Nunca debí invitarle a tomar esa cerveza.
Nunca debí decirle que podía usar la piscina cuando quisiera.
Ni prestarle las novelas de mi biblioteca o aceptar que viniera a ayudarme con el router.
Pero lo hice. Todo eso. Y más. Lo hice como buena vecina que soy. Y como una jodida depredadora.
Y aquí estoy, con el pelo húmedo, envuelta en un pareo que se transparenta, buscando excusas en los armarios en forma de aceitunas. Excusas para no mirar a esos ojos que me desarman. Excusas para no afrontar la tremenda excitación que me provoca este proyecto de hombre a dos pasos de mí.
Y, mientras tanto, él me mira con esa seguridad cargada de inocencia que solo da la juventud.
Y yo sé lo que quiero que pase… justo lo que mi mente me grita que no debe ocurrir.
El silencio se carga de electricidad. Raúl no dice nada. Solo sonríe y bebe cerveza a sorbos cortos.
Tiene sonrisa de chico que juega a ser hombre. Mezcla de atrevimiento y torpeza que me desarma.
Y yo le como con los ojos, imaginándolo desnudo, gimiendo sudoroso entre mis piernas.
Esa mirada que descubrí el año pasado cuando le vi por primera vez en la piscina cubierta de la urbanización. Algo en mí —algo que ni conocía ni quería conocer— se encendió de golpe.
Tuve que apartar la vista, como si mirar directamente a aquel cuerpo fuera obsceno.
No era solo guapo, era… luminoso. Irradiaba algo que no tenía derecho a afectarme así.
Me giré como quien trata de esquivar un látigo, pero le alcanza el chasquido de pleno en la piel. Me hirvió la sangre.
Y me dio miedo.
Miedo de que se me notara en la cara, de que su madre —o mi marido, o el universo— notara lo que yo acababa de sentir.
Me dije: “No pienses. No lo mires.”
Pero ya lo había hecho.
Y aunque él era solo un chaval despreocupado quitándose el cloro del pelo, yo ya había entrado en un territorio donde el deseo rozaba lo indebido.
Me sentí sucia.
Y, lo peor: no dejé de pensar en él.
Debería moverme. Fingir que tengo prisa o que me duele la cabeza.
Pero él se inclina a coger una aceituna y su brazo roza el mío.
Un roce apenas.
Y me enciendo más. Me muerdo el labio.
Tiene veintiún años.
Y la mirada de un halcón joven.
—Voy a bañarme – dice de repente, pasándose la mano por los rizos— tengo…, hace mucho calor.
Apura la cerveza y, sin mirarme, se encamina al jardín, tirándose de un salto al agua.
Remato el botellín y le sigo.
Me apoyo en la puerta y le observo nadar. Es un tigre buceando; músculos tensos en acción, piel brillante, fuerza, potencia.
Me acerco al borde de la piscina y me siento con las piernas en remojo. Soy friolera y más si estoy ardiendo por dentro.
—Sara, sé sensata —murmuro para mí.
Desvío la mirada hacia una urraca que picotea algo en el charco de la ducha.
De repente unas manos me agarran de los tobillos y me encuentro dentro de la piscina en medio segundo. Me arrinconan sus brazos contra el azulejo. Su rostro, a centímetros del mío.
—¿De qué tienes miedo, Sara? ¿De que tu marido se entere? ¿De seguir tu instinto? ¿O de ti misma?
No contesto, el aire se ha solidificado en mi pecho.
—¿Te doy miedo?
Me das hambre, pienso. Pero me lo callo.
—No deberíamos estar aquí —digo sin mirarle.
Me sale de golpe. Él ríe. Una risa corta, seca.
—¿Por qué?
—Porque soy peligrosa. Porque tú tienes veinte años y un cuerpo que no sabe todavía lo que provoca.
—¿Y tú sí lo sabes?
Le miro.
Claro que lo sé. Todo mi cuerpo lo sabe. Y el agua que nos separa debería estar hirviendo por eso mismo.
—Salgamos de la piscina— murmuro, intentando liberarme de la cárcel de sus brazos.
—No.
—Deberíamos—. Insisto.
—No—, repite—,¿No crees que yo debo poder opinar? ¿O es que por ser joven crees que no sé lo que quiero?
No respondo, se me nubla la mente.
—Porque lo que quiero es besarte, Sara. Y que te quites ese puto escudo protector.
Lo dice en voz baja, acercando su cuerpo al mío. Su boca a mis labios. El pareo flota junto a nosotros como una certeza mojada.
Le miro. Le miro de verdad.
Y entonces, me rindo.
Mis labios encuentran los suyos: hay hambre, hay vértigo, hay fuego. Me sujeta como si yo fuera aire, y su cuerpo, duro y caliente, se acomoda al mío. Su lengua recorre mi clavícula, me muerde y me arranca un jadeo. Le rodeo con las piernas. Nos deslizamos hasta un rincón de la piscina.
Le beso con urgencia acumulada. Sus manos, impacientes de deseo, deshacen el lazo del bikini. Se hunden en la abundancia de mis senos. Aprieta. Gimo.
Me aferro a su pecho, a esa piel tensa que arde incluso mojada. Comienzo a explorar bajo el agua. Abre los ojos y sonríe, dándome el permiso que llevo esperando meses. Y desciendo hasta encontrar la firmeza que me busca hace rato. Lo libero y lo sostengo: erecto, palpitante, lleno de vida. Joder, Raúl.
—Buf… Sara… por favor… —murmura con voz ronca.
Deslizo las manos en un vaivén lento. Su boca me devora buscando beberme entera.
No quedaba ya ni rastro del muro que me protegía. Solo hay deseo. Carne. Él.
Nos miramos un segundo con fiebre en los ojos.
—¿Cuándo vuelve tu marido? —susurra, eliminando barreras de tela bajo el agua.
—No antes de las diez —respondo, casi sin voz.
Y entonces, sin una palabra más, me alza dentro del agua y me penetra de una sola embestida, larga, precisa, inevitable. Un instante que parece que hubiéramos estado ensayando toda la vida.
—Perfecto —dice, jadeando en mi oído.
Y yo, llena de él, no puedo sino darle la razón.
Tarea EdE- Literatura erótica. El pulso erótico.
Texto basado en uno escrito hace más de diez años:
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