brazos, Los separa.
—Tiemblas.
—No...
—¿Me tienes miedo?
Lara niega con un movimiento apenas perceptible.
—No debería…
—Si no es miedo, es otra cosa.
Le acaricia los brazos. Enlaza una mano con sus dedos. Tira suavemente de ella hacia la cama.
—No sé qué me pasa.
Mara le quita el bolso y lo deja junto al suyo. Acerca su boca a su mejilla. Lame.
—Yo sí.
Ha logrado llevarla a los pies de la cama. Comienza a recorrer los tirantes de su vestido con los dedos. Lara respira hondo.
—No puedo…
—¿No puedes o no quieres?
Lara traga saliva. Cierra los ojos. Duda.
—No los abras.
Mara saca un pañuelo del bolso. Se lo ata. Aprieta el nudo.
Lara suspira, ciega.
—Solo tienes que dejarme.
Sus dedos deslizan un tirante por el hombro de Lara.
—¿Me dejas?
Otro.
—Solo tienes que dejarme.
Comienza a bajar la cremallera.
—Dímelo, Lara.
—No sé el que…
—Pídemelo.
Lara aprieta los labios. Los dedos rozan su escote y, sin querer, ella exhala un silbido de aire contenido.
—Suficiente.
El vestido cae. El sujetador le sigue.
Mara la rodea, la gira.
—Túmbate boca abajo.
Lara duda. Tiembla.
Un dedo recorre su espalda. Un susurro se desliza en su oreja.
—Túmbate.
Una palma en su nuca. Una invitación. Y Lara claudica.
Se abre un frasco. Huele a jazmín, o a rosas, o a musgo. No lo identifica. Unas gotas resbalan por su piel.
Y luego, las manos de Mara. Lentas. Firmes. Seguras.
Lara suspira. Sus dedos se hunden en la colcha.
—Estás preciosa así.
Mara inclina la cabeza y le muerde el hombro, despacio, con los dientes apenas marcando la piel.
Lara se estremece. Sigue temblando.
—Déjate sentir.
La lengua de Mara dibuja un camino por su espalda. La besa. Su cabello le roza la piel, parece una brisa.
Las manos bajan. Amasan la zona lumbar, los muslos. Los glúteos.
Lara gime sin querer.
Mara sonríe.
—Eso es.
Las manos, hábiles, acaban de despojarle de la única prensa que le queda.
Lara contiene la respiración.
Los dedos se deslizan entre sus muslos, suaves pero firmes. Buscan el calor, la humedad.
Lara aprieta las piernas.
—No…
—Shhh…
Mara separa sus muslos con calma.
Un solo roce, lento, provocador. Dos dedos que extienden la lava de un sexo inundado.
—Dime que pare y pararé.
Silencio.
Lara entierra la cara en la almohada. Mara entierra sus dedos en Mara. Los desliza, los gira.
Rebusca sus resortes. Los encuentra, los activa.
Lara gime. Muerde la colcha. Se retuerce.
Los dedos de Mara presionan justo donde deben.
Lara exhala un jadeo entrecortado.
—Joder…
—Dime, Lara.
Los dedos se deslizaron más hondo. Dos, tres.
Lara gime, se tensa, jadea.
Mara ríe entre dientes.
—Sabía que dirías eso.
Lara ya no piensa. Explota en un orgasmo. Y encadena uno con otro. Es una marioneta en las manos de Mara.
—Gírate.
Obedece, aún ciega. Trata de retirar el pañuelo.
—¡Quieta!
Mara le bloquea las manos. Una tela suave, seda quizá, rodea sus muñecas, las enrosca, las bloquea. Lara se siente atrapada, le excita. ¿Por qué?
—Mara…
—Shhhh… Disfruta.
Y unos labios se posan en los suyos, suaves, muerden, le invade una lengua. Se buscan, jadean.
Otro vestido cae al suelo. Las pieles se rozan, se conocen.
Los labios viajan al sur. Recorren los pliegues de Lara, la lengua les acompaña, los labios, los dientes. Los dedos intrusos renuevan su incursión.
Un placer desconocido surge de lo más profundo del vientre de Lara, se estremece entera, se curva su espalda, se muerde el labio tratando de ahogar un grito. Inunda a Mara.
Y entonces suena el teléfono.
Un zumbido en un bolso.
—Es tu marido.
Lara se queda sin aire.
Mara sonríe.
—¿Y si lo cojo yo?
Lara tira de las ataduras. No ceden.
—No lo hagas…
—Podría decirle lo bien que se ha corrido su mujercita en la boca de otra mujer…
Lara siente un escalofrío.
—Mara…
Mara desliza la lengua por su oreja.
—O ponerlo en altavoz.
El teléfono sigue sonando. Mara lo coloca sobre el vientre de Lara, vibrando.
Y baja entre sus piernas.
Lara se arquea de nuevo con fuerza. Un grito ahogado.
Otro orgasmo la sacude en mil pedazos.
Se le escapan lágrimas de placer.
Mara la observa con satisfacción.
—Eso es… Así me gusta.
El teléfono vuelve a sonar.
—Suéltame.
Mara se levanta.
—Todavía no.
Se viste despacio.
Lara jadea. Desnuda, expuesta, ciega.
—Mara.
—Shhhh.
Mara toma su bolso. Se acerca y la besa la frente.
—Ha sido precioso.
Lara forcejea.
—Suéltame.
Mara sonrió.
—No. Vas a quedarte un rato así, amor.
Se cierra la puerta.
El teléfono vuelve a sonar, se desliza a un costado, cae sobre la cama. Se calla.
¿Se ha descolgado?
Lara traga saliva. No habla. ¿Debería? ¿Necesita ayuda?
Silencio.
Preciosa descripción 😍
ResponderEliminarMujeres...femenino...aes
ResponderEliminar