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martes, 18 de marzo de 2025

La compra

La caja registradora escupe el tique, la cajera lo arranca con un gesto automático y lo deja caer en la bolsa sin siquiera mirarme. Ni un "gracias", ni un "que tenga buen día".

Mejor. 

Últimamente no tengo ganas de interactuar con nadie.

Me detengo en la puerta y pienso que me he olvidado de algo. Algo que se me escapa, seguro. Siempre pasa lo mismo: voy a por una cosa, salgo con media tienda y olvido lo importante. Siempre olvido lo importante.

Bueno, ya lo recordaré en casa. Total…

Cargo las bolsas y me dirijo al aparcamiento. Cuánta gente hay a estas horas en el supermercado. Agobian. 

Conduzco hasta casa en silencio, sin radio, sin pensar demasiado. Con esa sensación densa en el pecho, lleno de un aire más pesado que de costumbre. 

Aparco. Recojo las bolsas del asiento del copiloto. Pesan. Siempre compro de más. Siempre. En ellas, nada fuera de lo normal. Una compra normal y corriente de un hombre soltero de mediana edad, anodino e insignificante. Lo que soy. Lo que todos creen que soy.

Subo las escaleras sin prisa, con desgana. No me espera más que el gato y me saludará solo si quiere. Qué cabrón.

Suelto el abrigo y las llaves sobre el sofá. Dejo las bolsas sobre la mesa y empiezo a sacar las cosas. Dónde cojones está el gato.

Pan, croquetas, café, pasta de dientes, recambios de la Gillette y espuma de afeitar. Filetes de pollo, plátanos. Arroz. Un paquete de pilas, cuerda, pinzas, detergente y suavizante. Una botella de vino y media docena de cervezas.

El café va a la despensa, el arroz también. Detergente y suavizante bajo el fregadero. La comida y las cervezas a la nevera. El resto se queda en la mesa.

Ojalá todo fuera tan fácil como hacer la compra. Meter lo que necesitas en un carrito, pagar y listo. Pero hay cosas que no puedes conseguir en un supermercado.

Como un poco de paz.

Como hacer desaparecer a un hijo de puta.

Vuelvo a la cocina. Abro la botella. Me tienta pegarle un sorbo, pero, joder, soy un señor. Me sirvo una copa y la bailo al trasluz como si entendiera algo de vinos. Me río. 

Imbécil.

El trago me quema la garganta. Es fuerte, joder. Y rico. Me sirvo más. 

Y el puto gato sin aparecer. 

Vuelvo al salón. 

El móvil duerme sobre la mesa, mudo el muy canalla ¿Qué esperabas? ¿Que te llamara después de lo que hiciste? Le doy un golpe, se ilumina. Nada. 

Nuevo sorbo. Vacío la copa y me quedo mirando al techo. Qué jodido techo bonito tiene esta casa, con esas vigas. Mira, ahí está el puto gato, observándome.

—¿Qué coño te pasa, bicho? ¿También vas tú a juzgarme?

Me vuelvo a la cocina y agarro la botella. 

Me dejo caer frente a la televisión. Apagada. Me reflejo.

—Puto perdedor hijo de puta. Tenías que joderla. 

Se me empañan los ojos. Desvío la mirada a la botella.

Esta vez sí que pego un trago a morro. Siento cómo me corroe por dentro. Lo sé, no es el vino. 

Son las putas malas decisiones. 

Las putas malas decisiones que siempre me acompañan, como el puto gato que me taladra con los ojos. 

Los cierro un segundo, mecido por el alcohol que se expande por mis venas.

Cuando los abro de nuevo está oscuro.

La botella está ya medio vacía y las cervezas aún seguirán calientes. No sé cuánto tiempo llevo así, pero cuando intento levantarme me pesa todo el cuerpo.

O lloro o me río.

Me río. Mejor me río de mí mismo, que es lo único que me queda.

Ja, ja, ja. 

No sé en qué momento mis manos vuelven a la mesa, revolviendo lo que dejé ahí.

Las pilas. Las pinzas. La cuerda.

El gato maúlla.

Cabrón.

Agarro la cuerda y se la lanzo. La esquiva. Malditos reflejos tienen estos animales.

Y la cuerda se ha enganchado. Se queda bailando, colgando…, seduciéndome como una serpiente del infierno. 

Y si…

Arrastro una silla y la coloco debajo. 

El gato se restriega contra mis piernas sacándome del momento éxtasis. Le miro. Una bola de ácido sube por mi esófago. Joder.

Corro al baño.

Cuando vuelvo el gato está sobre la silla. La cuerda cuelga encima, quieta. Si tuviera ojos me estaría mirando; si tuviera boca, me estaría llamando. 

Le aparto. Me subo a la silla. Paso la cuerda entre los dedos. Algodón áspero, firme. Imagino el peso de mi cuerpo en él. ¿Aguantará?

Por qué cojones no fui boyscout, no sé hacer un puto nudo. 

Al final logro hacer algo, un lazo. Es firme. Lo acaricio con los dedos. Me provoca escalofríos y una satisfacción extraña.

No hay ruido, no hay testigos.

Bueno, el puto gato.

Respiro hondo. Paso la cabeza por el lazo.

Y entonces, escucho el 'ding' del móvil.

Es un mensaje del banco. 'Le informamos que su tarjeta ha sido utilizada para una compra de 93,65€ en Supermercados Día.'

Miro la cuerda.

Miro el móvil.

El gato maúlla.

Me río.

Y me bajo de la silla.

Supongo que al final, siempre encuentro una razón para no hacer bien las cosas.


Tarea de la Escuela de Escritores. Escribir un relato usando la técnica de la pistola de Chéjov.

1 comentario:

  1. Joder, creo que real como la vida misma. Cuantos estarán a punto de hacerlo y no lo hacen.

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