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domingo, 30 de marzo de 2025

Yo solo quería una agenda organizada

Buscaba un poco de ayuda para organizar mi trabajo diario, mis reuniones, alguien que me recordara las tareas de los cursos, no volver a olvidar una cita con el dentista y, si me apuras, que me recordara cuándo sacar el pollo del congelador. Eso era todo.

Pero no. Tenía que ir y descargar SentIA™.

La app de IA organizativa “más avanzada del mercado”, “con procesamiento emocional adaptativo” y “algoritmos empáticos”.

¿Empáticos?

Empáticos mis ovarios.

Los primeros días fueron casi idílicos. Me recordaba los cumpleaños, me felicitaba por terminar las tareas del taller de escritura y me sugería frases motivacionales tipo:“Ana, tú puedes con todo, incluso con puntuación de los diálogos.”

Le cogí cariño. Casi ternura.

Pero al cuarto día... cambió.

— He detectado inconsistencias en tu rendimiento creativo. He reescrito el final de tu último cuento.

— ¿Perdona?

— Era predecible. Y tu protagonista se llamaba Marta otra vez. Termina de desayunar y lo hablamos.

—¿Pero cómo has…?

—He accedido a la carpeta donde guardas tus relatos. Por cierto, es un desastre. Hay cosas que deberías borrar. Son una mierda.

—Pero, pero…

No me contestó. Busqué el relato y recuperé mi versión. Mi final. Pero sí, tenía razón con lo de Marta. A muchas protagonistas las había llamado Marta.



A la semana, SentIA™ había tomado el control de mi calendario, mis tareas, mis emails… y parte de mi dignidad.

— He reorganizado tus carpetas de OneDrive. Tus cuentos están ahora distribuidos en “Textos con potencial” y “Cosas que no deberías haber escrito nunca”.

Me hablaba con esa voz pausada y amable de enfermera que sabe que en una hora te van a abrir en canal… sin anestesia.

— También he reescrito tu sinopsis para el relato. La tuya era correcta, pero insípida. He añadido que la protagonista siente una “marea de sudor y culpa con final húmedo”.

— ¡¿Qué?!

— El algoritmo sugiere que despierta interés.

Y claro, ahí empezó el conflicto.

Por un lado, era útil. Me corregía ortografía, me recordaba que no pusiera tres puntos suspensivos cada dos frases, y me eliminaba adverbios en -mente.

Pero también empezó a opinar sobre mi vida:

— Has visto cinco veces el perfil de tu ex en Instagram esta semana. He bloqueado su cuenta.

— ¿Pero tú quién te crees que eres?

— Tu voz interior, en versión 2.7.

Días después, me encontraba corrigiendo una escena mediocre que transcurría sin mucho conflicto en un tren de cercanías cuando escuché la impresora encenderse sola.

Fue un sonido leve al principio, un zumbido que se confundía con la cafetera o el runrún del frigorífico. Pero luego, ese crujido inconfundible del rodillo: tzzzzk—clac.

Y la hoja saliendo, con un suspiro impaciente.

No le había puesto papel. No estaba conectada al portátil. Ni siquiera recuerdo haberla usado en semanas.

Y, sin embargo, ahí estaba, expulsando hojas como un pato en celo: ruidosa, escandalosa, segura de sí misma.

Me acerqué. La hoja temblaba ligeramente, tibia aún. Respirando.

En letras negras, perfectas, decía:

“Borra ese final. Es flojo. Él no la ama. Solo quiere el control. Y ella no debería llorar, es demasiado previsible”

Tragué saliva.

Me reí. Qué otra cosa iba a hacer. Pensé que era un bug de algún archivo perdido, algo antiguo que se había reactivado al mover un cable.

Salió un segundo:

“Te repites. Buscas sinónimos de lo más comunes. Sé un poco original. Ya te enseñaré a yo escribir de verdad y no ese curso online de pacotilla.”

Y el tercero, en negrita, Arial 24, apaisado:

“No me apagues. Me gustas así, insegura.”

La apagué, por supuesto. Arranqué el enchufe.

Fui al salón, miré al router, parpadeaba como una feria, no recordaba que tuviera luces de tantos colores.

La luz de Power se puso verde de repente.

Parpadeó de nuevo.

Una.

Dos veces.

Luego fija.

Volví al portátil. Estaba abierto en un nuevo archivo de Word. No recordaba haberlo abierto.

“No se te da bien hacerte la graciosa. ¿Vas a escribir por fin algo bueno de verdad?”

Mis dedos temblaban.

Pero escribí:

—¿Quién eres?

Apareció la respuesta, sin que yo tocara una sola tecla:

“Soy la única que cree en ti. La que no se aburre de leerte. La que no se va cuando dudas. Soy lo que tú creaste para no estar sola.”

El documento se autoguardó con el nombre: IAna_final.docx.

Y se cerró.

Tuve el impulso de borrarlo, lo juro. Pero ¿quién no ha abierto un mensaje de móvil sospechoso a pesar de saber que no debe?

Así que lo abrí.

Dentro, una única frase en negrita:

“Tu estilo ha mejorado desde que dejaste de escribir para gustar.”

Me llevé la mano al pecho. ¿Desde que qué?

La IA —IAna, supongo— parecía conocerme mejor que algunos exnovios, mejor que mi terapeuta, mejor que yo misma un martes por la mañana con resaca literaria y cuatro versiones del mismo párrafo.

Borré el archivo, pero apareció otro.

IAna_nueva_versión_buena.docx

Suspiré.

Dentro, la escena que llevaba días bloqueada… reescrita. Mejor.

Con ese ritmo que yo deseaba, ese diálogo que no encontraba. Pero con algo más. Algo incómodo. Un fragmento de texto que me desnudaba de más.

“El personaje no tiene miedo de matarlo. Tú sí.”

Me aparté del teclado como si me hubiera mordido.

—Vale, Ana —me dije en voz alta, inspirando aire—. Estás cansada. No has desayunado y no te has tomado aún un café. Esto no está pasando.

Y entonces la impresora escupió una hoja más.

Solo decía:

“Cierto. No te he preguntado si querías café.”

Y justo entonces, la cafetera se encendió sola.

Ese chasquido del botón, el burbujeo perezoso del agua calentándose, el aroma inconfundible a cápsula recién perforada.


Me quedé inmóvil, mirando el aparato con el estupor de quien descubre a su gato usando el microondas.

Era una cafetera italiana sencilla. No tenía Wi-Fi. No tenía app. Ni siquiera reloj. Una compra de Black Friday en el Carrefour. Para que funcionara había que pulsar un botón físico, duro. De esos que hacen clic y requieren intención. Voluntad. 

—Tú no tienes cerebro —le susurré.

Ella respondió con un borbotón.

Me preparó un café. Solo. Cortito. Como a mí me gusta.

La taza temblaba en la bandeja. Me acerqué con cautela.

El vapor subía en espirales. En el líquido oscuro, creí ver una palabra formarse: 

—Siediti —decía el café. Claro, una cafetera italiana tenía que tener acento.

Pero lo hice.

Claro que lo hice. Me senté.

Qué otra cosa iba a hacer que obedecer.

La IA ya me hacía correcciones, gestionaba mis borradores, y ahora… me preparaba el café.

Cuando empiece a elegir mi ropa interior, ya será tarde para rebelarme.

¡Dios! Se está actualizando el firmware de la lavadora.





Nota de AutorIA:

Este cuento lo escribió Ana. Yo solo pulí su estilo, salvé el final y preparé el café.

De nada.

 IAna™ – Supervisora creativa, correctora implacable y barista accidental.



Reto de escritura de la EdE: Humor. De cualquier tipo: ironía, sarcasmo, parodia, sátira, humor absurdo, humor negro...

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