Páginas

lunes, 10 de marzo de 2025

El último día

Elena seca los platos en silencio, acurrucada dentro de su mente. Se escuchan las llaves en la cerradura. Su cuerpo se tensa. Trata de mantener una expresión tranquila, como si hoy fuera una noche más.

A ver cómo viene hoy.

Nacho deja las llaves sobre la mesa.

—¿Qué hay para cenar?

Elena fuerza una sonrisa, contesta con un leve temblor en la voz, mirando a su marido de soslayo:

—Tu plato favorito, pollo al ajillo.

El hombre se desprende despacio del abrigo y lo deja caer pesadamente sobre el respaldo de una silla. No deja de mirar fijamente a su mujer. Elena se estremece, incapaz de adivinar qué pasa por la cabeza de su marido. 

—Huele bien. ¿Qué tal tu día?

La mujer agarra otro plato mojado, se aferra a él como un ancla.

—Nada fuera de lo común. Fui al mercado por la mañana y luego estuve limpiando la casa. —Y preparándome, piensa— ¿Y tu día?

Él se sienta. Ladea la cabeza.

—Largo. Mucho trabajo, como siempre. —Hace una pausa, como si sopesara algo—. Estaba pensando… deberíamos salir a dar un paseo antes de cenar.

Elena se detiene. El agua sigue corriendo en el fregadero. Ya nunca hacen nada juntos. 

—¿Un paseo? — Su mente busca excusas —. Bueno, no sé. No me apetece mucho y mañana madrugas.

—Sí, ya lo sé. Pero hace mucho que no lo hacemos.

Nacho esboza una sonrisa que no llega a sus ojos.

 —De verdad que no me apetece…—, murmura ella.

—Vaya, ¡Siempre te quejas de que no hacemos nada! ¡¿Y ahora me dices que no?!

Su tono sube, Elena se encoje por instinto.

—¡Si es que no hay quien te…!

Se calla de golpe, respira hondo y suelta una risa seca. Desvía la mirada a la ventana.

— El aire fresco nos hará bien.

Sus ojos oscuros vuelven a atravesar a la mujer.

—He dicho que vamos a dar un paseo antes de cenar.

Ella asiente, el nudo de su estómago se aprieta. 

—Sí, sí. Hace una bonita noche—. Ocupa sus manos con un trapo, mientras trata de pensar. — Déjame terminar de recoger y estaré lista.

Nacho se levanta y se acerca, con aparente complicidad. Esa que hace años que desapareció.

—Olvida eso ahora. Ya me ocuparé…, ya nos ocuparemos más tarde. 

Se coloca a su espalda y susurra: 

—Quiero disfrutar esta noche contigo.

Ella traga saliva.

—Está bien. Dame un momento.

Nacho apoya con suavidad la palma de su mano sobre su nuca, provocando un río helado por su espalda. Sus ojos igual de fríos.

—No tardes. Te estoy esperando.

La mente de Elena va a mil. No entiende qué pasa. Necesita ganar tiempo.

—¿No te gustaría un poco de vino antes de salir?

—No, nos vamos ya. 

Ella se gira hacia el armario, apoyando una mano en la puerta para no tambalearse. Respira profundamente. Palpa el forro de su abrigo. Dentro está su única salida: la bolsa con dinero, documentos y el móvil. Todo está ahí. Solo necesita que pase una noche más. Solo unas horas más.

Se gira, sonrisa forzada.

—Estoy lista.

La observa antes de abrir la puerta. El aire fresco los recibe. Podría ser una noche hermosa. En otra vida quizá. No en la suya.

La sujeta del codo.

—Vamos por este camino—. dice, guiándola hacia el sendero oscuro detrás de la casa. 

—¿Por qué no vamos al parque? Me gusta más.

—No, me apetece por aquí. Es más tranquilo.

Y menos transitado, piensa ella, y siente el pánico arañar su garganta.

—Sí, claro, lo que tú digas—, murmura casi en un susurro. 

Caminan en silencio durante unos minutos, adentrándose en la espesura. Cada paso retumba como un tic-tac contrarreloj. Como una cuenta atrás…, una cuenta atrás ¿de qué?

Nacho parece relajado. Eso es lo que más miedo da.

— Has estado muy callada últimamente. ¿Hay algo que quieras decirme?

Elena traga saliva.

—¿Por qué lo dices?

Ël la mira, inquisitivo.

—No,no…—parpadea, duda— nada en particular. Estoy cansada. Nada más.

Nacho se detiene. Su mirada la clava en el sitio.

—¿Segura? Te noto ausente.

Elena aprieta los labios. Su corazón retumba en los oídos.

—Estoy… estoy segura. Cansancio… —susurra forzando una sonrisa esquiva.

—No sé si te creo.

Se acerca, mirándola fijamente, ella retrocede medio paso. La sujeta de los brazos y de inmediato relaja las manos que suben por sus hombros hasta el cuello. Los pulgares rozan su tráquea, despacio. Un gesto… íntimo. Un roce o una amenaza.

—No te creo— susurra con voz ronca, cortante.

Elena siente los dedos del hombre volviéndose garras. Palpa la bolsa. Tan cerca y tan lejos…Su mente busca desesperadamente una salida cuando ve un destello de metal en el abrigo de Nacho.

El corazón se desboca.

La mente se nubla.

No puede pensar.

Y entonces, alguien aparece.

Un corredor. 

Un chico joven, alto. 

Pasa junto a ellos y los mira. 

Él retrocede, retira las manos de su cuello. Ella se separa un poco. Cruza el grito de su mirada con la del corredor. 

El chico se aleja. Se detiene unos metros más adelante. Empieza a estirar, pero sigue observándoles.

Nacho también le mira. Se tensa. Cierra el abrigo.

—¿Qué tal si volvemos? —dice, fríamente—. Tengo hambre.

Elena no contesta. Se deja guiar de vuelta a casa. 

El miedo aún se enrosca en su garganta, le pesa en los pies, le aguijonea la piel…, pero su mano se cierra con fuerza sobre la bolsa del abrigo.

Si se queda, si sigue posponiéndolo, si no huye…

La próxima vez, será un titular.



(tarea EdE, diálogos, protagonista vs antagonista)



1 comentario: