Páginas

martes, 18 de marzo de 2025

Siempre quedan brasas

Primera carta

Querido Samuel:

Lo sabes porque te lo he dicho mil veces, pero es lo primero que quiero repetirte: te quiero, te quiero y mil veces te quiero. Y debes agarrarte a estas dos palabras con todo tu corazón porque son el te quiero más verdadero que sale de mi boca en mucho tiempo. 

Me despierto esta mañana acariciándome los labios en recuerdo de tu beso de ayer, el que quizá nos traiga la desgracia, pero es un regalo se evade en las sábanas de mi cama en suspiros de algodón, con tus dedos dibujando emociones por mi piel, con tu boca devolviéndome una humedad perdida. Me has recordado que aún puedo temblar, cariño, que el deseo no muere, solo espera, agazapado, hasta que alguien con la fe suficiente y la devoción exacta lo llama de vuelta.

Me has hecho revivir y me siento como una adolescente enamorada. Sí, de verdad, no te rías que te imagino haciéndolo. Me veo igual de tonta y exaltada. Y no quiero dejar de sentirme así. A pesar de que sufro como si me arrancaran la piel a tiras cuando no estoy contigo. Pero, dios mío, cariño ¡Siento! ¡SIENTO!

Contigo estoy descubriendo cómo vivir de nuevo y han renacido en mis extrañas unas ganas de todo que creía desaparecidas. Unas ganas enormes de ti. No dejo de pensar en tus manos y en tu boca, en tus besos y en esa manera de recorrer mi cuerpo que me ahoga en oleadas de placer. ¡Y qué placer! Yo, que me creía ya seca e incapaz de gozar…, y has tenido que aparecer tú para demostrarme cuán equivocada estaba.  Mi piel ansía tus manos, cariño, con febril impaciencia. 

No dejes que lo de anoche te inquiete. Sé que la mirada con la que nos descubrieron fue dura, que el juicio cayó sobre nosotros como un puñal frío. Tengo que hablar, explicar muchas cosas, hacerme entender y deshacer el entuerto. Y solo nos vieron besarnos, ¿imaginas lo que pensarían si…?

No sé si va a ser fácil. Nos juzgan, ¿sabes? Como si el amor aceptara normas y se pudiera controlar.

Nada de lo que ha ocurrido cambia lo que siento por ti, eso nunca lo olvides. Pero te pido un poco de paciencia. Sé que confías en mí, así que te ruego que me des un poco de tiempo. 

No podría soportar que nos apartaran ahora que por fin he vuelto a sentir. 

Te quiero,

Aurora



Segunda carta

Querido Héctor:

No sé cómo decírtelo, pero necesito que lo sepas. Necesito que escuches esto de mí antes que de nadie más, aunque no sé si eso importa. No te he traicionado, al menos no en mi corazón. Lo que siento por ti permanece inmutable. Lo que he sentido. El tiempo pasa y la vida se diluye. La fuerza de los sentimientos también se debilita.

Tengo que contártelo. He conocido a otro hombre y he sentido algo que creía imposible. Me he enamorado. 

Si me quieres, si puedes sentir por mí algo de lo que alguna vez sentiste, me perdonarás. Y quiero creer que me entenderás.

Tú siempre has dicho que el corazón es enorme y que le caben muchos amores. Yo nunca te creí… y mírame ahora.

Siempre me has mirado con ojos más sabios que los míos, como si supieras cosas que yo aún no comprendía. Como si supieras que este momento llegaría algún día.

Y yo aún no me creo que haya llegado.

Y vengo a pedirte perdón.

Y permiso.

Ayer nos vieron, Héctor. Sí, besé a Samuel y nos vieron. Fue Clara. Me atravesó con una mirada de odio que nunca hubiera esperado en ella. 

Estoy asustada, me siento llena de culpa. Siento que el mundo entero se ha detenido para señalarme con el dedo. No sé si podría soportarlo si tú también lo hicieras. Porque no lo haces, ¿verdad, amor mío? 

Aunque me ames, ¿verdad que lo entiendes?

¿Verdad que me perdonas?

Aurora


Tercera carta

Querida Clara:

¿Sabes lo que más me duele de todo? No que me descubrieras en un beso, ni que pienses que he traicionado a papá. Ni siquiera es tu silencio helado cuando apartaste la mirada.

Lo que más me duele es lo que vi ayer en tus ojos, hija mía. Condena, juicio, desprecio. No fuiste capaz de disimularlo ni un segundo. Como si me hubieras sorprendido haciendo algo obsceno, como si no tuviera derecho a sentir lo que siento.

Porque lo que yo siento no es un error. Lo que me une a Samuel es real.

No soy una traidora. Si recuerdas bien a tu padre, sabrás que él nunca habría querido verme condenada a la tristeza, a la piel apagada, a la vida sin vida. A vivir a través de otros como siempre he hecho.

Pero sé lo que piensas de verdad. No es solo que ame a otro. No es solo que me hayas visto con su boca sobre la mía. Es que crees que no debería. Que mi tiempo para el deseo, para la risa, para la pasión, ¡para vivir! terminó hace años. Que una mujer no tiene derecho a amar a los setenta y ocho años.

Pero me niego. Me niego a que me entierres junto a tu padre. Me niego a que mi amor por Héctor sea la losa que me impida volver a respirar. Me niego a ser un recuerdo en vida.

Ojalá nunca sientas lo que siento yo hoy. Que nunca veas la decepción y la humillación en los ojos de una hija, que sientas que no tienes derecho a ser persona porque llevas años siendo esposa de, madre de, viuda de. 

Hija mía, solo soy una mujer que ama, aunque su cabello sea blanco, y no tengo la intención de dejar que nadie me impida vivir. Espero que sepas elegir de qué lado estás. Un día, tú también llegarás aquí.

Te quiero,


Mamá



*************

Tarea de la Escuela de Escritores, curso de Erótica.

La propuesta de trabajo consiste en que un personaje (mujer, persona no binaria, hombre, animal o cosa…) se encuentra ante un problema:

Le han pillado besando a alguien que no es su pareja; así que decide enviar tres cartas (repito: un único y mismo personaje escribe tres cartas). Cada una de ellas irá destinada a otro personaje con una intención: para convencer, para disculparse, para amenazar, para confesar algo…

En definitiva, que el destinatario y la intención darán un aspecto diferente a una misma verdad (a un mismo hecho).



1 comentario: