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miércoles, 26 de marzo de 2025

Eliminados

Nunca me ha gustado demasiado hablar por teléfono, ni los audios de Whatsapp. Y lo de mandar mensajes, más o menos lo tolero, pero no me entusiasma. Creo que algo de asocial debo de tener, o quizá es que prefiero otro tipo de interacciones, no sé.

Seguramente es por este motivo por el que tampoco suelo tener demasiados contactos en el móvil. Me agobian los números que ya no uso, las personas con las que no hablo desde hace años, los que ya no me dicen nada. Los ex, los excompañeros de trabajo, o del colegio, o la universidad, y todas aquellas personas que solo te escriben cuando quieren obtener algo de ti. No hablemos de los mensajes publicitarios o los grupos en los que se comparten amaneceres y mensajes políticos.

Un horror.

En definitiva, sería mucho más feliz con mi antiguo teléfono fijo de rueda, la verdad. 

Por eso mantengo pocos contactos en el móvil. A los números desconocidos los miro con recelo, y muchas veces ni descuelgo.

De vez en cuando me siento y hago limpieza. Voy revisando mi agenda y voy borrando contactos. Sin rencor, sin drama. Como quien limpia un armario. Hasta tiene un algo liberador. 

Un placer inocuo.

O eso pensaba.

A Javier lo conocí en una reunión de antiguos alumnos. Le debí fascinar, y desde ese día no dejó de escribirme (yo había accedido a ser incluida en el grupo de la cena: fallo monumental). Mandaba flores virtuales, frases con corazoncitos, canciones que no pedía… Se plantaba en mi casa cada tarde, llamando a la puerta y canturreando un Cariñoooo, sé que estás ahí, no te hagas la difícil, venga, abre.... Era insistente. Cansino. Y estaba casado. Yo no.

Una tarde, sin más, abrí su perfil, pulsé “Eliminar contacto” y seguí con mi día.

¿Podría haberle bloqueado? Sí, pero era mucho más satisfactorio eliminar cualquier rastro de él en mi móvil. 

A las semanas me enteré de que Javier había desaparecido sin dejar rastro. Dada la insistencia conmigo, supuse que se había echado una amante y se había fugado. Y no le di más vueltas. Que le aprovechara. 

Meses después, en el trabajo se jubilaba la jefa de marketing y me volvieron a meter en otro grupo de WhatsApp que organizaba la despedida. Accedí a regañadientes, pero todo fuera por participar en la fiesta de esa mujer tan entrañable. Pero, como suele pasar, el chat se volvió una plataforma de reivindicaciones políticas, encabezada por dos directores de ventas, en clara enemistad e ideas radicalmente opuestas. Resultaba insufrible.

Una noche, en la que yo estaba disfrutando de mi serie favorita, el móvil comenzó a arder en discusiones, insultos y faltas de respeto. La mayoría ni interveníamos con la esperanza de no encenderles más, pero ni eso funcionaba. Me salí del chat. Y en el fragor del impulso, borré sus contactos. Disfruté del resto de la velada en una maravillosa calma.

Al día siguiente no aparecieron por la oficina, y muchos se preguntaron si habrían llegado a las manos. 

“El chat se silenció de repente” “dejaron de discutir de golpe”. 

Más de uno insinuó, medio broma, medio en serio, que habría acabado en el hospital. 

Pero cuando al otro día tampoco aparecieron y sus mujeres avisaron, preocupadas, de que no sabían dónde se encontraban, yo empecé a mosquearme. 

Me fui a por un café y me puse a recorrer mi agenda. Definitivamente, tenía que hacer limpieza de nuevo, pero antes quería comprobar una terrible sospecha que había empezado a instalarse en mi mente. 

Pepe-Taller seguía en mi agenda. El infame. 

Me sopló 170 euros por apretar un borne de la batería. “Eso lo habrías hecho tú misma con una llave del 10”, dijo mi vecino. Sí, claro. Después.

Deslicé el dedo. ¿Confirmar borrar? 

Sí.

Pasados unos días me acerqué al polígono. Pepe había desaparecido de la faz de la tierra. Le habían visto por última vez la mañana en que borré el contacto.

No podía ser verdad, pero todo empezaba a cuadrar. 

Probé con uno más. Un ex. Uno de esos que aparecen cuando menos te lo esperas, con nostalgia tardía, cero autocrítica y ganas de polvo.

Me había escrito en enero, después de más de tres años sin saber nada de él: “¿Te acuerdas de mí? En estas noches frías pienso en ti y en cómo me calentabas. Podríamos vernos.”

Sí, claro que me acordaba de él. 

Y de sus silencios. 

Y de sus engaños. 

Y de sus manos frías y torpes.

Lo borré con calma, disfrutando el deslizar del dedo por la pantalla.

Tres días después, una amiga común me preguntó si sabía algo de él. “Desapareció, dejó el piso, no apareció en el trabajo. Raro, ¿no?”

No supe qué contestarle.

Pero confirmaba mi certeza.  

Ya no era solo limpieza. 

Tenía un poder. 

Uno silencioso, invisible. Eficaz y aterrador. Una herramienta de higiene emocional y social. 

¿Un crimen prefecto? No tenía por qué, nadie había confirmado sus muertes ni habían encontrado sus cuerpos, ¿no? 

Me he vuelto más selectiva. Reviso mis contactos con otros ojos. ¿Quién me aporta algo? ¿Quién no?

Y no lo hago a la ligera. No soy cruel. Nunca lo he sido. 

Soy eficaz.

Me he vuelto, digamos, responsable.

Borré al tipo del gimnasio que no dejaba de acosarme cuando solo quería estirar. A una compañera que me robaba ideas en cada reunión. A la prima antivacunas.

Algunas personas lo saben. Pocas, por supuesto. Y a veces me piden ayuda. Les digo que con una transferencia simbólica basta. Yo no soy una sicaria.

Y son personas que no aportan nada a la sociedad.

Elimino sus contactos. Y todos… se esfuman.

Y nadie puede sospechar de mí. Absolutamente perfecto.

Hace días empecé a pensar que quizá debería hacer copia de seguridad, guardar algún dato en papel. Por si acaso.

Pero también pensé que mientras no tocara los ajustes… nada malo podía pasar.

Hasta esta mañana.

El móvil se ha reiniciado solo.

Una notificación: “Restaurando contactos desde la nube.”

Me he paralizado.

Y entonces lo he visto.

Javier . Otra vez. Con el emoji de una rosa pegadito al nombre y todo.

Y ahora, justo ahora mismo… está sonando el timbre.


Tema: verdades, mentiras y verosimilitud.


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